Paula Varsavsky (desde Maine)
EN LA ESTACIÓN de tren de Portland, una ciudad en el estado de Maine, Estados Unidos, Richard Ford esperaba, puntual a la cita. Fue sencillo encontrarlo: mide cerca de dos metros. Las facciones angulosas, el pelo gris algo largo y los ojos celestes intensos sobresalen entre el gentío. A una hora y media en auto de allí, casi literalmente en el medio de la nada, reside el escritor desde hace una década.
Junto con Russell Banks y Tobias Wolff pertenece a la generación de novelistas norteamericanos más célebres de la actualidad. Lleva más de quince libros publicados entre novelas, antologías y colecciones de cuentos. Con El periodista deportivo obtuvo el reconocimiento tanto de los lectores como de la crítica internacional. Su obra está traducida a más de veinte idiomas, entre ellos al español por la editorial Anagrama.
Ford nació en Mississippi en 1944. Luego de ser empleado de ferrocarril, maestro de escuela y trabajador social, estudió artes combinadas. Desde que se recibió se ha dedicado básicamente a escribir, además de enseñar literatura por períodos breves en distintas universidades.
En la casa de Ford, con grandes ventanales frente al océano, desde donde se veía caer la nieve, tuvo lugar esta entrevista. Las fotos de sus escritores amigos, Raymond Carver y Eudora Welty, entre otros, asomaban en las paredes y en los estantes de las bibliotecas.
EN LA PIEL DEL OTRO
—¿En qué está trabajando ahora?
—Acabo de terminar una nueva novela. Se titula As the Land Lays (Así como yace la tierra). Estuve corrigiéndola con mi mujer. La leí entera en voz alta mientras marcábamos lo que estaba bien y lo que había que corregir. Tiene más de seiscientas páginas. Completa una trilogía con El periodista deportivo y El día de la independencia.
—¿Aparecen los mismos personajes?
—Sí, Frank Bascombe, los hijos... Cuando empecé me pregunté por qué estaba haciendo eso. En realidad, no quería narrar una historia con los mismos personajes, pero fue lo que sucedió. La historia está situada en el 2000. Frank Bascombe, con 55 años, se ha vuelto a casar con la mujer con quien salía. Los hijos tienen alrededor de 20 años. Se mudó a la costa, en el estado de Nueva Jersey. Está enfermo de cáncer de próstata. La acción sucede durante los días de Acción de Gracias. Sally, su mujer, lo acaba de dejar por el ex marido que había desaparecido hacía décadas y, de pronto, reaparece.
Se trata de una novela política. Aquel fin de semana largo del 2000, en Estados Unidos, las elecciones no se podían resolver a causa del fraude en el recuento de votos del estado de Florida. Era una época muy cargada en este país. Digamos que el relato es la concepción de un artista acerca de lo que estaba sucediendo en aquel momento. En mi novela quedan explícitas ciertas tendencias que se instalaron entonces en el gobierno, como la de no sentirse responsable de las consecuencias de sus acciones.
— Usted es el primer novelista norteamericano que ha recibido el Premio Pulitzer y el PEN/Faulkner por la misma novela (El día de la independencia). ¿Cómo fue el momento en que le otorgaron el Pulitzer?
— Estaba en Francia cenando con unos amigos. No sabía que ese día otorgaban el Pulitzer ni estaba al tanto de mi nominación. Me parecía que había vida en mi novela El día de la independencia, eso era todo. La persona sentada a mi lado recibió un llamado a su teléfono celular. Era para mí. Entonces oí la voz de mi editor de París. Me preguntó si estaba sentado, y me dijo que me habían otorgado el Premio Pulitzer. Pensé: ¿Qué? No me impactó. Me había ido de la mesa para atender el llamado y, cuando volví, ni siquiera lo mencioné. Estábamos pasándola muy bien, ¿cuál hubiera sido el motivo para irrumpir con esta noticia en una cena feliz? O sea que todo continuó tal como venía sucediendo.
Si no me lo hubieran dado a mí, lo hubiera recibido otro escritor. Siempre pienso que si gano un premio es, por ejemplo, porque Philip Roth no publicó un buen libro ese año. Soy bastante filosófico acerca de estos temas. Resultó muy agradable, pero no me cambió la vida.
— ¿Le parece que el hecho de que usted no tenga hijos implica alguna dificultad en la composición del personaje que es padre?
