La crítica y la vida

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CARINA BLIXEN

EL ÚLTIMO libro de George Steiner es una ocasión de disfrute de su erudición, su inteligencia, su claridad seductora y una nueva puerta abierta al debate. Los logócratas, de título disonante, es una suma de ensayos, entrevistas y un relato que, como sus otros libros, remite a una reflexión sobre lenguaje, literatura y sociedad que Steiner ha venido desarrollando desde la década del sesenta.

La crítica como pasión. En un ensayo de 1964, "Construir un momento", Steiner explicaba que la palabra oeuvre es difícil de traducir. "Significa algo más que el resultado del trabajo de un autor. Implica una lógica de desarrollo, de estructura revelada gradualmente". En forma similar puede verse que sus escritos integran un proyecto que en cada caso responde a una circunstancia específica; pero en su modalidad, su recurrencia, sus referencias cruzadas, sus artículos, libros, entrevistas, polémicas, remiten a una totalidad en proceso. Esta debería entenderse en el diagrama de una lucha política y cultural de la que nos llegan solo algunos ecos.

Steiner ha sostenido con vehemencia que el lugar de la crítica es "modesto pero vital": "debe enseñarnos qué debe releerse y cómo", debe establecer vínculos que amplíen y compliquen "el mapa de la sensibilidad" y debe realizar un juicio sobre la literatura contemporánea. "Debe preguntarse no solo si tal arte constituye un adelanto o un refinamiento técnicos, si añade un giro estilístico o si juega astutamente con la sensibilidad del momento, sino también por lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral". (Lenguaje y silencio)

Es "vital" porque es indispensable, porque viene de la vida. El pensamiento de Steiner está anclado en su vida. Se considera un sobreviviente. "Mi madre procedía de una familia políglota de la burguesía judía de Viena (…) Mi padre provenía de una aldea a ocho kilómetros de Lidice, un pueblo del norte de Bohemia con la totalidad de cuyos habitantes, sin excepción, se hizo una matanza para vengar el asesinato del jefe de la Gestapo" (Los logócratas). En 1924 sus padres abandonaron Viena y se trasladaron a París, en donde nació George en 1929 "en una casa llena a reventar de libros, música y cultura: la tradición judía de la Europa central".

En 1940 la familia se trasladó a Nueva York. Formado en EEUU, Steiner hizo periodismo, dio clases, tuvo hijos, y decidió ser un residente definitivo de Europa pues solo allí puede ser "naturalmente" políglota y vivir en sus múltiples tradiciones. También ha explicado su elección de Europa a partir de unas palabras de su padre: "Si quieres irte a EEUU será mucho mejor para tu carrera, pero Hitler habrá vencido…".

"Yo no tengo lengua materna" ha contado una y otra vez, pues creció en una casa en la que se hablaba indistintamente francés, inglés y alemán. En Después de Babel (1975), tal vez su libro más ambicioso, sostuvo que Babel es "una bendición" porque "las ventanas que abre una lengua dan a un paisaje único". Steiner recurre con fluidez e irreverencia a argumentos autobiográficos para explicar sus posiciones e intereses: "Esta matriz políglota fue para mí mucho más que un azar de la situación privada y familiar. Organizaba, orientaba mi sentimiento de la identidad personal imprimiendo en ella un paisaje afectivo, formidablemente complejo y lleno de recursos, del humanismo judío de Europa Central (…) Al mismo tiempo, la falta de una lengua materna única me ponía en cierto modo aparte de los otros niños franceses, confiriéndome cierta inmunidad extraterritorial ante la comunidad histórica y social que me rodeaba…".

La falta de lugar de Steiner se da por exceso, no por defecto. Su multilingüismo lo lleva a interesarse en escritores que han escrito en varias lenguas. Extraterritorial es el título de sus "ensayos sobre la literatura y la revolución del lenguaje" publicados en 1971. A partir del estudio de las obras de Nabokov, Borges, Beckett, Ezra Pound sugiere que "la literatura contemporánea puede ser considerada como una estrategia de exilio permanente".

