CARLOS MARÍA DOMÍNGUEZ
EN FEBRERO de 1890 Joseph Conrad fue contratado por el coronel Albert Thys, director de la Société Anonyme Belge pour le Commerce du Haut-Congo, para conducir por tres años un pequeño vapor cuyo capitán había sido asesinado por los nativos.
Conrad tenía treinta y tres años, hacía cinco había obtenido la ciudadanía británica, y de regreso de los mares de Oriente, donde alcanzó el grado de capitán, no le resultaba sencillo conseguir un barco. Aún no se había convertido en escritor, pese a que había escrito su primera historia, The Blake Mate, e iniciado La locura de Almayer. Sus problemas eran otros: abrirse camino en la marina británica, pese a su origen polaco. Como no aparecía un buque con bandera inglesa, recurrió a la viuda de un primo, Marguerite Poradowska, con importantes contactos en el mundo comercial belga, y consiguió el empleo.
No era el mejor destino. Había navegado en mares abiertos y entonces tendría que llevar un patache por un río en el corazón del África. La experiencia, es posible concluirlo, terminó con su vida de marino y lo arrojó al mundo de las letras.
En 1880 las fuerzas francesas habían iniciado la colonización del Congo. Cinco años más tarde Leopoldo II, el rey de Bélgica, compró el estado y el coronel Thys inició la construcción de una línea de ferrocarril de cuatrocientos kilómetros para drenar sus riquezas: goma, marfil y resina de copal. La política belga difundía que se proponían salvar a los congoleses de los traficantes árabes de esclavos. Pero el tiempo denunció que se trató de una formidable empresa política y comercial que acabó con la vida de entre cinco y ocho millones de nativos (las dos terceras partes de la población), gracias a un sistema de esclavitud y saqueo que obligaba a la población a trabajar sin horarios ni paga, cortaba la mano o el pie a quienes no cumplían con la cuota productiva, aniquilaba a las aldeas morosas y mantenía secuestrada a la madre o a los niños de los trabajadores para asegurar su obediencia. Al puerto de Amberes llegaban valiosos cargamentos de marfil y caucho, y de allí regresaban los barcos con armas y municiones.
Es posible que Conrad ignorara cuál era la situación, que haya querido verla con sus propios ojos, o que el afán de conseguir un barco primara sobre cualquier consideración del sitio al que se dirigía. En junio de ese año llegó a Boma, en la desembocadura del río Congo, y navegó cuarenta millas en un pequeño barco hasta la aldea comercial de Matadi, donde trabó amistad con el vicecónsul británico Roger Casement, ya entonces alarmado por los crímenes de la gran compañía. De Matadi partió a Kinshasa con treinta porteadores porque el río dejaba de ser navegable, con los que recorrió 370 kilómetros de montañas y selvas hasta llegar a la Estación Central.
Debían adjudicarle el "Florida" pero los planes habían cambiado. Sería segundo de a bordo en el "Rois des Belges" bajo las órdenes de un capitán sueco llamado Ludwig Koch. La misión: remontar por el río 1.600 kilómetros hasta el puesto de Stanley Falls para recoger al agente de la compañía Georges Antoine Klein, que se hallaba enfermo de gravedad. Consiguieron llegar y rescatarlo, pero Klein murió en el viaje de regreso a Kinshasa, Koch cayó enfermo y Conrad debió tomar el mando del buque afectado por la malaria, la disentería y un principio de gota. Sea lo que sea lo que vivió en ese viaje, lo hizo renunciar y regresó a Inglaterra con la salud quebrada. Le llevó un año recuperarse, intentó volver al mar y en 1894 abandonó definitivamente su carrera de marino. Había terminado de escribir La locura de Almayer. Nacieron, luego, otros relatos, en 1896 se casó con Jessie George y en febrero de 1899, nueve años después de su infortunada experiencia en el Congo, acabó de narrarla en la breve y más clásica de sus novelas, El corazón de las tinieblas.
"¡EXTERMINAD A ESOS BÁRBAROS!" A más de cien años de escrita, El corazón de las tinieblas sigue siendo una novela extraña. Es inocultable que resume la experiencia de Conrad, al punto que se inicia con la conversación de cuatro marinos durante una bajante en el Támesis, a bordo del Neill, el barco de un amigo que lo asistió cuando volvió enfermo de su aventura africana. En la novela es uno de esos amigos el que narra la inesperada confesión de Marlow, como podría haberlo hecho el propio Joseph, todavía aturdido por el viaje a la estación de Stanley Falls. En los tres primeros manuscritos de la novela el agente Kurtz se llama, todavía, Klein, y las estaciones de la compañía son identificadas por sus nombres reales. Luego, prefirió cambiar y borronear las huellas.
Fue publicada por entregas en The Blackwood Magazine y recogida en un tomo junto a sus relatos Juventud y El cabo de cuerda. Poco después Roger Casement, con quien Conrad había convivido en Matadi, y el belga Edmund Morel, desde la Aduana de Amberes, iniciaron una campaña de denuncias contra el régimen sanguinario de Leopoldo II y fundaron la Asociación para la Reforma del Congo, considerado el primer gran movimiento a favor de los derechos humanos en el siglo XX. A ella se integraron rápidamente escritores de renombre como Mark Twain y Arthur Conan Doyle, pero curiosamente, pese a manifestarse a favor de las demandas, Conrad declinó sumarse, alegando ser "sólo un pobre novelista".
Desde luego, El corazón de las tinieblas puede ser leída como una denuncia contra el colonialismo y la brutalidad de Occidente. Sus páginas reflejan la estúpida crueldad de los colonos, su mediocre existencia fundada en la rapiña y el crimen, pero han sido escritas con otra pretensión y cabe deducir, bajo la necesidad de entender o al menos, rozar, los contornos del mal. Una pretensión moral y ciertamente afectada de la literatura, pero no más impotente que la de la filosofía ni menos facultada para dar su asalto.
Nunca más justificado el celo de Platón a los artistas que en esta ambición de la literatura por ahondar sobre la superficie de un relato acerca de los motivos y conflictos que mueven a los hombres. El corazón de las tinieblas es uno de sus más profundos extremos. No porque haya llegado más lejos en el esclarecimiento del mal sino porque lo ha revelado en la cercanía de su opacidad y tormento.
Al terminar la novela, de la vida anterior del agente Kurtz como músico, poeta y periodista no se esclarece prácticamente nada. Tampoco de los métodos que utilizó para hacerse adorar como un dios por los caníbales y conseguir más toneladas de marfil que ningún otro agente de la compañía. Apenas se sabe que escribía un informe a la Sociedad para la Eliminación de las Costumbres Salvajes -"Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder para el bien prácticamente ilimitado"-, y al llegar a la página diecisiete dejó estampada la frase "luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno: ¡Exterminad a estos bárbaros!".
La exhortación de Kurtz, al que encuentran en una choza rodeada por cabezas cortadas y empaladas, regresa la lectura a sus primeras páginas, cuando Marlow invita a sus amigos del Neill a considerar que muchos siglos atrás, cuando llegaron los romanos por primera vez, el Támesis fue un río salvaje y oscuro, crispado por gritos horribles escondidos detrás de la densa floresta de los bosques. "Un país cubierto de pantanos, marchas a través de los bosques, en algún lugar del interior la sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea (…) toda esa vida misteriosa y primitiva que se agita en el bosque, en las selvas, en el corazón del hombre salvaje. No hay iniciación para tales misterios. [El conquistador] Ha de vivir en medio de lo incomprensible, que también es detestable. Y hay en todo ello una fascinación que comienza a trabajar en él. La fascinación de lo abominable. Podéis imaginar el pesar creciente, el deseo de escapar, la impotente repugnancia, el odio". Y concluye más adelante Marlow: "La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras, no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto sentimental sino una idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo que se puede enarbolar, ante lo que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio".
Esta idea circular del retorno humano a la experiencia del horror atraviesa la novela. Sus fascinantes descripciones de las márgenes del río Congo prescinden de la copiosa vida que anida en las selvas para ser presentadas como un poder inmóvil, monstruoso e implacable frente al que se empequeñece y recorta el alma humana. Los caníbales, con sus saltos y muecas horribles, encierran algo peor que lo inhumano: su remoto parentesco con el hombre civilizado. La idea de que el horror es la experiencia fundante de la civilización y también su término, que el hombre carece de otro bien que la ilusión con que se ha levantado de su oscuridad, pero es derrotado por la supremacía de las tinieblas, cobra su más llana y queda expresión en las últimas palabras de Kurtz antes de morir en el viaje del regreso. Apenas un grito, un suspiro: "¡Ah, el horror! ¡El horror!".
