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Diario de Nueva Zelandia
Sorpresas entre kiwis

LÁSZLÓ ERDÉLYI

TENEMOS un problema: los neozelandeses quieren ser uruguayos. No es broma. Todo ocurrió durante una visita a Nueva Zelandia en marzo 2007, organizada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de las islas, para seis editores culturales de diarios de América Latina (México, Perú, Chile, Brasil, Argentina y Uruguay) que, durante diez días, conocieron lo mejor de las artes y la cultura de este país tan similar a Uruguay en tamaño, cantidad de habitantes y recursos. Al principio los elogios hacia Uruguay parecían meros convencionalismos. Luego, por reiterados, comenzaron a ser sospechosos. La confirmación, al final, ocurrió por boca de un brasileño, el Embajador Sergio Taam, acreditado por Brasilia ante el gobierno de Wellington. Sin anestesia me dijo: "¿Qué pasa que los neozelandeses están enamorados de Uruguay? No paran de hablar de ustedes".

Fue la primera sorpresa.

UN LARGO VIAJE. En avión son 14 horas de Buenos Aires a Auckland, más los atrasos crónicos de Aerolíneas Argentinas. Luego a Wellington, una hora y media más de avión. El paisaje paradisíaco, el mar color jade, la vegetación subtropical, las montañas, los volcanes y las playas solitarias cobran vida tras la ventanilla del Boeing 737 de Air New Zealand. Nos recibe Wellington, la ciudad capital, de 300 mil habitantes, al pie de montañas y a la orilla del mar, conformando una urbanización que se extiende lineal, zigzagueante, siguiendo la costa, o colgada de las laderas. Comienzan los primeros síntomas del jet lag, por el cambio de horario, nueve horas de diferencia con Uruguay. De día, muertos de sueño. De noche, despabilados. El cuerpo tenso, algo de náuseas. El cansancio que traemos de Montevideo no ayuda. Mi organismo vivirá así, en crisis, durante varios días.

La ciudad es limpia, ordenada, británicamente pulcra, habitada por seres austeros, dignos herederos de los primeros colonizadores calvinistas (escoceses) y anglicanos, que se llaman a sí mismos "kiwis". Austeros en la vida privada, y ricos en los bienes públicos, comunitarios. Las autopistas, por ejemplo, son perfectas, funcionales y no agreden el entorno urbano, algo que se verá en mayor escala en Auckland. Lo mismo con los parques, las plazas, las ramblas, todo cuidado y protegido. La austeridad también en la comida: a pesar de tener excelente carne de vaca y 40 millones de ovejas, de producir la mejor carne de cordero que uno haya probado jamás, el plato nacional es el pescado frito. Porque con la riqueza de la fauna marina, tanto en pescados como en mariscos, que se pueden sacar de cualquier playa casi sin esfuerzo, gastar dinero en carne es un sacrilegio. Un buen ejemplo de tacañería calvinista, difícil de entender para un latino.

En la rambla de Wellington destaca el museo Te Papa, una suerte de gran recinto nacional de la cultura, con arquitectura de última generación, exhibiciones costosísimas, didácticas, y con énfasis en los niños, en la enseñanza a través de lo lúdico. Allí convive la muestra temporaria "Blood, Earth, Fire" (Sangre, Tierra, Fuego), un recorrido por los cambios ocurridos en las especies animales autóctonas desde que el hombre trajo especies importadas a las islas, con la muestra "Egipto, Más Allá de las Tumbas", desplegando tesoros funerarios egipcios de 3 mil años de antigüedad, momias incluidas. Un gasto usual en cultura para países de gran tamaño como Estados Unidos, Inglaterra o Francia. Pero no en uno del culis mundi como Uruguay, allá abajo, aislado. Algo no cierra.

