La revancha de los nerds

Soledad Platero

SEGURAMENTE todos los lectores saben quién es Dan Brown, aunque no todos lo hayan leído. Su notoriedad traspasó los límites de lo razonable con El Código Da Vinci, una novela que no sólo enriqueció a su autor —vendió más de veinticinco millones de ejemplares—sino que además revitalizó las ventas de todos los autores que le sirvieron como fuente (algunos incluso están litigando con Brown). A la vez promovió al estrellato efímero a un montón de "codiguistas" que sin pérdida de tiempo se lanzaron a publicar sus propios libros sobre El Código...: manuales de lectura, ayudas para seguir pistas y demás accesorios para satisfacer a un público mucho más deseoso de "ser parte de algo" que ávido de literatura.

La Fortaleza Digital es la primera de las novelas escritas por Dan Brown. Fue publicada por primera vez en 1998, y le siguieron Ángeles y Demonios (2000) y La Conspiración (2001). Como suele suceder, el éxito de El Código Da Vinci propició nuevas publicaciones de todas las novelas anteriores.

En La Fortaleza.... ya aparecen las características más notorias de la producción narrativa de Brown: la teoría conspirativa, los personajes esquemáticos, los mensajes encriptados, el poder y sus secretos. Nada que no comparta con los cientos de volúmenes del mismo género que se publican año tras año, y que se venden como pan caliente en las góndolas de los supermercados. Dan Brown, como Jonathan Rabb y todos los autores que alimentan este mercado de la ficción milenarista, no parece preocupado por cuestiones teóricas tales como la función del arte o el compromiso estético y creativo del escritor. Más bien apuesta a fórmulas seguras de éxito garantizado —cosa en la que por cierto este género no tiene la exclusividad— y las repite sin temor a la crítica.

A DESENCRIPTAR QUE SE ACABA EL MUNDO. Su primera novela tiene como protagonista a un héroe de dos cabezas, una de las cuales es Susan Fletcher, "la criptógrafa estrella de la ultrasecreta Agencia de Seguridad Nacional (NSA)" y la otra es David Becker, "el prometido de Susan". Cada uno de ellos deberá poner todas sus habilidades en funcionamiento para desbaratar el truculento plan de Ensei Takado, un japonés contrahecho que ha decidido que la NSA debe recibir un escarmiento. Claro que el japonés tiene sus motivos: nació huérfano y lisiado por culpa de la bomba de Hiroshima. Y aunque deforme y de hábitos solitarios, está dotado de una inteligencia superior que puso en práctica diseñando un sistema para encriptar mensajes que no puede ser anulado ni siquiera por un súper ordenador especialmente construido para eso y que la NSA mantiene oculto. Susan en el laboratorio de la NSA y David en Sevilla, en misión secreta, deben tratar de conseguir la clave que impedirá el colapso del gigantesco ordenador y la consiguiente exposición pública de la base de datos más importante del mundo.

Por supuesto, aunque todo es simple y se sabe perfectamente quiénes son los buenos, no faltarán las traiciones y los errores de cálculo.

UNOS MUCHO Y OTROS NADA. Una característica que comparten las historias de este tipo es la de que así como hay un público masivo que las lee, hay otro, más educado en la ficción literaria y en el mundo de la escritura, que confiesa la imposibilidad de leerlas. Y no es (o no es solo) un prejuicio. Son textos difíciles de leer para lectores habituados a cierta complejidad. Pero ¿en dónde está esa simplificación que las hace accesibles para unos e intolerables para otros? La tentación mayor sería decir que está en el tema. Como muchos críticos han señalado, las hipótesis conspirativas simplifican el mundo en un esquema de buenos y malos en el que los secretos y los ocultamientos permiten soslayar cualquier pecado de verosimilitud. El pacto entre el lector y el narrador permite que todas las posibilidades, por disparatadas o aberrantes que sean desde el punto de vista histórico o lógico, sean aceptables en el marco de una teoría del engaño y la manipulación de la información: "Esto te parece imposible porque siempre te han engañado".

Pero la simplificación va mucho más allá del tema. Incluso se podría postular que la ingenuidad en el manejo de los temas es solidaria con una forma de escritura que también recorta a un público específico, dejando afuera a otro.

