ÁLVARO BUELA
DURANTE SU PERÍODO como guionista de Paramount Pictures, Raymond Chandler dejó retratados a los ejecutivos del estudio de manera feroz: "Parecen una pandilla de gangsters de Chicago moviéndose en bloque para leer la sentencia de muerte de un competidor golpeado… Los mismos rostros, las mismas expresiones, el mismo estilo de vestir y la misma lentitud exagerada de movimientos". Probablemente Chandler no era consciente de la pertinencia del paralelismo. A mediados de los años 40 los vínculos entre Hollywood y el crimen organizado ya venían tejiéndose por más de una década y lo seguirían haciendo hasta bien entrados los 60, cuando "los estudios vencieron a la mafia con sus propias reglas".
Al menos ésa es la hipótesis que el periodista Ted Schwarz intenta demostrar en Hollywood Confidential (Taylor Trade Publising, New York, 2007), una investigación sobre las relaciones carnales, nunca asumidas, entre dos corporaciones omnívoras que compartían el establecimiento de códigos autónomos y el poder para imponerlos. No obstante, según Schwarz había una desigualdad notoria en el grado de amoralidad de uno y otro bando, al punto de definir a su trabajo como "la historia de la época en que la mafia intentó apoderarse de Hollywood pero no fue lo suficientemente corrupta como para lograrlo".
ANTES DEL ARRIBO. En ese sentido, Schwarz acumula evidencias, anécdotas y chismes recogidos a lo largo de veinte años de periodista, y los agrupa en tres "Actos" interferidos por "Intervalos" que ofician de resúmenes provisionales. Con el pretexto del tardío interés de la mafia por Hollywood, el libro no va directo al punto sino que se toma seis capítulos (todo el "Acto I") para relatar la conformación de las distintas familias criminales en Nueva York en las dos primeras décadas del siglo XX.
A través de una abigarrada red de nombres y sobrenombres, Schwarz -cuyo fuerte no es la estructura- culmina esos primeros capítulos con el sangriento ascenso de Charles "Lucky" Luciano y Alphonse "Al" Capone como jefes absolutos de sus respectivas bandas. Audaces, astutos y megalomaníacos, ambos "capos" mantuvieron una tensa rivalidad que hizo insostenible la convivencia en una misma ciudad, a la postre saldada con el traslado de Capone a Chicago. La Ley Seca regía desde enero de 1920, estimulando el juego clandestino, la prostitución, el tráfico de drogas y alcohol, la extorsión y el préstamo de dinero. Las películas no parecían un gran negocio.
Quienes los advirtieron de que allí podría haber una veta donde hincar el diente fueron, en primer lugar, las películas mismas. Títulos como El pequeño César (The Little Caesar, 1930) y, sobre todo, Scarface (1932), evidenciaban no sólo la fascinación de Hollywood por el bajomundo criminal, sino el hecho de que la Gran Depresión había creado un ambiente receptivo para la representación de la violencia callejera y la estilización romántica de sujetos que coronaban las páginas policiales. Aunque en la pantalla los protagonistas terminaran recibiendo su merecido, los gangsters estaban encantados de ser héroes populares. En todo caso, no fue esa devolución narcisista lo que los llevó a operar dentro de la industria del cine sino una serie de factores que Schwarz desarrolla con dispar consistencia.
Tal vez el personaje histórico mejor delineado sea el de Johnny Rosselli, cuyo derrotero constituye uno de los temas recurrentes del libro de Schwarz y el bienvenido elemento aglutinador de un material errático. En virtud de su doble condición de hampón y actor semi profesional, Rosselli (nacido Filippo Sacco) fue el primer representante de la mafia en insertarse en la industria y descubrir que la colonia de Hollywood era un flanco fácil de atacar para las actividades delictivas.
LOS MEDIADORES. Debido a la corrupción política y policial de California, el juego, el alcohol y las drogas corrían por sus fueros como si no existiera Depresión ni Ley Seca. De hecho, la única ley eran los intereses de los magnates de los estudios, quienes, según Schwarz, "habían creado un sistema aún más controlado que la propia mafia". Dentro de ese sistema, actores y actrices necesitaban estimulantes para mantener la figura que les exigían los publicistas y para sostener una agenda que los obligaba a filmar hasta dieciséis horas diarias, seis o siete días a la semana. Por otro lado, necesitaban alcohol y sustancias narcóticas para inducir el sueño, generando cuadros adictivos que serían cuidadosamente ocultados a la luz pública.
