Mercedes Estramil
EL NORTEAMERICANO David Leavitt (n.1961) puede considerarse afortunado como escritor: empezó a publicar joven, salió de su "closet" sexual y lo proclamó libremente en sus obras, y se mantiene como un profesional competente luego de varios títulos. O puede considerarse desafortunado: encasillado como un escritor gay, es a los cuarenta y cinco años el autor de una narrativa pareja pero nunca brillante. Puesto en otros términos, su ranking en el mundo vendible de las letras aparece íntimamente ligado al hecho de dar la pelea desde el terreno posmoderno de la diversidad sexual.
Es desde esa pertenencia que junto a su pareja, Mark Mitchell, editó tres reconocidas antologías sobre cuento corto gay: The Penguin Book of Gay Short Stories (1994), The New Penguin Book of Gay Short Stories (2003), y entre una y otra un relevamiento histórico de literatura homosexual en lengua inglesa desde 1748 a 1914, Pages Passed from Hand to Hand (2002). Cuando se estrenó Brokeback Mountain (Secreto en la montaña, dir. Ang Lee) Leavitt elogió la cinta no como una gran película de amor gay sino como una gran película de amor, donde nada "grita gay". Silenciar ese grito es en parte lo que él hace en su última novela, El cuerpo de Jonah Boyd, donde abandona la homosexualidad explícita de su novelística anterior.
En El cuerpo de Jonah Boyd no hay historias homosexuales concretadas ni verbalizadas por los personajes. Pese a que es, de algún modo, la historia de una lesbiana no asumida, y —no casualmente— también de una escritora no asumida. La novela arranca como la biografía sentimental de la humilde secretaria Judith "Denny" Denham, quien a los sesenta años narra cómo era su vida cuando tenía treinta, en 1969. Gordita y poco agraciada, Denny no aspiraba a ser más que la amante de algún hombre casado, la mujer en la sombra. Por ejemplo de su jefe, el psicoanalista y profesor Ernest Wright, esposo de la insoportable Nancy, padre de tres hijos y dueño de una hermosa casa en terrenos universitarios. Ese es el affaire, entre muchos que al parecer tuvo, que Denny elige contar, salvo que el amante no es más que una excusa para hablar de lo que realmente le interesa: el resto de los miembros de la familia Wright, con quienes termina involucrándose; hace de amiga sustituta para la esposa, de confidente para la hija, y hasta su relación hosca con el hijo adolescente, un aspirante a poeta, guarda sorpresas para el futuro. Desde el papel de observadora, la vida de Denny se agota en la transcripción de la vida de los otros, los problemas de los otros, los amigos de los otros, y esta concepción del personaje es un giro en los protagónicos de Leavitt. Es significativo que ocurra en una mujer tentada por el lesbianismo y que elige la heterosexualidad pero la vive en secreto.
UN VIEJO FANTASMA. Menos casual es que la trama gire en torno a un libro escrito a medias y perdido por un personaje secundario, Jonah Boyd, y luego plagiado por otro. Suena a que Leavitt aún no se saca de la cabeza la acusación que lo envolvió tras publicar en 1993 Mientras Inglaterra duerme. Los ecos de aquella polémica con el poeta y novelista inglés Stephen Spender, que lo acusó de tomar elementos de su vida y de su autobiografía (Mundo dentro del mundo, 1951) para meterlos descaradamente en una ficción pornográfica, resultan malos de borrar. La imputación de pornógrafo sí podía rebatirse fácil. El amor homosexual al modo en que lo podían tratar Spender, Christopher Isherwood, E.M. Forster o Henry James, estaba a años luz en materia de léxico del que le imprimió Leavitt a fines del siglo XX. Es decir, llamándolo por su nombre, dejando ver con claridad que lo describe desde adentro y que no le teme a las palabras que designan órganos y actos. Las escenas de sexo en sus historias integran un contexto mucho más amplio; los personajes buscan amor, familia y valores además de sexo. Cierto que a Spender —que tras una juventud homosexual se casó con una mujer, tuvo hijos y mantuvo una fachada de heterosexualidad— debió molestarle no sólo el estilo explícito de Leavitt, sino sus modificaciones a la historia real y sobre todo su silencio a la hora de citarlo como fuente.
