Burócratas

Ron Suskind

EL CIUDADANO británico se llamaba Mohammed Sidique Khan. Él, Ali, y otros habían intercambiado mensajes de correo electrónico comentando el próximo viaje de Khan a Estados Unidos así como sus planes para llevar a cabo actividades violentas. Entre ellas se incluía el deseo de "volar en pedazos sinagogas de la Costa Este". Otros registros mostraban que Khan había viajado a Estados Unidos al menos tres veces en el transcurso de los últimos dos años para reunirse con compañeros radicales.

Dan Coleman leyó todos los mensajes con atención. "Un personaje muy peligroso", explicó a sus colegas del FBI. "Tanto nosotros como los británicos deberíamos estar encima de este tipo. Pero tenemos que hacerlo bien. No podemos correr el riesgo de perderlo por no coordinar nuestros esfuerzos con la CIA para atraparlo, para arrestarlo por algún cargo que pueda probarse, o vigilarlo muy de cerca tanto a él como a toda la gente con quien entre en contacto en cuanto llegue. Imagínense que va y hace volar un templo en Washington. ¿Quién va a contarle al Presidente que sabíamos lo que iba a hacer pero que de todos modos le permitimos entrar al país?".

Lo que sucedió a continuación dice mucho sobre la "guerra contra el terror" y los peligros de una guerra librada por burocracias compitiendo entre sí. Coleman es un agente especializado que ha pasado horas interminables trabajando directamente con radicales islámicos violentos. Conoce todas sus variantes, sus costumbres, inclinaciones, perfil... y reconoce a uno en cuanto lo ve. Los tipos como Coleman, con este nivel de experiencia de primera mano, no suelen llegar a jefes en una burocracia. No aguantan a los tontos. Conocen las respuestas correctas porque han comprendido las cosas en la dura, hora tras hora, día y noche. Naturalmente, todo eso socava débilmente la autoridad de cualquier jefe burocrático, que tiene que dirigir para mantener el puesto -y justificar su sueldo elevado, su posición y su poder-, aunque en general no haya estado nunca en la angustiosa línea de fuego o, al menos, no ha estado allí últimamente. El jefe libra batallas en nombre de sus soldados contra los jefes de otros departamentos y sus ejércitos de empleados de traje y corbata.

La discusión sobre los temas de procedimiento, sobre el funcionamiento de las grandes organizaciones, siempre es bienvenida. Pero en una batalla que depende tanto de quién sabe qué cosas, de las decisiones que se toman en el seno de inmensas burocracias, el procedimiento es importante. Un mal proceso, la falta de comunicación, la autoprotección institucional, no solo lleva a que algún informe no llegue a leerse nunca, sino que, además, provoca muertes.

Dan Coleman pasó rápidamente su valoración a Joe Billy, quien llamó de nuevo a la jefa de la delegación de la CIA en Nueva York. Lo que más le preocupaba a Billy era el conflicto entre departamentos. Se hizo eco de la preocupación de Dan, pero no dijo gran cosa respecto a lanzar rápidamente un ambicioso esfuerzo conjunto entre el FBI y la CIA para seguir la pista del británico. La discusión giró en torno a quién sería el último responsable de Khan y quién cargaría con la culpa en el caso de que hiciese cualquier cosa. "Vamos a ser muy claros en este sentido", le dijo a la jefa de la delegación de la CIA en Nueva York. Si Khan conseguía provocar alguna desgracia, "todo el mundo, incluyendo Langley (CIA), culpará al FBI. Y eso no va a ocurrir".

Tenían que tomar una decisión. Khan, según los e-mails interceptados, tenía que aterrizar en Estados Unidos la tarde siguiente. Después de algunas llamadas más entre el FBI y la CIA, de intercambios tensos que acabaron llegando hasta las altas esferas de Washington, Khan fue puesto en una lista de pasajeros no deseados. Es decir, ningún tipo de acción. La alternativa por defecto.

Al día siguiente Khan llegó a Heathrow, Londres, dispuesto a volar a Estados Unidos. En el mostrador fue informado de que en Estados Unidos había algún problema con él. Que estaba en una lista de pasajeros no deseados. No podía ir a ningún lado. Atónito, y alertado por vez primera de que las autoridades estadounidenses le conocían, Khan regresó sin chistar a su casa de Leeds. Ahora sabía que tenía que ser muy discreto, no hacer nada que levantara sospechas, ni hablar por teléfono ni enviar mensajes por correo electrónico que pudieran ser interceptados. Era información muy valiosa para un joven con tendencias destructivas.

Los funcionarios de los servicios de inteligencia y las autoridades judiciales de Estados Unidos (...) podrían haber elegido entre un amplio abanico de opciones. Arrestar a Khan a su llegada al aeropuerto Kennedy. Seguirlo muy de cerca, en un esfuerzo multidepartamental que abarcara al FBI, la CIA y la Agencia Nacional de Seguridad y que utilizara -según lo describió un funcionario de la CIA- equipos sofisticados de vigilancia y "roces casuales". Eso significaba agentes de la CIA y del FBI disfrazados sentándose en el metro al lado de Khan, o en una mesa contigua durante una cena, un remolino de cuerpos disfrazados apoyado por vigilancia electrónica las veinticuatro horas del día. Donde quiera que él fuese, habrían ido pasándoselo, de mano en mano. Y de este modo habría ido iluminando los caminos que conducían a sus diversos socios norteamericanos, yihadistas en territorio norteamericano con intenciones destructivas.

Pero Mohammed Sidique Khan regresó a su puesto de maestro de escuela en Leeds y se concentró en trabajar con tres jóvenes musulmanes que había reclutado. El 7 de julio de 2005, fue el cerebro de una serie de atentados terroristas en el metro de Londres que acabaron con la vida de cincuenta y seis personas e hirieron a otras setecientas, y humilló a Inglaterra.

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Joseph Stiglitz Truman Capote Vincent van Gogh Delmira Agustini Verdi Lipovetsky

El autor

RON SUSKIND, periodista norteamericano, trabajó en el Wall Street Journal y en la actualidad colabora con The New York Times, la revista Esquire, y la televisión estatal PBS. Obtuvo en 1995 el Premio Pulitzer. Publicó El precio de la lealtad (1995). El texto adjunto fue tomado de su último libro, La doctrina del uno por ciento, La historia secreta de la lucha contra Al Qaeda (Península/Océano).

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