Rosselli alertó de todo ello a sus contactos en la "Organización" de Chicago, siendo recompensado con un porcentaje en las ganancias de las futuras operaciones, entre ellas los casinos flotantes frente a las costas de California, el tráfico de sustancias ilegales y las apuestas clandestinas en las carreras de caballos. A su vez, Rosselli se afianzó como un interlocutor válido para los estudios.
Ante el descenso en la venta de entradas, a mediados de 1933 los ejecutivos decidieron bajar los salarios de los técnicos en un cincuenta por ciento, manteniendo intactos sus astronómicos ingresos. El sindicato respondió con una huelga que mantuvo paralizada la industria por un par de semanas. Fue entonces que, a pedido de los estudios, Rosselli contrató a un grupo de violentos rompehuelgas que se mezclaron en los mítines para manipular el cese del conflicto y agredir físicamente a quienes se mantuvieran en pie de guerra. Finalizada la huelga, los estudios hicieron ostentación de la victoria obligando a los técnicos a firmar contratos leoninos, mientras Rosselli se encaramaba cual Maquiavelo.
Otras carreras delictivas que sobresalen del caótico anecdotario de Hollywood Confidential son las de Joseph P. Kennedy y el playboy Pasquale "Pat" DiCicco. El primero, padre de futuros políticos y de un presidente, pasó de traficante de licor a dueño de salas sin escatimar extorsiones ni asociaciones non sanctas con el grupo de Capone, llegando a comprar un pequeño estudio, FBO, con capitales del crimen organizado. Completando un nefasto prontuario, se ganó la simpatía de los mandos de Hollywood cuando eliminó la presión de las Legiones de Decencia al contratar bajo soborno a Will H. Hays, "un hombre tan corrupto como la mafia".
DiCicco era otro cantar. Adinerado y elegante, desde un principio se codeó con las altas esferas y se informó de quién consumía qué y cuándo. Se lo contó a Luciano, quien llegó a la costa Oeste para buscar el control de la venta de drogas y alcohol. DiCicco no contaba con que Luciano también buscaría el control de su propia esposa, Thelma Todd, una actriz que había trabajado en películas de Hal Roach y los hermanos Marx. Eventualmente, Todd se divorciaría de DiCicco y se convertiría en la amante oficial de Luciano.
El monto de información comprometedora y el descubrimiento de haber sido utilizada con fines delictivos hicieron estragos en la personalidad de Todd, de por sí abrumada por la paranoia causada por sus múltiples adicciones. Tomó la decisión de recurrir a un fiscal de distrito para delatar a Luciano, desconociendo que en la Fiscalía había dos informantes del gangster. Un día antes de entrevistarse con el fiscal, apareció asesinada en su automóvil en una calle desierta.
DUDA RAZONABLE. En el reporte detallado de esas maquinaciones, así como de la insidiosa toma de control de los sindicatos por parte de la mafia, radica el moderado valor del libro de Schwarz. El resto se ocupa de incidentes igualmente oscuros aunque ya revelados, con mayor inspiración chismográfica y narrativa, en los dos volúmenes de Hollywood Babilonia, de Kenneth Anger. El pasado delictivo de George Raft, la promiscuidad de Jean Harlow, el asesinato de Johnny Stompanato a manos de Lana Turner y las inagotables conjeturas acerca de la muerte de Marilyn Monroe, parecen material de relleno en un trabajo que nunca encuentra su eje.
Ni siquiera la mentada hipótesis del triunfo de Hollywood sobre la mafia queda debidamente esclarecida. En un breve capítulo final, Schwarz acumula vaguedades del estilo de "Hollywood cambió en los años 60" y "Los sindicatos ya no eran una fuente interesante de recursos (para el crimen organizado)". Allí mismo, sin que venga a cuento, aprovecha para deslizar una denuncia sobre una devolución de favores de Twentieth Century Fox a Ronald Reagan en 1966, cuando el estudio compró al entonces candidato a gobernador un terreno en Malibu a precios exorbitantes.
Entre el amarillismo y la falta de jerarquización de los datos, Schwarz queda en deuda con lo que prometió: una explicación razonable de por qué los mafiosos cayeron en desgracia en Hollywood, mientras que sus cómplices Harry Cohn, Adolph Zukor y Louis B. Mayer eran venerados como adalides de la cultura popular.