Nuevos libros viejos

Enigma

Felipe Polleri

MUCHAS VECES cité a Joseph Roth (1894-1939) como a uno de mis autores preferidos. Supongo que pasadas algunas décadas se lo ubicará entre los grandes escritores del siglo XX y que nuestros descendientes se reirán, o indignarán, ante la ceguera con que en las épocas oscuras no se le rindieron los debidos honores a obra tan... enigmática. Recién ahora, a las 2:05 de la noche, se me ocurre que resulta totalmente lógica la incomprensión que sufrió y sufre la obra del gran Roth. También descubro, ya 2:08 en punto, que nunca me animé a escribir sobre él, porque hace años que estoy resignado a no poder explicar su magia tan enigmática. Aparentemente no hay misterio alguno. Aparentemente no hay escritor más llano, más simple. Más "escolar". Lo puede leer y entender y seguramente disfrutar el menos cultivado de los lectores; por ejemplo, el lector de las páginas de fútbol de cualquier diario quedará encantado con La leyenda del santo bebedor, Hotel Savoy, Rebelión, etcétera; por otra parte, se publicaron originalmente en periódicos. Frente a las complejidades útiles e inútiles de un Proust o un Joyce, la obra de Roth parece escrita por un niño, claro que un niño algo raro, tal vez demasiado sensible y melancólico. Pero no: la aparente facilidad, la "maravillosa ligereza" (Sebald), con que el melancólico Roth, hundido en la pobreza y el alcoholismo, judío entre gentiles, supera el vuelo poético y profundidad emocional a los supuestos genios que hoy le hacen sombra, es producto de la inspiración más alta y de la más consumada maestría. Poeta de la desilusión y del fracaso, hay en sus novelas y relatos esa "justicia poética" (tan rara y tan conmovedora) que transforma a sus perdedores en seres "más grandes que la vida"; más grandes, en realidad, porque son más pequeños y débiles y compasivos, por mucho que parezcan derrotados en este mundo y el otro no exista. Que, repito, todo sea hecho con una simplicidad tan extraordinaria (que transforma a las "grandes obras" en máquinas pesadas y tan complicadas como absurdas) vuelve a colocarnos frente a ese enigma en el que nunca lograremos penetrar... O tal vez sí: en La leyenda a un bichicome le suceden una serie de hechos más o menos asombrosos; encuentra, por ejemplo, a un viejo amigo que lo agasaja y alquila una habitación para él: "Como es natural, Andreas no llevaba equipaje. Pero ni el portero ni el ascensorista ni nadie del personal del hotel se extrañaron de ello. Porque simplemente era un milagro, y dentro del milagro no hay nada extraño". Leer a Roth es entrar a un milagro, y dentro de un milagro no hay nada extraño. Todo parece sencillo, natural, fácil y, sobre todo, nuestro como un sueño. Tal vez Roth no haga otra cosa que transportarnos, sin que lo notemos, con más sutileza que nadie, a ese milagro que es la poesía y donde nada nos parece extraño porque es, siempre fue, nuestra casa. La casa, dulce y amarga, de nuestro corazón. El hogar, por fin, reencontrado. Y la respuesta a todos los enigmas. Claro que hay que cerrar Job, tarde o temprano, y volver a este frío suelo despiadado, a este milagro al revés, a esta mentira en cuotas. O al contado. A lo que se compra y a lo que se vende.

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