Viernes | 12.05.2006
Montevideo, Uruguay | 05:05
 Cultural
"Voy a ser escritor"

En el año 2001, la editorial española Siruela publicó Conversaciones con António Lobo Antunes por María Luisa Blanco, el resultado de una larga serie de encuentros entre la autora y el escritor portugués.

De la aparición de su vocación literaria cuenta Lobo Antunes: "Uno de mis recuerdos más nítidos es el del día en que decidí que iba a ser escritor. Fue un 24 de diciembre, yo tenía siete años, iba en un taxi, y de repente tuve como una revelación: ‘Voy a ser escritor’, pensé. Y cuando llegué a casa, nada más llegar, me puse de inmediato a escribir. Y fue así, exactamente como lo cuento (...). Mi padre conserva unas cuartillas mías en las que bajo el título ‘Obras completas de António Lobo Antunes, novelas, cuentos, relatos, ensayos...’ yo enumeraba obras hasta el año 2000, con títulos y todo. A los trece años tenía ya unas obras muy considerables y se las mostré a mi madre todo orgulloso. Como buena madre, me animó mucho, me dijo: ‘Esto no vale nada, estudia y hazte médico, porque como escritor no vas a llegar a nada’".

Aunque en las conversaciones con María Luisa Blanco no habla ni de bisontes ni de cuevas, es obvio que siente y piensa en los términos esenciales de lo que es el arte: "Hay una cita que dice algo así como que es necesario que el escritor sufra para que el lector tenga placer, y creo que es bien cierto. Puedes pasarte horas alrededor de una frase, que luego el lector leerá en un segundo, pero él no tiene por qué saber toda la tortura que la ha precedido, toda la cautela que has puesto en la colocación de las palabras, el lector no puede notarla.

Lo cito con frecuencia, era Pushkin el que decía que, cuando utilizaba la palabra carne, llegaba a sentir el gusto de la carne en la boca. La palabra carne es siempre la misma, pero depende de dónde la coloques para lograr que sepa a carne, para conseguir su eficacia".

Habla de la evolución de su trabajo literario: "Siempre pensaba ‘¿Nunca haré algo que sea bueno?’ Aun hoy lo pienso.

Ahora estoy contento, hay libros con los que sí me he quedado satisfecho, aunque siempre pienso que podría haberlo hecho mejor. Cuanto más avanzo, más problemas tengo y más difícil y lento es mi trabajo, porque cada vez corrijo más y aumentan mis dudas".

Servir en Angola, en la guerra, ha marcado la vida y la consistencia de Lobo Antunes: "Se tenía la sensación de que la dictadura era eterna, que Salazar iba a durar siempre, y el problema era que, si te ibas, no podías volver nunca más. Yo mismo no quería ir a la guerra, pero no me planteé la posibilidad de desertar (...). Si no estabas matando, tenías todo el tiempo para ti. Salías a guerrear durante cinco días, y después volvías completamente exhausto, tenías que descansar otros tantos días para recobrar las fuerzas. Hay que tener en cuenta que se trataba de chicos muy jóvenes. Llegaban los pelotones que habían ido a ‘la mata’, como decíamos nosotros, con la cara completamente exhausta, porque físicamente era de una enorme violencia".

Pero Angola fue también parte de su formación literaria: "Yo leía mucho, y el capitán, Ernesto, también leía. Cenábamos siempre a las cinco porque no había dinero para luz. Leía, leía muchísimo. Mi mujer me mandaba todos los libros que iban saliendo en ese tiempo: Paradiso de Lezama, recuerdo la inmensa alegría que fue recibirlo; la alegría que supuso Cortázar; Cabrera Infante, Ernesto Sábato... Porque la censura era estúpida: tus cartas las leían, pero los libros pasaban.

Para mí, para mis novelas, fue importantísima la noción del tiempo que aprendí allí. En Africa no existe pasado ni futuro, sólo el inmenso presente que engloba todo. Yo hice un diccionario para entender a los nativos. Como provenían de distintos pueblos, había muchas lenguas y era muy complicado entenderse con ellos, por lo que el diccionario era muy útil, pero la policía política me lo quitó".

António Lobo Antunes, con todo su éxito, toda la fama y el reconocimiento que le ha valido su obra, sigue siendo aquel niño de Benfica, que tenía siete años cuando entendió que quería ser escritor: "En el Salón del Libro en París, me quedaba mirando a los escritores que firmaban y me quedaba mirando como cuando era niño, pensando: ‘Son escritores...’. A Sarah Bernhardt un hombre la encontró en la calle en París y le preguntó: ‘¿Es usted Sarah Bernhardt?’ y ella contestó: ‘Lo seré esta noche’.

(...) el éxito, para ser completamente honesto, fue importante cuando llegó porque no lo tenía. Ahora, cuando lo tienes, lo sitúas en su verdadera dimensión. Pienso en el millonario Howard Hughes; al morir, un periodista preguntó a su abogado: ‘¿Cuánto ha dejado?’. Y el abogado le contestó: ‘Lo ha dejado todo’. Y así es, uno lo deja todo, y entonces ¿de qué sirve el éxito? Lo importante es escribir, aunque seguramente puedo hablar así porque tengo éxito". l

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