ÁLVARO BUELA
EN 1998 EL PERIODISTA estadounidense Peter Biskind publicó una adictiva investigación sobre el "Nuevo Hollywood" de la década del 70, titulada Easy Riders, Raging Bulls. Editado en castellano varios años después (con un título literal y poco agraciado: Moteros tranquilos, toros salvajes), el libro tejía un absorbente informe sobre el insólito ingreso de la "contracultura" de los años sesenta en el conservador vientre de Hollywood, de las condiciones que lo motivaron y de las consecuencias que ello tuvo en la reestructuración de la industria. Haciendo un seguimiento paralelo de varias trayectorias individuales (Scorsese, Coppola, Friedkin, Spielberg, entre otras), la investigación se regodeaba en subrayar la cinefilia práctica, la megalomanía y los excesos de "la generación que salvó a Hollywood", todas conductas que, a comienzos de los ochenta, llevaron a una implosión de esa usina y al fin del sueño autoral.
LAS REGLAS DEL JUEGO. Era una triste moraleja para la última era dorada del cine estadounidense y, aunque parcial y no del todo ajustada, mantenía su coherencia con los datos que aportaba el libro. En todo caso, había en esa conclusión una soterrada lección sobre el cuidado de las proporciones y el peligro de la desmesura -aún dentro de los cánones grandilocuentes de Hollywood- que Biskind debió tener en cuenta para su siguiente opus, Down and Dirty Pictures (traducido ahora como Sexo, mentiras y Hollywood). Desde la primera frase del Prólogo, este nuevo volumen se presenta como "una continuación de Moteros tranquilos, toros salvajes", completando entre ambos una historia evolutiva de la mayor industria del cine en 1.300 páginas. El método sigue siendo el mismo: el reportaje aluvional matizado de chismografía y basado en decenas de entrevistas a fuentes directas. Varían, en cambio, los protagonistas.
Donde antes había una pandilla de talento desbordante, impulsada por iguales dosis de cinefilia y sustancias ilegales, que aprovechó la coyuntura favorable para salirse con la suya, en Sexo, mentiras y Hollywood el centro se desplaza a los ejecutivos y al advenimiento del llamado "cine independiente", promovido desde el instituto Sundance. La propia formulación de contenidos de ambos libros no admite la menor comparación (salvo que alguien encuentre más interesante, digamos, la figura de Salieri que la de Mozart), pero Biskind, probablemente cebado por el éxito de Moteros tranquilos..., se esfuerza por inflar la nueva criatura hasta superar incluso la cantidad de páginas de aquella primera parte. Lo logra a expensas de reiteraciones innecesarias, de un anecdotario con frecuencia intrascendente y de confundir lo que es importante para Hollywood -esa tribu endogámica- con lo que es importante para el lector.
Una de las debilidades del libro reside en la utilización acrítica de la categoría "cine independiente", funcional a intereses corporativos y deudor del enfoque reproductivo de revistas como Premiere, de la que Biskind fue director. Abiertamente despectivo de cualquier manifestación experimental y omiso a reconocer en su justa medida la transversal influencia de John Cassavetes, el autor esquiva toda definición del tema y se adhiere, pragmáticamente, a la explotación comercial del fenómeno indie. En ese sentido, inicia su investigación en 1989, año en que Sexo, mentiras y video, de Steven Soderbergh, se exhibió en el festival de Sundance y fue adquirida por Miramax, una pequeña distribuidora especializada en cine europeo. Apenas soslayadas quedan las obras de cineastas que venían trabajando en la periferia antes de esa fecha, como David Lynch, Spike Lee, Hal Hartley o Jim Jarmusch.
LLEGAN LAS HORDAS. El film de Soderbergh obtuvo una plusvalía inusitada, tanto para el festival, que ya cumplía casi una década de nobles intenciones y pocos resultados, como para Miramax, que logró estrenarlo en multicines y competir por vez primera con el mainstream. Esa repercusión sirve a Biskind de pretexto para iniciar el seguimiento entrelazado de ambos derroteros. Por un lado, el instituto Sundance y su evasivo director, Robert Redford, único de los implicados que se negó a ser entrevistado para el libro. Por otro, el crecimiento exponencial de Miramax y las personalidades novelescas de sus propietarios, los hermanos Weinstein. En los intersticios, casi como carne de cañón, pulula un puñado de directorcillos embanderados con ideales de integridad artística y libertad creativa. Una vez disparado el furor del cine indie, en gran medida por la estrategia publicitaria de Miramax, esos ideales enfrentaron el mundo real.
