La insuficiencia de los felices

Mercedes Estramil

PARA LOS AMANTES, devotos y consumidores compulsivos de John Cheever, esta edición es una fiesta. Sesenta y un cuentos escritos y publicados entre 1946 y 1978 en dos volúmenes. No es ni la mitad del Cheever cuentista: faltan 68 relatos - asegura Rodrigo Fresán en un inspirado epílogo-, incluyendo el primero que publicó, "Expelled", y el último, "The Island". Pero todos los que están se sobran para llevar al lector al inefable paraíso del autor.

Cheever nació en 1912 y murió en 1982, dejando tres grandes obras: un centenar largo de cuentos, cinco novelas y 29 cuadernos de un Diario. Estuvo atormentado por el alcoholismo y la bisexualidad. Las clínicas de desintoxicación se encargaron del primero, y con el tiempo su esposa y sus tres hijos aceptaron su condición sexual. Aunque Cheever llevó esos fantasmas personales a su cuentística, no fueron los únicos. Mirando más allá de su propio jardín, tomó buenas vistas panorámicas y aplicó un zoom entrometido a una vasta clase media norteamericana que -como él mismo- fue endulzada alguna vez con los tres tópicos del Norte: american dream, self made man y american way of life. El zoom estaba programado para buscar el despertar amargo, el fin del camino, y la derrota, elementos que tarde o temprano aparecían y que Cheever (testigo y carne de sus criaturas) estaba preparado para ver.

JUEZ Y PARTE. A partir de los dieciocho años, cuando publicó en The New Republic su primera sublimación de un fracaso -el relato "Expelled" cuenta su expulsión del colegio- Cheever firmó y cobró en diversas publicaciones, sobre todo en la meca de los escritores, The New Yorker. Aunque cada tanto reunía en volumen sus cuentos, y escritores como John Updike y Saul Bellow lo admiraban, no pasaba de ser una pluma más. Había obtenido la Beca Guggenheim en 1951, el premio Benjamin Franklin en 1955 con "El tren de las cinco cuarenta y ocho", el O. Henry en 1956 con "El marido rural", y el National Book Award en 1958 con la novela La crónica de los Wapshot. Tuvo que esperar hasta casi el final de su vida para alcanzar en 1978 el National Book Award of Critics Circle y en 1979 el Pulitzer con The Stories of John Cheever (1978), que reunía la mayor parte de sus relatos publicados en libros. Fue el primer sorprendido cuando se convirtió en best seller. Es la colección que ahora reedita Emecé como Relatos 1 y 2.

El conjunto es variado y de calidad pareja. Cheever tenía una conducta ejemplar a la hora de entregar trabajos a los editores. Se tomaba tiempo y borradores para escribir, y hablaba del mundo que habitaba con la precisión de un cronista y la intuición de un poeta; el crítico literario John Leonard del New York Times lo bautizó "Chéjov de los suburbios" y le quedó para siempre. Supo manejar en cada historia un buen número de personajes, los ligó con tramas sencillas, con historias cotidianas sobre relaciones y sentimientos. Le puso el humor de los cínicos, sus preguntas capciosas y retóricas, pero rebajado con la ternura compradora de los perdedores. En sus cuentos es difícil hallar grandilocuencia, golpes de efecto, vueltas de tuerca o finales felices convencionales. Es raro encontrar ejercicios experimentales, aunque hay por ahí una franja de metadiscurso con la que se divierte, pero no es su fuerte.

Crítico de la sociedad del bienestar, Cheever se aleja tanto de los intrincados Barthelme o Vonnegut, como de la economía lingüística de un Hemingway en su plenitud, o del hermetismo tocado por la gracia de Salinger. Le evitó a sus personajes cosas como el psicoanálisis y la erudición. Sentencioso y humorístico, se ubicó por encima de ellos, a sabiendas de que esa jerarquía provisoria era sólo una transacción estética y funcional. Sabía que era parte de la legión de adúlteros, de puritanos atormentados por las ganas de pecar, de ilusos, de borrachos VIP y padres sin potestad que van y vienen por sus relatos. Ser juez y parte, por lo menos en literatura, lo legitimó como conocedor sin descalificarlo para juzgar, aunque de todos modos él no fue indulgente. La simple descripción de un personaje podía ser una lápida: "No era mentirosa, pero toda ella era mentira" ("Una culta mujer norteamericana", 1963); "Victor era un hombre alto, con ese tipo de atractivo que antes o después termina por decepcionar" ("Los chicos"); "resultaba bonita los sábados por la noche" ("¡Adiós juventud! ¡Adiós belleza!", 1953).

