Las rutas del relato

 tapa cultural 20071005 300x300

ANDREA BLANQUÉ

ALESSANDRO BARICCO es un narrador, por definición, exitoso. Lo han puesto por las nubes los críticos de diarios italianos como La Stampa y La Repubblica, le han otorgado premios codiciados en Italia, como el Selezione Campiello y el Premio Viareggio, ha sido catalogado como uno de los grandes escritores de su generación -es de Turín, de 1958- y ha sido nada menos que el autor de un long-seller internacional, un libro que se reedita sucesivamente, traducido a numerosos idiomas, y que sólo en España agotó 40 ediciones. Se trata de la novela casi diminuta titulada Seda, que constituye para muchos lectores uno de los libros más recordables y que desean regalar a alguien a quien aman.

Y, sin embargo, quien hace una recorrida por sus novelas descubre que no es un escritor uniforme, el dardo exitoso que apunta a un objetivo. Es un escritor caótico. Se permite el lujo de cambiar en cada libro, como si fuera otro. Incluso hablar del género novela en el caso de Baricco es peligroso. Sus libros de narrativa se deslizan hacia la poesía, hacia el teatro, y luego vuelven a contar historias, las interrumpen y se lanzan a recrear sensaciones e incluso delirios, como lo hacen sus personajes de City.

El adjetivo "borgeano". Es un lugar común decir que Baricco es borgeano. Y, efectivamente, hay hechos "borgeanos" alrededor suyo. En el prólogo a su última novela, Esta historia, el escritor señala que "el límite entre fidelidad histórica e invención adopta, a menudo, perfiles surrealistas", y cuenta la increíble anécdota de la elección del nombre del pueblo de donde parte la historia de Seda, "Lavilledieu". Se trata de un nombre inventado por Baricco, quien suele hacer un despliegue imaginativo cuando crea nombres de lugares o personajes. En el caso de "Lavilledieu", lo hizo mirando un mapa de Francia y combinando dos nombres de localidades. La novela Seda se hizo famosa y un buen día su autor recibió una carta del alcalde de un pueblecito del sur de Francia. El pueblecito se llamaba… "Lavilledieu", y el alcalde le contaba que, en el siglo XIX, el lugar había subsistido gracias a la cría de gusanos de seda, exactamente como hacen los personajes de la novela de Baricco en el pueblo imaginario que él inventó mucho antes de recibir esta carta.

La anécdota no termina allí, por lo borgeana: a Baricco lo invitaron -en Lavilledieu real- a inaugurar la nueva biblioteca municipal, donde sin duda estaba el libro que había imaginado ese lugar, Seda. Y allí fue.

El propio escritor dice en el prólogo de su Homero, Ilíada (2004), que Borges "se frotaría las manos" con su libro. Baricco tomó el viejo texto griego para realizar su propia versión, una Ilíada del siglo XXI, leída en auditorios. Se trataba de una síntesis, relectura o reescritura que respetaba las escenas homéricas pero, por ejemplo, eliminaba los dioses. Para confeccionar este nuevo texto utilizó como base una traducción de La Ilíada al italiano moderno, la de María Grazia Ciani. A su vez, pronto el exitoso escritor Baricco comprendió que su libro, esa extraña Ilíada, tan sui generis, sería traducida a muchos idiomas, por ejemplo, al chino. Y seguramente sintió la fascinación de las sucesivas conversiones de identidad que se sucederían. No infinitas pero casi.

El autor que busca. No todo es Seda en la lectura de Baricco. Leer sus libros, uno tras otro, puede desconcertar. Un mismo lector puede apasionarse con una de sus novelas y aborrecer la que publicó tres años más tarde.

No se trata exactamente de que haya varios Bariccos, sino que hay un autor en proceso de búsqueda, un investigador de todos los terrenos creativos.

Hay un Baricco también reacio a dar entrevistas y que se atrincheró en Internet para la presentación y promoción de su cuarta novela -la posterior a Seda- titulada City (1999). Había dado vuelta los números de ventas con su novela sobre viajeros del siglo XIX y gusanos de seda, pero se pasó tres años escribiendo City y entendiéndola como si fuera una ciudad, como si las historias fueran barrios, y los personajes calles. Su idea era que el lector se metiera a vagabundear en ella, que se dedicara a mirar.

