Sobredosis de heroísmo

 cultural Simón Bolívar 20070720 196x295

JUAN PABLO CORREA (desde Caracas)

EL CULTO oficial y popular a Simón Bolívar en Venezuela supera ampliamente al de José de San Martín en Argentina, Bernardo O` Higgins en Chile o José Artigas en Uruguay. El signo monetario venezolano es el bolívar, hay un estado Bolívar, una Ciudad Bolívar, un pico Bolívar, el aeropuerto de Caracas lleva su nombre, las plazas principales de pueblos y ciudades lo evocan. Los paredones de las ciudades están cubiertos de retratos del Libertador, a veces acompañados por otros más pequeños de próceres como Francisco de Miranda (que Bolívar entregó a los españoles en 1812) o como Antonio José de Sucre.

Conocida también es la obsesión del presidente Hugo Chávez, que lo llevó a denominar a su país República Bolivariana de Venezuela. En su época de militar conspirador incluso dejaba en las reuniones una silla vacía destinada al prócer. A nivel popular, tallas de madera que representan la figura delgada y calva del hombre que encarnó el levantamiento independentista contra España se venden en los puestos de los comerciantes ambulantes caraqueños. Hay federaciones bolivarianas de expertos en informática. Y en la siempre crispada política venezolana de estos días, Bolívar es invocado por todos. La oposición pinta en los muros "Bolívar no era comunista".

Dos de los principales historiadores de Venezuela, Elías Pino Iturrieta y Manuel Caballero, publicaron en el año 2006 obras que apuntan a describir y cuestionar la utilización excesiva y partidizada de la figura del prócer. No son los primeros en ocuparse del tema. Ya en 1969 Germán Carrera Damas había analizado el asunto en El Culto a Bolívar.

ORIGEN POPULAR. En abril de 1832, solo dos años después del fallecimiento del Libertador, en la humilde población de San Fernando de Apure se realizó una procesión laica en la que unas niñas llevaban su imagen y pedían al prócer que evitara inundaciones en la zona. En diciembre de 1836, en Guanare, estado de Portuguesa, muchas personas se presentaron a saludar una efigie del Libertador rodeada de maíz, en representación de la agricultura, y de un libro, que simbolizaba la educación. Las personas pasaban en silencio y algunas mujeres lloraban emocionadas, dicen las crónicas de época.

En 1842 las cenizas de Bolívar vuelven a su Caracas natal y el canónigo José Alberto Espinosa dice que "el Nuevo Mundo es el teatro de la última escena de esta especie, y el gran Bolívar es elegido desde la eternidad para presidirla". Apunta Pino Iturrieta que ya entonces "reverenciar a Dios es adorar a Bolívar (…) La divinidad convierte a Bolívar en arquitecto de la última hazaña de la Historia Universal".

El culto se vuelve todavía más oficial con el traslado, dispuesto en 1876 por el presidente Antonio Guzmán Blanco, de los restos bolivarianos al Panteón Nacional en Caracas. Según Pino Iturrieta comienza a ocurrir algo que continúa hasta hoy: la utilización de Bolívar para mayor gloria del presidente de turno. El culto comienza, además, a tener inquisidores. En 1916 el médico Diego Carbonell publica en un semanario un "Cuadro Sintomático del mal comicial en Bolívar" en el que insinúa que el prócer era epiléptico. Ocurre una reacción furiosa de la Academia de Medicina, cuyo secretario, Luis Razetti, dice que "el patriotismo más elemental nos impone a nosotros los médicos venezolanos el deber de demostrar que semejante suposición es arbitraria, antes de que el libro del doctor Carbonell aparezca arrojando una nueva sombra sobre la obra excelsa del Padre de la Patria". Entre febrero y mayo de 1916 unos cuarenta artículos de opinión publicados en la prensa caraqueña y de provincias descalifican a Carbonell. Con la fundación de la Sociedad Bolivariana de Venezuela en 1938, decidida por el presidente Eleazar López Contreras, se establece un tribunal custodio de la pureza bolivariana. En 1960, en "Un llamado al patriotismo venezolano" esta sociedad pide a los escritores observar "una pauta de reverencia en sus escritos sobre el Libertador, sin perjuicio de la más libre expresión de las ideas".

CASI DEIDAD. En paralelo, en los sectores más pobres de la sociedad y sobre todo en los de origen africano, pervive un culto a Bolívar como el elegido de Dios. Incluso, pese a que nació en el seno de la más rancia clase alta criolla y blanca, en pleno centro de Caracas, se ha llegado a afirmar que su madre fue negra.

