Felipe Polleri
COMO BUEN montevideano, siempre de espaldas al campo, no sé montar a caballo y me aterran (como a Baudelaire) esos pollos crudos que caminan por ahí, muertos-vivos, para no hablar de los pumas y los mosquitos. Soy, resumiendo, el peor lector que Mario Arregui encontró en su viaje a la posteridad. Pero nos descubrimos y, aunque no tomo mate, entre un pucho y otro pucho, descubrimos algo que nos unió para toda la vida y para toda la muerte. Porque ambos, él allá, yo aquí, siempre nos preguntamos qué es un hombre o, mejor dicho, qué significa ese reto al que llamamos hombría. Por supuesto, enseguida coincidimos en que se trata, en primer lugar, de ser valiente; la hombría supone, a pesar del miedo, venciéndolo, tener el coraje de enfrentar el peligro, de no retroceder frente a ningún enemigo.
Claro que a veces el enemigo puede ser formidable. Es el caso de la verdad. La verdad sobre uno mismo, por ejemplo. El valor de enfrentarla es uno de los tantos y exigentes requisitos de la hombría, así como la resistencia ante la pérdida y la tragedia. Supone también algo más sutil: el respeto por la hombría de los otros e, incluso, por sus vergonzosas miserias. Sí. En el antológico cuento "Los ladrones" se muestra, gracias a dos atorrantes de cuarta, los ladrones, que la hombría también está hecha de pudor, de un espontáneo y maravilloso pudor que nos hace apartar la vista de lo que no tenemos derecho a ver porque los hombres disimulan, esconden, las tristes o patéticas debilidades de sus iguales. A fin de cuentas, no se trata de encontrar la hombría en los demás sino en uno mismo.
Ya parece innecesario, a esta altura, elogiar el estilo tan exacto como recio, tan impecable como único de Arregui. Y también parece innecesario señalar que es el estilo de todos y cada uno de sus cuentos; pero si tuviera que antologizarlo (no publicó mucho, seguramente escribió mucho, y entre lo publicado no todo tiene el mismo peso) elijo el inevitable "Un cuento con un pozo", el ya citado "Los ladrones", "Los contrabandistas", "Tres hombres", "Diego Alonso", "El hombre viejo", "La escoba de la bruja", "Un cuento de amor" y unos pocos más. Estos ejemplos alcanzan y sobran para que el nombre de Arregui siga peleándole y ganándole al olvido como lo que fue: un hombre. Pero recién ahora me doy cuenta que sin querer estoy espantando (con tantos hombres, con tanta hombría, con tanto machismo políticamente incorrecto) a la clásica feminista esclarecida. Es muy posible; y sólo tengo para desconsolar a esta feminista esclarecida un hermoso verso de Carlos de la Púa: "Nunca tendrás un macho que por vos se haga chorro". l