Entonces el autor no respetó las reglas del marketing editorial. No jugó a escritor promocionando un libro. No quería ser el dueño del juego, un rostro en todas partes, un ser mediático.

Sin embargo, Alessandro Baricco también es eso. Porque hablar de Baricco en Italia es hablar de un líder intelectual, un letrado lleno de carisma, un licenciado en filosofía que devino en musicólogo, ensayista y dramaturgo, un hombre que ha entrado en varias polémicas con temas ríspidos que van desde la globalización a la música contemporánea. Es un escritor que ha dirigido una película -Twenty one-, con nada menos que el mítico John Hurt como protagonista. Es un autor que grabó con su personal voz la lectura de fragmentos de su experimental novela City con el dúo de música electrónica francés Air.

Pero, sobre todo, es un promotor que ha acercado la literatura al público de todas las maneras posibles, a pesar de su manía de negar entrevistas. De rostro bello y aspecto juvenil, Baricco luce muy bien ante cámaras y ha trabajado en televisión: en 1994 conducía junto a la periodista Giovanna Zucconi un programa denominado Pickwick, del lèggere e dello scrívere, del que se dice que redescubrió para los italianos el placer de la lectura. No mucho más tarde fundó en su ciudad natal, Turín, una escuela de creación literaria que se convertiría en un hito y un mito: el taller literario Holden, cuyo nombre es un homenaje al escritor norteamericano J. D. Salinger, dado que el inolvidable y frágil adolescente protagonista de El guardián entre el centeno se llama así.

Pero sin duda uno de sus gestos mediáticos que más simpatía producen es la ya citada versión de La Ilíada para ser leída en voz alta y escuchada, como en los viejos tiempos los griegos supieron escuchar a sus rapsodas.

En principio, todo surgió con las ganas de Baricco de leer en público la Ilíada de Homero. Supuso que sería hermoso leerla durante horas. El escritor se movió y encontró productores que estaban dispuestos a poner dinero para tan peregrina empresa: Romaeuropa festival, TorinoSettembreMusica y Musica per Roma. Pero luego el propio Baricco debió revisar su entusiasmado propósito: "tal y como estaba, el texto era ilegible, se requerirían una cuarenta horas y un público en verdad muy paciente. Así que pensé en intervenir el texto para adaptarlo a una lectura pública."

Cuando el nuevo texto fue leído en público, asistieron en Roma y Turín más de diez mil personas, por supuesto que pagando, como es habitual en Europa. Pero el detalle más espectacular es que como la radio italiana transmitió en directo el espectáculo de Roma, se dio la situación de que los automovilistas estacionaron o no se movieron de su parking para poder escuchar tranquilos, con regocijo, aquel texto concebido por Homero y adaptado por Baricco, que narra sin dejar respiro la confrontación entre aqueos y troyanos. La seducción del hecho fue tal, que la experiencia se repitió en otras ciudades, con otros actores, como por ejemplo en el entorno mágico de la plaza del Rey en Barcelona.

PRIMEROS LIBROS. No siempre estos seductores gestos han sido acompañados por novelas tan aplaudidas como Seda.

Su primera novela, Castelli di rabbia (Rizzoli, 1991), titulada en español Tierras de cristal, recibió el citado Selezione Campiello y el Prix Médicis Étranger, pero muchos lectores se sintieron exhaustos ante su voluntad experimentalista y la acusaron de tediosa.

Baricco no insistió en el tedio, ni tampoco se zambulló en el entretenimiento: construyó una segunda novela, originalísima, Océano mar, (1993), donde se dio el gusto de escribir un mismo libro como si contuviera dos relatos completamente disímiles, intercalados, con un factor en común: el inmenso mar. El primer relato que se descubre en Océano mar es totalmente poético y surrealista y los personajes son pinceladas enmarcadas en la presencia del mar infinito. En la posada Almayer, hace muchísimos años, sobre la omnipresencia del mar, conviven en siete habitaciones unos niños cuyos nombres empiezan con D., un pintor que realiza cuadros absolutamente blancos y cuyo pincel se moja en agua de mar, una chica que puede morir, un profesor con un nombre ridículo como Bartleboom y una mujer con una voz aterciopelada, bellísima. No es exactamente un relato sino una retahíla de cuadros, de marinas. Baricco no tiene la menor intención de contar allí una historia, aunque secretamente la hay.