El programa preveía una visita al conjunto cinematográfico Weta Studios, pero nos anuncian que fue cancelado. Gran desazón, y pequeñas protestas de los colegas. Nueva Zelandia es la tierra de Peter Jackson, el genio detrás de la trilogía de El Señor de los Anillos, rodada, producida y pensada por neozelandeses, cuya industria de servicios cinematográficos es la cenicienta de Hollywood. Ahora están rodando, en algún lugar, la secuela de las Crónicas de Narnia. A lo largo de todo el viaje, aquí y allá, la estética de El Señor de los Anillos está omnipresente. La Nueva Zelandia que nos recibe es un set de El Señor de los Anillos, pero sin orcos ni Lord Sauron. La magia de Tolkien llevada a la pantalla es un orgullo nacional.

En cada lugar que visitamos nos preguntan "¿Estuvieron en Weta?" La broma de rigor entre colegas, a partir de allí, es: "Decime, ¿Weta no queda en Nueva Zelandia?" Los organizadores perciben la frustración del grupo, y deslizan, al final, la verdadera razón de la cancelación: Weta está embarcado en un gran proyecto y no quiere curiosos, y menos curiosos que entienden de qué se trata el asunto. Temor al "espionaje industrial", nos dicen. En un mundo de oportunidades desiguales, los neozelandeses defienden con uñas y dientes su tajada en el gran mercado mundial del cine. Una lógica que el periodista resiste con los dientes apretados, mientras se pregunta para qué diablos vino hasta el otro lado del mundo.

UN GRAN PANAL. El premio consuelo fue -luego nos dimos cuenta- una entrevista privada de más de media hora con la Primera Ministra de Nueva Zelandia, la Sra. Helen Clark, que también es Ministra de Cultura. Apenas hace veinticuatro horas que estamos en las islas, y nuestros cuerpos en crisis entran a un edificio con forma de panal de abejas, moderno, cilíndrico, que en los mapas turísticos figura como el "Beehive" (panal, claro). Es el edificio del Poder Ejecutivo ubicado junto al más clásico edificio del Parlamento. Todo muy austero: la seguridad, la espera en un ambiente cerrado, circular, donde confluyen varias puertas de ascensores. Estamos junto a su despacho, nos dicen. De la puerta del "poder" entran y salen señores con ceños fruncidos, de oscuro, con carpetas bajo el brazo, caras serias, tensas, en un clima post "estampida de búfalos". Alguien está enojado detrás de esas puertas. Los señores atormentados, que parecían burócratas de rango medio, eran en realidad el Ministro de Economía, el de Agro, y el Presidente del Banco Central de Nueva Zelandia. Nos saludan circunspectos.

Recuerdo entonces una cita atribuida a Hillary Clinton en una visita a Montevideo. Era una cita feminista extrema. Dijo algo así como "La igualdad para las mujeres en política llegará el día en que las mujeres mediocres lleguen al poder". Lamento informarle a las feministas que la igualdad no ha llegado a estas islas, pues Helen Clark dista mucho de ser una mujer mediocre. En su austero despacho, con vista a la bahía de Wellington y alrededor de una gran mesa, la Ministra de Cultura (y no la Primera Ministra) contesta preguntas sobre la inversión pública en la cultura, en las artes, en la educación, con una secretaria a cada lado, a modo de escuderas. Ha sabido inyectar cifras fabulosas para construir museos, escuelas de danza, teatros, o emprendimientos editoriales de todo tipo y color. "83 millones de dólares en infraestructura para la cultura el día en que asumí" aclara. Rondando los 70 años, Helen Clark posee una mirada sagaz, felina. Está al mando, no hay duda. Y para una banda de editores culturales, acostumbrados en sus países de origen a tolerar clases políticas a quienes les importa un rábano la cultura (con notorias excepciones), la señora Clark es una bendición.

Como despedida, resume el vínculo que une a cada cultura latinoamericana con Nueva Zelandia. Menciona a Brasil, a México, a Argentina, en todos hay algún elemento concreto que atrae a los kiwis. Cuando llega a Uruguay, me mira y se traba. Balbucea un "porque nos cae muy simpático" y cambia de tema, con un gesto poco creíble de "me olvidé lo que iba a decir". Había algo que no convenía decir. Ante la leve tensión creada, la secretaria a su izquierda me mira, buscando algún signo de molestia en mi rostro. Pero solo encontró sorpresa. Seguía sin entender.

