Celebración, de Guillermo Álvarez Castro. Alfaguara, Montevideo, 2005. Distribuye Santillana. 341 págs.
Tras la muerte de su madre a consecuencia del parto, Ezequiel quedará a cargo de su tía Sandra. Efraín Vaz, su padre, trasladándose sin pausa de un sitio a otro se marchará para siempre. Al menos "así lo creyeron todos", aclara Ezequiel, el narrador. Sin preámbulos, una clara divisoria bifurca el relato desde el comienzo de la acción: las andanzas del padre se alternarán con la azarosa infancia y adolescencia de Ezequiel. Mientras el ambicioso periplo de Efraín lo conduce por toda América —defendiendo rebaños de ovejas en la Patagonia argentina, construyendo un faro en el estrecho de Magallanes, buscando oro en Alaska, asistiendo a un moribundo en Misiones— el hijo, en una intimidad condicionada por las tribulaciones matrimoniales de su tía, alimentará en su soledad un nutrido mundo imaginario, adquirirá conciencia de la muerte y vivirá en toda su intensidad la turbulencia del despertar sexual.
El aprendizaje en la vida de Ezequiel contrastará con el mito del padre-héroe. Éste, envuelto en una aureola de valentía, generosidad y ternura, aparece contrapuesto al entorno de traiciones y debilidades que rodea a Ezequiel. La firmeza de convicción y la seguridad en sí mismo manifiestas en aquél servirán de contrapeso a las zozobras, a las preguntas sin respuesta, a las pequeñas derrotas del niño. Sin embargo, por fuerza de la naturaleza, ese equilibrio imaginario entre la figura paterna y su vástago tiende a ser cada vez más inestable. Pronto el lector atento notará que, en la univocidad del relato, el nombre de Zé Mauro Mendona se repite obsesivamente de uno y otro lado a más de curiosas correspondencias en las circunstancias de ambos personajes. Un sendero de pistas sabiamente diseminadas va gradualmente abriendo un espacio de incertidumbre. La solidez de lo aparente comienza a desdibujarse. El trágico episodio que une a Ezequiel con el caballo de su padre señala el fin de la ilusión y el autoengaño.
La lectura de libros de aventuras sirve de disparador para la fragmentada historia de Efraín. La reescritura de modelos como Horacio Quiroga, Jack London, Herman Melville y otros, forjan esos episodios que, desgajados del tronco de la novela adquieren valor por sí mismos, y que en el texto ofician de mojones simbólicos marcando las etapas del proceso de formación de la personalidad de Ezequiel, verdadero centro de la obra. Son ellos, en última instancia, producto residual de las vivencias del protagonista, los que contribuirán decisivamente a la revelación de la incógnita que empaña la vida de Ezequiel, a la madurez necesaria en éste para afrontar el dolor vivo de un pasado reciente. Resulta notable cómo la conjunción y el empleo de materiales tan diversos —la biblioteca juvenil, el campo y la ciudad, las correrías infantiles, las perversidades domésticas, la amistad con el viejo anarquista preso en Punta Carretas— desembocan, sin forzamiento, en temas de rigurosa actualidad como los años del miedo, la mordaza de la dictadura, las más nefastas consecuencias de la represión militar en el Río de la Plata.
Celebrar la vida es la consigna final. "Tengo que fabricar vida con tanta muerte. Y la mejor forma de conseguirlo es la escritura", afirmó Jorge Semprún en La escritura o la vida (1995), sus memorias de los horrores padecidos en la Segunda Guerra Mundial. Similar es el desafío asumido ahora por Guillermo Álvarez Castro. Celebración es la expresión de su saludable retorno a la narrativa tras Canción de Severino (1985) y Aquino (1993).
A. A.