La belleza desde el vértigo

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Yann Arhus-Bertrand

IGNACIO BAJTER

LAS FOTOGRAFÍAS aéreas de Yann Arthus-Bertrand escriben por sí mismas el libro de aventuras del hombre feliz que ha recorrido las regiones más extravagantes del planeta. Con el espíritu de Julio Verne, compone un álbum de viaje con impresiones fantásticas. Arthus-Bertrand pudo haberse convertido en la versión afrancesada de Howard Hughes, pero pronto abandonó la ciudad y la carrera cinematográfica a cambio de la estadía en una reserva natural al sur de Francia. Era 1967, y faltaba poco para que su generación estallara en el florido clamor del Mayo francés. El joven Yann tenía 21 años y una sensible predisposición para captar los movimientos imprevistos de la naturaleza.

Hacia 1976 inició en Kenia una investigación de riesgo: persiguió a una familia de leones durante tres temporadas. Allí definiría su perfil de ecologista itinerante y de reportero gráfico definitivo. Aquella fue su primera experiencia con las virtudes testimoniales que propicia la fotografía. "Tan sólo intento contar historias y ser testigo de mi época", le dice al entrevistador Stéphane Louhaur, destacando lo narrativo de sus imágenes. Un súbito viaje en globo le permite abandonar los puntos de vista de los exploradores clásicos y trabajar, decididamente, desde el vértigo de la perspectiva de vuelo.

La pasión del fotógrafo ha de recordarse por la puesta en marcha, en 1995, de su proyecto heurístico La Tierra vista desde el cielo, con el fin de crear un corpus de imágenes de la superficie de mares y continentes. El ojo de la cámara, que cruza la Tierra desde los anillos del Ártico hasta la Antártida, se ubica entre los 30 y los 3000 metros de altura para alcanzar sus espontáneos objetivos. La selección fotográfica de los paisajes es expuesta en muestras al aire libre, en un plan de viaje que incluye distintas ciudades del mundo. En enero tuvo la ocasión de sobrevolar Uruguay (con el apoyo de la Embajada de Francia) para extraer impresiones visuales, lo que finalmente motivó la apertura en Montevideo de la muestra testimonial de 120 fotografías que incluyen 20 de este país, y que se clausura el próximo 6 de mayo.

ÉPOCA Y VELOCIDAD. Valiéndose de un instrumento creado en la fase preindustrial y de un arte francés ligado a la luz, con una milimétrica precisión técnica y una evidente posición geopolítica, Bertrand realiza su crítica a la aceleración del mundo actual. Detiene la dinámica hiperveloz de la industria desde la lógica espacial de las artes visuales. Y aquí se separa de los experimentos aeronáuticos de Hughes, llevados a Hollywood como una afición inaudita. Arthus-Bertrand está en la antítesis del espectáculo visual escénico; sus encuadres lo muestran como un poeta/ingeniero que investiga los ciclos negativos de la producción, la zona residual del industrialismo.

La relación espacial con la superficie define la identificación y la connotación del referente fotográfico. A pocos metros de altura, cuando el objetivo de la cámara distingue figuras reconocibles, las imágenes se vuelven comprensibles para la mirada del transeúnte. Pero a muchos metros sobre el nivel del mar configuran una estética que remite a la pintura de Kandinsky, Pollock o Miró. La perspectiva desde el cielo (o caída libre de la mirada) es misteriosa, imaginativa, abstracta. La distancia altera la relación con el territorio y sus formas, hasta volverlo una pura efusión de colores.

Esto sucede con las fotografías más sugestivas de la exposición. Por ejemplo "El árbol de la vida" en Parque Nacional de Tsavo-Est en Kenia; también la orilla de un lago en el Parque Nacional de Etosha, Namibia, que "dibuja formas sorprendentes de plantas o animales fabulosos"; y "El ojo de las Maldivas", la extraña cadena coralina en el archipiélago de las Maldivas, "que hoy tiene 80 resorts turísticos y recibe 300.000 turistas al año"; o las Minas de uranio del Parque Nacional de Kakadu, Australia, "que producen el 10% de los recursos mundiales" del mineral radiactivo y son resistidas por los aborígenes Mirrar, propietarios originales de esas tierras sagradas. También los detalles del pavimento de la pista del aeropuerto de Gibraltar o la formación cristalina en el Lago Magadi, en Kenia. La captura aérea pierde en forma momentánea la representación figurativa, la capacidad de distinguir formas reconocibles, que luego se recupera a través de la palabra, de las leyendas al pie de las fotos. La didáctica enciclopédica de este fotógrafo francés se suscribe a la tesis de Jean-Marie Schaeffer: la imagen fotográfica considerada en sí no es un mensaje.