Otro político más, pensé. Me salgo del programa previsto y camino por Wellington, ya cayendo la noche. En la librería Parsons compro un libro cuyo título me había llamado antes la atención: The Hollow Men (Los hombres vacíos), de Nicky Hager, subtitulado "Un ensayo sobre el engaño en política". La librera me cuenta, en estado de excitación provinciana, cómo vendió cientos de libros de Hager el primer día, hace un par de semanas, y que hasta la entrevistó la televisión. No es para menos. El investigador Nicky Hager supo producir su cuarto libro, esta vez sobre la campaña política que intentó llevar al poder a Don Brash del National Party, y que casi, por pocos votos, destrona a Helen Clark. Dicha campaña -como demuestra Hager con documentos al canto- estuvo basada sobre la mentira, el engaño, las alianzas ocultas, y los grandes contribuyentes anónimos, esos que "nunca se sienten cómodos en democracia" señala el autor. El libro se lee con una fluidez pasmosa, y los datos caen con una contundencia poco común. Lo insólito, para este lector que es un ignorante absoluto de la política de Nueva Zelandia, es la claridad del cuadro descripto, a pesar de su complejidad. Otra sorpresa, y una gran alegría: descubrir la dignidad de esta comunidad, profundamente democrática y republicana, que tolera y protege a un crítico como Nicky Hager, un ciudadano de a pie inteligente, ético, que le pide a sus políticos transparencia y un retorno a los principios.

MAORÍES DE PAPEL. La cultura maorí está presente en todas partes, y sobre todo a nivel oficial. El hombre blanco ha integrado su arte, algunos elementos de su filosofía, o los marai (edificio tradicional maorí que alberga a la comunidad y a sus visitantes). Pero maoríes de carne y hueso, nada.

Entonces, por mera casualidad, el chofer de nuestro minibús resulta ser un líder comunitario maorí, también artista plástico, extra cinematográfico (participó en casi cuarenta películas, entre ellas, por supuesto, El Señor de los Anillos) y de un carácter festivo, casi adolescente. "Me llamo Piripi, soy maorí, soy macho" aclara al grupo, que estalla en carcajadas. La broma está cargada de ironía, quizá también de amargura. Es que al parecer el hombre blanco integra al maorí, pero al maorí que le conviene, al de exportación, al turístico, al que atemoriza con su haka a los contrarios en el cuadro nacional de rugby, los temibles All Blacks. Pero, guste o no, el maorí es el que desempeña los trabajos que el blanco no quiere.

Como un torbellino, Piripi nos transporta por la blanca Wellington mostrando su cultura, dejando de lado el cronograma oficial. Con la sensación (improbable) de estar viviendo una aventura con un amigo aborigen, nos lleva al Ministerio de Pesca, donde han adquirido varias de sus obras. Nos explica al detalle cada motivo, cada color del cuadro tallado en madera. Luego, en la calle, detiene a un transeúnte de origen maorí. Le hace desabrochar la camisa, para absoluto desconcierto del señor. Era para mostrar los tatuajes rituales. Luego vamos a una editorial de literatura maorí: tras casi una hora de charla amable con los editores, salgo con una montaña de libros de cuentos que obligarán al pago de sobrepeso en todos los aeropuertos, de ahí en más. Al final, Piripi me ofrece conocer la escuela maorí de su hijo, a donde vamos apurados. Camina adelante, gigante, como un forward temible, moviendo las piernas con el típico bamboleo aleatorio de quien tiene las rodillas destrozadas por el rugby. Llegamos a una escuela sólo para niños maoríes, cerca del aeropuerto de Wellington, al borde del mar. No puedo hablar, pues allí sólo se habla maorí (aunque todos hablen perfecto inglés, of course). Me traducen, me llevan a cada clase, todo es sonrisas ante el visitante. "Tenemos poca ayuda del Estado" me dice Piripi. Pero cada niño tiene un notebook Apple de última generación, con su nombre, que va depositando en un armario, pues termina la jornada. Los discursos no siempre son lo que parecen.

UN ANILLO FAMOSO. Al hotel, y hacer valijas. Nos espera Nelson, un pequeño pueblo de la isla Sur, de 40 mil habitantes, en la costa. Un pueblo con un museo desmesurado, el WOW (World of Wearable Art), o con la joyería Jens Hansen Contemporary Gold and Silversmith, creadora del anillo de la trilogía El Señor de los Anillos. Uno de sus directores, Thorkild Hansen, nos ofrece para sacar fotos a uno de los 40 anillos utilizados durante la filmación. Están los más pequeños de oro puro, y los más grandes, de casi 20 cm. de diámetro, de acero bañado en oro. Porque si bien en la fantasía hay un solo anillo del Dark Lord, en la filmación se utilizaron muchos de varias medidas, según la escena que se filmaba, o según el diámetro del dedo del actor que lo utilizaba. Ninguno posee inscripción en elfo en el interior. Eso se hizo con efectos especiales.

El maldito Peter Jackson, bien ausente desde el primer día, se nos aparece por todas partes en esta improbable Tierra Media. Ciertos árboles al pie de una colina en Nelson, con el tronco múltiple, nervioso, y con curiosas rebarbas como pelos, nos rememoran a Bárbol, el más antiguo de los ents, los árboles que hablan y se sublevan en la película. El campanario de la principal iglesia es la torre de Saruman, aunque menos siniestra. Busco algún hobbit por las calles semi desiertas de Nelson sin éxito. Sólo gente rubia, feliz, provinciana, apacible, casi auténticos elfos pero hablando en un inglés imposible, el famoso "kiwi mambo", de pronunciación truculenta. Por ejemplo, pido una tarjeta de teléfono, me ofrecen de "tain" y de "fiftain". Ya soliviantado de Wellington, pienso que fiftain es fifteen, quince. No, me trae una de 50. La miro, le digo no, una de menos valor. "Ah, tain". Esperando cualquier cosa me trae una tarjeta de ten, diez. Le digo "This is ten, no tain". Y la cajera se ríe, entre avergonzada e inocente. Sin complejo de inferioridad, sin ofenderse, como ocurriría en cualquier cultura donde el maldito orgullo sabe a soberbia y estupidez. En Nelson, como en el resto de Nueva Zelandia, no existe la altanería, ni el narcisismo nacionalista. Solo una actitud alerta, humilde frente a la vida, junto a la creencia de que en este lugar aislado del mundo es posible hablar el inglés como se les cante.

Hay un latiguillo neozelandés que los describe de pies a cabeza. En una actitud deliciosamente provinciana, todo lo que sale bien es "Lovely", amoroso. Entraron bien las valijas en la parte trasera del auto, "ah, lovely". Cruzamos varios semáforos en verde, "lovely". Los precios de este pub son baratos, "lovely". Es como si se levantaran de mañana, vieran que el día está soleado, y con un "lovely" le dieran el visto bueno a la vida, y salieran a caminarla como hobbits felices y sin retorno. La clave de la felicidad, dijo alguien, está en las aspiraciones y metas que uno elige en la vida. Sábado, la última novela del inglés Ian McEwan, otro súbdito de la Corona, trata sobre esta cuestión existencial que dista de ser menor. Un libro que seguramente no leyó el gigante de rugby Ali Williams, de los All Blacks. El jugador profesional se queja duramente en la tapa del diario New Zealand Herald (10 de marzo 2007) porque la compañía de aviación Air New Zealand eliminó una galletita con chips de chocolate que se servía durante los vuelos cortos, acusándolos de "estúpidos". Una polémica que ya es causa nacional.

AUCKLAND Y DESPUÉS. La ciudad de Auckland, con 1.3 millones de habitantes, está construida sobre 48 volcanes. El último de ellos hizo erupción hace 600 años, y los geólogos aseguran que la zona es de volcanes activos. Nada de eso logra evitar el disfrute de esta ciudad multirracial, rebosante de cultura, de festivales, teatro, música, danza, librerías de nuevo y usado, galerías de arte públicas y privadas, o museos gigantes y lujosos. El buen nivel de la crítica de libros, de música o de teatro, tanto en diarios como revistas, dice mucho al respecto. Todo rezuma buen gusto, amor por las cosas bien hechas, por el lado refinado de la vida.

