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El robo de libros
Ladrones de ayer, hoy y siempre

CARLA RIZZOTTO

EL ROBO de libros revela más de un modus operandi. Pero cometer el delito frente a la vista y paciencia de los empleados de la librería parece ser una de las formas más efectivas, según dice el escritor Roberto Bolaño en su obra Entre paréntesis. Y esa técnica que pondera el chileno no se da sólo en países andinos. Con o sin dispositivos de seguridad, en comercios vacíos o repletos, los ladrones uruguayos no dudan en poner a prueba su capacidad. Y lo hacen a diario. Se apropian de ejemplares por amor a la lectura o para el mercado de reventa. Los hay talentosos y torpes, cuidadosos y arriesgados. Las capturas no frustran su tarea y los libreros se resignan ante semejante perseverancia.

Ladrones ilustrados "hubo, hay y habrá", se lamentan los dueños de librerías de cualquier rincón de Montevideo. Asumir la pérdida por el robo de libros es parte de los costos fijos del rubro y, por el momento, no se encontró la forma de terminar con este fenómeno. "Todos los días pasan ladrones, por eso hay que estar siempre atento", cuenta el encargado de Plaza Libros, ubicada sobre la Avenida 18 de Julio, en pleno centro de la ciudad.

En esa avenida, la concentración de ladrones es incalculable. El permanente movimiento de gente es un buen aliado para el oficio. Así como hay quienes apuntan a supermercados, comercios de ropa o calzado y hasta a los puestos ambulantes, también están los que prefieren las librerías. Existen dos tipos de ladrones de libros: los que roban para luego vender el botín en otros comercios y en ferias, y quienes se arriesgan para engrosar su biblioteca personal.

Dentro de tales grupos también hay segmentación. En el de los que lucran conviven los aplicados con los perezosos: estos últimos no se sometieron ni a la mínima capacitación para ejercer la tarea. Y eso es un pase libre para ser descubiertos: "El nivel de discurso es una manera de atrapar al posible ladrón. A veces entran supuestos clientes con cara de encumbrados y después no saben ni siquiera pronunciar el nombre del autor que buscan. O te preguntan cuál es el libro más caro de filosofía", relata Omar Tagore, de la librería Rayuela, ubicada sobre la calle Tristán Narvaja.

Sebastián Llosa, de la librería Latina, que también se ubica en esa calle, coincide con su colega. "Hay de todo, gente que no te imaginás que te vaya a robar y otra que no entró nunca a una librería. Se nota por el léxico que manejan. Y aparte, preguntan por libros que valen oro", comenta. En el otro subgrupo, el de los más profesionales, por lo menos se toman el trabajo de conocer la bibliografía básica. Y para eso no precisan demasiadas clases. Es que los libros sustraídos para su reventa se reducen a pocos autores. Paulo Coelho, Jorge Bucay, Isabel Allende, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano y Stephen King son los escritores más buscados. Mientras que entre los títulos de mayor interés se encuentran El código da Vinci (Dan Brown), Dios me habló (Eileen Caddy) y El Señor de los Anillos (J.R.R. Tolkien). Los libros para niños, sobre todo los troquelados y con texturas, también son sustraídos con frecuencia.

"Son libros de reventa asegurada", asegura Pablo Álvarez, empleado de la librería Puro Verso, sobre avenida 18 de Julio. Para él, la novela El código da Vinci se robó "como ningún otro libro". Tal es así que en ese comercio hubo que dejar un ejemplar en exhibición y el resto detrás del mostrador, para evitar que en segundos desaparecieran.

ENSEÑANZAS DE POE. Las tácticas para llevarse un libro sin pasar por la caja son muy variadas: esconderlo en la cartera, mochila o bolso es una técnica de antaño que no pierde efectividad. Debajo de la ropa, en el bolsillo (si se trata de libros más pequeños) y hasta en la mano, como hacía Bolaño, también son formas que integran la lista del manual para la sustracción de ejemplares.

"Después de La Caída de Camus, todo cambió. Recuerdo el ejemplar, era un libro de letras muy grandes, de pocas páginas y tapa dura, con un dibujo horrendo en la portada. Un libro difícil de sustraer que no supe ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi estudiante cimarrero, y que al final saqué a la vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe", relata el escritor al recordar los libros que robó en México.

Los principales destinos de los libros robados son las ferias y los locales que comercializan obras usadas. "La propia feria que se arma los domingos en Tristán Narvaja ofrece los libros atracados en los negocios de la zona. Aunque no es tan fácil hacerlo como en otras ferias", asegura un librero que prefiere mantenerse en el anonimato. Es que los dueños y empleados de las librerías de la zona crearon una especie de comando antirrobo. No se trata de un sistema de alarma ni de seguridad, sino de una mínima solidaridad entre las víctimas de este fenómeno.

