El intelectual como detective

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ROSARIO PEYROU

REALIDAD y literatura se mezclan en la última novela de Julian Barnes desde antes incluso de su escritura. Fue leyendo un libro sobre el caso Dreyfus que se enteró de la existencia de esta historia que terminaría contando en Arthur & George. Aquel libro sobre la defensa que hizo Zola del oficial judío Alfred Dreyfus - injustamente acusado de espionaje por un Tribunal militar francés- comentaba que en Inglaterra hubo a principios del siglo XX un caso parecido, cuando un abogado de origen indio fue encarcelado por crímenes que no había cometido y un escritor asumió su defensa. La historia entusiasmó a Barnes: le permitía tocar una serie de asuntos del presente, y además, como en su exitosa El loro de Flaubert o su cuento sobre Turguéniev de La mesa limón, implicaba el desafío de trabajar con la imaginación embridada por la verdad histórica y obligada a trabajar "en profundidad" para hacerla verosímil como literatura. Una exhaustiva investigación en juzgados y hemerotecas le permitió reunir todos los hilos para tejer una trama con algo de policial jurídico, que es también parodia detectivesca, alegato antirracista, folletín y hasta historia de amor, sobre el fondo de una Inglaterra victoriana menos diferente a la actual de lo que sería deseable.

DOS EXCÉNTRICOS. La novela construye la "biografía" de dos personajes: George Edalji, el joven abogado hijo de un vicario anglicano de origen parsi (una minoría de la India), y la de su defensor, que no es otro que Arthur Conan Doyle. No es casual que el título sea "Arthur & George", como si fuera el nombre de una empresa: se trata precisamente de una extraña asociación, la de un escritor imaginativo y exitoso y un oscuro muchacho mestizo de padre indio y madre escocesa, tímido y apocado, que cree rigurosamente en la Ley y la justicia de Inglaterra. Los dos son personajes excéntricos: Sir Arthur no es inglés sino irlandés y es, antes que nada, un caballero a la antigua lleno de optimismo y espíritu de aventura. Edalji es un mestizo que se siente inglés y en su ciega confianza en las instituciones de lo que cree su país, se niega a creer que el racismo está en el origen de su caso. Ambos, en cierta medida, defienden una Inglaterra ideal que tal vez nunca existió, y debajo de cuya piel civilizada se esconden pasiones irracionales, como el racismo. Alternando la biografía de uno y otro hasta que las dos líneas se juntan y se inicia la "empresa" común, Barnes narra esas vidas paralelas que no pueden ser más diferentes. Sir Arthur fue un niño curioso, estimulado por las historias del rey Arturo contadas por su madre, y por la lealtad a un código caballeresco familiar que habrá de convertirlo en una suerte de paladín de la justicia. George crecerá en la oscura vicaría de Great Wyrley, un pueblo de la Inglaterra profunda, en una familia puritana y sin imaginación, irá a una escuela de niños campesinos con los que no tiene nada en común y su máxima aspiración será ser un abogado especializado en temas ferroviarios. Esas vidas no se habrían cruzado nunca si una extraña serie de mutilaciones sangrientas de animales sucedidas en Great Wyrley no llevaran a la policía -y a personas que escriben anónimos calumniosos- a acusar a George de ser el culpable, y pusiera en funcionamiento una maquinaria perversa que termina con el muchacho condenado a trabajos forzados durante cuatro largos años. Una campaña de prensa hace que Conan Doyle, a esas alturas un hombre al borde de los cuarenta y en el pináculo de su fama, se interese por el caso, en la convicción de que la acusación contra Edalji esconde un fenómeno de racismo.

Un núcleo obvio que Barnes aprovecha con humor es el del autor de novelas detectivescas metido a detective: Sir Arthur tiene hasta un secretario que hace el papel de Watson, para permitirle desplegar su ingenio. Sólo que el escritor -como un Quijote victoriano- cometerá errores impensables en el metódico, racionalista y brillante Sherlock Holmes. También aciertos: el caso Edalji provocó nada menos que la creación en Inglaterra del Tribunal de Apelaciones y el nombre del joven abogado fue, aunque en una medida un tanto mezquina, al fin rehabilitado.

