Viernes | 12.05.2006
Montevideo, Uruguay | 04:59
 Cultural
Narrativa

La obra de John Berger ha cobrado valor por su capacidad de ser imaginativo, directo y profundo sin resultar pretencioso. Esgrime una variante modesta del agudo espíritu británico que le ha permitido deslizarse por las superficies sensibles de la inteligencia, la ternura y la emoción, a un grado que lo distingue entre los escritores ingleses contemporáneos. También es inocultable su orgullo por haberse construido como persona y por brindarse en sus libros con pleno dominio.

Aunque el arte de la buena conversación impregna la mayoría de sus ensayos y novelas, Aquí nos vemos lleva este propósito al extremo de ser su principal justificación. No se trata de una novela, se trata de que Berger ha vivido ochenta años y querido compartir con el lector su deseo de reencontrar amigos muertos o perdidos.

El título parodia una clara alusión a la muerte propia y ajena. Anuncia que prefiere tropezarse con los difuntos en este mundo, antes que especular sobre otro. En Lisboa encuentra a su madre fallecida, sentada en el banco de una plaza. Deambulan por la ciudad, se despiden y vuelven a juntarse en distintos sitios para prolongar una conversación vacilante que por momentos cobra interés para el lector y en su mayoría, sólo para Berger, adherido a la hegemonía de sus recuerdos personales. Es un capítulo débil y poco logrado. En su descargo, cabe añadir que los tropiezos de la traductora, Pilar Vázquez, superan los del autor.

El libro mejora, sin embargo, en los capítulos siguientes. Visita con su hija la tumba de Jorge Luis Borges en Ginebra, se encuentra con un amigo muy especial, ya fallecido, en una plaza de Cracovia, regresa a un barrio de Londres para recordar las noches de amor con una ex compañera durante los bombardeos de la Segunda Guerra. Un hotel en Madrid, la cueva de Chauvet, al sur de Francia, con sus antiguas pinturas rupestres, una aldea de Polonia, son escenario de nuevos encuentros e historias contadas con una prosa plena de autenticidad, reflexiones incisivas y el encanto de un hombre que ha hecho de la escritura un diálogo delicado con la experiencia humana, su capacidad de impiedad y de belleza.

"Me gustaban los libros que me llevaban a otra vida", le dice la madre en uno de los diálogos recordables de Lisboa. "Las mujeres siempre sienten curiosidad por las vidas de los otros; la mayoría de los hombres son demasiado ambiciosos para entenderlo". Esto y su consejo: "escribe lo que descubras... Lo único que tienes que saber es si mientes o tratas de decir la verdad, ya no te puedes permitir equivocarte en esta distinción", abre y cierra la ambición del libro.

Uno de los placeres de leer a Berger es que genera la confianza que se deposita en un amigo. Incluso a la hora de disculpar sus debilidades de Lisboa o el breve capítulo dedicado al recuerdo de unas frutas. Lo compensa con buenos momentos, pese a los ripios de una traducción desafortunada.

C.M.D.

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