"Hace años que trabajo en esta calle y conozco hasta cómo codifican los precios mis compañeros de la zona. Entonces, cuando nos vienen a ofrecer un libro con un precio conocido y me doy cuenta que se lo sacaron a un colega, lo que hago es comprarlo y se lo devuelvo al librero estafado", precisa Llosa. Entre los libreros instalados en locales y los puesteros que el día de feria se colocan frente a ellos también hay determinados códigos.

Un domingo de mucho movimiento en esa calle, un joven intentaba manotear los libros exhibidos en una vitrina que la librería Rayuela tiene casi sobre la vereda, cuando la maniobra fue alertada por un puestero cercano. "Si no me avisaba me llevaban todo", confiesa Tagore, quien asegura que la vigilancia es mutua.

BUENOS CLIENTES. Entre otros ladrones de libros, los que más llaman la atención son los buenos clientes, que no apuntan a los libros de moda sino a títulos específicos. Cuando ellos ponen manos a la obra desaparecen los libros de artes plásticas, teatro y de reconocidos filósofos extranjeros. Están vestidos correctamente, manejan el léxico adecuado y se llevan los ejemplares más caros del comercio. Pero no todos sin embargo tienen una habilidad suprema. Y es ahí cuando son atrapados. La experiencia de ser descubiertos no parece afectarles demasiado. Son pocos los que sienten vergüenza; incluso algunos hasta se ofenden con los vendedores porque en algún momento pensaron que se llevarían el libro sin pagarlo. "Hay de todo, están quienes dicen que no se dieron cuenta de que tenían el tomo bajo el brazo y se van con cara de dolidos, pero la mayoría te putea cuando le decís que deje el libro de donde lo sacó y no vuelva nunca más", comenta Llosa.

Las medidas de seguridad para reducir la cantidad de atracos son todo un tema de debate. La mayoría de los comercios del centro y otros barrios de la ciudad delega el poder de vigilancia en los empleados. Y, como la situación económica generalmente no permite una contratación abultada de trabajadores, los pocos empleados no sólo tienen que vender sino que además deben estar atentos a los ladrones. Algunos locales probaron un sistema de seguridad que consiste en la colocación de alarmas en los libros, pero el "alto costo y la poca efectividad" del dispositivo terminó por convencer a los libreros de apostar nuevamente al ojo del vendedor o a los espejos, que permiten tener una visión total del comercio desde el mostrador.

"Es intimidante para el cliente que uno esté al lado todo el día mientras mira y hojea los libros. Lo mismo sería si tuviera a un empleado de seguridad privada, que siguiera cada paso del comprador", sostiene Tagore, que se muestra proclive a que el cliente pase un momento agradable en la librería en vez de someterlo a un acoso permanente.

La librería Yenny, que funciona en el Punta Carretas Shopping, sí tiene un dispositivo mediante alarma; aunque su encargado, Álvaro Bondad, cree que "hecha la ley, hecha la trampa. Saben cómo funciona su lógica y se llevan los libros igual". Asegura que "lo robado ronda entre el 1 y el 2 por ciento de las ventas". En el shopping hay seguridad privada permanente y cuando se detecta a un amigo de lo ajeno los vendedores de Yenny tienen a quien acudir para poder seguir atendiendo como si nada hubiera pasado. El resto de las librerías generalmente opta por "invitar" al ladrón a que devuelva el libro y no aparezca nunca más.

UN BIEN CULTURAL. Eran otros tiempos cuando Ulises Di Candia, dueño de la ex librería Atenea (que funcionó desde 1976 hasta 1990), salía a correr a los ladronzuelos. "No llamaba a la policía porque no estaban para cosas menores, entonces los perseguía hasta que podía atraparlos". Más que en el local, a Di Candia le desaparecía en el Correo entre el 15 y el 20 por ciento de la mercadería que importaba desde España. "Era sistemático el robo, en cada caja siempre faltaban ejemplares".

No había forma de protestar, menos aún en la época de la dictadura, cuando "todo lo que contribuyera a fundir una librería era bienvenido". El ex librero nunca pudo entender "cómo hay gente que sostiene que el libro es un bien cultural, por lo tanto debe circular libremente porque es del pueblo". Para él, se trata de una mercadería. Por ende, quien la roba está cometiendo un delito.

Di Candia recuerda cada robo como si hubieran ocurrido ayer. Y también las caras de los ladrones de aquella época. Por eso no duda en afirmar que muchos todavía permanecen en actividad.

