INA GODOY (desde Cerro Colorado)
COMO UN beatnik anticipado, como un Manu Chao de hace 60 años, Atahualpa Yupanqui (1908-1992) recorrió la pampa y el Norte argentinos durante casi 20 años, a caballo.
El camino fue su universidad, de lo vivido y lo aprendido en esos viajes estaba hecha la sangre que corría por sus venas, la materia prima de su obra.
"Hace unos años la vida me llevó por un camino de chañares florecidos hasta Cerro Colorado. Andábamos en un viejo camión, dando exhibiciones de películas mudas. Así se nos pobló el corazón de vidalas y `saudades`, y como los poetas no escriben sin brújula, bendigo la sagacidad y el consejo de Leopoldo Lugones, que señaló, para el goce del alma y retozar de mi caballo, las famosas grutas pintadas del Cerro Colorado", cuenta Atahualpa Yupanqui en su libro El Canto del Viento.
No es un tesoro menor que exista un lugar donde poder acercarse íntimamente al alma de uno de los artistas más relevantes de la música popular latinoamericana del siglo pasado. Y eso es precisamente Cerro Colorado, un viaje directo al Yupanqui más profundo, esencial y desconocido. Un lugar con música propia, esa que Atahualpa supo escuchar y traducir en una insuperable banda de sonido.
DESIERTO Y LLANURA. "Un viaje a caballo se compone de infinitas llegadas, cuando uno toma un autobús o un avión, es otro asunto. Va y llega, es muy rápido el andar, muy cómodo, pero en esas horas nada madura, como no sean las ganas de llegar, en cambio a caballo usted llega a una flor, a un amigo, a una piedra, a un árbol, a un rincón, a un arenal, a lo que parece un desierto", dice el viajero instintivo que anduvo durante años, guiado por el guiño de las estrellas, aprendiendo a escuchar los ríos, haciéndose amigo del viento.
En el camino Yupanqui encontró y tradujo una cultura popular despojada de símbolos patrios, desacartonada, muy cercana a la realidad. Sus consideraciones sobre la identidad nacional y latinoamericana partieron en gran medida de la contemplación silenciosa que lo caracterizaba, que le permitía describir la tierra y su gente con un lenguaje sensible, conmovedor, popular y artístico. "Entre Córdoba y Tucumán el camino va diciendo que es la antesala del desierto, empieza a escasear el agua, el pasto ya no es tan verde sino que se vuelve gris y los hombres empiezan cordialmente a ser afectivos con quien pasa, aunque no tengan mucho que ofrecer, más que su ademán de hermandad. Distinto al de la llanura, donde la tierra es gorda y rica, entonces tiene de todo, un buen asado, un buen caballo, hasta una buena rienda si le hace falta".
Por el camino que lleva a esa antesala del desierto, 150 km al Norte de la capital de Córdoba, Yupanqui llegó a Cerro Colorado. Tenía apenas 30 años, "era cineasta" dice, entre el orgullo y la ironía, recordando las cintas de William Hurt y Tom Mix que proyectaban en una sábana colgada de árbol a árbol, para la que se cobraba cierta suma "del lado que se lee" y la mitad del lado del revés. "Después se bajaba la tapa del camioncito que transmitía, ahí yo daba mis conciertos de guitarra, hacíamos un concurso de malambo y seguíamos viaje, éramos pájaros libres", dice Yupanqui, que desde que conoció el Cerro supo que volvería para quedarse.
Así fue, a los años regresó y don Eustasio Barrera, un lugareño, le obsequió un terreno a manera de agradecimiento por la música que Yupanqui tocó en su convalecencia. Atahualpa eligió una esquina de terreno donde el río Los Tártagos hace una curva, y ese fue el rincón donde unos años más tarde se construiría su casa, Agua Escondida. "La hicimos con mi familia, a romper uñas y un amigo que me ayudaba y me fiaba, tejas, ladrillos, 2500 piedras, todo a pagar cuando pudiera", escribe, recordando una de las épocas más dolorosas de su vida artística y personal, cuando su afiliación al Partido Comunista le significó primero no tener trabajo, luego persecuciones y cárcel, para terminar en el exilio.