Aunque el pleito no terminó en juzgados y se fue diluyendo en periódicos, y aunque sirvió más que nada para que Spender reflotara antes de morir su alicaída fama, ensombrecida asimismo por acusaciones como la de haber dirigido revistas subvencionadas por la CIA (Encounter), el mote de plagiario dejó una marca en Leavitt, por más elementos de deconstrucción, intertextualidad, etc., que pudiera manejar en su defensa.
Optó por dar respuestas ficcionales al tema y comenzó a hacerlo en la primera y disfrutable nouvelle Arkansas (1997). El narrador de "El artista de los trabajos universitarios" era el propio escritor, el autor de la cuestionada Mientras Inglaterra duerme, que ahora se sumergía en el anonimato escribiendo trabajos monográficos para estudiantes que se los pagaban con algún favor sexual. Leyendo entrelíneas, Leavitt (el personaje) retrocedía a su perfil bajo luego de un auge y caída, y al mismo tiempo establecía (metafóricamente) que la buena literatura podía no llevar firma, no tener dueño, y debería ser canjeada por una sola cosa: placer.
Indirectamente el Leavitt que en la nouvelle era poco ético, el que traicionaba el pacto de honor no escrito de la autoría literaria, era el que conseguía al menos un rédito moral verdadero: llevar por el camino de la autenticidad la vida de uno de esos estudiantes. Esa sutileza o ese manejo no fueron aceptados por la revista Esquire, que iba a publicar el texto y a último momento decidió no hacerlo. Ahora, dos novelas y un libro de relatos después (The Page Turner/ Junto al pianista, 1998; Martin Bauman, 2000; El edredón de mármol, 2001), Leavitt enfrenta de nuevo el fantasma. O lo elude.
LA PROPIEDAD. El cuerpo de Jonah Boyd cuenta con bastante trampa un proceso de fagocitación intelectual, la apropiación que su protagonista hace de una historia que no le pertenece tanto por haberla vivido como por haberla deseado. Denny Denham se hace dueña a la vez de un relato, de una casa y de un marido que han sido el sueño de otros, componiendo un personaje vacío pero creíble. El protagonismo que va tomando como espacio físico y mental esa casa (que pertenece y no pertenece a sus habitantes) recuerda al mejor Leavitt, el de El lenguaje perdido de las grúas o cuentos como "El chalet perdido" (Baile en familia, 1983), donde las casas eran un símbolo preciso de las fachadas de amor que no se sostenían en pie más que en la ilusión y soledad de sus habitantes.
Sin ser una gran novela, El cuerpo... tiene el componente lúdico y metaliterario que oficia de anzuelo en buena parte de la narrativa actual, de Auster a Vila-Matas o de Lodge a Millás. Leavitt describe con media sonrisa irónica un mundillo universitario mediocre, menos vocacional y más mercantilista de lo que presume. Su retrato del Escritor va desde el prototipo mundano representado por Jonah Boyd —divorciado, alcohólico, irascible— que desperdicia su talento (quizá porque intuye que no lo tiene), hasta el tenaz Ben Wright, que no se cansa de visitar editoriales porque se cree bueno, pero cuando el tiempo apremia no duda en firmar como propia la obra de otro. Y ese retrato incluye a la secretaria que copia, corrige y (se sospecha) reescribe el material de su jefe y luego el de su marido, pero no asume el rol del "autor", no se apropia de su simbología ni lo hace público.
Hacia el último capítulo la novela da un giro inesperado, dejando un sabor a ligereza, a vuelta de tuerca que rubrica mal un comienzo prometedor. Mirado por segunda vez, es un final ajustado al juego de espejos que la novela propone. Desde el equívoco título todo asunto que El cuerpo... va planteando -—vida afectiva de la secretaria, asesinato de un personaje, deserción de otro para evitar la guerra— se congela de a poco y deja paso a cuestiones literarias: quién es el autor, qué papel en la genética literaria juega el copista de una historia, qué miedos asedian a un plagiario no descubierto, cómo un escritor puede sabotearse a sí mismo, en qué consiste el fracaso, adónde va a parar la ética cuando se persigue el éxito, etc. Son preguntas a las que Leavitt se asoma sin remover a fondo su potencial trágico. Igual que la secretaria —que guarda demasiados secretos— opta por transacciones aceptables. l
EL CUERPO DE JONAH BOYD, de David Leavitt. Editorial Anagrama, Barcelona, 2006. Distribuye Gussi. 223 págs.