— Como dijo Graham Greene, el trabajo de un escritor es entrar en la piel de alguien que no es. A pesar de que no tengo hijos compuse el personaje de Frank Bascombe, que sí los tiene. Fui hijo y la mayoría de mis amigos son padres. En cierta manera, es lo que hace un actor. No es tan difícil. No estoy creando un ser humano real, ni un padre verdadero. Se trata de palabras en una página que representan algo. Diría que esa información y esa sensibilidad nos pertenecen a todos. Quizá, para ser escritor, uno tenga que estar más disponible para recibirla. Por mi parte, soy básicamente intuitivo.
CLINTON Y CARVER
— Respecto a la situación política actual de Estados Unidos hay una pregunta que no termina de responderse. ¿Le parece que si Clinton hubiera estado en la presidencia, hubiese existido el 11 de setiembre?
—No lo sé. Lo que podría aventurarme a decir es que creo que si Clinton fuera presidente no estaríamos en guerra contra Iraq. Dos mil seiscientos soldados americanos no habrían muerto. La economía de Estados Unidos no se encontraría erosionada por tratar de seguir metiéndose en cuanta disputa existe en Medio Oriente. Tendríamos una mejor relación con Europa y la desmoralización de los americanos respecto de la gestión de gobierno no hubiera ocurrido. Creo que Clinton era un buen presidente y una persona defectuosa; Bush es un presidente espantoso y una persona defectuosa.
—¿Cómo ve la escena política de aquí en adelante?
—Hillary, al menos como lo veo ahora, y presto mucha atención a estas cuestiones, no creo que tenga grandes posibilidades de llegar a la presidencia. Me parece que hay demasiado en contra de ella. Los demócratas van a pensar que si la nominan, los republicanos se la comerán cruda. No es tan política, está más bien orientada hacia el Derecho y es inteligentísima. Tiene un buen bagaje de experiencia y un pasado verdadero. Pero en definitiva, me parece que sería difícil. Todavía hay demasiados sentimientos encontrados, tanto por parte de hombres como de mujeres en este país respecto a las posibilidades reales de que una mujer gobierne. Creo que Hillary va a generar mucho entusiasmo, va a controlar gran parte del dinero para la campaña electoral del Partido Demócrata. Y va a estar en una posición en la cual tendrá influencia sobre el candidato. O quizá la nominen, pero si no sucede, va a tener mucho para decir acerca de quien sea nominado.
Actualmente no hay candidatos obvios en el Partido Demócrata. Se trata de un partido que ha fracasado; ya no soy demócrata. Perdieron la última elección de una manera absurda. No son representativos. De todas formas, puede ser que los vote. Pero ahora estoy perdido, supongo que me siento cercano a los miembros de algún partido verde.
Yo pago una gran cantidad de impuestos, no me gusta, claro; pero por otro lado creo que si vamos a vivir en una sociedad que se hace cargo de sus individuos, tenemos que hacerlo. No comparto lo que dicen los republicanos acerca de que los negocios hacen funcionar una sociedad. De esa forma es como los ricos se hacen más ricos y los pobres se vuelven paupérrimos. Los impuestos tienen que servir de ayuda a los más débiles.
—Usted era íntimo amigo de Raymond Carver. ¿Cómo se conocieron?
—Conocí a Raymond Carver en 1977 en Dallas. Teníamos un amigo en común: Michael Ryan, un excelente poeta. Él nos invitó a una conferencia. Allí nos conocimos Tess Gallagher, Raymond Carver y yo. Raymond Carver había publicado ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?; yo había publicado un libro. Raymond había dejado de beber un año antes, lo preocupaba recaer en el alcoholismo. Tenía una mala reputación, la de alguien irresponsable que se emborrachaba y no cumplía con sus obligaciones. Obviamente, los dos vimos en el otro algo que nos agradó. Su familia también era de Arkansas. Nos hicimos muy amigos. En aquel momento, él se estaba forjando un rumbo más claro; también comenzaba su relación con Tess (su segunda mujer). Era muy inteligente. A mediados de los ochenta había logrado una fama considerable en el mundo. A mí no me iba particularmente bien, pero él me alentó en mi trabajo. Fue una gran ayuda.
Mientras la tarde fría de Maine da lugar a la noche, dos perros y un gato corretean por el living y un blues, la música favorita de Ford, suena en su estéreo.