Este cruce de la peripecia vivida y la opción intelectual vuelve una y otra vez en su oeuvre. En el prólogo a la segunda edición de Después de Babel dejó constancia de su doble condición de peregrino: dice que su libro "sigue siendo, para los lingüistas académicos, para quienes teorizan sobre la traducción o pretenden enseñarla, el afán irritante y anárquico de un forastero…". Eligió vivir y pensar entre continentes, entre culturas, entre lenguas, entre disciplinas.

Ese núcleo vital, expuesto, aporta a su obra un elemento convincente, un valor agregado a su notoria sabiduría y su inteligencia audaz. Coincide con su manifiesta voluntad de atravesar el reducto de lo académico, de llegar a un público más amplio, a pesar de la conciencia creciente del desinterés de los más por lo literario. Defiende el compromiso de la crítica con su tiempo y pelea. "Mi batalla es contra los posestructuralistas que han mezclado la importancia de la creación con el comentario literario. El libro viene antes. El Sr. Cervantes, el Sr. Lorca y el Sr. Shakespeare no necesitan al Sr. Steiner, pero el Sr. Steiner los necesita a ellos" (Entrevista El País 27.10.01). Su "bestia negra" es Jacques Derrida: rechaza absolutamente el postulado de que el texto sea un pre-texto.

EL RUIDO Y EL SILENCIO. En el prefacio a Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1976) Steiner afirma que la crítica "moderna más viva" (George Lukács, Walter Benjamin, Edmund Wilson) "ha hecho del juicio literario una crítica sobre la sociedad". En forma consecuente, ha pensado y opinado sobre la situación del libro, la literatura y los intelectuales en la cultura contemporánea. Ha explicado que el libro y las virtudes en torno a él desarrolladas representan un fragmento mínimo del tiempo de existencia del hombre. Los medios que hicieron posible el acto de leer aparecieron tarde en la historia. "Es difícil saber si el libro sobrevivirá y por cuánto tiempo, pero esa pregunta es absolutamente fascinante" escribió.

Al mismo tiempo en que anota que el 80% de los individuos con más talento están hoy en las ciencias, denuncia la simplificación y el empobrecimiento del lenguaje por la presión de la cultura de masas y porque "la suma de realidades que el lenguaje podía expresar de forma necesaria y suficiente ha disminuido de manera alarmante". Hasta el siglo XVIII "la esfera del lenguaje abrazaba casi la totalidad de la experiencia", ahora hay "grandes áreas de la significación y de la praxis que pertenecen a lenguajes no verbales". "El mundo de las palabras se ha encogido".

Steiner afirma que "las nuevas culturas humanísticas, cuando podemos distinguirlas claramente, son musicales, no textuales". Detesta el rock, pero no deja de percibir su fuerza convocante, comunitaria. Nuestra cultura atenta contra el silencio y la atención requeridas para concentrarse en la lectura. "La propia entrega a un texto, el vértigo de la atención que encorva la espalda del erudito y nubla la vista, es al mismo tiempo una postura de sacrificio y de riguroso egoísmo"( Sobre la dificultad y otros ensayos).

En el ruido y frenesí de la vida de hoy es funcional la "lectura semiatenta": la que nos permite entender un bestseller, una narración policial, un diario, un cartel publicitario, un e-mail, una información en internet. Pero Steiner sigue abogando por la lectura "plena", intensa. La "labor de la crítica literaria es ayudarnos a leer como seres humanos íntegros", porque leer bien "significa arriesgarse a mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos". Encuentra una hermosa imagen para decir que la lectura no puede ser un acto inocente, que tiene siempre consecuencias: "Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro" (Lenguaje y silencio).