BAJO LA PIEL. Barnes trabaja con deliberación el tema del doblez de las buenas costumbres. El motivo se repite en la esfera de lo público y en lo privado: tal vez, la denodada campaña que emprende Doyle para limpiar el buen nombre del muchacho, denunciar la inconsistencia de las acusaciones de la policía y los jueces y encontrar a los verdaderos culpables, sea la aventura caballeresca que le permita superar su atormentada conciencia por llevar una vida doble: casado con una mujer de salud frágil y carácter débil, se ha enamorado de otra, con la que mantiene una relación platónica. Le cuesta reconocer que bajo la piel del perfecto caballero que ha sido siempre, hay impulsos, pasiones difíciles de dominar, y que lo obligan a mentir.

Toda esta historia le sirve a Barnes para volver a plantear una visión desencantada de su país y formular implícitamente la pregunta sobre qué significa ser inglés. La novela fustiga la hipocresía de policías y jueces, el cuidado mentiroso de la propia imagen del Tribunal Supremo, y la xenofobia siempre solapada. Laborista desde su juventud, Barnes ha sido fuertemente crítico con la Inglaterra thatcheriana, pero también con la política de Blair. En Inglaterra, Inglaterra, una novela de 1998, había satirizado la mercantilización de la cultura y el mito de la integración, inventando un simulacro de Inglaterra quintaesenciada y "políticamente correcta" para turistas, donde aparecían gays, lesbianas y minusválidos pero ningún inmigrante. En una entrevista reciente reconoció su interés en tocar ese aspecto de la hipocresía inglesa que tras la bandera en apariencia respetuosa del multiculturalismo esconde la desconfianza y el rechazo del Otro. Y recordó el caso de ahorcamiento de un inmigrante caribeño, tratado como suicidio, que fuera investigado por un sobrino de la víctima; muerto también éste, la policía volvió a hablar de suicidio "porque esta gente es proclive a suicidarse". Barnes no lo dijo, pero el mundo entero conoce el caso del ciudadano brasileño asesinado en el metro por la policía londinense, que lo confundió con un terrorista sólo por su aspecto físico.

YO ACUSO. Hay otra constante en esta novela disparada por el ejemplo de Zola en el caso Dreyfus, que reconstruye la acción de Conan Doyle en el caso Edalji, y que habla del racismo visto desde otro escritor, Julian Barnes. La secuencia hace foco sobre el papel del escritor en la sociedad. Sólo que Barnes no se hace ilusiones: sabe que el poder de los intelectuales ha desaparecido en el mundo de hoy: "En aquella época estaban Conan Doyle y Kipling, escritores que tenían influencia incluso en el gobierno. Si yo ahora dijera que la guerra de Irak es estúpida e ilegal, nadie me haría caso -explicó- . Si le preguntas a Tony Blair si prefiere fotografiarse con Ian McEwan o con Bono, creo que la respuesta sería bastante clara". Pero Barnes sigue creyendo en la dignidad esencial de la escritura: "La ficción es una forma de contar la verdad", ha dicho. "Por eso soy un escritor de ficción. Porque estoy convencido de que la novela descubre más verdades que los ensayos, documentales de televisión y todo tipo de trabajos basados en hechos".

El espiritismo que, como se sabe, apasionó a Conan Doyle al final de su vida ocupa las últimas páginas de la novela. Hay algo cómico en este racionalista convertido en espiritista por razones "científicas", por afán de saber. Uno cree ver la sonrisa escéptica de Barnes sobre la coherencia de los seres humanos, al tratar este asunto real. Sin embargo, fiel a su quijotesco personaje, consigue insuflarle cierta nobleza a ese espíritu de aventura, a esa sed de verdad, que, aunque sea en paso de comedia, posee a Conan Doyle.

Bien construida -tal vez un tanto alargada- con personajes creíbles y originales y una trama de indudable interés, Arthur & George es una buena novela. Es cierto que no tiene la sofisticación de El loro de Flaubert ni la intensidad de los cuentos de La mesa limón, su libro anterior, pero reconcilia al lector con una literatura que mira el mundo en que vivimos con algo más que posmoderna curiosidad.

ARTHUR & GEORGE, de Julian Barnes. Anagrama. Barcelona, 2007. Distribuye Gussi. 523 págs.

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