Bolívar encabeza la "Corte Libertadora" de María Lionza, deidad afro-americana adorada en Venezuela. Se le otorga una ligazón con poderes sobrehumanos. "Pero Bolívar no desciende para remendar romances o para anticipar los premios de la lotería sino para transmitir mensajes atinentes al destino de la sociedad toda o para ocuparse de favores especiales en torno a situaciones injustas", señala Pino Iturrieta.

La Iglesia Católica y sus más altas jerarquías también apuntalan el culto. El cardenal José Humberto Quintero dijo en la catedral de Caracas (18 de diciembre de 1980), en la conmemoración del sesquicentenario de la muerte del Libertador, que su destierro a lo que hoy es Colombia fue "un claro desconocimiento de su carácter de elegido divino". La historia posterior venezolana, plagada de guerras civiles durante casi todo el siglo XIX, sería para el cardenal Quintero, "la larga y merecida sanción por aquel pecado público de la patria".

EL CULTO DE CHÁVEZ. Así se van sentando las bases de la peligrosa postura del presidente Hugo Chávez, según Pino Iturrieta, donde nada después de Bolívar valió la pena, nadie estuvo a su altura, ni un Rómulo Gallegos ni un Rómulo Betancourt. Según el historiador, Chávez cree que, al igual que con Bolívar, no ocurrió nada interesante hasta que él llegó al poder, que todo fue hasta entonces corrupción y podredumbre. De Bolívar toma, sostiene Pino, el supuesto desprecio por los partidos políticos, la primacía de una visión castrense de las cosas, y una posición socialista que en los hechos Bolívar nunca manifestó. Además, a Pino le indigna que su país ahora se denomine "República Bolivariana de Venezuela": "Determinar oficialmente el carácter excepcional de uno solo de los integrantes de la sociedad pero también de la época que inspiró, sin consideración de los fenómenos anteriores y posteriores, es un atentado contra la historia nacional entendida como proceso y como actividad colectiva".

Pino Iturrieta no reniega de Bolívar. Lo ve como "un valor genuino de la nacionalidad" que no puede, sin embargo, ser "faro perpetuo". Le atribuye miras altas, desprendimiento, tenacidad y el deseo de consolidar instituciones, pero advierte que sus ideas fueron las de su época. "Tuvo las seguridades de los criollos ilustrados de entonces, pero también las ínfulas, los prejuicios, las pretensiones infundadas y los balbuceos", resume. Propone no desmontar el culto, sino incorporar a la consideración de los venezolanos a otras muchas personalidades que hicieron su aporte. De esta forma, "no existiría un solo resplandor para guiar los pasos del pueblo ni para apoyar causas políticas irrebatibles". Toda la sociedad, o lo mejor de ella, estaría en el altar. "Sería la República a secas, orgullosa y descontenta de sus obras, porque ha conocido la madurez y la salud mental", concluye.

También Manuel Caballero muestra su disgusto con los excesos. Desde una postura de izquierda moderada, a Caballero le preocupa que el culto oficial a Bolívar derive a una actitud militarista, pendenciera, de un nacionalismo torpe. Advierte que se machaca desde las esferas oficiales que Bolívar era militar, que fundó el ejército venezolano (aunque en realidad fueron los dictadores Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez a comienzos del siglo XX), y que era un hombre perfecto. La conclusión lógica que sigue, dice Caballero, es que los militares tienen el derecho de gobernar Venezuela por ser herederos de tanta perfección, y que por tanto la sociedad debe organizarse a semejanza de las instituciones castrenses.

En línea similar a la de su colega Pino, Caballero señala que "reducir los cinco siglos de la vida de un pueblo a los veinte años de acción de una personalidad relevante es mirar los hechos históricos por el lado equivocado del catalejo". Advierte contra la tentación de extrapolar frases aisladas o aún conceptos elaborados del Libertador. "Pensar que las ideas del Libertador sean insuperables o insuperadas hoy en día es una ridícula beatería que no resiste el menor análisis", señala. Y recuerda que Bolívar "no era (no podía ser ) un demócrata, sino un aristócrata descendiente directo de la Ilustración dieciochesca".

EL DIVINO BOLÍVAR, de Elías Pino Iturrieta, Alfadil Ediciones, 260 págs., Caracas, 2006.

POR QUNO SOY BOLIVARIANO, Una reflexión antipatriótica, de Manuel Caballero, Alfadil Ediciones, 219 págs., Caracas, 2006.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar