Gabriel Sosa
LAS IDAS Y venidas, sobre todo bélicas, del siglo XX, produjeron una buena cantidad de personajes curiosos, cambiantes y paradójicos. El Príncipe Julio Valerio Borghese fue uno de ellos y si no fuera por sus marcadas tendencias ideológicas, podría haber dado lugar a varias novelas y películas de aventuras.
EL PRINCIPITO. La genealogía de los Borghese, según ellos mismos, se remonta a los tiempos del Imperio Romano y los Césares. En realidad el nombre recién aparece documentado en el año 1513, aunque a partir de esa fecha acumula varios componentes famosos, incluyendo un buen número de cardenales. Uno de ellos, Camillo Borghese, hasta pasó a la historia a principios del siglo XVII como Papa Paulo V. Otro Camillo, en 1803, agregó relumbrón a la familia casándose con Pauline, la hermana favorita de Napoleón Bonaparte.
Al nacer el Príncipe Valerio, el 6 de junio de 1906, la fortuna Borghese no era lo que había sido en otras épocas, pero seguía siendo respetable. Y siempre les quedaba su árbol genealógico de dos milenios de largo. Livio Borghese, padre de Valerio, era diplomático de carrera, y durante la infancia del retoño vivieron, con su madre Valeria Keun, en Londres y Lisboa. Siendo Valerio adolescente, la familia se afincó definitivamente en Roma, donde siguió una carrera en la Marina. En 1928 ingresó como guardiamarina en la Academia Naval Leghorn. Para entonces, hacía seis años que Mussolini controlaba Italia, basado en su confianza en las fuerzas armadas y respaldado por dos promesas fundamentales hechas durante su campaña: lograr que los trenes llegaran en hora, y devolver la grandeza imperial a Italia. Tuvo éxito con los trenes.
En 1931 Valerio, en una pausa en sus deberes navales, se casó con la Condesa Daria Wassiliewria Olsonfieff. Por la misma época obtuvo su certificación como buzo militar, y comenzó a sentirse fascinado por las actividades navales no convencionales. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando Italia era parte de los Aliados contra las Potencias Centrales, su marina obtuvo resonantes éxitos hundiendo mediante unidades clandestinas a dos acorazados austro húngaros. En el período de entreguerras el programa de submarinos italiano se volvió más ambicioso y se desarrolló en dos ramas: los submarinos convencionales y los minisubmarinos de ataque, que incluían torpedos tripulados, lanchas explosivas y otros artefactos ingeniosos.
Durante la Guerra Civil Española, así como la aviación alemana dio una mano decisiva al ejercito nacionalista de Franco, la marina italiana trató de hacer lo propio. Los submarinos de Mussolini llevaron a cabo una guerra secreta en aguas del Mediterráneo contra la marina inglesa, con resultados escasos. En este escenario Borghese tuvo sus primeras escaramuzas militares.
Su primer comando fue en 1937, en el submarino Iride. El 30 de agosto Borghese atacó lo que creyó era un destructor español republicano, el Sánchez Barzcaitegui, pero que en realidad era el destructor inglés HMS Havock. Los torpedos de Borghese fallaron (como ocurrió, en realidad, con todos los que disparó en sus misiones con el Iride), y el joven teniente emprendió la retirada. Al poco tiempo notó que el Havock no sólo no abandonaba la búsqueda, sino que lo perseguía de cerca y con notable precisión. Lo que Borghese no sospechaba es que el Havock estaba equipado con uno de los primeros sonares funcionales. De hecho la cacería del Iride fue el primer uso militar del artefacto en la historia.
Borghese escapó por los pelos tras nueve horas de persecución, y el asunto dio lugar a un incidente internacional. Su siguiente submarino, el González López, se vio involucrado en otro confuso encuentro con otro destructor británico, el HMS Basilisk, el cual nunca se terminó de aclarar si esquivó un ataque de torpedos italiano (como sostiene Borghese) o, lo que parece más probable, le disparó cargas de profundidad a un par de delfines mientras el González López pasaba cerca.
Al inicio de la Segunda Guerra Mundial la marina italiana puso en funcionamiento, con gran orgullo, su flota de una treintena de flamantes submarinos. En los siguientes quince días perdió diez de ellos, incluyendo uno que llevaba a bordo un libro con códigos secretos. Para superar el mal paso se dio luz verde a un ataque con minisubmarinos, transportados por el Iride (sin Borghese). El Iride fue hundido antes de alcanzar su destino, y los minisubmarinos no llegaron a salir de sus bodegas. El segundo ataque secreto, con el submarino Gondar, terminó más o menos igual, con todos los tripulantes capturados y el submarino hundido.
EL PRÍNCIPE. Mientras el ejército italiano en su conjunto no daba pie con bola, Borghese fue comandado para realizar el tercer intento de ataque con minisubmarinos. Su misión consistía en llevar tres equipos de torpedos tripulados hasta Gibraltar, donde tratarían de hundir naves británicas en el puerto. Borghese dejó en posición a los tres equipos la noche del 30 de octubre de 1940, luego de realizar la tradicional ceremonia de despedida y buena suerte, consistente en dar un patadón en el culo de cada uno de los comandos.
Algunas patadas tuvieron éxito y algunas no, ya que cuatro de los seis fueron capturados, y las explosiones de los torpedos no provocaron daños de magnitud. Pero, en comparación con el desempeño promedio de la flota italiana, esta primera misión de Borghese fue un éxito. Su siguiente misión, en mayo de 1941, terminó con la pérdida de los tres equipos de minisubmarinistas, sin hundir ni una mísera chalana. De todas maneras, la conducción de Borghese y el hecho de que por dos veces se hubiera internado en los peligrosos pasajes del Estrecho de Gibraltar, le dieron fama de comandante valeroso y hábil, y los seis hombres rana muertos recibieron Medallas de Plata en reconocimiento por haberse dejado matar.
El 20 de setiembre de 1941 Borghese tuvo su revancha, cuando su tercera misión en Gibraltar terminó con el hundimiento de dos buques tanque y el daño masivo a un carguero. De los seis hombres rana, dos fueron capturados y los otros cuatro se internaron a salvo en territorio español (oficialmente neutral, pero amigable para los antiguos colaboradores de Franco). Los hombres rana fueron condecorados, y Borghese fue promovido a comandante y recibido en audiencia por el rey Víctor Emmanuel III. En la justificación oficial para su promoción se puede leer que su mérito principal es el de "traer de vuelta su submarino y sus tripulantes a la base".
Aunque la marina británica seguía controlando el Mediterráneo, la acción de Borghese en Gibraltar dio un esperado ánimo a los italianos. Mientras Rommel atravesaba Libia, Mussolini se encontró con la oportunidad de demostrar, mediante alguna acción fundamental que apoyara la campaña africana, su valía como socio del Eje. La responsabilidad de esta acción recayó en lo que hasta ese momento seguía siendo una parte menor de la Marina Italiana, la Décima Flota MAS (originalmente MAS significaba Motoscafi Anti Sommergibili, algo así como Lancha Antisubmarina, más tarde se modificó cuando los motoscafi anti sommergibili se transformaron justamente en su opuesto, y MAS pasó a significar Memento Audere Semper, "recuerdo al valor eterno", frase de Gabriele d’Annunzio), cuyo comandante, el hombre que siempre los traía de nuevo a casita, era justamente Borghese.
El nuevo blanco de la Décima MAS era Alejandría, puerto principal de la flota británica en Africa. Esta vez el plan consistía en que hombres rana colocaran minas en barcos anclados en el puerto, luego de pasar a través de las defensas antisubmarino de la bahía. La operación fue un éxito, hundiendo varias naves y dejando a los dos únicos acorazados que los británicos tenían en el Mediterráneo, el Valiant y el Queen Elizabeth, reducidos a lo que luego Churchill definiría como "un despojo inútil".
Luego de su triunfo, Borghese debió renunciar al mando de su submarino, ya que le era imposible coordinar todas las acciones de la Décima MAS y al mismo tiempo capitanear un barco. Bajo su comando la unidad se volvió una de las fuerzas principales en la batalla naval del Mediterráneo, castigando a la flota británica en sus bases de Gibraltar, Malta y Alejandría. Además realizó una buena cantidad de operaciones de otro tipo, como infiltrar espías y agentes. Las complejas operaciones de Borghese incluían bases secretas para submarinos en la costa de Málaga, vuelos secretos de la Luftwaffe para infiltrar hombres rana en España y una red de espionaje propia en la costa africana.
Luego de la primera caída de Mussolini y de la toma de control de Italia por los alemanes, Borghese y su Décima MAS aprovecharon el vacío de poder para negociar un acuerdo de igual a igual con el Tercer Reich. Según el convenio, que Borghese aseguró haber firmado para "preservar el espíritu nacional contra las influencias anglo-americanas", la Décima MAS era totalmente autónoma. Cuando Borghese le planteó el acuerdo a sus 1300 hombres, la mayoría prefirió darse de baja y volver a sus hogares. Pero el prestigio de Borghese, su condición de condottiere al estilo medieval y su intención declarada de mantener el "honor de Italia" en la derrota, hicieron que su fuerza armada se completara velozmente con voluntarios, y que su prestigio creciera tanto que en enero de 1944 el gobierno del restaurado Mussolini, al que la Décima MAS no obedecía, decretó el arresto del comandante. Hubo un juicio sumario, que terminó con la liberación de Borghese, para fastidio de la plana mayor de la marina.
EL PRÍNCIPE NEGRO. Muerto Mussolini, las unidades de Borghese, a quien folletinescamente llamaban El Príncipe Negro, terminaron siendo parte de la infantería alemana. Ya muy lejos de su vocación submarina, las fuerzas de la Décima MAS combatieron contra los partisanos de Tito (que reclamaba el control post-bélico del norte de la península como territorio conquistado) en la frontera con Yugoslavia, y contra las fuerzas norteamericanas. En casi ningún lado les fue particularmente bien, salvo en el frente interno contra las Brigadas Rojas. Borghese se las ingenió para continuar con sus operaciones secretas con hombres rana. Para inicios de 1945 la Décima MAS tenía bajo su mando a 10.267 hombres, que no obedecían a gobierno alguno sino al condottiere. Y entonces terminó la guerra.
La Décima MAS se rindió oficialmente en Milán el 26 de abril de 1945, pero su comandante estaba ya en poder enemigo desde el 19 de ese mes. Borghese y su esposa fueron los únicos fascistas rescatados de la debacle de Mussolini por los Aliados, y no fue solamente por sus triunfos como submarinista. Durante los últimos meses de la guerra Borghese había demostrado tener una habilidad que los ya casi vencedores anglo-americanos sentían que les sería de mucha utilidad en el futuro próximo: el condottiere había acumulado un éxito tras otro combatiendo a los partisanos comunistas. Todavía sin terminar la guerra en curso, Borghese se perfilaba como una ficha útil para la siguiente.
Como varios otros líderes fascistas capturados, Borghese fue encerrado en una dependencia del estudio de cine Cinecittà. En prisión el príncipe (ya no condottiere) cumplió sus 39 años, mientras amistosamente colaboraba con los británicos facilitando informes sobre las actividades secretas de sus unidades. En octubre de ese año fue liberado por las fuerzas de ocupación, que no lo consideraron criminal de guerra. De inmediato fue apresado por la justicia italiana, que lo llevó de prisión en prisión hasta su juicio, iniciado en Roma en 1947. Los cargos incluían varias atrocidades cometidas por miembros de la Décima MAS contra los partisanos comunistas, bajo órdenes de los alemanes. El juicio se interrumpió brevemente en enero de 1948, cuando se descubrió un complot fascista para liberar a Borghese. Finalmente en febrero de 1949 se dictó sentencia. Borghese fue hallado culpable de colaborar con los alemanes, pero no de crímenes de guerra. Fue sentenciado a 12 años de cárcel. El juez, amistosamente, decidió que con el período de prisión durante el juicio era suficiente, y el mismo día de la sentencia Borghese volvió a su casa.
Recién liberado, el Príncipe Negro se involucró en política. Brevemente, en 1950, se sugirió la posibilidad de que Borghese fuera candidato al trono de Italia. Los impulsores de la propuesta fueron el Vaticano y la embajada estadounidense. La idea no prosperó, y Borghese siguió sirviendo a sus ideales en su peculiar manera. El 28 de octubre de 1955 el acorazado soviético Novirissiysk, que antes fuera el italiano Giulio Cesare, entregado como botín de guerra, sufrió un atentado en su base del Mar Negro. La nave se hundió, y 608 marineros se ahogaron. Borghese estaba de paseo por la zona en ese momento, y hacía tiempo que la prensa italiana venía denunciando que el Príncipe Negro seguía entrenando y manteniendo una flotilla de submarinos de ataque privada. Las actividades de Borghese en la época son confusas y poco documentadas, pero se sabe con razonable seguridad que bajo sus órdenes, incluso estando en la cárcel, los restos de la Décima MAS realizaron varias misiones contra barcos soviéticos, yugoslavos y árabes. En 1948, con la bendición británica, minisubmarinos italianos hundieron un carguero yugoslavo que transportaba armas a Palestina para los insurgentes judíos.
