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Gilbert Simondon (1924-1989)
El filósofo imperceptible

CARLOS REHERMANN

SIMONDON FUE alumno de Merleau-Ponty y profesor de Deleuze. Forma parte de una generación puente que tuvo poco éxito editorial, pero fue fundamental para el desarrollo de la filosofía francesa posterior al estructuralismo. La publicación de su Curso de Percepción (Cours sur la Perception, Les Éditions de La Transparence, 2006) pretexta volver sobre su obra.

A LA SOMBRA DE SUS ALUMNOS. Aunque obtuvo su nicho en la Sorbona, Gilbert Simondon permaneció en los márgenes de la academia. Su interés por las ciencias físicas no lo ayudó a despertar la atención de unos colegas que estaban descubriendo el elixir de la ciencia eterna: la semiología. Quizá fue eso lo que condenó sus escritos a una existencia mínima que recién en los últimos años está encontrando un espacio de difusión. En 1958 defendió una tesis doble de la que sólo pudo publicar una de sus secciones secundarias (Modo de existencia de los objetos técnicos). Seis años más tarde, cuando ya era profesor en la Universidad (Facultad de Letras y Ciencias Humanas, en París), publicó otra parte de su tesis, El individuo y su génesis físico biológica. El año de su muerte (1989) se completó la edición de esa tesis: La individuación síquica y colectiva. Treinta y un años para publicar un solo libro, en tres partes.

Recientemente se editó un libro que Simondon no concibió para la imprenta: las notas de preparación de clases de su Curso de Percepción, de 1964-1965, dictado en la Sorbona, donde luego abriría un Laboratorio de Psicología General, que fue en realidad un espacio de estudio de las tecnologías. En sus más de cuatrocientas páginas se descubre a un estudioso tenaz, un docente sutil, un lector voraz.

Sus colegas lo respetaron profundamente: Deleuze lo nombró su "filósofo de cabecera", y su trabajo sobre los objetos tecnológicos influyó sobre Moles, Baudrillard y Friedman. Trabajó con Régis Debray en Les cahiers de Médiologie.

Los Objetos Tecnológicos de Simondon no se reducen a máquinas, ya que muchos de sus estudios prefiguran el actual protagonismo de cierta clase de escritura técnica, los programas de computación.

Hacia fines de los años cincuenta, cuando comenzó a dar a conocer sus trabajos acerca de los Objetos Tecnológicos, la filosofía europea tendía a la tecnofobia. Quizá el rechazo se debía a que aun no se había disipado el olor a carne (humana) chamuscada de la guerra reciente. Apenas Europa había levantado un poco la cabeza por encima de las ruinas, las potencias que se disputaban sus restos anunciaban la creación de la bomba de hidrógeno, centenares de veces más potente que las que habían hecho poner de rodillas al Japón. Fue durante los años cincuenta que comenzaron a conocerse los efectos de las radiaciones gamma, cuando los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki, y los soldados estadounidenses de los campos de pruebas atómicas del desierto americano enfermaban de cáncer o engendraban hijos con malformaciones.

Esa energía comenzaba a ser domesticada con fines pacíficos, y cuando en 1951 Raymond Goertz diseñó un brazo mecánico para la Comisión Internacional de la Energía Atómica, pareció materializarse la fantasía futurista de los hermanos Kapek, más siniestra que la coqueta ginoide de Fritz Lang, casi tan ominosa como el Golem de Meyrink: un robot que ayudaba al hombre, pero no porque había llegado la hora de dejar de trabajar para que lo hicieran las máquinas, sino porque trabajar con combustibles radiactivos es mortal.

Era comprensible que algunos intelectuales disfrazaran de desdén el miedo que les provocaban estas nuevas y peligrosas tecnologías. El intento de Simondon de penetrar desde la filosofía al mundo de los objetos tecnológicos fracasó quizá debido al vacío creado por sus colegas, que sin embargo percibían sus salarios universitarios gracias al auge de la producción industrial.

Otro filósofo preocupado por la incidencia de la tecnología sobre el hombre (en este caso, sobre el arte), fue el alemán Walter Benjamin; su texto La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica está muy cerca de los intereses de Simondon.

Simondon no fue leído sino por unos pocos académicos, y su impacto no se dio entre los lectores de base. Es muy probable que los estudiantes de los últimos veinte años nunca hayan leído a Simondon, sino a Deleuze y Baudrillard; pero estos sí fueron lectores de Simondon.

Después de la muerte de Deleuze y de Derrida, cuando las aulas van quedando vacías y el anaquel de manuscritos de las editoriales también, se ha producido un redescubrimiento de este filósofo que permaneció medio siglo a la sombra de sus alumnos.

LA PERCEPCIÓN. El Curso de Percepción de Simondon cumplió cuarenta años pero no perdió actualidad. Dividido en cinco partes, abarca una historia de la percepción occidental, un análisis biológico (que no limita al ser humano, sino que extiende a insectos, aves y mamíferos superiores), un estudio de la percepción y la información -es decir, los efectos psicológicos de la percepción-, y la interacción entre percepción y afectividad (los aspectos motivacionales) y con la actividad (es decir, las consecuencias prácticas para la tecnología humana).

La primera pregunta que cabe formular es ¿qué es la percepción? para poder luego formularse la segunda con más soltura: ¿por qué hacer un curso? Los lectores (y los antiguos alumnos) de Simondon permanecerán en ascuas sobre la primera mientras no hayan seguido la totalidad del curso o no lean enteramente el libro. El filósofo no responde esa pregunta, que deja pendiente para que cada uno descubra su respuesta.

Su maestro, Merleau-Ponty, es autor de Fenomenología de la percepción, quizá el último libro sobre percibir que ha dado la filosofía. (Gallimard lo publicó en 1945, lo cual muestra que la percepción casi nunca anduvo muy pareja con la realidad: es interesante constatar que el autor no parece haber percibido lo que acababa de ocurrir en Europa).

Pero al contrario que su maestro, Simondon no filosofa, sino que instruye acerca de numerosos asuntos relacionados con la percepción. Su texto viene a llenar el hueco que queda entre el libro de Merleau-Ponty y los textos de psicología de la percepción publicados desde entonces. El libro de Paul Guillaume sobre la Teoría de la Forma dedica un capítulo a la percepción, y Arte y percepción visual, de Rudolf Arnheim difícilmente pueda ser considerado un texto de filosofía. La bibliografía relacionada con la percepción se ha ido trasladando hacia la psicología experimental, donde las escuelas pragmáticas estadounidenses han ganado terreno editorial. El psicoanálisis no aportó nada al conocimiento de la percepción, debido a que su interés se concentra en los símbolos y en todo caso en lo que no percibimos (si consideramos la percepción como un acto consciente). El austriaco Anton Ehrenzweig intentó un análisis de la percepción en relación con lo que llamaba "la mente profunda", especialmente a través de ejemplos acústicos (debido a que él mismo era un buen ejecutante de violín), pero con nulo beneficio para sus lectores.

Lo que sostenían Tales, Anaxímenes y Anaximandro acerca de la percepción puede parecer poco útil a la hora de aprender cómo vemos, pero el enfoque de Simondon, que suele no tomar partido, permite comparar aquel conocimiento sobre la percepción con otras ideas acerca del ser y la nada, que pueden darnos indicios acerca de por qué hoy creemos ver lo que vemos.

Después de Freud (pero sobre todo después de la vulgarización hollywoodense del psicoanálisis) es fácil convencerse de que no hay un ojo inocente, biológicamente puro, sino que la cultura (incluyendo en su definición la historia, el entorno, la escuela y la familia) fabrican nuestro sistema perceptual. Sin desconocer esta realidad, Simondon se apoya fuertemente en la Teoría de la Forma (Gestalttheorie).

"El estudio de la percepción" dice Simondon "es uno de los dominios donde la elaboración teórica se relaciona más estrechamente con la investigación de aplicaciones tecnológicas". Esto es fácilmente comprobable si se analiza el desarrollo del diseño industrial, especialmente acelerado en los últimos decenios, que se basa en el conocimiento cada vez más profundo de la ergonomía, y por ende de la percepción humana. Este curso de filosofía es uno de los raros casos de un texto que puede ser de interés tanto para una personalidad especulativa como para aquella interesada por la aplicación práctica del conocimiento.

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