Huevos y carne

SE TRATA DE UNA novela contada, en primera persona, por la segunda y última esposa de Horacio Quiroga: María Helena Bravo. Este artificio de Corbellini conlleva una ventaja esencial: no se espera que la esposa de Quiroga escriba como Quiroga sino como una mujer instruida e inteligente nacida a principios del siglo pasado. Ni más, ni menos. Acá el lector pensará que la Gran Literatura es además y sobre todo "belleza formal": Malraux, Genet, Marguerite Duras, Carson McCullers. Posiblemente. Seguramente. Pero hasta un crítico de cuarta aprendió que la novela es un género que no exige una gran prosa, repleta de frases inmortales. Al contrario.

Novelistas ya beatificados (Georges Simenon, Patricia Highsmith) no escribieron nunca una frase demasiado memorable. El lector rápidamente se olvida del orden de las palabras porque está atrapado y necesita seguir leyendo, y seguir y seguir como un poseso. Aclarado el punto, y consciente de que al 99 % de los lectores (por desgracia) les importa un rábano el gran estilo, llegó la feliz hora de anunciar que La vida brava es una novela apasionante. El lector se zambulle en la vida, brava sin duda, del maduro Quiroga y de la joven Bravo, del Ogro y la Doncella, y se hace cómplice de los avatares de tan extraña pareja.

No sólo Bravo es un personaje verosímil; el propio Quiroga, el Quiroga que el grueso de sus lectores imaginaron alguna vez, resucita gracias a la magia de la ficción. No es el esperable Quiroga de bronce o cartón piedra; es un personaje de primera fila, complejo, vivo, en el que el lector cree sin hacerse la menor pregunta. Así fue Quiroga, y punto. Aunque no lo haya sido: aunque haya otros Quirogas posibles.

Corbellini tiene coraje, mucho coraje: nada más estimable en un país donde la mayoría a lo único que se atreve es a criticar en voz baja el trabajo de los demás. Coraje, insistamos. Pasa que Corbellini es una novelista de verdad: dura, entera, corajuda. Porque se necesita mucho coraje para enfrentarse a nuestro escritor mayor (si exceptuamos a Ducasse) y hacerlo vivir como un hombre de carne y hueso: apasionado, brutal, borderline, salvaje, despótico, injusto, machista, pero también justo en los negocios, tierno con unos pocos amigos, asediado por la tragedia (que forjó su voluntad de hierro) desde su nacimiento. Genial, sí, pero también profundamente desagradable. Y, al fin y al cabo, querible; como son la mayoría de los seres humanos para quien los sepa ver. También los hijos (Eglé, Darío) que Quiroga procreó con su primera mujer o la niña ("Pitoca") que tuvo la "narradora", viven en esta novela, así como los personajes secundarios o Buenos Aires o la selva misionera.

No es hora de ponerse exquisitos como para despreciar desde el caviar hasta el cuadril, cuando la mayoría ni siquiera tiene dientes. Tienen, sí, una boquita siempre torcida, muy despectivamente. La vida brava, exquisiteces aparte, está hecha con todo: todos los huevos en la canasta y toda la carne en el asador. Sí. Porque la novela es como un león que sólo unos pocos se atreven a cazar a mano limpia. Se necesita una clase superior de coraje para que todo no se pierda en preparativos, bravatas (seguidas de infinitas precauciones), amenazas, desvíos, rodeos, patéticos retrocesos, etc. Lo que hay que hacer es ir hacia el león y luchar; y sangrar y sangrar y matarlo. Eso es lo que hace Corbellini en esta novela brava, indómita y valiente como el propio Quiroga. O María Helena Bravo.

LA VIDA BRAVA de Helena Corbellini. Sudamericana, Montevideo, 2007. Distribuye Sudamericana. 317 págs.

Felipe Polleri

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