Mercedes Estramil
TIM LOTT publicó White City Blue en 1999 y esta tardía traducción suprime el Blue del original, que es justamente el apellido del protagonista, Frankie Blue, para dejar sólo el nombre de la urbanización londinense que habita, White City. La novela contiene abundantes referencias a una Inglaterra clasista y al poder del dinero, presentando un barrio de clase media baja, Shepherd`s Bush, alcanzado por el boom inmobiliario de los 80. Frankie Blue, personaje y narrador, es un cínico vendedor de inmuebles tan mentiroso como sea preciso, asustado y amenazado de pronto por la necesidad de establecerse en la vida y canjear libertad por compromiso. Es decir, es un hombre a punto de casarse y dejar atrás la parranda eterna con sus amigos solteros. White City habla de la infancia, la adolescencia y la juventud de cuatro hombres, de un statu quo modificado de pronto por una boda, ese rito destinado a "arrojar luz sobre lugares oscuros". La temática y el tratamiento narrativo de Lott -ligero, socarrón, a veces sentimental- sugieren por momentos que se trata de una novela menor. No lo es.
CHICOS Y CHICAS. Hacia fines de los 90, en Inglaterra y Estados Unidos empezó a oírse la voz de varios escritores jóvenes que revalorizaban algunos asuntos non sanctos para la corrección literaria: fútbol, sexualidad machista, diversión sin consecuencias. Se etiquetaron sus producciones como "lad-lit" o literatura para y sobre muchachos, dándole al vocablo "muchacho" (lad) la generosidad de llegar a los treinta y pico. Enfrente estaba, alcanzando más cotas de popularidad que de calidad, la literatura para muchachas (chick-lit), encabezada por la inflada novela El diario de Bridget Jones de Helen Fielding. Estos personajes rondaban los treinta años y eran lo que podría llamarse buenas personas (no había espacio para un yuppie a lo american psycho), cultivaban el sentido del humor, vivían en el primer mundo económico, y estaban incontaminados -por elegida (y quizá sabia) ignorancia- por las grandes teorías explicativas del siglo veinte (freudismo, marxismo, feminismo). Su única preocupación era no estar casados, verse nacer alguna cana y seguir siendo adolescentes emocionales.
Nick Hornby fue el abanderado de esa literatura que de pronto encontró un filón en lectores jóvenes, necesitados de libros que retrataran sus fantasías acerca de sí mismos, que los apoyaran sin parecer de autoayuda, y que no resultaran densos conceptualmente pero tampoco vacíos hasta la vergüenza. Desde que publicó Fiebre en las gradas (1992), pasando por su gran éxito Alta fidelidad (1995), y hasta la reciente En picado (2005), Hornby ha sido la voz más mediática de esa juventud. Otros como Tony Parsons dieron fulgurantes best sellers (¡Socorro, soy padre!, Sólo para ti). Todos apostaron a la complicidad de un lector medio: medio inteligente, medio sensible y medio crítico.
Más en la sombra y más sombrío, está Tim Lott (n. 1956). El autor de Vientos de huracán y de las aún no traducidas The Love Secrets of Don Juan y The Seymour Tapes también muestra el problema de la masculinidad como un esquema primitivo de certezas que de pronto se derrumban. En Vientos de huracán (Tusquets, 2004) contaba la conversión de un tipo corriente -con casa, empleo, mujer e hijo a principios de los 80- en vagabundo borracho diez años después: la explicación o parte de ella estaba en la Inglaterra thatcheriana, consumista y tecnológica. White City presenta a un joven en ascenso. Tanto que Frankie Blue viste y calza de marca, recordándonos un poco el furor de aquella Generación X del hiperconsumo, aunque rebajado y contenido por aires de resignación y madurez. La sensación de pertenencia y estatus social en los personajes de Lott no está dada por los objetos, aunque se los nombre, sino por posesiones más emocionales: amistad y amor, incluso si son vividos como relaciones de poder y barreras a la libertad individual.