El segundo relato es una historia que se clava como una daga, una historia que los amantes del realismo disfrutarán como marineros ávidos bebedores: es la historia de una fragata de la marina francesa que naufraga y que, como es de esperar, no posee los suficientes botes para todos los que allí viajan. Entonces Baricco, con mucho de Joseph Conrad, coloca a ciento cuarenta y siete hombres subidos a bordo de una enorme balsa construida con desesperación, una balsa que debía ser arrastrada por los botes hasta tierra. Alguien corta las amarras, o se desatan, y aquella enorme cantidad de hombres (casi, también hay alguna mujer), quedan a merced del hambre, la sed, el océano, pero sobre todo de la violencia. Del canibalismo. Se masacran entre ellos. Algún día, después de muchos días sucesivos, los que sobreviven distinguen una vela en el horizonte.

La relación entre ambos relatos es un misterio que debe desentrañar el lector: Baricco se resiste a dar pistas. En este libro no sólo quiere contar una historia de crueldad y de hombres lobos de hombres. Prefiere desintegrar la narración con una serie de ocurrencias originales, como un capítulo donde básicamente el lector lee largos poemas titulados como "Oración por alguien que se ha perdido, y en consecuencia, oración por mí", o la humorística descripción de lo que haría un crítico de arte sobre cada uno de los cuadros del pintor que básicamente pinta el mar haciendo cuadros en blanco. Un abad le pide que le haga su retrato y el pintor contesta: "Por desgracia, no sois un marinero, y por tanto no hay mar en vuestro rostro. Veréis. Actualmente yo sólo sé pintar el mar."

El mar volvió a acompañarlo como telón de fondo para sus historias en el bello monólogo teatral Novecento (1994), que fue llevada al cine por Giuseppe Tornatore. Baricco se resiste a pensarlo como puro teatro y lo siente más como una novela corta, surgida "tras la estela de Océano mar, como si en esta novela no hubiera podido contar todas las historias que quería".

Adentro de un transatlántico lleno de ricachones y de emigrantes, nace un bebé que es abandonado, no en cualquier sitio, sino en una caja encima de un piano. Lo recoge un viejo marinero, que lo cuida como un aya, pero el niño crece sin bajar del barco nunca y se convierte, mecido por el océano, en un pianista de excepción. Novecento es un texto poético pero sobre todo la idea es poética.

UNA NOVELA DE SEDA. La fascinación por los medios de transporte, por los viajeros que recorren de una punta a otra un inconmensurable espacio geográfico, siguió presente en Seda, (1996), donde el lector acompaña al intrépido protagonista que en tren, desde Francia, viaja a través de toda Europa, atraviesa la Siberia y llega al remoto Japón en busca de gusanos de seda.

El relato, de una concisión extrema, cuenta la historia de un joven teniente devenido en contrabandista de seda llamado Hervé Joncour, que en 1861, para salvaguardar la supervivencia de su pueblito francés productor de seda, viaja a Japón para traer de vuelta su carga clandestina. Pero no sólo feos gusanos de seda lo esperan en ese mundo tan disímil y tan lejano. En el "destino" de su viaje se encontrará con una hermosa muchacha, que parece tener rasgos europeos -es misteriosa y blanca- pero es también la concubina de un poderoso hombre japonés.

Joncour es un individuo que atraviesa el mundo, y cuando regresa a Francia trae también una obsesión consigo, un papel blanco con tres ideogramas y una frase redonda como una piedra: "vuelve o moriré". Para entender el mensaje, necesita una intérprete: la encuentra, es una prostituta japonesa que hace muchos años que vive en Francia, en relación especular con la muchacha que en Japón no tiene rasgos asiáticos.

El libro de Baricco ha sido comparado con un haiku y dicen, también, que su extrema suavidad, la textura de sus palabras con su dulce laconismo, su ritmo, su música, le dan al relato un respiro oriental, de mundo inalcanzable.