En 1949 dejó su país con rumbo a Uruguay y luego a Francia, donde permaneció hasta 1953. Durante esos cuatro años, mientras en Argentina sus canciones desaparecieron como si nunca hubieran existido, Europa lo conocía de la mano de Edith Piaf, profunda admiradora y anfitriona de una extensa gira que lo consagró en el viejo continente.
Sin embargo, ni bien las condiciones estuvieron dadas, Yupanqui regresó a su tierra. Al llegar, se desvinculó del Partido Comunista y volvió a trabajar intensamente, inaugurando un período de arraigo personal y artístico, que se coronó con el establecimiento en Cerro Colorado que alternaba con su residencia en París.
Junto a su pequeño hijo Roberto -a quien su padre llamaba Kolla- y a su mujer Nenette -compañera y coautora de clásicos como "Luna Tucumana" o "El Arriero" con el seudónimo de Pablo del Cerro-, Yupanqui echó raíces en el único lugar que lo tentó a abandonar el camino, la senda, aunque sólo sea por períodos. "Eso es para mí Cerro Colorado, un rincón donde yo puedo estar tranquilo, tengo un paisaje, un silencio y una luz que me ayudan. Todo hace que yo me sienta cómodo y sereno, sino es feliz, sereno, en este lugar la serenidad está más cerca de mi olfato".
EL DESTINO DEL CANTO. "La tierra tiene un lenguaje y en el canto popular, el hombre habla con el lenguaje de su territorio", decía Yupanqui y posiblemente algo de eso se haya puesto en juego cuando decidió arraigarse en Cerro Colorado. Un profundo llamado de la tierra, una percepción de la naturaleza que lo puso en la obligación de transmitirla, de enseñarla.
Cerro Colorado reúne una serie de características que lo hacen un lugar especial, empezando porque allí se aloja uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de la región. En las grutas y aleros de los cerros Veladero, Inti-Huasi, Vaca Errana y Colorado, más de 35 mil imágenes de hasta 1500 años de antigüedad son testigos de la vida que las comunidades indígenas de comechingones y sanavirones -las únicas de América que registran la conquista española- desarrollaron en el lugar.
Desparramada en los valles de los cerros rojizos por la gran cantidad de hierro en sus componentes, la pequeña aldea de apenas 400 habitantes desarrolla una vida apacible y austera, sostenida casi exclusivamente por actividades relacionadas al turismo. Recorriéndola, es posible percibir esta pequeña comarca de 3000 hectáreas de extensión, como si fuese un gran jardín, con bosques de quebracho, algarrobo, espinillos, aromos y matos, y un río serpenteante con cascadas, piletas y playas naturales. "Agua Escondida" constituye uno de sus más preciados tesoros, sobre todo desde que la casa se abrió al público como museo, con visitas guiadas y actividades complementarias. Al llegar es posible advertir que se trata de uno de los mejores rincones del lugar, desde la armonía visual de la construcción con piedras del cerro, de sencillas líneas y con orientación al río en forma de galerías y patios aterrazados, hasta el increíble efecto sonoro de silencio más absoluto, interrumpido sólo por el rumor del río y de los pájaros.
Agua Escondida está impregnada de la personalidad de Yupanqui, y recorriendo el lugar no es muy difícil imaginar al dueño de casa tal como lo evocan algunos lugareños, sentado en la galería, mirando el río o tocando la guitarra en extensas siestas de silencio y soledad. La posibilidad de contemplar algunos detalles intactos de su vida cotidiana, como el escritorio frente a la ventana, con la máquina de escribir y los lentes, que hablan de un inmejorable rincón de escritura y de lectura con vista al río. La intimidad de su habitación, con colchas rústicas y las pantuflas a un lado de la cama, o una pila de valijas de sus interminables viajes sobre un ropero con sus atuendos más rurales.
Sobre el ala derecha de la casa, un roble frondoso y añejo le hace sombra a sus restos, que descansan en el silencio de la siesta, como lo evoca el recuerdo, como él mismo lo describió en El destino del canto. "Sí, la tierra señala a sus elegidos. Y al llegar al final, tendrán su premio, nadie los nombrará, serán lo anónimo, pero ninguna tumba guardará su canto".