UN RESPLANDOR SOBRENATURAL. Cabe suponer que el agente Kurtz se había vuelto rematadamente loco. Que hacía varios años, la elocuencia que lo había hecho famoso en la compañía, al grado de que se esperaba de él un pronto ascenso a las cumbres de la burocracia en pago por los formidables servicios brindados, acabó vencida y sepultada por la convivencia con los caníbales. Una convivencia marcada por el amor y el saqueo. Conrad no alisa sobre ninguna idea su psicología, ni penetra en sus motivos ni en sus secretos. Solo cuenta el amor con que miró a la tribu que lo reclamaba mientras el vapor partía, los movimientos nerviosos de la mujer que intentaba retenerlo con embrujos desde la orilla, las expresiones perplejas entre el amor y el rechazo de la desquiciada mente de Kurtz.
Ya sobre el fin, hay un dato aparentemente nimio sobre su vida: había sido rechazado por la familia de su pretendida por carecer de fortuna, y la habría ido a buscar al corazón de África. Da, sin embargo, la coda de la historia. Al promediar el inicio de la novela, Marlow declara su horror a la mentira, "no porque sea más recto que los demás, sino porque sencillamente me espanta. Hay un tinte de muerte, un sabor de mortalidad en la mentira que es exactamente lo que más odio y detesto en el mundo, lo que quiero olvidar. Me hace sentir desgraciado y enfermo, como la mordedura de algo corrupto". Y sin embargo, depositario de unas cartas de Kurtz, al llevárselas a su prometida y ver la incondicionalidad con que esa mujer lo amaba, su admiración, su respeto, su delirante idea de lo que creía que Kurtz había hecho en África, no encuentra Marlow otro coraje que cambiar sus últimas palabras por el nombre de ella y mentirle a saco, contra su convicción, contra su propio espanto. Parece un acto de piedad pero no lo es, exactamente. "Incliné la frente ante la fe que veía en ella, ante la grande y redentora ilusión que brillaba con un resplandor sobrenatural en las tinieblas, en las tinieblas triunfantes de las que no hubiera yo podido defenderla, de las que tampoco me hubiera yo podido defender". La verdad era siniestra. La mentira, la única que podía preservar la ilusoria permanencia de una idea en la tierra.
Es una nouvelle de poco más de cien páginas. Avanza sobre un misterio que no revela y ni siquiera se puede estar seguro de entender todo lo que dice. Tiene dos narradores, el amigo que oye a Marlow en el Neill, y el atormentado marino. Pero el relato de Marlow es endemoniado, va y viene en el tiempo, se salta unos hechos, exaspera otros, por momentos impera la confusión. ¿Admira, Marlow, lo que acaba de rechazar? ¿Vacila su conciencia al buscar el modo de contarlo? Dicen que Conrad detestaba a Dostoievski, y la febril exposición nerviosa a la hora de narrar no es ajena a ninguno de los dos. Acaso en esta, como en ninguna otra novela de Conrad.
Desde 1899 El corazón de las tinieblas no ha dejado de reeditarse en ediciones finas y en ediciones populares. Ha sido llevada al cine con muy mala fortuna, y revisada por Francis Ford Coppola en su Apocalypse Now. Circula en Montevideo una nueva edición de bolsillo recomendable por la buena traducción de Sergio Pitol, un excelente prólogo de Mario Vargas Llosa, y tres anexos interesantes: una cronología de la vida de Conrad, otra de su estadía en el Congo y la primera parte de su diario personal durante el viaje. Como cada tanto el hombre regresa al horror en nombre de una noble causa, no es improbable que este pequeño libro tenga ganada una cierta permanencia.
EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS, de Joseph Conrad, DeBolsillo, Sudamericana, Barcelona, 2006. Distribuye Sudamericana. 172 págs.