Pero el propio Baricco ha dicho de su libro: "Ésta no es una novela, ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia". Por ejemplo, para contar cómo un hombre atraviesa el mundo se dice: "Seis días después, Hervé Joncour se embarcó en Takaoka en un barco de contrabandistas holandeses que lo llevó a Sabirk. De allí remontó de nuevo la frontera china hasta el lago Baikal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra siberiana, superó los Urales, alcanzó Kiev y en tren recorrió toda Europa, de este a oeste, hasta llegar, después de tres meses de viaje, a Francia". ¿Puede escribirse algo más conciso?

Si lo habían acusado de tedioso con sus experimentos narrativos anteriores, ya no queda nada de eso en Seda, que está contada con la contundencia de un Maupassant. El relato se lee de un tirón, en dos horas, porque la historia se concentra mientras el espacio y el tiempo corren vertiginosos. Pero Seda es también una novela de amor, de deseo anhelante y peligroso, donde el erotismo puede definirse también de esta manera: "Es un dolor extraño, morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca."

No faltaron voces que acusaron de light a este Baricco. El autor tenía su propia calviniana teoría al respecto: "He tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado sobre todo de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje."

DESPUÉS DE LA FAMA. En 1999 Baricco sorprendió a críticos y lectores publicando City, un libro radicalmente distinto a Seda, a pesar de la semejanza fonética de los títulos (City, en italiano suena similar a Seta).

Abandonó su voluntad de contar una historia y optó por pintar un paisaje psíquico, el de dos seres muy diferentes pero unidos por la marginación y la soledad. Uno de ellos es Gould, un niño prodigio que vive solo porque sus padres no han podido soportar la diversidad de su hijo. Gould recibe llamadas telefónicas del progenitor -un militar- que transforman la novela en una sucesión de diálogos casi surrealistas. El abandónico padre vigila rutinariamente por teléfono la vida de su hijo, a quien cree viviendo con niñeras que en verdad no existen. Pero Gould encuentra por fin una niñera, un alma gemela, aunque bien distinta a él. Es una chica extraña desde su nombre, Shatzy Shell: tiene el nombre de una gasolina, pero es la única persona con piedad en el mundo de Gould. Shatzy es una fabuladora, una muchacha que si bien no está loca imagina tanto que desaparece casi como individuo para ser sustituida por sus fantasías. Así, en medio de la historia de los marginales niño y chica, se cuelan fabulaciones con formato de western. También se insertan escenas del mundo del boxeo y de sus transmisiones por radio.

City es el libro más experimental de Baricco, y luego de él, era difícil prever si continuaría esta ruta (confesó que la escritura de esta novela fue un viaje), o si iba a volver a la ruta de la Seda, la de contar una historia de extrema concisión.

Fue la segunda opción la que triunfó, con una novela brevísima, Sin sangre (2002), de sólo 106 páginas, llena de frases rotundas, como: "Hace muchos años, usted vio a tres hombres asesinar a su padre, a sangre fría. Yo soy el único, de esos tres, que sigue vivo".

Baricco escribe aquí una historia de crueldad. Le sale bien la crueldad: la había practicado con las escenas de la balsa de Océano mar. También había colocado gotas de sangrienta crueldad en el Japón del caballero omnipotente de Seda, cuando liquidan a un pobre criado que sirvió de celestino.

Ahora todo el libro es sobre la crueldad de una guerra civil. La novela es muy sangrienta, aunque se llame Sin sangre. Equilibradamente, Baricco la construye en dos partes: una se refiere al pasado, la segunda al presente. En el pasado, una familia fue liquidada en su propia casa, Mato Rujo. Como a veces pasa en las guerras civiles, la lucha estaba terminada para unos, pero para otros no. Entonces se perpetúan las venganzas.

Ésta es terrible: tres hombres llegan a la granja del doctor Manuel Roca, el gran acusado de matar y torturar en lugar de sanar a los enemigos. Su hospital era llamado "el hospital de la Hiena". Barren con su ametralladora al médico, al hijo y a todo lo que encuentran. No todo: hay una niña escondida en un sótano. Uno de los soldados la descubre, pero no llega a delatarla. Luego se quema la granja, y el lector sabe que adentro de la casa arrasada que se incendia, hay una niña viva entre los muertos.