Ratones y comadrejas

PASARON 30 años para que la Biblioteca Real de Dinamarca diera con el responsable de la desaparición de tres mil textos de un valor incalculable. Si la viuda del minucioso ladrón no hubiera intentado venderlos, tal vez el robo nunca hubiera sido descubierto. Pero el misterio se develó y la culpa recayó en el bibliotecario de la institución.

Salvando las distancias, las bibliotecas de Montevideo también encierran historias de robos. Para la directora del Servicio de Bibliotecas de la Intendencia de Montevideo, Isabel Fantoni, el robo se ejecuta bajo dos modalidades: "Uno es el robo in situ y el otro es la no devolución del texto". Si bien en las bibliotecas municipales hay colecciones, diccionarios y enciclopedias que no pueden traspasar las puertas de la institución porque se trata de material de alto valor, la mayoría de los libros se prestan a domicilio. Pasan días, semanas, meses y los textos no aparecen.

Después de asegurar que los liceales son los principales deudores ya que roban los textos completos o arrancan determinadas hojas, la bibliotecóloga sostiene que la culpa de los robos es compartida. "Los directores de las bibliotecas también tenemos responsabilidad en este fenómeno, porque el ciudadano no es recibido y tratado como en su casa cuando llega a la institución, entonces no siente como suyos los libros. El vecino siente que a nadie le va a importar si no devuelve el texto y eso hay que revertirlo".

Para comenzar a modificar esa relación entre el ciudadano y la biblioteca pública, Fantoni optó por una técnica conocida en Europa con el nombre "formación de usuarios". Esto consiste en darle la bienvenida al vecino en el momento de la inscripción y ayudarlo a tomar conciencia de que la biblioteca "no es extraña sino que es parte de la comunidad y es mantenida por sus habitantes".

Los robos en la Biblioteca Nacional por su parte, son más preocupantes porque apuntan a libros puntuales, de alto valor y contenido. El director de esa institución, Tomás de Mattos, detalla que en el último año desaparecieron diccionarios que se utilizaban en el siglo XVIII para la enseñanza de lenguas indígenas y libros que refieren al Siglo de Oro español. Pero detrás de estas sustracciones seguramente no hay un liceal. Se trataría de personas que se presentan a la biblioteca con una cédula falsa, piden un libro para leerlo en sala y se van tranquilos por la puerta principal con el volumen bajo el brazo.

El hecho de que no haya un sistema de seguridad atenta contra el resguardo de los libros. "Estamos estudiando la implementación de un dispositivo para evitar las sustracciones. También se pensó en prohibir la entrada con bolsos, como sucede en la mayoría de los supermercados, pero todavía no hay nada definido", cuenta de Mattos.

También existen faltantes de determinados libros, pero el director aclara que hasta que no se realice un inventario no se podrá corroborar si salieron de la biblioteca o son textos que quedaron mal ordenados, y por lo tanto no se encuentran en sus ubicaciones habituales.

Más bibliotecas famosas

A FINES DEL siglo XX en Israel se denunció el robo de 40 textos religiosos, todos incunables. Según el diario hebreo Kol Hair, los volúmenes terminaron llegando a manos de coleccionistas europeos y estadounidenses gracias a la operativa de una red internacional que también tuvo que ver en el hurto de 90 manuscritos de la Biblioteca de San Petersburgo. La prensa del momento denunciaba por ejemplo entre las piezas robadas: el Krïtot, un texto impreso en el siglo XVII que reúne las leyes del divorcio en la comunidad judía de Francia. Algunos coleccionistas sorprendidos en su buena fe ya han devuelto valiosas obras, por ejemplo el Kolbo, un compendio de costumbres de los judíos en Italia, impreso en 1525. Entre otras instituciones que vieron violados los sistemas de seguridad de sus bóvedas figuran el Museo de la Diáspora en Tel Aviv, la Universidad de Barllán, el Instituto Shoiken y el Museo del Judaísmo de Italia, en Jerusalén.

A mediados de 2005, Le Figaro reveló un informe oficial donde el Estado francés denunciaba la desaparición de 30 mil libros, 2 mil de valor inestimable, de la Biblioteca Nacional, que en los años 80 había sido concebida por Mitterrand como la más grande del mundo, proyecto en verdad nunca alcanzado. La biblioteca, que el gobierno francés quiso también sin demasiado éxito ubicar entre las más modernas y mejor informatizadas, perdió 1.183 documentos preciosos, 200 de ellos anteriores al siglo XVIII. A fines de 2004, seis años después de iniciadas las investigaciones policiales, el jefe de los fondos de manuscritos hebraicos fue responsabilizado por el robo de una Biblia del siglo XIII, que apareció luego en una subasta de Christie´s.

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