BELLEZA AMERICANA. En la descripción de época no fue más piadoso. Estos relatos cubren de los años treintas a los setentas; el crac, la Guerra, la posguerra, la guerra fría, las recesiones y los períodos de esplendor. Los ambienta en su país, en una triangulación maldita que va de Nueva York a suburbios residenciales llamados Bullet Park o Shady Hill, y a diversos balnearios. Algunos relatos se desarrollan en Italia, país que Cheever conoció, o tratan sobre italianos que vienen a Norteamérica, con integración racial o étnica complicada. No deja de registrar el "go home" de la xenofobia antiamericana en Europa en un cuento como "La edad de oro" (1959). Y aunque el contexto socio político no llega a la primera plana de sus cuentos, da señales. La guerra fría como tragedia latente está en "Granjero de verano" (1948) donde un ruso es acusado de matar conejos; en dos cuentos de 1961: "Los Wryson" donde una casada perfecta sueña pesadillas sobre la bomba de hidrógeno, y "El brigadier y la viuda del golf" en el que un refugio antiatómico en pleno Shady Hill es codiciado por una amante y un obispo; y ya como intriga burlona en un cuento menor de 1973, "Artemis, el honrado cavador de pozos".

Una pesadilla más verosímil era la falta de dinero y la inestabilidad laboral. Ahí está la familia de "¡Oh, ciudad de sueños rotos!" (1948), llegada de Indiana a Nueva York con un guión apenas empezado y creyendo en el éxito inminente. Ahí está la pareja de "La olla repleta de oro" (1950) siempre a la espera de los golpes de suerte, arriesgando y perdiendo lo poco que tienen. Y como contraparte gente como los Beer de "Sólo una vez más" (1955), "patéticas cigarras de un esplendoroso verano económico" para quienes siempre hay herencias y aciertos en la Bolsa que los sacan del pozo. Ahí está el ascensorista de "La Navidad es triste para los pobres" (1949) que conmueve a los propietarios del edificio con la historia falsa de su desgracia y recibe tal enormidad de regalos que los regala a su vez. Ensayista oculto, Cheever interpreta la caridad de la sociedad del progreso como una cruel forma de poder.

En 1961 el relato "La muerte de Justina" actualizaba con humor la Antígona de Sófocles. Un narrador publicista debe escribir un nuevo comercial para un tónico reconstituyente y promocionarlo como un elixir de la juventud. Al mismo tiempo debe enterrar a una prima de su esposa que murió de vieja en el living de su casa, pero asuntos de burocracia municipal se lo impiden. Para el protagonista no se trata de elegir qué está primero, sino de entender por qué es necesario explicar-a su jefe, al alcalde- qué está primero. La culpa se colectiviza en una sociedad seducida por el éxito y capaz de seducir a otros con "la llamada de la libertad".

De todos modos, hay un profundo sentimiento norteamericano en Cheever, y sus críticas al sistema terminan estrellándose contra un muro preexistente, el de la condición humana.

TEMPLOS DE AMOR. Esa condición hace crisis en el corazón mismo del universo cheeveriano: la casa familiar, de apariencia sólida y fallos estructurales, dotada de inagotables fórmulas de autodestrucción y al mismo tiempo, terriblemente necesaria. "¿Cómo podría enseñarle a su hija que el hogar, el dulce hogar, era el mejor de todos los sitios posibles?": ese es el dilema del alcohólico señor Lawton de Shady Hill en "Las amarguras de la ginebra", y probablemente de todos sus personajes, que siguen creyendo en el sueño aun después de un despertar con dolor. En varios relatos vuelven al hogar los maridos engañados, y los abandonados besan en la pared las huellas de dedos sucios de sus hijos ("La cura").

