Panta Astiazarán
EL BOMBARDEO cotidiano de noticias, casi un acoso, ha cambiado desde hace bastante tiempo la percepción de los conflictos bélicos y su real significación. La guerra de Iraq, por ejemplo, invade la vida diaria de la gente, agrediendo su sensibilidad con todo el horror. Se necesita de un esfuerzo reflexivo para darle su real dimensión.
Los avances tecnológicos han incidido en esta inmediatez. Un periodista pertrechado con una computadora portátil, una cámara digital y un teléfono celular puede estar transmitiéndole al mundo entero la noticia a pocos minutos de producirse, desde casi cualquier lugar. Es más, para desesperación de los profesionales de las agencias noticiosas, cualquier persona con un teléfono celular con cámara puede convertirse de pronto en un periodista improvisado, y transmitir una fotografía de impacto con calidad aceptable. Lo que interesa es llegar al público cuanto antes, ganarle a la competencia. La calidad de la información, cómo es seleccionada y otras minucias del oficio cuentan cada vez menos.
Luego está el tema de la censura. Cuando comenzó la última guerra del Golfo el alto mando estadounidense no quería periodistas sueltos por los frentes de batalla, presenciando cosas que no deberían ver y menos aún contar. Tampoco que hubiese entre ellos víctimas del "fuego amigo", eufemismo referido a los soldados y civiles alcanzados por el fuego de su propio bando. Ahora los profesionales que quieren testimoniar las acciones bélicas deben trabajar "incrustados" (embedded) en unidades de combate estadounidenses, uniformados y sometidos —hasta cierto punto— a la disciplina militar. Lo que puede concretarse, por ejemplo, en la requisa de sus teléfonos celulares bajo determinadas circunstancias. Esa política presenta para el perdiodista varios inconvenientes. Si la unidad en la que está "incrustado" no entra en combate, la posibilidad de obtener material interesante disminuye. Por otro lado, a menudo alegando razones de seguridad militar no se permite transmitir lo obtenido hasta que sea considerado "seguro" por los mandos.
UN OJO DISTINTO. A pesar de esto, muchos consiguen arreglárselas con lo que tienen a mano para informar manteniendo siempre un buen nivel de calidad. Es el caso del fotógrafo chino Liu Jin, de la Agencia France Presse, cuyas imágenes, a veces tomadas durante patrullas de rutina, consiguen mostrar aspectos no tan divulgados de la vida de civiles y militares en el Iraq de hoy.
Nacido en 1973 en Chengdu, centro de China, y formado en economía, en 1996 Liu descubrió que fotografiar tenía más sentido para él que manejar números. Optó por la cámara, cuyos rudimentos de utilización ya había aprendido de su padre. Estudió fotografía profesional en la Academia de Cine de Beijing, y tras graduarse en 1999 pasó a dedicarse al fotoperiodismo. Antes de estar nueve semanas trabajando para la AFP en Iraq, Liu había pasado 40 días en Afganistán en 2002.
"Para alguien como yo que viene de la China continental, que realmente no entiende el mundo islámico, todo es diferente, la ropa, el estilo de vida, la comida, todo... Pero un fotógrafo de una agencia de noticias tiene que acostumbrarse al ambiente en el que se encuentre y comenzar a trabajar rápidamente", dice Liu. "Cuando llegué era la estación más calurosa, hacía 45 grados centígrados todos los días. Con la excepción de breves períodos de descanso, tenía que permanecer todo el tiempo con los soldados estadounidenses, ‘incrustado’ en patrullas involucradas en búsquedas casa por casa, detección de explosivos, tenía que dormir en un vehículo blindado, comer en la cantina militar. Con frecuencia, fuese de día o de noche, me despertaban las explosiones o los disparos. Incluso vi cometer un asesinato desde el balcón de mi habitación del hotel Al-Mansour mientras escribía en mi diario una tarde. Me la pasaba viajando de un campamento militar al otro: Camp Liberty, Camp Gabe, Camp Taji, Camp Anaconda, Camp Falcon, Camp Prosperity... Cuando estaba en misión debía llevar toda la parafernalia del blindaje corporal, chaleco antibalas, casco de kevlar, rodilleras, parecía un soldado. Sabía que un asiento en un Humvee estaba reservado para mí".
Liu no tuvo la oportunidad de estar presente en acciones espectaculares. Pero se las arregló para extraer con solvencia lo mejor de cada situación. Detrás de la cámara se percibe un ojo afinado para el encuadre, para captar lo inusual dentro de lo cotidiano; Liu parece formularse siempre preguntas acerca de lo que presencia, y sabe transmitir esas interrogantes al lector. "En Iraq esperaba poder fotografiar la vida real de los estadounidenses y los iraquíes, como siempre lo hago. Sin adornos, registrar la vida tal como es. Ese es mi objetivo". l
Nota: Esta entrevista fue realizada por e-mail y la selección de fotos pertenece a Panta Astiazarán.