Juana Libedinsky (desde Nueva York)
DESPUÉS DE vivir en Nueva York como estudiante en un monoambiente impecablemente minimalista y, ya como familia, en un cálido Brownstone —una de esas casas centenarias con fachada de la típica piedra marrón, a pocas cuadras de Central Park—, la mudanza a Madrid provocó en esta cronista una severa crisis.
Tras recorrer 73 apartamentos madrileños en cinco días —en las mejores zonas, y con gastos nada desdeñables— la capacidad personal para ver monstruosidades quedó agotada. Los edificios viejos no estaban mal, es cierto, pero eran enormes y muy oscuros debido a la falta de pulmón de manzana. Los baños y cocinas eran inutilizables, salvo los que habían sido renovados, aunque en general con tan mal gusto que eran inútiles por el shock estético que provocaban. Los edificios nuevos, a su vez, estaban en los suburbios, y todo lo construido desde el franquismo hasta el despegue económico de la década del ’70 era, en las prudentes palabras del director del área de diseño del MoMA, una "unimpressive contemporary architecture", una arquitectura contemporánea que deja mucho que desear.
Así que, casi tres años después de esta experiencia madrileña, volver a Nueva York para ver la exposición del momento sobre arquitectura en España tuvo algo de ligeramente extraño.
ESPAÑA AL MoMA. Hay que reconocer que, desde que Mies van der Rohe construyó su pabellón en Barcelona en 1929, España no ha sido el centro de tanta innovación arquitectónica en lo que atañe a edificios oficiales, museos, hoteles, estaciones, aeropuertos y torres de oficinas. Sin embargo, la exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) On-Site: New Architecture in Spain muestra casos tan fantásticos de nueva arquitectura, que renuevan la esperanza.
Organizada por Terrence Riley, director del área de diseño y arquitectura del MoMA como su "canto del cisne" —el mes próximo abandonará la Gran Manzana por un puesto como director del Museo de Arte de Miami— muestra en detalle esta evolución. Porque, desde que Frank Gehry puso con su ondulante Museo Guggenheim a la olvidada ciudad de Bilbao a la cabeza de los lugares in para visitar, España se está convirtiendo en la vitrina de los arquitectos más interesantes del planeta.
Aunque pone un énfasis especial en los proyectos de 47 arquitectos españoles, varios de ellos jóvenes, la exposición también incluye una auténtica lista vip de diseñadores internacionales que tienen al menos un proyecto en construcción, como es el caso de Gehry, David Chipperfield, Rem Koolhaas, Jean Nouvel, Zaha Hadid y Toyo Ito, aunque para ver los edificios terminados en muchos casos habrá que esperar hasta el 2010.
La exposición del MoMA On site... abre con dos imágenes poderosas: una enorme foto de la fachada de la extensión que Rafael Moneo hizo de la alcaldía de Murcia, y otra del extraordinario mercado de Santa Catalina en Barcelona, proyecto de Enric Miralles y Benedetta Tagliabue. Según Nicolai Ouroussoff, crítico del diario The New York Times, ambos estudios de arquitectura pueden verse como las dos mitades de una personalidad dividida. "Moneo es el heredero de un modernismo clásico cuyos trabajos agudos y angulosos reflejan la precisión quirúrgica de su pensamiento", sostiene. Miralles, que murió a los 45 años de un tumor cerebral, es un sensualista cuyas formas curváceas empapan a la arquitectura de un perdido sentido del placer.
Mientras el edificio de Moneo es de una rígida geometría que se vuelve cálida con lo irregular de las piedras, el de Miralles tiene una alegría casi infantil, como un pañuelo de colores que cubre la estructura neoclásica del viejo mercado.
España también ha hecho mucho por la vivienda para gente de bajos recursos. En lugar de construir edificios tipo monoblock, horribles, muchas veces los proyectos nuevos —elegidos a través de concursos abiertos organizados por el Estado— son estilísticamente muy superiores a los edificios que heredó la burguesía en barrios más acomodados. Por ejemplo, el MoMA eligió un complejo en las afueras de Madrid del estudio Abalos & Herreros, una construcción con cuatro elegantes torres vidriadas y una forma suavemente arqueada para sacar partido de la vista a la zona de pantanos aledaña.
LOS FAMOSOS. También están las obras de las estrellas internacionales. Una estación de tren de Zaha Hadid en Durango parece salir sinuosamente de la tierra —donde, de hecho, se conecta con la estación de metro. A su vez Rem Koolhaas construyó un centro de convenciones que parece una larga y brillante barra de acero inoxidable, mientras Jean Nouvel hizo en Barcelona la maravillosa torre Agbar, una gigantesca estructura fálica que ha sido apodada de varias maneras, todas ellas irreproducibles.
Nouvel mismo la describe como un géiser que sale de la tierra con poder y efervescencia, una metáfora bastante apropiada si se toma en cuenta que allí se encuentran las oficinas de la compañía regional de aguas. Ubicada fuera del radio turístico, en la Plaa de les Glòries Catalanes, el edifico no está abierto para visitas, pero dada su visibilidad desde cualquier punto de la ciudad, ya es considerado un monumento público. Particularmente de noche, cuando brilla como antorcha en la distancia por el efecto de sus dos "pieles" —una interior de alumnio en tonos de gris, marrón y azul, y otra exterior de paneles de vidrio opacos y transparentes— ya es un edificio adorado por todos.