El juego de la luz y las formas, subrayado intensamente por el vuelo en altura del artista, se vuelve reflexivo sólo cuando la ciencia y la estadística aportan datos. Los imprescindibles textos-leyenda aparecen, bajo la belleza panorámica, como verdaderos manifiestos. Con un sentido que admite, incluso, la posibilidad de un caos ecológico. En su ensayo Pequeña historia de la fotografía, Walter Benjamin se preguntaba -acentuando el rasgo creador de la palabra- si la leyenda "no se convertirá en uno de los componentes esenciales de las fotos". Así sucede en este trabajo histórico: el texto al pie de las fotografías habilita el testimonio y la advertencia, la vía de exégesis para el espectador.

La "literaturización de todas las relaciones de la vida" a través de la intervención textual conlleva un mensaje fatídico: el mundo percibido por Arthus-Bertrand puede colapsar si sus habitantes mantienen los hábitos actuales o lo que Jean Baudrillard llama "cultura anoréxica" ("fase obesa, saturada, pletórica"). La discusión altruista propuesta por el proyecto hace tomar conciencia del abuso de los recursos naturales por parte de los países desarrollados.

La única imagen que refiere de modo explícito al desequilibrio ambiental exhibe un basural mexicano recortado por los límites del cuadro. Sólo el espectador muy alerta comprueba a primera vista que la propuesta fotográfica de La Tierra vista desde el cielo es una sutil ceremonia ecológica, una crítica hacia el más siniestro sistema del valor. "La fabricación de un ordenador personal requiere 1,8 toneladas de materiales", expresa el pie de una imagen. Cualquier objeto (de composición abstracta) que aumenta el bienestar en las culturas tecnologizadas, arroja, en su composición, materia negativa a escala medioambiental. En otro caso, un cementerio de tanques de guerra en el desierto de Kuwait es el más grave símbolo del absurdo: "Durante la Guerra del Golfo, fueron disparados un millón de proyectiles conteniendo uranio empobrecido. Este subproducto particularmente denso de la industria nuclear permite a los proyectiles atravesar fácilmente el blindaje de los tanques. Cuando estallan, liberan polvo tóxico en el aire. Esa contaminación (...) es la que impide a cualquiera acercarse a los 1.400 tanques abandonados con la finalidad de reciclar piezas".

En 2005 Arthus-Bertrand creó la asociación sin fines de lucro GoodPlanet, para promover el "desarrollo sustentable" y reactivar el compromiso social iniciado en su práctica fotográfica. Por su labor ha sido nombrado miembro de la Academia de Bellas Artes del Instituto de Francia, clausurando así la discusión tradicional sobre la fotografía: el papel de la imagen mecánica obtenida por una operación de la sensibilidad. La defensa planetaria es la puesta argumental más persuasiva como causa universal, planteada desde un benévolo sentido del espionaje.

CARTOGRAFÍA. El mapa fluvial de Venecia es una postal atípica de uno de los sitios más visitados de Europa, ciudad que en realidad "no es una isla sino un archipiélago de 118 islas separadas por 160 canales cruzados por más de 400 puentes". El panorama de la ciudad abandonada de Pripiat, contigua a la Central nuclear de Chernobyl, sería su antípoda figurativa: la de un pueblo imaginado por Ray Bradbury, con tonos azul muerto sobre la nieve de Ucrania tras la catástrofe provocada por la acción directa del hombre en 1986: "En diciembre 2000 el último reactor de la usina, que seguía funcionando y producía el 9% de la energía eléctrica del país, fue apagado a cambio de una ayuda occidental de 2.3 billones de dólares, destinados a la construcción de otras dos centrales nucleares".

Aunque la preocupación permanente es la búsqueda de los resultados nocivos de la actividad humana, Bertrand es también compasivo con los desastres ocasionados por los accidentes de la naturaleza y con los peligros potenciales que soportan los habitantes de las zonas "frágiles", como sucede en las cercanías del bellísimo acantilado irlandés de Inishmore: "Durante siglos los habitantes trataron de convertir en fértiles los suelos rocosos de estas islas distribuyendo regularmente una mezcla de arena y algas en el piso, tratando de generar una fina capa de humus necesario para la agricultura. Para proteger sus parcelas de tierra de la erosión del viento, los isleños construyeron una red de muros rompeviento que en total suman 12.000 kilómetros de largo, lo que llevó a que estas tierras tengan la apariencia de un gran mosaico".

Cuando el ojo baja a la ciudad se manifiesta la crítica material más elemental. Exhibe las contradicciones de la vida urbana, la nada ecuánime distribución de los bienes. La ciudad de Nueva York estaba visualmente absorbida por el destruido World Trade Center, según el navegante aéreo francés; en este caso impacta su fotografía-suicida, la caída inminente de lo que ha sido, y agrega: "Lo único cierto es que la reconstrucción ocurrirá, tanto para rehabilitar esta parte de la ciudad como para rendir homenaje a los miles de norteamericanos y de otras nacionalidades que murieron en el lugar, que se ha convertido en un sitio sagrado". A su vez, los edificios derruidos en las afueras de San Pablo y los hacinamientos en Guayaquil son un negativo urbano, la contraparte de las operaciones de los holdings levantados sobre arquitectura de cristal. El béisbol sobre el verde magnífico del Yankee Stadium es miserable visto por Arthus-Bertrand, mientras que el arte de Frank O. Gehry para el Museo Guggenheim de Bilbao es una transgresión escrita sobre el analfabetismo. La metrópolis, fría e impersonal, oculta el cuerpo de sus habitantes.

