Álvaro Pérez García
SE ESFUERZA, rememora el dato, no sabe muy bien si las anécdotas que contará son suyas o ajenas. "El tiempo traiciona a la memoria", dice Walter Nápoli, un viejo librero de la calle Tristán Narvaja. El comienzo: una noche de un mes de 1971. Nápoli dormía tranquilo sobre la librería que tenía en Colonia y Tristán Narvaja. Un estallido lo despertó. Una bomba "gelinita" había volado las vidrieras de la librería, que hoy dibuja en detallado croquis. Esa misma noche volaron alrededor de cinco librerías. Las pérdidas materiales lo obligaron a usar un año y pico el mismo pantalón. Un primo comunista se llamaba Walter Sanseviero Nápoli; los servicios de pesquisa militar borraron el apellido Sanseviero y les quedó un Walter Nápoli librero, que en ese entonces estaba afiliado al Partido Colorado. El resultado: pedazos de vidrios incrustados en las tapas de los libros. Una clienta le pide El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas. Nápoli no se lo quiere vender, sus tapas quedaron perforadas por el estallido. La clienta insiste, así tiene más valor. Años después, restablecida la democracia, se reencuentran. La mujer nunca llegó a leer la obra. Cayó presa la misma tarde en que la compró.
El día del golpe de Estado muere Paco Espínola. Nápoli todavía escucha los pasos sigilosos de la procesión que se efectuaba por Tristán Narvaja. Pero la vida continúa. Y los libros prohibidos se esconden, se quitan de la vista de los censores, tan bien vestidos, tan identificables. Usaban trajes hechos a medida, impecables. Una tarde eran dos robustos señores que inspeccionaban el material. Uno de ellos hace un chasquido con los dedos, codea al otro. "¿Qué es esto?", pregunta con zozobra. Era Groucho y yo de Groucho Marx. El autor, Marx, estaba impreso con tipos de letra más grande, ocupando un buen pedazo de la tapa. Pero no fue el único. La inquisición criolla detectó un manual para ingenieros editado en la Unión Soviética, que luego se siguió vendiendo en una versión pirata argentina. La novelita romántica, de cowboys, los policiales de tercera y los libros sobre ovnis comenzaban a ganar espacio y público.
Eso recuerda Nápoli, y también cierta apertura en 1981. Un papel que extrae cuidadosamente de un cajón lo confirma: la autorización Nº 88/981. En ella "se hace constar" que Gracias por el fuego y Montevideanos de Mario Benedetti no contienen prólogos o interpretaciones de terceras personas. Pero antes hubo autorizaciones más sutiles: no era extraño encontrar un mensaje, una advertencia para el librero, bajo un libro en exhibición.
CIENCIA FICCIÓN. Los domingos la Librería Ruben armaba un puesto en la calle Tristán Narvaja. Un médico siempre pasaba y le daba una palmada amistosa en el hombro a Norma Varela, empleada de la librería. Un día el saludo se vio alterado, en vez de la palmada un dedo firme, de golpe seco, la hizo darse vuelta. "Fuerzas armadas", dijo un individuo disfrazado de ciudadano común. "¿Qué es esto?" Una colección de Biblioteca Básica Fundamental, Poesía de la Revolución al Romanticismo. Norma procuró que la cara no se le transformara y al mismo tiempo intentó no hacerse la sabihonda. Se llevaron la edición mientras por esos días Ruben ocultaba la colección de Marcha y todo título prohibido. El autocontrol funcionaba a la perfección. Ruben llegó a romper en mil pedazos y en la cara de un comprador un título comprometedor. Pero Ruben no perdía el humor. Una tarde al cuidador de la librería le puso entre las manos un fusil de juguete. No quedó un empleado ese día sin visitar la comisaría.
Ciertos métodos develaban a los censores: un tiempo desmesurado frente a cada una de las secciones, como lectores sin objetivos. Cuenta Ulises Di Candia, socio desde 1976 hasta 1989 de la librería Atenea, que los procedimientos al principio eran "al barrer". Por la navidad de 1975 —cuando aún trabajaba para Arca— se llevaron toneladas de libros junto al dueño de la editorial, Alberto "Beto" Oreggioni. El encargado del operativo, luego de haber hecho la pesquisa, se hace envolver libros para regalar a su familia. Gratis, claro. "Eran rateritos", dice Di Candia, y bastante ignorantes. Es cierto que los libros sobre cubismo los decomisaban por la relación arbitraria que establecían entre esa expresión abstracta y la República de Cuba. Lo mismo para cualquier palabra tendenciosa: La canción del verdugo —por verdugo— de Norman Mailer, cualquier solapa que dijese "rojo", o un título que se refiriese, por ejemplo, a un proceso de destilación dudoso como "Añejado del vino en cubas". "Razonamiento primario", dice Di Candia. Luego, los operativos improvisados. Una vez un censor hacía su trabajo sigilosamente y entra a la librería un hombre de gabardina verde gritándole al otro "¡qué está haciendo, pelotudeando, no ve que estamos en un operativo!". Le arruinó la carrera.