La familia es la gran pieza ausente del cuento "El nadador" (1964) que hizo historia cuando Burt Lancaster interpretó a su protagonista (dir. Frank Perry, 1968). Otros tres cuentos fueron llevados en 1979 a la pantalla en filmes televisivos de 60` cada uno: "¡Adiós juventud! ¡Adiós belleza!" (dir. Jeff Bleckner), "Las amarguras de la ginebra" (dir. Jack Hofsiss) y "El tren de las 5:48" (dir. James Ivory). En el caso de "El nadador" se puede invocar la locura de Neddy Merrill para explicar por qué este hombre viejo recorre a nado en invierno las piscinas de su vecindario hasta llegar a la que fue su casa; incluso se puede hablar de un texto onírico, casi mágico-realista, o de una descomunal metáfora deportiva y a destiempo para registrar el ocaso de una vida. La historia desconocida que está bajo agua es la de una familia deshecha, y Neddy sólo trata de unirla en ese río imaginario al que bautiza Lucinda (el nombre de su esposa).

Incluso cuando la familiaridad es una construcción ficticia que ni siquiera tiene el asidero de los genes o el amor, su poder es atávico. Un relato crucial es "Los chicos" de 1952, en el que el matrimonio Mackenzie vive bajo la tutela sucesiva de algunos viejos ricos que lo protegen. Estabilizados hasta que los viejos mueran o la familia de sangre regrese por sus fueros, los Mackenzie son los "chicos" que envejecen sin crecer, sin establecerse en un hogar propio, ni tomar las riendas de sus vidas. Y ser niño -por cronología o por actitud- en los relatos de Cheever significa estar en riesgo. Así, mueren por indolencia o descuido de los padres los niños de "Una culta mujer norteamericana" y "Los Hartley" (1949); escapa del hogar la niña de "Las amarguras de la ginebra" (1953) que sólo conversa con las criadas; se pierde la niña de "La historia de Sutton Place" (1946); se envenenan los hermanitos de "El problema de Marcie Flint" (1951); pasa por la humillación y la vergüenza el chico del espléndido y breve "Reunión" (1962).

Cheever vivió el abandono paterno luego de un quiebre económico, una convivencia complicada con su único hermano (incestuosa, según algún biógrafo), y un matrimonio que no era suficiente. En estos relatos las relaciones fraternas son siempre ásperas ("La cómoda", "El ángel del puente", "Adiós, hermano mío"). En cuanto a la homosexualidad sólo uno es específico, "Clancy en la torre de Babel" (1951). James Clancy, buen esposo y padre, trabaja de ascensorista en un edificio de apartamentos. Su genuina preocupación por un inquilino anticuario que vive solo, desaparece cuando advierte que éste es homosexual. La serie de circunstancias tragicómicas que se suceden llevan a Clancy a cuestionar no sólo la normalidad de los otros sino la suya. Que la madre de Cheever mantuviera a la familia con un negocio de antigüedades es parte del referente.

ÁNGELES Y BRUJAS. Desde un varonil reducto WASP (blanco, anglosajón y protestante) la mayoría de los personajes masculinos de Cheever ven a la mujer con suspicacia, y más a la emancipada económica y sexualmente. Son mujeres que viajan, que estudian, que se cansan de amar o buscan venganza, esposas que se exhiben con inocencia, que retoman o inician carreras. Todas hacen temblar a los hombres cheeverianos. Esa incapacidad para lidiar con la figura femenina, confundida por algunos con misoginia, dio cuentos de complejidad notable.