Salvo los que trabajan allí. Amigos de esta cronista se han quejado de que el vidrio lo hace insoportablemente luminoso y caluroso en el verano mediterráneo, que la vista, si uno no trabaja en los pisos superiores, es simplemente a un barrio horrible, y que Nouvel, que diseñó hasta el último detalle de cada escritorio, se olvidó de poner lugares donde guardar la cantidad de papeles y libros que, al menos los abogados de la empresa, deben tener a mano.
Una mención especial merece la nueva terminal del aeropuerto de Barajas, de Richard Rogers. Esta cronista, como tantas otras víctimas, con los ojos cerrados puede describir cada uno de sus esplendorosos rincones. Desde su inauguración jamás ha tomado un avión sin retraso (a Montevideo, hace poco, de más de seis horas) ni podido evitar una larga espera por las valijas, dado que el personal, "todavía le está tomando la mano", según se explica a los pasajeros furibundos. Pero si hay que esperar en un aeropuerto, jamás hubo uno mejor. Con su techo ondulante sostenido por una gigantesca estructura en forma de V y atravesado por paneles vidriados que siempre permiten ver qué está pasando del otro lado, da una sensación de ligereza tal que es increíble que sea de un tamaño sólo superado, en Europa, por el londinense Heathrow.
Rogers consideró a la luz natural como un componente estructural más. A diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de los aeropuertos, se cuela a través del curtain-wall que cubre el edificio y de los abundantes ojos de buey para llegar, incluso, al cuarto subsuelo donde se recogen las valijas. Una serie de delicadas vigas recorren el aeropuerto de punta a punta, pintadas en un dégradé de colores que va del azul profundo en el extremo norte a un colorado shocking en el extremo sur, tanto en el interior como en el exterior. De esta manera, si uno se distrae comprando cava y figuritas de mazapán en las tiendas regionales del inmenso shopping —o una corbata de Hermes, o un reloj de Cartier, ¿por qué no?— sabrá cómo encontrar el camino de vuelta a su puerta de embarque.
El proyecto, como tantas obras en España, fue financiado en parte por la Unión Europea, que ha inyectado más de 110 mil millones de dólares en la infraestructura española desde 1986. El dinero ha ido a parar a las autopistas, trenes, metro, estaciones y aeropuertos, muchos diseñados por talentos de primera, y la exposición es una viva prueba de ello.
Sin embargo, la joyita de la muestra es, curiosamente, una vivienda particular en la sierra de Madrid, diseñada por el arquitecto Eduardo Arroyo, que apenas pisa los 40 años. Es una casa pequeña como un voladizo sobre una pendiente considerable, que se abre paso entre los árboles que existían en el terreno. Una mezcla perfecta de hombre y naturaleza, y una señal de esperanza de que el buen gusto podría llegar pronto al centro de Madrid.
Santiago Calatrava
LA GRAN sorpresa de la exposición sobre la nueva arquitectura española en el MoMA no es tanto lo que está, sino lo que falta: Santiago Calatrava, posiblemente el más internacional de los arquitectos ibéricos contemporáneos.
Durante la pre-inauguración para la prensa, Riley dijo que la causa era que Calatrava no había puesto a disposición del museo su trabajo más nuevo y menos conocido en territorio español. Pero si bien su lirismo se extraña en las salas del museo de arte moderno, no puede decirse que Nueva York no haya tenido su cuota reciente del arquitecto valenciano. Una muestra dedicada exclusivamente a él, que acaba de concluir en el Metropolitan Museum of Art, y otra en el Instituto Hispánico Reina Sofía de esta ciudad, confirman su protagonismo.
María Fratini, una de las jóvenes promesas de la arquitectura latina en Nueva York, recuerda su visita a ambas. En el Reina Sofía, en la muestra Clay and Paint: ceramics and watercolors by Santiago Calatrava, asegura que se pudo ver cómo sus dibujos y cerámicas con motivos de hombres y animales tienen una proyección significativa en su arquitectura.
En el estudio de la figura humana y animal se encuentran las formas de las cuales sus edificios emergen. Se nota que investiga las líneas puras de los seres vivientes para trazar analogías entre la anatomía humana y animal con las estructuras de sus edificios, explicó.
En el Metropolitan Museum of Art la muestra llamada Sculpture into Architecture, fue montada en secciones según el tema que reflejaba su vocabulario de formas: cubos apilados, picos y alas de pájaros, ojos, tramas y frutas o semillas. En cada sección se combinaban, además, el dibujo, la arquitectura y la escultura. Esta última era particularmente interesante de ver por sus piezas interactivas hechas en mármol, acero, tensores y madera, en las cuales apretando un botón se prendía la luz y algunas de las partes, como por ejemplo los brise soleil, tomaban movimiento.
En esta muestra uno podía unir el hilo de sus tres mundos, el arte, la ingeniería y la arquitectura, y ver cómo cada uno se incorpora y contribuye al otro para lograr una obra final. Calatrava, mediante la escultura, investiga formas y principios de ingeniería independientemente de las limitaciones implicadas por el entorno, los códigos y el cliente. Pronto sus esculturas se vieron reflejadas en proyectos grandes. Combina así la rigurosidad y precisión con lo imaginativo y gracioso, señaló Fratini.
Si usted se perdió ambas exposiciones, no desespere: un nuevo proyecto permanente para Nueva York de Santiago Calatrava está en camino. A fines de 2005 el alcalde Michael Bloomberg presentó un sistema de góndolas elevadas al estilo "Los Supersónicos" que, si todo se concreta, unirán a Manhattan con Brooklyn, pasando por la pequeña Governors Island que se encuentra en el medio. Con una inversión de 125 millones de dólares, tendrá el sello Calatrava en las largas estructuras estilizadas que lo sostendrán, "líricas y etéreas" como las definió el alcalde neoyorquino.