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El primogénito de Thomas Mann
La ceguera de Europa

SOLEDAD PLATERO

KLAUS MANN murió a los 43 años. Lo mató una sobredosis de somníferos que su padre trató de hacer pasar como accidental, pero que sus allegados no dudaron en entender como voluntaria. En un cuarto de pensión, en Cannes, después de un último encuentro de amor furtivo, el escritor que ya había sido corresponsal de guerra, dramaturgo y novelista, que ya había escrito su autobiografía y había viajado alrededor del mundo, reprodujo la escena del suicidio de uno de sus personajes más dulces: la pequeña Tilly Von Kammer, de El volcán. En esa duplicación -que recuerda de manera algo siniestra al argumento de "La Trama", de Jorge Luis Borges- hay un signo que atraviesa la vida y la obra de Klaus Mann, un autor tan preocupado por actuar en el mundo real como por reproducirlo dramáticamente en la ficción.

LA PATRIA NO TIENE SUSTITUTO. El volcán, escrita en 1939, cuenta las peripecias de varios emigrantes de diversos orígenes que circulan por Europa, casi siempre sin documentos, sin dinero y sin posibilidades de asentarse en ningún lugar. Judíos alemanes que huyen de Hitler, rusos blancos que debieron escapar del régimen comunista, italianos desertores de las filas de Mussolini, se cruzan brevemente en París, Praga o Zurich. Sus historias son distintas, y distintas son también las banderas que levantan y las ideas que defienden, pero todos comparten un dolor lacerante y sin remedio: han perdido la patria. Y la patria, como dice uno de ellos, es insustituible.

La novela, que está dividida en tres partes, acompaña a los protagonistas durante los años que van desde 1933 hasta 1938. Al comienzo Hitler es sólo un tirano en ascenso, peligroso y hostil para los judíos y los opositores al régimen, pero frente al que permanecen indiferentes los gobiernos vecinos. Los alemanes exiliados, casi siempre judíos, no son bien recibidos en ninguna parte. Los franceses los desprecian por boches, los austríacos no quieren más judíos en su territorio, los checos no quieren conflictos con el gobierno alemán, los escandinavos no tienen dinero para mantener a tantos refugiados. Hacia el final de la novela ya está claro que el monstruo del nazismo no reconoce fronteras, y que la paz en Europa es apenas el sueño de los que no quieren ver la realidad.

EL EXILIO EUROPEO. Más o menos todas las críticas -y la contraportada de este volumen- parecen coincidir en que El volcán es la gran novela del exilio europeo. Tan categórica afirmación invita a reflexionar acerca del alcance de la expresión "exilio europeo". Los europeos habían salido de sus países desde muchos siglos atrás. Y lo habían hecho, en muchos casos, para no volver. Bajo distintas coartadas -exploración, reconocimiento, investigación, conquista, colonización, expansión, dominio, imperialismo, aventura, etc.- los nacidos en Europa habían dejado sus lugares de origen y se habían lanzado detrás del sueño de nuevos horizontes. No todas las empresas fueron heroicas. Muchos barcos sobrecargados de pasajeros hambrientos habían aligerado su carga en los puertos americanos a comienzos del siglo XX, y ese fenómeno dio lugar a numerosas creaciones artísticas, y especialmente literarias. Sin embargo, en ninguno de esos casos se hablaría de "exilio europeo". Porque lo que esa expresión connota, antes que nada, es un punto de vista y una voluntad de pertenencia. Los protagonistas de El volcán no salen de sus países en busca de una vida nueva, sino que huyen de una violencia que los sorprende y los acorrala. No saben hacia dónde quieren ir, y no creen estar yéndose para siempre. Un poco como niños irresponsables, entienden que deben salir de sus ciudades y moverse hacia sitios más seguros, pero están muy lejos de entender la magnitud del problema al que se enfrentan.