No se queda en el planteo de los problemas, busca respuestas. Ante la creciente lejanía de la literatura de la vida de las personas, analiza qué queremos decir cuando afirmamos que un "texto es difícil". En el estupendo ensayo "Sobre la dificultad" Steiner explica a partir de análisis concretos cuatro niveles diferentes de dificultades. Es una reflexión madurada en años de enseñanza. Demuestra la necesidad de ir paso a paso, de establecer bases de comprensión que permitan ir avanzando en un proceso de conocimiento que, en el mejor de los casos, cuando se han sorteado las oscuridades provenientes de la comprensión de las palabras, del juego de connotaciones y asociaciones, de las opacidades interiores del lector, de las "tácticas" desconcertantes del escritor, abre la posibilidad a un encuentro siempre misterioso e incierto del lector con una obra literaria. El planteo de Steiner es medularmente positivo: acepta la dificultad y muestra que no hay que arredrarse ante ella porque, en algún momento, será resuelta. Pero así como los buenos libros no tienen apuro, la lectura transformadora requiere de tiempo, constancia, dedicación.

AUTORIDAD Y DEMOCRACIA. Steiner ha contradicho desde distintas perspectivas el principio humanista de que la cultura hace a los hombres mejores. En sentido contrario, ha señalado la convivencia, por lo menos difícil, de la alta cultura en las actuales democracias mediáticas. El hombre leyendo en su biblioteca "es al mismo tiempo el producto y el generador de un orden social y moral particulares. Es un orden bourgeois fundado en ciertas jerarquías de educación letrada, de poder adquisitivo, de ocio y de casta". Antes, la élite lectora "ocupaba los centros del poder y del ejemplo; sus criterios eran los de la cultura como un todo. Pero ya no es así. Es mucho más honesto y mucho más productivo admitir que los modelos e ideales de la cultura plena no son patentes, que no son aplicables a la mayoría en una sociedad populista." (Sobre la dificultad y otros ensayos). Sostiene que en el texto escrito hay una máxima de autoridad. "En su esencia misma la escritura es normativa", dice. La oralidad en cambio "aspira a la verdad, a la honradez de la autocorrección, a la democracia (…) de la intuición compartida" (Los logócratas).

Por todo esto, la tapa y el título de su último libro, Los logócratas, parece una provocación. La imagen de portada es la de la maravillosa biblioteca del Trinity College de Cambridge. Grandes volúmenes de tapa dura cubren los estantes de sólida madera. La esquina del espacio elegido está ocupada también por un adusto juego de bancos y mesa con libros abiertos y un tintero con su pluma. El rigor, el recato, el decoro, la concentración, el difícil trabajo interior. El recinto cerrado y exclusivo evoca posibilidades y exigencias accesibles a unos pocos. La probada eficacia de Steiner como difusor, su reconocido amor por las palabras, lleva a preguntarse por qué eligió ese nombre para titular un libro. Él mismo pide disculpas por usarlo en el artículo "Los `logócratas`: De Maestre, Heidegger y Boutang". Tal vez deba entenderse como un acto de arrogancia o melancolía que deja afuera a los no específicamente interesados.

Los logócratas consideran que la palabra tiene un origen divino: "En esta óptica, el hombre no es el amo del habla sino su sirviente. No es propietario de la `morada del lenguaje` sino un huésped incómodo, hasta un intruso". Así el poeta, el pensador, el visionario no gobiernan el lenguaje sino que "oyen" lo que les dice. Steiner se pregunta qué consonancias hay entre una teoría del lenguaje fundada en una inferencia del "logos" y un ideal político autoritario, conservador en extremo. Su ensayo pone en evidencia muchas. "Una concepción `logocrática` del lenguaje exige necesariamente un orden cultural elitista, incluso sacerdotal o mandarinesco".

MORAL PARA INTELECTUALES. Steiner lo ha dicho más de una vez: se siente más un profesor que un crítico. Ese sentimiento se nutre también de sus raíces. "Para mi padre, fiel en esto a la tradición judía, la enseñanza era la vocación suprema. Es el `rabinazgo laico`. El comparatismo forma parte de mi condición de peregrino: yo estoy en marcha…" (Entrevista de Franois L´Yvonnet, Le Magazine Littéraire). A partir de sus escritos, uno se arriesgaría a pensar que Steiner es un maravilloso docente. Pero no es solo eso, ni ha actuado solo como tal. Esa forma de autoconsiderarse parece en algunos momentos una estrategia defensiva. Steiner no ha dejado de discutir públicamente con intelectuales y académicos; colocarse en el lugar del "profesor" puede ser una manera de evitar golpes, de refugiarse en la autoridad de una institución.