En "Canción de amor no correspondido" (1947) la dulce Joan Harris siempre viste de negro. Tiene un imán para atraer parejas problemáticas (alcohólicos, golpeadores, drogadictos, vividores) pero también una gran capacidad para dejarlas ir y seguir adelante. Y eso parece ser lo que no termina de aceptar su viejo amigo Jack Lorey, a quien los fracasos no le sientan tan bien. Cuando Jack enferma y Joan lo visita, la ve como una presentización de la muerte que viene a buscarlo. Este dato de paranoia masculina se siente en otros textos. El donjuán divorciado de "La casta Clarissa" (1952) lee el rechazo de una mujer casada en los convenientes términos de castidad o estupidez.

En "El tren de las cinco cuarenta y ocho" (1954) el narrador adopta en principio la perspectiva de Blake, perseguido en la calle por una desconocida que parece desequilibrada. Se trata sin embargo de una fugaz secretaria que despidió en cuanto durmió con ella. El encuentro entre ambos es memorable y desnuda el tipo de hombre capaz de elegir a una mujer "por su falta de amor propio". El protagonista de "La profesora de música" (1959) sigue el consejo de un vecino para enloquecer y dominar a su esposa tocando siempre la misma nota, pero algo se sale de control. En "El océano" (1963) un típico habitante de Bullet Park empieza a creer que su mujer lo quiere matar. Irracional o no, el miedo está apuntalado por un contexto en el que el hombre fue despedido del trabajo, su hija se independizó, y su último jefe murió picado por un abejorro.

Hay excepciones: la autoestopista con arpa de "El ángel del puente" (1961) cura los ataques de pánico de un marido infeliz; y la modista de "Marito in cittá" (1964) le da a otro "la ilusión de interpretar un importante papel romántico". Es decir, cuando las mujeres de Cheever son ángeles, seguramente no son esposas ni madres.

NOSOTROS. Hay un narrador prototípico en estos relatos que refuerza la idea de que conforman una suerte de gran novela estadounidense. "Hablo del este de Estados Unidos, de la clase de lugar donde vive la mayoría de nosotros" dice el narrador de "El camión de mudanzas escarlata" (1961), haciendo referencia a la casa de suburbio donde vive gente con hijos, perros y criados, junto a vecinos como ellos con los que intercambian cenas y festejos. Lugares tan perfectos que un solo detalle los arruinaría. Ese detalle suele aparecer y si no apareciera (por ejemplo el excepcional "El gusano en la manzana") un auténtico personaje de Cheever lo seguiría buscando; así como en su propia vida buscaría "resplandor, belleza y orden" aunque estuviera acabada ("La geometría del amor", 1973).

La capacidad de sugerencia equívoca de esos narradores se nota ya en el cuento inaugural de esta selección, "Adiós, hermano mío" (1951). El narrador habla de las vacaciones familiares y se dedica a criticar a uno de sus hermanos, Tifty, que no bebe ni participa de juegos, ni de los bailes de disfraces donde las esposas se visten de novias y los esposos de futbolistas. Tifty ve, en cambio, cómo se avecina el derrumbe real de la casa (amenazada por termitas y el crecimiento del mar) y la caída espiritual de sus integrantes, encabezados por una madre alcohólica y decepcionada. La historia parece terminar de un modo liberador y hasta epifánico, pero no hay que creer a ciegas en el narrador cheeveriano. Dice la verdad cuando miente, y miente cuando dice la verdad.

El "nosotros" de Cheever es una mentira básica, un mandato social como ser feliz, tener éxito, familia, piscina. Muchos de los narradores que suponen un nosotros que los incluye y un otro que está afuera, terminan expulsados de ese colectivo cuando su felicidad empieza a dudar y miran atrás o enfrente buscando algo que se les perdió. Comienzan como ingenuos voyeurs, esperando ver/disfrutando cómo se destruyen sus vecinos, y terminan ellos mismos en el alcohol, el divorcio o las mudanzas. Exactamente esa es (puede ser) la posición del lector: mirar desde afuera estas historias, hacer suyas las preguntas incontestables, y reconocer los suburbios del Chéjov americano como un lugar demasiado tangible. Eso esperaba Cheever, seguramente.

RELATOS 1 y RELATOS 2, de John Cheever. Ed. Emecé, Barcelona, 2006. Tr. de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea. 517 y 498 págs. Distribuye Planeta.

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