Y el mundo real funcionaba como siempre: con negocios. Año tras año, el festival de Sundance comenzó a llenarse de individuos con trajes de marca, pegados a sus celulares, que llegaban para impregnarse del sabor del momento y llevarse a casa al futuro Soderbergh. Conocedores del terreno, los sabuesos de Miramax encontraron algo mejor. Encontraron a Quentin Tarantino. Compraron por monedas los derechos de distribución de Perros de la calle (1992) y, ya convertidos en estudio, le ofrecieron financiamiento para su siguiente película, iniciando una relación de mutua fidelidad que continúa hasta el presente. En los cinco años que transcurrieron entre Sexo, mentiras y video y Pulp Fiction (1994), Bob y Harvey Weinstein consiguieron lo que se proponían: superar en taquilla a los grandes estudios, posicionar a Miramax en el seno de Hollywood y lograr una millonaria venta de acciones a la Disney.
En la página 210, el propio Biskind reconoce que 1994 fue "el último año de genuino cine independiente". Hubiera sido una buena idea terminar el libro en ese punto, es decir, en la rendición incondicional de la independencia bajo la tentación del capital corporativo. Pero apenas hemos arribado al primer tercio. En las 400 páginas restantes, Biskind lleva a cabo un agotador relevo de nombres propios (la mayoría de empleados de segunda) y describe con minucia fanática la interna de películas absolutamente menores (entre ellas Four Rooms, Kate & Leopold, Good Will Hunting, Copland y The Yards), como si se tratara de la desclasificación de documentos de la CIA. Asimismo, insiste en denunciar la conducta mezquina de Redford y el carácter explosivo de Harvey Weinstein con tal entusiasmo que logra desplazar el foco de atención desde los hechos a su emisión vocinglera y efectista.
LA IRA DE HARVEY. Venga o no a cuento, el lector se entera de que Redford es un individuo caprichoso e inseguro, que ha sido un pésimo conductor del Sundance, que ha boicoteado sus propias empresas y que ha disputado proyectos a directores jóvenes que él mismo había apoyado.
Venga o no a cuento, cada ataque de cólera de Weinstein consume varias páginas, transcripción de diálogos incluida. Como, al parecer, los padece con mucha frecuencia, buena parte del libro está dedicada a episodios de amenazas, insultos, violencia física y verbal, acoso a periodistas, portazos, irrupciones teatrales y rotura de mobiliario. Sin embargo (o justamente por eso), Harvey Weinstein termina por convertirse en el verdadero protagonista del libro de Biskind y en el motivo fundamental de esa sentencia que afirma que "si Hollywood se parece a la mafia, los independientes son la mafia rusa".
Conocido entre los directores como "Harvey Manos de Tijeras" por su afición a cortar metraje de las películas, cineasta frustrado y admirador de Claude Lelouch, el mayor de los Weinstein se encaramó en la industria a pura fuerza bruta. Inflar las recaudaciones, sobornar a los críticos, obligar a sus empleados a cumplir horas extras que nunca pagó y regatear al máximo los presupuestos fueron prácticas que siguió aplicando aun cuando ya no las necesitaba. Con indudable talento para el marketing, hizo de Miramax un emporio a su medida (obeso, vulgar y con ínfulas de nuevo rico) y con los años quedó claro que estaba más a gusto respaldando productos oscarizables como Shakespeare apasionado y Chicago que petardos como Pulp Fiction. "Soy lo único interesante que hay por aquí", cuenta Biskind que dice de sí mismo. También es lo único interesante de un libro que pide a gritos un editor riguroso.
SEXO, MENTIRAS Y HOLLYWOOD. Miramax, Sundance y el Cine Independiente, de Peter Biskind. Anagrama. Barcelona, 2006. Distribuye Gussi. 686 págs.