Acostumbrado a ocuparse de los problemas del mundo, ha desarrollado lo que podría calificarse como un humanismo pesimista. Sabe que la cultura no detuvo ni detiene a la barbarie, que se puede ser maravillosamente culto y realizar actos de pasmosa crueldad. Señala que "hay una fractura entre la forma inhumana que tiene un hombre de llevar sus actividades políticas o públicas y su capacidad para crear belleza…". Encuentra una explicación en lo que ha denominado la "paradoja de Cordelia", la hija del Rey Lear, el personaje de Shakespeare. Cuenta que cuando él vuelve de clase con las palabras de Lear, con su hija en brazos muerta, resonando en su cabeza, no escucha los gritos de la calle. El gran arte se apodera de las conciencias de tal manera que hace posible sustituir los dolores reales por los imaginados (Franois L´Yvonnet). El argumento podrá o no convencer, lo bueno de Steiner es que no da vuelta la cabeza ante los problemas difíciles en los que está involucrado como individuo e integrante de esta sociedad. Sin embargo, queda la sospecha de que a veces sus generalizaciones eluden tener en cuenta los condicionamientos de algunas de sus opciones políticas.

La denuncia de la violencia sistemáticamente practicada, está en Steiner genéticamente ligada al Holocausto. "Mi propia conciencia está dominada por la erupción de la barbarie en la Europa moderna; por el asesinato masivo de los judíos y por la destrucción, con el nazismo y el estalinismo, de lo que trato de definir en algunos de estos ensayos como el genio particular del `humanismo centroeuropeo`", escribió en el prefacio a Lenguaje y silencio. La "bestialidad política", dice, "es el punto de partida de cualquier reflexión sobre la literatura y sobre el lugar de la literatura en la sociedad".

El Holocausto para Steiner es un modelo del mal, que en su carácter "magno" ocupa casi exclusivamente su "inteligencia moral". Sin negar su importancia decisiva para hacer tambalear la idea que los hombres tenían de sí mismos, el Holocausto ha sufrido un proceso de mitificación que, en algunos casos, paradójicamente, en lugar de incitar a la conciencia ante otras crueldades posteriores, parece anestesiarla. Opera en las sensibilidades de algunos de quienes perciben la dimensión del horror perpetrado por el Estado nazi de la misma manera -siguiendo el razonamiento de Steiner- que la imagen de la hija de Lear, Cordelia, muerta y los gritos de la calle.

Steiner eligió la diáspora y la tradición judía europea: piensa que la verdadera patria del pueblo judío es "un texto". "Las tradiciones de la textualidad, del respeto a las Sagradas Escrituras, de la memorización y del comentario, que existen en el corazón del judaísmo después de la destrucción del Segundo Templo, están ya en buena medida erosionadas". "El pueblo del Libro" hoy es el Islam. Se lamenta por el abandono del pueblo judío de su tradición de espiritualidad. "Un trozo de tierra" y demás éxitos mundanos de los judíos "son causas demasiado pequeñas" al lado de lo que han dejado por el camino, dice en "El Pueblo del Libro" (1999) (Los logócratas). El libro preserva la cultura y la forma de vida que ama. La conciencia de su creciente marginalidad lo lleva a ampararse en un mundo de ideas cada vez más conservador.

LOS LOGÓCRATAS, de George Steiner. Fondo de Cultura Económica, México, 2007. Distribuye Gussi. 218 págs.

Libros citados:

Extraterritorial. Ensayos sobre literatura y la revolución del lenguaje, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2000.

Lenguaje y silencio. Ensayo sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, Barcelona, Gedisa, 1994.

Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción. Segunda edición en español, México, Fondo de Cultura Económica, 1995.

Sobre la dificultad y otros ensayos, México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

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