Un viejo comunista judío prosoviético sabía que sus camaradas tiraban libros a la basura; él los recogía y los vendía a Atenea. "Parte de las miserias", asienta Di Candia. Estaban los otros, también, que siendo ciudadanos considerados de clase B y C, al no poder acceder a ciertos trabajos, se defendían vendiendo libros que Atenea les consignaba. La librería era un centro de reunión y debate por donde pasaban Vivian Trías, Real de Azúa, militantes jóvenes y poetas. O donde la madre de Viglietti traía las cintas clandestinas que su hijo grababa en Europa para que circularan entre algunos.
Luego reflexionaron y pusieron en la tarea a gente más inteligente, que se detectaba por determinadas características: zapatos siempre lustrados, el largo de la patilla, manifiesta curiosidad por temas o títulos que los libreros no exponían públicamente. Estos censores, más jóvenes, se tomaban el trabajo de clasificar: estante uno, libro uno, título, autor, sucesivamente hasta la última edición. Cuando los libreros de Atenea cambiaban el orden, "los enloquecían". O daban vuelta los lomos para ocultar los títulos. "Una aguja se esconde en el alfiletero", comenta Di Candia. Los libreros se divertían. Una vez apareció por la librería el poeta Augus Poet, con un libro editado "fuera de época, equivocado de momento", una serie de poemas elogiosos al Che Guevara. Lo dejó a consignación. Los libreros optaron por decirle al poeta que, misteriosamente, se habían vendido todos los ejemplares. Luego le aclararon la broma y le devolvieron los libros.
DE LECTOR A LIBRERO. Erasmo hace recordar a Funes, el memorioso, aquel personaje de Borges que retenía en su memoria cada hecho, cada suspiro de la vida que absorbió. Comienza su relato ubicándose en la dictadura como frecuentador de librerías. Cada anécdota está inserta en su contexto histórico y referenciada a la edición de la lectura que comenta. Uruguay no fue Chile, en donde se prohibió a García Márquez, Cortázar y Vargas Llosa. La censura local tuvo en la mira a los autores notoriamente vinculados a la izquierda, locales e internacionales. "Toda censura tiene su aspecto ridículo", dice Erasmo, y cita algunos ejemplos: Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, fue publicado por la editorial Losada en 1974, pero sólo luego de la séptima u octava edición pasó a la lista negra en Uruguay. Aunque relativamente. La edición de Seix Barral —más lujosa, más cara— podía adquirirse mientras que la de Losada no.
De Nicolás Guillén todos sus libros estaban permitidos excepto La paloma de vuelo popular. También Abaddón el exterminador, de Ernesto Sábato, por ciertas referencias a las luchas guerrilleras uruguayas, también sufrió censura. Al igual que Terra nostra, de Carlos Fuentes.
La censura, además de los autores nacionales perseguidos, operó en dos sentidos: sobre libros de contenido marxista, anarquista, los que referían a hechos o personajes concretos (Che Guevara, Fidel Castro, Mao y los líderes soviéticos) y sobre impresos que provinieran de los países del bloque socialista. Y esto era paradójico: se prohibía un libro de editorial Mir, que era de matemáticas, mientras que en el cine Trocadero se estrenaba El fantasma de la libertad, de Luis Buñuel. Lo mismo cuando habilidosamente Manuel Martínez Carril deja intacto el título de la película I Compagni de Mario Monicelli, en vez de traducirlo como Los compañeros o Los camaradas.
Erasmo cuenta que los censores retiraron de la vidriera El Proceso de Kafka, justo cuando éste empezó a ser el nombre oficial de la dictadura. Pero muchos de los libros incautados pasaban a ser parte del patrimonio cultural del "oficialismo". Nápoli recuerda a un funcionario del puerto que revisaba, cada vez que el librero viajaba a Buenos Aires, la lista de los títulos requeridos y, cuando aparecía uno cotizado, se lo quedaba para sí. Un hombre culto que advertía a los libreros: "muchachos, no traigan Estado de sitio porque me van a amargar la vida a mí y se la van a amargar ustedes".