MARTÍN MENDIZÁBAL
ESCRIBIR acerca de Guillermo Fernández me llena de un cierto temor. Temor a las palabras y a que ellas no sean suficientes para decir lo enorme de su humanidad y de su sapiencia, de su capacidad para transmitir. Pero es un riesgo que debo correr, un temor que no debe dejarme sin hacer el intento, una ocasión para agradecerle.
Asistí a su estudio desde 1979 a 1984. Cuando llegué, era apenas un estudiante de arquitectura con intenciones de tener una formación más especifica en dibujo y pintura.
Me encontré con alguien dueño de un don que, -a través de su experiencia como artista y docente- le permitía ver la realidad desde múltiples lugares a la vez y ser capaz de transmitir esa capacidad de multiplicarse, de verse uno mismo y a lo que nos rodea desde diferentes puntos de vista, para intentar resolver los problemas que esa realidad nos ponía en el camino.
Su taller era mas bien un taller de ideas, un lugar de intercambio, un ámbito de pensamiento, en una época donde el miedo estaba a la vuelta de la esquina.
Guillermo era capaz de hablar horas y cuando digo horas, hablo en tiempo real. De Torres García a la Revolución Francesa, del Uruguay batllista a Tàpies, pasando por Jesucristo. Uno simplemente escuchaba y salía afuera con esas ideas dando vueltas en la cabeza, tratando de encontrar la manera de conjugar unas con otras. A veces, sin haber tocado el lápiz.
En la práctica, sus ejercicios enseñaban eso: a articular ideas con aquellos vehículos que uno necesitara para resolver determinado problema en el plano, en el espacio o en el día a día. Esa dinámica, de tanto practicarla, se hacía intuitiva y el orden de la realidad parecía resolverse como por arte de magia. Pero no era magia, sino capacidad de mostrar caminos posibles.
Llegado a este punto, el temor al que aludía, se confirma: estas palabras dicen muy poco de lo mucho que era Guillermo, de lo mucho que dio.
Duele que él y Marta, su mujer, ya no estén con nosotros