En la segunda parte de la novela, cincuenta años después, aquella niña que ha sobrevivido y ha pasado por la experiencia de un orfanato, que se ha visto enredada entre los bandos contrarios y ha terminado casada y separada de un marido deleznable, va a buscar al hombre que la descubrió en el sótano y que no la masacró como a su padre y a su hermano. En primer lugar desea preguntarle el porqué de la barbarie. Él, ya anciano, tan alejado de toda aquella sangre, le contesta: "Éramos soldados". Y más adelante "cuando la gente empieza a matarse ya no hay marcha atrás". Lo más impresionante de este diálogo es la sencilla frase "Creíamos en un mundo mejor". Suena muy absurdo.

Pero la hija del doctor acusado de asesino y el soldado enemigo terminan yendo a hacer el amor a un hotel. Ya viejos. Durante años él pensó que ella vendría a vengarse, y no fue así.

Los nombres españoles de los personajes, según Baricco, han sido elegidos porque le sonaban bien. Pero es un relato inquietante, una invención, una hipótesis sobre la violencia y las masacres humanas, aplicable a cualquier lugar donde se haya desatado una guerra civil.

EL ÚLTIMO, EL MEJOR. En el 2005 se publicó en Italia su última novela, Questa storia, traducida por Anagrama y editada en español en este 2007. El título anuncia algo claro: a pesar de los cambios de tiempo y espacio, a pesar de los cambios de narrador, ésta no es una novela experimental, sino una novela con una historia potentísima, como el motor de los bólidos que efectuaron las primeras carreras automovilísticas en Europa.

Es la novela más bella de Baricco, con la contundencia de Seda y la poesía de Novecento. En lugar de trenes que atraviesan Eurasia o barcos que cruzan el Atlántico, aquí corren los primeros automóviles. Pero la novela constituye un avance, una meta nueva.

En primer lugar, crea un personaje inolvidable: Ultimo Parri. Delgado y silencioso, desde niño ha tenido "una sombra de oro", algo que lo salva varias veces de la muerte y de los embates de una frágil salud, algo que lo hace extraño y querible: inexorablemente los demás reparan en él, pese a su silencio.

Ultimo es el hijo de un campesino, Libero Parri, y de una mujer de rotunda personalidad. El padre tiene pasión por las máquinas y decide vender sus veintiséis vacas piamontesas para montar un taller mecánico. Son los principios del siglo XX. En 1903 la carrera París-Madrid deja un montón de muertos: campesinos curiosos, pilotos, todo quedaba chamuscado en la carretera. El coche es un invento reciente, es evidente que tiene un gran futuro por delante, pero el futuro no termina de llegar, y Libero Parri no encuentra clientes para su taller… Hasta que llega el conde. Un fanático de los automóviles que lo hace su copiloto y su mano derecha. Y su compañero de accidentes.

El niño Ultimo Parri fascinará a este conde, que lo hará su heredero. Pero en el medio está la Primera Guerra Mundial con uno de los episodios más sangrientos: Caporetto. Allí combate el joven Ultimo, en las trincheras, pero su sombra de oro lo protege.

El trayecto más hermoso de Esta historia son los capítulos donde Ultimo es un simple emigrante en los Estados Unidos, y se gana la vida llevando pianos en una camioneta. Allí convive con Elizaveta, una aristócrata rusa exiliada que enseña piano a niños en mitad del campo norteamericano. La historia de amor entre los dos es uno de los logros más poéticos e inspirados de la obra de Baricco. Esta novela tan siglo XX, que huele a máquinas, a gasolina y aceite, en donde suena el rugido de las carreteras y de las bombas y la metralla en las trincheras, es sin embargo de una delicadeza extrema.

Elizaveta y Ultimo nunca terminan de ser amantes, pero ella intuye el sueño de la vida de Ultimo: construir una autopista que fuera una metáfora de la existencia del ser humano. Es un sueño que atraviesa casi todo el siglo XX.

La belleza y hondura de esta novela es sobrecogedora. Antes de cumplir los cincuenta años, Alessandro Baricco ha buscado, investigado, probado, desechado y escrito. Queda como incógnita para el lector suponer en qué nueva carretera se meterá la literatura de este importante escritor italiano.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar