Yendo a lo del médico

S. Y. AGNON

PAPÁ ESTABA en cama enfermo con un pañuelo húmedo sobre la cabeza. Su cara estaba cansada de la enfermedad y una gran preocupación oscurecía sus ojos azules, como quien sabe que su muerte se le está acercando y no sabe qué será de sus tiernos niños. A la vez, en otra habitación, mi hermana menor estaba en cama. Ambos estaban enfermos de dos enfermedades diferentes, que el médico no había nombrado todavía.

Mi mujer estaba en la cocina, sacando arvejas de sus vainas. Una vez que las metió en la olla, se envolvió con su manto y nos fuimos a lo del médico.

Cuando salí de casa tropecé con las arvejas, que se le habían caído a mi mujer y desparramado por las escaleras mientras preparaba con ellas la comida. Quise barrerlas para que no atrajeran a los ratones, pero estaba apurado, porque eran las nueve y media y a las nueve el médico suele ir a lo de algunos amigos con quienes se queda tomando toda la noche, y en mi casa estaban en cama dos enfermos que necesitaban mucho cuidado, especialmente mi hermana menor, que acostumbra cantar y bailar, y era de temer que se cayera de la cama o perturbara el sueño de papá.

Aquellas arvejas empezaron a molestarme, porque se me transformaron en lentejas, y es sabido que las lentejas son una comida de apuros y de duelo. Es fácil comprender el pesar de una persona que tiene a dos enfermos en casa y su corazón sufre con tales pensamientos.

No necesito decir que me molesté un poco con mi mujer y me pregunté a mí mismo para qué sirven las mujeres, ya que tanto se esforzó en prepararnos una comida y por fin se le desparramaron las arvejas. Cuando vi que corría, y sabiendo por qué corría, se me fue la molestia y el corazón se me llenó de amor.

En el camino, cerca del puente negro, me vio el señor Anderman y me saludó. Le devolví el saludo y quise deshacerme de él. Pero me agarró de la mano y me contó que había llegado de la ciudad de Bordoy en Inglaterra y que hoy o mañana vendría con su padre a ver nuestra nueva casa. Ay, ay, ay, dijo el señor Anderman, es que cuentan de su casa las mil maravillas. Encogí mi cara para darle un aspecto amable, y pensé qué quiere decir con eso de que va a venir con su padre. ¿Es que el señor Anderman tiene padre? ¿Será posible que este esfuerzo de amabilidad conmigo no tenga ningún efecto? Me acordé de las arvejas que se me transformaron en lentejas y comencé a preocuparme por la posible catástrofe.

Para que el señor Anderman no supiera lo que tenía en mi corazón metí la mano en el bolsillo, saqué el reloj y vi que eran casi las nueve, y es sabido que a las nueve el médico suele ir a su club y emborracharse, mientras yo tenía en casa a dos enfermos con enfermedades que no tenían nombre. Cuando el señor Anderman vio que estaba apurado, comprendió por alguna razón suya que yo tenía prisa en ir al correo. Me dijo: el horario del correo ha cambiado y no tiene usted que apurarse.

Dejé que el señor Anderman siguiera equivocado y no le conté de los enfermos para que no me molestara con consejos y me demorara más.

En eso apareció un viejo peculiar en cuya sinagoga solía yo rezar antes de Yom Kippur. Muchos jazaním he oído, pero ninguno como él, que hasta al llorar rezando su rezo es hermoso y claro. Muchas veces quise hablar con él y no tuve la oportunidad. Ahora fijó en mí sus ojos que estaban rojos de tanto llorar y me miró con afecto, como diciéndome estoy aquí, si quieres hablar, hablemos. El señor Anderman me agarró la mano y no dejaba que me fuera. La verdad es que podía zafar mi mano de la suya e irme, pero aquel día un perro me había mordido y desgarrado mi ropa y si me hubiera dado vuelta y me hubiera ido, el señor Anderman habría visto el desgarrón.

En aquel momento me acordé del viejo parado rezando el "Por nuestros pecados" ante el arca, dándose con la cabeza en el piso, haciendo que las paredes de la sinagoga temblaran. Mi corazón se emocionó y quise acercarme a él, pero el señor Anderman agarró mi mano y yo torcí mi cara tratando de darle un aspecto amable.

Mi mujer cruzó el puente y llegó a la casa del médico al lado del correo y se quedó parada a la entrada y sus hombros temblaban por la desesperación y la espera. Zafé mi mano de la del señor Anderman y fui hacia donde mi mujer me esperaba. El puente negro tembló bajo mis pies y las olas del río bajaron y subieron, subieron y bajaron.

El autor

S.Y. AGNON (Shmuel Yosef Chachkes) nació en 1888 en Buczacz, en la zona de Galizia del Imperio Austro-Húngaro, en lo que es hoy Ucrania. En 1907 emigró a la ciudad de Yaffo en Palestina donde adoptó el apellido "Agnon". Durante la Primera Guerra Mundial se trasladó a Alemania y en 1924 se establece definitivamente en Jerusalén. Su producción está compuesta de novelas panorámicas, novelas cortas, cientos de relatos, antologías de cuentos, tomos de correspondencia y antologías de cuentos populares y tradiciones judías. El lenguaje de Agnon es complejo, combinando materiales de muchas fuentes, además de una fuerte ironía, toques juguetones y técnicas que unen el cuentista popular con el comentarista judío erudito. La obra de Agnon, por su extensión y complejidad, es difícil de clasificar. En 1966 obtuvo el Premio Nobel de Literatura (compartido con la poeta Nelly Sachs). Falleció en 1970. Este cuento fue tomado de El Libro de los Hechos, y traducido del hebreo por Ioram Melcer.

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