El país de Cristo

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ÁLVARO OJEDA

EN JESUCRISTO Superstar, Norman Jewison filmó, como nadie lo había hecho, a un hombre que es Dios o pretende serlo, abrumado por el dolor que ve y que no puede siquiera aliviar, ya no comprender. Encima de una piedra, elevado sobre los mortales, tomado desde el cielo que parece observarlo sin intervenir, el Cristo mira entre horrorizado y misericordioso, los rostros velados por el dolor inexplicable y constante que lo circunda. Leprosos, paralíticos, desahuciados, tienden sus manos hacia el que puede salvarlos. El desenlace es obvio. Cristo es literalmente hundido por la penuria humana. Un teólogo diría que el mal es demasiado y que sólo el sacrificio en la cruz lo redime y lo elimina.

Marcos Novaro, autor de esta Historia de la Argentina contemporánea, de Perón a Kirchner, no pretende tanto como Jewison, pero logra en el lector el mismo efecto de cosa perdida para siempre, de labor de ruina, de tierra arrasada, de hundimiento nacional, sin necesidad de ser Dios, teólogo o director de cine. Alcanza con la sola condición de lector atento.

HUBO UN PAÍS. Como todo libro de procesos históricos, la trama inicial se establece un tanto antes de Perón y sus dos presidencias (1946-55 y 1973-74). El primer capítulo denominado sugestivamente, El ciclo de la inestabilidad política y económica, 1929-1969, aborda 40 años de desencuentros desde la caída de Hipólito Yrigoyen, el posterior intento nazi de Uriburu y la Década Infame de Justo y compañía, hasta el fin de la dictadura de Onganía. Si algo surge de estos 40 años analizados con veloz precisión es la falta de una sólida base democrática y participativa en la sociedad argentina para integrar a un país tan disímil y tan próspero, a pesar de sus gobernantes, legítimos o fraudulentos.

Una sociedad articulada a la sombra de personajes, caudillos, próceres, que dotan de algún favor más o menos notable al grupo social que los sostiene. Yrigoyen y los inmigrantes, Perón y los trabajadores, la Iglesia, el ejército y los empresarios, los rurales y los citadinos, en los restantes casos. Nada de Nación pese al tono de todos, mucho de patio cerrado, de provincia propia, de poder crudo.

Novaro establece no obstante un eje común, una especie de baño áureo que se desliza por toda la sociedad: el populismo como mal ineluctable contra el que todos desean actuar. El desorden, el acceso del pueblo a la Plaza de Mayo, la vieja metáfora de los pingos federales atados en la verja de la Pirámide. Y como corolario, la utilización de esa masa siempre y cada vez que cuadre. Este miedo perpetuo a la asonada, servirán para generar los lodos en una sociedad que descree de sus partidos, erráticos por cierto, y que es capaz de pagar cualquier precio para evitar la desintegración. Cuando se aborde en el capítulo 2 (El fracaso democrático y el triunfo de las "soluciones drásticas" 1969-1976) el llamado Proceso, el lector no se sentirá del todo sorprendido. Así se recordará la declaración de Ricardo Balbín (el líder de la Unión Cívica Radical) sobre Videla como un buen presidente para la democracia, o los terribles devaneos de Ernesto Sabato justificando la alegría del pueblo mancomunado en el Mundial de Fútbol del 78. Tampoco sorprenderá que tan ambiguo personaje sea el presidente de la CONADEP, la institución que investigó oficialmente las desapariciones forzadas de seres humanos.

Una suerte de cambalache pero con norte: nada de desarreglos, todo debe estar en orden y por el orden cualquier precio se paga.

La mirada descriptiva de Novaro, sociólogo y doctor en Filosofía, se completa con una tesis urticante. La caída del Proceso no se debió a una acción decidida de los partidos políticos de la oposición. Salvo la honrosa excepción de Raúl Alfonsín, aquéllos apoyaron en la llamada Multipartidaria, todo o casi todo lo actuado por Videla, sus secuaces y sucesores. Desde el exterminio de la izquierda atea y revoltosa hasta la guerra de las Malvinas.

Tampoco el Proceso se derrumba por la derrota en la antedicha guerra o por la acción valerosa, decidida y solitaria - negada por el episcopado y por los partidos supuestamente democráticos de la Argentina- de las organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Para Novaro la caída se debe más a la ambiciosa fragmentación del Proceso, a su triple jefatura devenida en triple acefalía, a sus fallas en las políticas económicas que ni siquiera fueron articuladas en su integridad, para suerte de los argentinos. Es en la propia inconsecuencia ideológica que los militares practicaron, no sólo en el terreno factual, con el eterno discurso de "reserva moral de la nación", sino en el de la más simple ausencia de toda vocación real de servicio.

A eso debe agregarse la convicción de que era necesaria en la sociedad argentina una limpieza dolorosa de la antipatria, esa suerte de monstruo desintegrador que tuvo varios nombres, -yrigoyenismo, peronismo, montoneros, curas tercermundistas- y un solo destino, el exterminio.

Alfonsín el surfista. Si de consejos se trata, la lectura de los capítulos 6, 7 y 8, comprendidos entre los años de la "primavera alfonsinista" como la llamara Fito Páez, arroja los mejores dividendos. Raúl Alfonsín, un abogado radical enfrentado al liderazgo balbinista, que toma partido por la defensa de los derechos humanos dentro de los márgenes que el terror le permite, que se opone a la guerra de las Malvinas y que en su mejor momento político denuncia lo que todo Madrid sabía (que algunos sindicalistas peronistas y las fuerzas armadas habían pactado durante la dictadura), aparece como un buen surfista, montando la ola de la reivindicación popular.

Sin embargo, en su irrupción se acunará su ocaso. Cuando el proceso a las Juntas se salga de madre y provoque, debido a los testimonios de los sobrevivientes del holocausto, el juicio a los altos mandos, Alfonsín no sabrá qué hacer. Acosado por una economía en bancarrota, un justicialismo vengativo y el movimiento "carapintada", terminará presionando a los jueces y dictando leyes tan discutibles como las de "punto final" y "obediencia debida", trocando el concepto de una "patria ética" por el de un estado ordenado, un sucedáneo de la dicotomía eterna entre orden y disgregación.

A Novaro no se le escapa que el texto será discutible y discutido. Tampoco al lector oriental que sabe algo de este enorme y contiguo asunto que es la Argentina. De todas maneras, debe señalarse que la inexistencia de un índice de nombres, una redacción farragosa, una poco ordenada exposición de las fechas que se barajan, y algunas citas de ciertos documentos aludidos pero no transcriptos no ayudan a la lectura. Se extrañan datos bibliográficos más exhaustivos como para que el lector se inicie en esta historia tan cruelmente reciente. Es verdad que el libro contiene un apéndice de gráficas, y una bibliografía, calificada de "seleccionada" y por lo tanto parcial, pero parecen escasas herramientas para semejante período histórico.

El texto por otra parte carece casi de notas, lo que probablemente acote páginas y costos. Quizás nada de lo señalado responda a razones editoriales. Quizás sea un acto fallido del autor para eludir la amargura. Quizás por eso mismo el libro termina con la palabra "poder". Una palabra que queda resonando como advertencia, como augurio o como espejo en el que mirarse desde este lado del estuario. "Es mi país, es el país de Cristo", canta todavía León Gieco.

HISTORIA DE LA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA, de Perón a Kirchner, de Marcos Novaro, Edhasa, 2006. Distribuye Océano. 326 págs.

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