AMOR PROFUNDO. Los dos acápites que abren la novela anuncian un tono ambiguo. El primero es un gastado chiste de un show televisivo norteamericano, "The Jerry Springer Show", de cariz entre misógino y homofóbico. El otro es una cita de la última novela que Harold Brodkey escribió antes de morir de SIDA en 1996: Esta salvaje oscuridad. Entre lo divertido y lo lapidario se mueve también Lott, flirteando en serio con esa homosexualidad potencial de todo ser sexuado. Frankie Blue no quiere salir de la normalidad social y cuando se alcanzan los treinta años eso significa casarse. En el momento justo se le presenta Veronica Tree, médica forense (un guiño tímido de Lott para el feminismo militante: Frankie "lee" en la patóloga la defunción de un estilo de vida paradisíaco, la soltería, que deberá autopsiar y cerrar con cuidado).
White City es una novela sobre el juego de la amistad, cuyas reglas no escritas es mejor conocer. Cada capítulo ahonda en esas relaciones masculinas, revela su origen y sentidos ocultos. Aunque los personajes no lo digan del todo, se trata de algo más que de reuniones para tomar cerveza, jugar golf, hablar de fútbol y mujeres. Bajo los estereotipos del amigo tonto, el guapo y el serio, Lott muestra un submundo emocional mucho más complejo, reservando para el protagonista revelaciones desestabilizadoras pero, en cierto modo, previsibles. Colin es el experto en informática, tímido para los deportes y las relaciones sociales, que vive con su madre enferma y absorbente. Nodge es el taxista corpulento, fumador empedernido y de pocas palabras. Y Tony es el peluquero con ínfulas de rico y un poco xenófobo. Cada personaje tiene su episodio de honor en la historia de Frankie, que va desmontando a puro recuerdo, es decir, a pura construcción, todas las biografías, incluida la suya, sin ahorrarse conductas mezquinas y malos sentimientos. Lott describe una amistad masculina que se pretende de manual: exteriorista, de hombres que no se muestran llorando. Pero su enfoque sí es elegíaco, melancólico e íntimo. En el día clave de esa amistad, a los quince años, los chicos prueban la cocaína, conducen a toda velocidad y están a punto de golpearse con unos tipos duros. Pero "la" imagen de ese día es una escena casi de rubor, en una piscina infantil. Conmemorar esa fecha es lo que los mantiene unidos: "Entonces no sabíamos nada de la coagulación, de la irresistible solidificación que algún día aceptaríamos como el principal impulso de la vida". Y justo ese día -algún fallo tenía que tener Lott- cumple años la futura esposa de Frankie.
White City señala con buen pulso irónico el miedo contemporáneo a la soledad, corregido de las maneras más singulares. Uno de los amigos de Frankie, por ejemplo, termina embarcado en una secta proclamando que Jesús es su único amigo. Un viejo se hace pasar por cliente de la inmobiliaria buscando alguien con quien conversar igual que se busca "una aspirina" para un "tremendo dolor". La propia novia confía en la filosofía de un gurú a quien Tony desenmascara en uno de los episodios más divertidos de la novela. Pero aún con mucho humor, y con esa flema británica de contención, el enfoque de Lott no es complaciente y su final feliz huele a sarcasmo en esa lista larga de objeciones al matrimonio que Frankie va pensando mientras dice "sí" y se entrega a los rituales del amor como antes a los de la amistad.
Dentro del flojo panorama narrativo de hoy -incluso del inglés y del norteamericano- la literatura sensible de tipos como Lott abre una brecha. No son grandes prosistas (quizá sean mejores sociólogos y excelentes vendedores), no se proponen hacer la gran novela de nada. Pero capturan con aparente facilidad el aire de este tiempo, enrarecido, ilusionado. Mejor no pedir más.
WHITE CITY, de Tim Lott. Editorial Tusquets, Barcelona, 2006. Distribuye Urano. 376 págs.