EL CENTRO DEL MUNDO. El siglo XX fue amargo para los europeos. El fascismo avanzó sobre ellos instalando el dolor y la vergüenza en cada casa, mostrándoles la peor cara de la intolerancia y enfrentándolos a una barbarie que hasta entonces les había parecido ajena, o por lo menos lejana. Los civilizados países de Europa, acostumbrados a la vida confortable que años de prácticas coloniales les habían proporcionado, se vieron de pronto atropellados por una violencia que se ejercía por primera vez sobre sus territorios y sobre sus habitantes. No deja de ser estremecedora la ingenua y despiadada lógica con la que los personajes de El volcán analizan las causas del nazismo. Un honesto y sensato ciudadano británico, pacifista y demócrata, está dispuesto a admitir que la agresividad del Tercer Reich es motivada por la falta de territorio. La respuesta de su interlocutora, protagonista central de la novela y aparentemente inspirada en la hermana del autor, es terminante: tal vez sea cierto que los demás países de Europa fueron mezquinos con Alemania en el Tratado de Versalles. Pudieron haberle "concedido más colonias" pero, en todo caso, debieron haberlo hecho antes de que Hitler llegara al poder.

Esa ceguera para cualquier cosa que no les ocurra directamente a ellos es una característica que comparten todos los personajes de la obra. La apasionada y nerviosa Marion, la dulce y suicida Tilly, el misterioso Kikjou y su atormentado amante Martin Korella, el inquieto Marcel, muerto en España, el manso y gordezuelo profesor Abel, todos los aspirantes a poetas, actores o héroes están tan enfrascados en sus propias escenas que no son capaces de aventurar una sola hipótesis para lo que está ocurriendo, y solo ven el abismo ardiente que se abre frente a ellos y les impide vislumbrar su propio futuro.

LA VIDA Y LA ESCENA. Klaus Mann escribió esta novela con la intención manifiesta de retratar la vida europea de esos años. Él mismo era, como sus personajes principales, judío, artista, homosexual, morfinómano y, sobre todo, un desterrado. Construyó su ficción a partir de las cosas que conocía y de las experiencias que había tenido. Su Marion Von Kammer es igual a Erika Mann, la hermana que adoraba y con la que había recorrido el mundo. Los demás personajes también tuvieron sus correspondientes más o menos exactos en la vida real. El propio Klaus fue escritor, como Marcel, Martin y Kikjou, y conoció el frente de guerra en España, como la Schwalbe y Meisje, alternó con actrices y con cantantes de cabaret como Tilla Tibori o Ilse Ill, y finalmente se suicidó como Tilly, en un cuarto de pensión. La vida y la escena se solaparon continuamente en la historia del primogénito de Thomas Mann.

El volcán está escrita como una pieza dramática. A pesar de que no predominan los diálogos y de que la estructura es francamente novelística, las intervenciones del narrador, la forma en que las escenas parecen iluminarse o apagarse, las descripciones de los personajes, que parecen más dirigidas a un director que a los lectores, hacen que el relato se despliegue visualmente. Después de la lectura, la memoria retiene las imágenes, pero no conserva las palabras. Parece que los acontecimientos que el autor quiere conservar y divulgar no pueden todavía ser abordados por la reflexión, y reclaman meramente ser retratados, expuestos, presentados como si se descorriera un telón.

Tal vez ese agujero de la reflexión es la razón por la cual, contra todas las apariencias, la palabra "europeo" es mucho más importante que la palabra "exilio" en la expresión "exilio europeo". Porque la ceguera que caracteriza a sus jóvenes protagonistas es la ceguera de Europa. Su voluntaria y cómoda ceguera; la misma que los dejó aceptar el reparto colonial del mundo, que les impidió ver cuál era el origen de su riqueza y el alcance de su predominio, y que los mantuvo paralizados y absortos hasta que fue demasiado tarde.

EL VOLCÁN, de Klaus Mann, Barcelona, Edhasa, 2003. Distribuye Océano. 671 págs.

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