HACERLA FÁCIL. La primera cosa llamativa en La Fortaleza Digital es la estructura de las oraciones. Prácticamente no existen enunciados distintos a "la marquesa salió a las cinco". Cada capítulo —y son 128— comienza con una oración modélica simple (sujeto-verbo-complemento) generalmente en pretérito del indicativo. Prácticamente no hay oraciones complejas, ni figuras retóricas como el hipérbaton (que cambia la posición regular de sujeto y predicado) o el litote (que realiza una afirmación mediante la negación de su contraria) o nada que pueda complicar la asimilación simple y acrítica de lo que el autor dice. Es un mundo de certezas, en el que es prioritario acortar el camino entre el lector y la acción.

El esquema de La Fortaleza Digital es el más simple del mundo: "debo hacer tal cosa antes que...". Es decir, el héroe (un héroe bicéfalo en este caso) debe superar una prueba antes de que se desencadenen acontecimientos nefastos. Como siempre la prueba supone recuperar un objeto maravilloso y entregarlo a los que deben ser sus legítimos custodios, evitando así que el mundo se precipite en la destrucción y el caos. Como en cualquier relato tradicional, el héroe tiene ayudantes y oponentes con los que irá configurando todas las posiciones clásicas de los relatos simples, hasta llegar, obviamente, a un final feliz.

Pero los acontecimientos también se ofrecen del modo menos complejo, para que el lector no deba hacer esfuerzos innecesarios estableciendo por sí mismo los plazos y los vínculos temporales. Los capítulos intercalan una acción en cada escenario —para el caso, a cada capítulo que se desarrolla en Sevilla sigue uno cuya acción se verifica en el laboratorio de la NSA. La longitud de los capítulos, por su parte, trabaja a favor de los lectores perezosos: como máximo llega a las tres páginas, y en algunos casos puede ser de apenas uno o dos párrafos. La separación en capítulos breves es la única y precaria herramienta de montaje de la ficción.

O MUY FÁCIL. No hay que desestimar ningún recurso a la hora de facilitar las cosas al gran público. Por ejemplo, no es necesario perder el tiempo en la construcción de un personaje, cuando la cultura popular está llena de modelos que ya vienen hechos y son queridos y reconocibles por todos. La heroína es bella, brillante y tiene "ojos color avellana" además de "pelo castaño rojizo largo hasta los hombros" y "esbelto torso". El héroe, por su parte, es "moreno y robusto", de "treinta y cinco juveniles años, penetrantes ojos verdes e ingenio sin igual. Su mandíbula firme y facciones bien dibujadas recordaban [...] una talla de mármol. A pesar de su metro ochenta y algo de estatura, se movía en la pista de squash con más rapidez que cualquiera de sus colegas. Después de derrotar a sus contrincantes, se refrescaba mojándose la cabeza en un surtidor y empapando su tupida cabellera negra. A continuación, todavía goteando, invitaba a su oponente a un batido de frutas y un bagel".

El héroe no sólo es hermoso, atlético, generoso y de hábitos saludables (un batido de frutas y un bagel dejan en evidencia a alguien con honda responsabilidad y ética alimentarias): también está dotado de una inteligencia superior, domina a la perfección varias lenguas (éste es un requisito que comparten todos los héroes del género) y no titubea a la hora de arriesgar su vida por su país y sus valores. O sí, titubea, pero lo hace un poco porque es voluntarioso, otro poco porque está enamorado, y sobre todo porque en su naturaleza están profundamente inscriptos los valores de la lealtad, la obediencia y el servicio. Al contrario de los antihéroes que llenan las viejas novelas de serie negra, siempre dispuestos a tomarse un whisky y fumarse un cigarrillo; al contrario de los obesos policías que toman litros de café y devoran grasientas rosquillas, el nuevo héroe milenarista es sano. No fuma, no toma alcohol, y aunque lo persiguen los malos más tecnificados del mundo, él siempre encuentra tiempo para un zumo de arándanos.

LA HORA DE LOS NERDS. En suma, el tiempo de los cerebritos ha llegado. Por fin los despreciados matemáticos, profesores universitarios, fanáticos de las computadoras y demás anteojudos encontraron un universo de ficción que los tiene como héroes. Basta de borrachines jactanciosos y de brutos malhumorados. Los saludables nuevos héroes llegaron para cuidar los intereses del planeta aún contra la voluntad de sus habitantes. Tendrán que estar alerta contra la irrupción de locuelos defensores de las libertades individuales, o contra resentidos capaces de comprometer la seguridad pública, pero ya se sabe que esa es la fatigosa tarea de los buenos de todas las épocas.

LA FORTALEZA DIGITAL, de Dan Brown, Ediciones Urano, 2006, Barcelona, 444 págs. Distribuye Urano.

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