MERCEDES ESTRAMIL
CON CENSURA y todo el posfranquismo llegó a la literatura española antes de la muerte de Franco, ocurrida el 20 de noviembre de 1975, y se disparó después de ésta. Ese año comienza a publicar Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), abogado y traductor que por esa fecha vivía en Estados Unidos. Su novela La verdad sobre el caso Savolta hablaba del sindicalismo en la Barcelona de los años veinte, en una línea de ficción realista que el autor mantuvo en décadas siguientes con La ciudad de los prodigios (1986, filmada por Mario Camus en 1999) y El año del diluvio (1992, filmada por Jaime Chávarri en 2004). Todas fueron éxito de público y en todas se hablaba de Barcelona en momentos claves de su proyección mundial y autónoma.
Sin embargo, intercalado, apareció otro Eduardo Mendoza, no del todo desvinculado del anterior en su criticismo y acidez pero más distendido, paródico y deformante, más heredero de la picaresca histórica y del esperpento de Valle-Inclán. Así publicó El misterio de la cripta embrujada (1979), inicio de una trilogía novelesca (El laberinto de las aceitunas, 1982, y La aventura del tocador de señoras, 2001) ambientada también en Barcelona y protagonizada por un paciente psiquiátrico que para ganar su libertad debe convertirse en un improvisado detective y resolver algún caso policial. El caso es lo de menos: lo que Mendoza redescubrió con esta saga fue el lenguaje desopilante de un loco lindo que parecía salido de la pluma de Cervantes, pero transplantada a la realidad insostenible de la modernidad.
En 1990 editó una novela que había salido por entregas en el diario El País, Sin noticias de Gurb, una inventiva parodia de la ciencia ficción. El narrador era un extraterrestre que llegaba a Barcelona buscando a un colega extraviado (Gurb), sin pizca de noción sobre la complejidad humana y sus propias tendencias alienígenas. Con estos libros Mendoza trajo a sus lectores un elemento adictivo, la risa pensante.
Mauricio o las elecciones primarias (2006) es una novela del Mendoza serio, con ligera tendencia a aburrido, pese a lo cual acaba de ganar el Premio Lara de Novela (en el que resultó finalista el uruguayo Rafael Courtoisie) dotado con 150.000 euros, dinero que ojalá lo lleve a escribir una novela de las otras, por pura diversión. Mauricio... cuenta en tercera persona la vida sentimental y profesional de un dentista en la Barcelona de principios de los ochentas, cuando la ciudad pugnaba por convertirse en sede de los Juegos Olímpicos de 1992. El perfil anodino de Mauricio se agita un poco cuando se mete a la labor política y conoce a dos mujeres: una abogada principiante y ambiciosa, y una cantante popular que anima veladas partidarias. El triángulo amoroso queda establecido entre los tres vértices: el amor incondicional de la cantante, que contrae HIV; el frágil enganche de la abogada, que no quiere perder independencia y tiene además curiosidades lésbicas; y los cálculos e indecisiones de Mauricio, que tanto las quiere a las dos como es capaz de prescindir de ambas. Mientras teje esa historia, floja, Mendoza hace alguna crítica interna al socialismo español y al derrumbe de las ideologías, y mete un par de personajes secundarios para ilustrar sobre el conflicto palestino-israelí y la Inglaterra thatcheriana. Mucho personaje y ninguno que brille, como tampoco lo hace el lenguaje, correcto, módico y un puntito aleccionador. Ni una chispa de lo que Mendoza puede hacer cuando se desmadra y se convierte en "el otro".
MAURICIO O LAS ELECCIONES PRIMARIAS, de Eduardo Mendoza. Seix Barral, Barcelona, 2006. Distribuye Planeta. 365 págs.