FUERA DEL LUGAR COMÚN. Las fotografías de los paisajes no urbanizados amplían el horizonte imaginado, y despejan el lugar común. Las formas del azar son generosas con la mirada, como en el caso del manglar "Corazón de Voh" en Nueva Caledonia (Francia), la foto aérea cliché, escogida como imagen de tapa del libro célebre La Terre vue du Ciel (Editions de La Martinière, 1999), obra original del proyecto expuesto en la rambla de Montevideo, con versión en español. Los manglares, ecosistemas necesarios para la conservación de la vida marina, son protegidos desde los 80 debido a la degradación por "la explotación desmesurada de los recursos, la expansión agrícola y urbana, el desarrollo de la cría de gambas y la contaminación", según el informe técnico transcripto en la leyenda de la foto. Si el imprevisto corazón se desdibujase, se perderían miles de especies que sobreviven de su trama vegetal.

En la obra de Arthus-Bertrand hay una predilección por las más exóticas artesanías (sobre todo las de africanos que elaboran laberintos textiles en seda, algodón, pelo de camello o cabra), y finalmente por cualquier tipo de producción que resista a la modernidad tecnológica. Resulta emblemática, en este sentido, la que quizá sea la fotografía más cálida de la muestra, tomada en la antigua ciudad de Fez, un reducto islámico cercano al Mediterráneo. Allí están las poéticas tinas polícromas junto a los talleres de tintoreros marroquíes. La preocupación antropológica no acaba en este paisaje expresivo, sino en una crítica flagrante de las condiciones del trabajo.

La selección de las fotos del Uruguay expuestas en la rambla de Pocitos forma parte de la lógica de toda la exposición, "megalómana" según su autor: mapa de ciudades y apariencia del campo abierto. De este país -recorrido en mayor extensión- capturó las húmedas llanuras, los paisajes típicos de la costa atlántica y las postales más proverbiales de Montevideo y Punta del Este. La perspectiva tomada en la laguna Merín, mostrando agua y formaciones arenosas, no permiten distinguir si los vacunos allí presentes viven en la tierra o en el cielo. Son veinte fotografías uruguayas. En forma extraña, los textos bajo las fotos del Uruguay son acríticos, puramente sintácticos, blandos; están escritos con obvias perífrasis que olvidan la discusión medioambiental actual, y el principal mensaje de la muestra.

VALOR VOLÁTIL. Entrelíneas emerge la crítica de Baudrillard al detenimiento humano ante los gadgets domésticos, el sobreconsumo engañoso, la fe en la retórica de la publicidad, la aceleración que hace del espacio vital una materia leve y ensordecedora, espacio vital que sería preciso aniquilar. La advertencia visual-ecológica, paralela a la belleza de los paisajes, se introduce en la selección de Arthus-Bertrand a través de lo que Baudrillard llama "bloqueo del sistema de valor". Las fotografías quitan de la superficie planetaria el valor de uso común, el valor de cambio, reinventando fórmulas para evitar el caos inmediato. Así fija lo que no tiene precio. El principio de destrucción en la época hiperproductiva trata de ser negado a través del arte: esa parecería ser su función, con un proyecto basado en la "utopía operativa". Es el adiós a Andy Warhol, a la mímesis pop. Arthus-Bertrand busca implicar a los otros para que perviva su paisaje fascinante; y reconoce, desde luego, que su trabajo es "útil" y hasta nostálgico.

Las fotografías aéreas por sí mismas pueden complacer por apolíneas. La antología ecologista reserva a los espectadores un bestiario selecto de jeroglíficos y construcciones míticas: un templo dentro de una elevación rocosa en Jordania (Al-Dayr, Petra), un colibrí geométrico trazado hace dos mil años sobre el suelo desértico en el territorio de Perú, el "Caballo blanco de Uffington" -tributo a las divinidades- en Inglaterra, o los nombres verdaderos del Monte Everest. Pero la leyenda al pie de las fotografías siempre regresa al espectador a la débil circunstancia. Las conjeturas de la ciencia disponen, sin melancolía alguna, el lado subrepticiamente trágico de la belleza.

LA TIERRA VISTA DESDE EL CIELO, de Yann Arthus-Bertrand. Del 6 de marzo al 6 de mayo en Rambla República del Perú, Pocitos, Montevideo. 120 fotografías (1,80 x 1,20 mts.). Diseño de la exposición: Arq. Silvia Marsicano.

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