El grupo francés Groupe F, con la exhibición de fuegos artificiales "A little more Light" en el parque público Auckland Domain, convoca a media ciudad a cielo abierto, sobre todo familias. Casi 200 mil personas llegan al predio en forma ordenada, pacífica, y se sientan en el pasto a esperar. Son casi las siete de la tarde, y hay pocos lugares para comer. Sólo algunos pequeños puestos de hot dogs, o panchos. En uno de ellos, una cola larga de casi doscientas personas contrasta con el diminuto carrito que los va a atender. Una cola demasiado larga para cualquier lugar de América Latina, pero creíble en Nueva Zelandia, donde los últimos de la cola saben que, a pesar de la larga espera, el hot dog estará. Eso se llama fe en el sistema.

El estreno de la obra Penumbra en el Sky City Theatre de Auckland promete mucho, y cumple. Anunciada como una pieza teatral "épica y ambiciosa", recorre hechos clave de la historia de Nueva Zelandia de los últimos 50 años. Hay temor entre los colegas: la obra dura tres horas y cincuenta minutos, con dos intervalos de 20 minutos. Sabemos poco de historia local. Pero la dirección de Christian Penny y Jade Eriksen hace fluir los diálogos en forma simple, concreta, en buen inglés, redondeando 11 historias y 40 personajes insertos en varios acontecimientos que hacen a la identidad neozelandesa. Esas historias corren paralelas al desastre de Tangiwai de 1953, donde un tren fue arrastrado por 340 mil metros cúbicos de agua provenientes del lago del cráter de un volcán activo que se desbordó, provocando 151 muertos. O en las protestas de Bastion Point de 1977-78, donde un grupo de maoríes reclamó una porción de terreno cercano a Auckland como territorio independiente maorí, y terminaron desalojados a palos por la policía. O la crisis de la bolsa de valores de 1987 que arrastró al abismo a economías de todo el planeta, entre ellas a la de Nueva Zelandia. En Penumbra están representadas tres generaciones de descendientes de ingleses, escoceses, holandeses, maoríes, chinos y malayos pertenecientes a una nación que enterró a decenas de miles de sus hijos en batallas como Gallipoli (1915) de la lejana Turquía, o en el desierto africano contra los nazis, o en Corea 1950, hasta en Vietnam e incluso en el Cementerio Británico de Montevideo, caídos durante la Batalla del Río de la Plata (1939). Todo por ser súbditos de la corona.

El regreso ofreció otras sorpresas. Antes de subir al avión que nos llevaría de Buenos Aires a Montevideo, el inefable acento kiwi de un grupo de pasajeros cercanos despierta la curiosidad. Es un grupo de kiwis jóvenes, de unos 30 años, acompañados por una pareja mayor. Todos rubios de complexiones fuertes, tez curtida, mirada dura de trabajador, y con ese aire provinciano que no es monopolio uruguayo. El mayor le dice a uno de los jóvenes, que al parecer ya conoce otros países de América Latina, que Uruguay "is more sophisticated", es decir, un país más sofisticado.

Un asesor de inversiones uruguayo dio la respuesta a todas las sorpresas acumuladas. "La mejor hectárea cultivable en Nueva Zelandia vale 30 mil dólares, la mejor en Uruguay vale tres mil, y la uruguaya es mucho mejor que la neozelandesa". Además, según otras fuentes, los kiwis llevan ventaja en materia de gestión y tecnología agropecuaria.

Lovely.

Otras Ediciones
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Peter Sidell, Homecoming, 1976, acrílico sobre madera, Auckland Art Gallery Toi o Tamaki.
Viejo Parlamento y Edificio del Ejecutivo (Beehive), Wellington.
Foto: El País. Fotógrafo: László Erdélyi.
Queen Street y Victoria Street, Auckland
Foto: El País. Fotógrafo: László Erdélyi.
Tatuajes rituales
Fotógrafo: László Erdélyi.
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