Sembrar el caos

Carina Blixen

EN EL INICIO de esta historia hay un accidente. Un hombre de sesenta años que anda en bicicleta es atropellado por un auto. En el hospital le amputan una pierna.

Es un hombre divorciado, jubilado, sin hijos: un viejo solo que se arregla bien en el mundo. Esa manera de ser es la que pertenece al pasado apenas comenzamos la novela. Paul Rayment, el protagonista de Hombre lento, la última novela del sudafricano J. M. Coetzee, tendrá que aceptar otro cuerpo, un dolor desconocido, una vida inmanejable. No quiere una pierna ortopédica, prefiere la honestidad del muñón. Siente rabia y se tiene lástima. No se reconoce en la imagen del inválido. Se enamora de una de sus enfermeras, una mujer menor de cuarenta años, con marido y tres hijos. Tal vez a través de ella pueda recuperar algo de lo que no ha vivido, tal vez el accidente tenga algún sentido. Se siente capaz de ejercer una afectuosa paternidad sobre la familia de la mujer. Pero las cosas no son tan fáciles. La paternidad, como todos los afectos, está cargada de una ambigüedad que parece ajena a la experiencia del hombre.

EL AZAR Y LAS VIDAS. En principio esta podía haber sido una historia sencilla guiada por una hipótesis simple: observar la incidencia del azar en la vida de un hombre. Una vida gris, sin sobresaltos, que podría haber llegado a un final previsible si un accidente no hubiera desbaratado la secuencia ordenada de sus días. En esta noción de lo incidental se insertaría la experiencia de la migración. La vida de Rayment osciló entre Francia y Australia; la familia de la enfermera de la que se enamora es de origen croata. Los accidentes, los traslados, marcan las vidas de estos personajes más allá de su voluntad. La narración podría haberse abocado a mostrar cómo a partir de la mutilación, de lo inesperado, el personaje es capaz de crecer. Cómo un doloroso proceso de duelo abre el deseo de una vida más plena, con más sentido. Cómo desde el desarraigo se llega a encontrar un lugar.

Hombre lento tiene treinta capítulos y en los doce primeros, en línea recta, cuenta lo que le sucede a Paul Rayment después de ser atropellado. Paso a paso, dolor a dolor, humillación a humillación este hombre puede estar a la altura de su desgracia o perderse en la autocompasión. Sabiamente el narrador hace vivir esa pulseada al lector.

Coetzee es un diestro narrador de lo concreto que maneja con virtuosismo los códigos del realismo y crea personajes y situaciones convincentes. Lo hace con la conciencia de quien ha escrito mucho y reflexionado sobre la literatura y los procedimientos narrativos. Al comienzo de Elizabeth Costello (2003), la novela anterior de Coetzee (un texto que cruza el ensayo y la ficción) el narrador exalta la concisión del realismo de Daniel Defoe: "Robinson Crusoe, náufrago en una playa, mira a su alrededor en busca de sus compañeros de barco. Pero no hay nadie. ‘Nunca los volví a ver, ni vi otro rastro de ellos —dice— que tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos desparejados’. Dos zapatos desparejados. Al estar desparejados, los zapatos dejaban de ser calzado y se convertían en pruebas de la muerte (...). Nada de grandes palabras, nada de desesperación, simplemente sombreros, gorras y zapatos". Con ese amor por lo sustantivo y lo material cuenta esta historia.

ROMPER EL REALISMO. Interesa también tomar del libro Elizabeth Costello la idea de que "la narración funciona arrullando al lector" y que "irrumpir en el sueño llama la atención hacia el hecho de que la historia está construida y siembra el caos en la ilusión del realismo". Porque esto último es exactamente lo que sucede a partir del capítulo trece de Hombre lento. Aparece Elizabeth Costello, la protagonista de esa novela anterior de Coetzee, con unos años más. Los que la leyeron, saben que es una escritora australiana, vieja y que ha logrado el reconocimiento. En la novela que lleva su nombre recorre distintos lugares para dar conferencias, está preocupada por la ética del escritor y por denunciar la inhumanidad en el trato a los animales. En sus conferencias uno encuentra muchas de las ideas que Coetzee vertió en sus ensayos.

Impertinente, malhumorada, maniática, exigente como solo los niños pueden serlo, pero sin la gracia de la infancia, Elizabeth Costello irrumpe entonces en la vida del protagonista de Hombre lento. A partir de ese momento el diálogo entre la escritora y el personaje rompe con la superficie inmaculada del relato realista. Se entreveran los planos de realidad y ficción. Inevitablemente el lector se pregunta quién conduce esa historia que a partir de ese momento avanza a los tumbos. La situación no es nueva en la literatura ni en la obra de Coetzee. En principio remite a Foe (1986) la novela que reescribe el Robinson Crusoe de Daniel Defoe. En ella aparecía problematizada la tarea del escritor porque la historia está contada por Foe (particular encarnación de Defoe) y por una mujer, y porque los personajes dialogaban con sus creadores.

En el prólogo a una edición de Robinson Crusoe en español (traducción de Julio Cortázar, Debolsillo, Barcelona, 2005) Coetzee volvió a analizar la vocación del realismo por disimular su naturaleza literaria y sellar una serie de "pactos tácitos" con el lector. En Hombre lento los establece para romperlos. No tiene sentido que el lector, metido en la historia, reclame al narrador por no preservar su "ingenuidad". Después de la ruptura, la narración apostará más al ingenio, la complicidad, el humor, que a la empatía del "manipulado" lector. El narrador se arriesga a cambiar las reglas de juego; el lector puede aceptar el cambio o abandonar la historia. Su decisión dependerá de su capacidad para encontrar un nuevo placer en la lectura.

DESANDAR LA ILUSIÓN. A partir del capítulo trece, entonces, lo que está en primer plano es el tema de la relación del escritor con su materia y sus personajes, el grado y las formas de libertad que entre ellos existen. Elizabeth Costello parecería irrumpir para aportar un poco de sentido común a los sentimientos desbocados de Paul Rayment. La narración que avanzó hipnóticamente en los doce primeros capítulos de la mano del posible "renacimiento" del protagonista, se detiene a partir de la irrupción de la Costello. El hombre se muestra "lento" en dos sentidos distintos: físico por su deambular con muletas; espiritual, porque no puede decidir qué hacer con su vida después del accidente. No acepta las incitaciones apropiadas a su situación que le propone la Costello y se muestra torpe, como un adolescente, en el complejo mundo de los afectos. Al final de la novela el lector tal vez pueda pensar que la Costello evita al "hombre lento" un accidente mayor al que ya había sufrido. Pero ese no es el sentimiento de Rayment, que se siente invadido, irritado, molesto, por esa mujer que no conoce y que parece saberlo todo de él.

Rayment no entiende su presente: la tranquilidad de su vida, su vejez solitaria lo ha vuelto insensible a sus reclamos. Ve en la familia de la enfermera la posibilidad de proyectarse, de vivir a través de los hijos ajenos. La Costello ayuda a Rayment, a pesar de que este no lo admite, a percibir sus límites, a contenerse ante sus fantasías.

A desandar la ilusión se dedican autora y personaje en la mitad final de la novela. Parecería que esta no podía ser una historia de amor o desamor, tenía que ser una reflexión sobre la soledad y el ejercicio de la libertad en la vejez. El objetivo final parece muy audaz: desencantar al personaje y al lector apelando más a su lucidez que a su corazón.

HOMBRE LENTO, de J.M. Coetzee, Barcelona, Mondadori, 2005. Distribuye Sudamericana. 259 págs.

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