UN GOLPE PRINCIPESCO. Durante las siguientes décadas Borghese fue una figura pública en Italia, líder de los sectores más radicales del ala derecha y defensor de la OTAN. Fue esta misma OTAN que apoyó la fundación de Gladio (tal el nombre de la espada corta de los soldados imperiales romanos), una organización de defensa anticomunista para actuar en caso de ataque por parte del Pacto de Varsovia. Uno de los mandos principales de Gladio era, claro, Borghese. Sucesivos gobiernos italianos desmintieron la existencia de Gladio, hasta que en 1990 Giulio Andreotti reconoció que sí, que la organización existía y que llegó a tener 139 depósitos de armas ocultas en el país. Para 1970 Gladio, controlado directamente por los servicios de inteligencia y la OTAN, tenía unos 200 miembros, varios de ellos provenientes de la Décima MAS. En este punto la historia de Borghese se complica y se hace confusa. En mayor o menor medida se cruzan la CIA, el neofascismo, la masonería, Licio Gelli, Henry Kissinger, el Papa Paulo VI y muchos otros comparsas. Los detalles son ambiguos. Lo cierto es que Borghese se vio implicado en un intento de golpe de estado en 1970.
Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico en 1963, el Príncipe Negro se convirtió en presidente de la Banca di Credito Commerciale e Industriale, una entidad que se involucró en negocios con la República Dominicana de Trujillo, la España de Franco, la Argentina de Perón y el Vaticano. El banco finalmente quebró (no es para asombrarse), y Borghese continuó su carrera política. Resumiendo los hechos, en la Europa posterior a 1968 la CIA fomentó a grupos radicales de derecha, en respuesta a la nueva política exterior estadounidense, decretada por Kissinger, para quien la Democracia Cristiana ya no era una opción confiable para contener al comunismo en Italia. La masonería también veía con preocupación el riesgo en que creía estaban sus intereses económicos, y a través de Licio Gelli financiaba generosamente estos grupos. El Papa, por su parte, extraoficialmente dio su visto bueno a estas actividades.
Y Borghese, el 7 de diciembre de 1970, puso en marcha sus fuerzas mediante la orden "Tora, tora", versión corta de la que desencadenara el ataque japonés en Pearl Harbor y en la misma fecha de 1941. Militares, paramilitares de Gladio, carabinieri y guardias forestales se movilizaron en distintos puntos de Italia (Borghese también había intentado reclutar a miembros de la mafia, pero las negociaciones fracasaron). La movilización fue en parte un prodigio de logística, en parte una ópera bufa. Un comando destinado a capturar al jefe de policía de Roma quedó atrapado en un ascensor descompuesto, y debió ser liberado por los bomberos. Un alto mando de la conjura golpista quedó solo y abandonado en una calle secundaria con 180 sub- ametralladoras, esperando a un grupo de aguerridos neofascistas que nunca aparecieron.
Como suele suceder en estos casos, la suerte del golpe se decide por el apoyo o no del ejército, que no quiso saber nada del asunto y Borghese debió resignar su intento. Uno de los puntos primeros de su programa de gobierno era el envío de tropas italianas (no se aclara si incluía minisubmarinos) a Vietnam.
TRISTE, SOLITARIO FINAL. Al fallar su coup d’etat, Borghese se refugió en España, donde fue acogido por su amigo Franco. Se mantuvo aparte de las actividades políticas, y rechazó cualquier invitación para volver a Italia, incluso cuando los cargos en su contra fueron suspendidos. Eso sí, encontró tiempo para realizar un viaje a Chile en abril de 1974, donde se entrevistó con Augusto Pinochet.
Y finalmente el 26 de agosto de 1974 en Cádiz, Valerio Borghese, de 68 años, muere en brazos de su amante, una misteriosa "princesa romana" que inmediatamente luego de su deceso tuvo tiempo de beberse dos copas de champagne Dom Perignon que estaban llenas en la mesa de luz, antes de avisar a nadie. Como resulta lógico, las causas de su deceso son poco claras, y se sospecha de asesinato. Su muerte llega en un momento muy adecuado, cuando la reapertura por parte del gobierno italiano de la causa contra el golpe fallido de 1970 ponía en riesgo de sacar a la luz a docenas de poderosos implicados en los manejos de Borghese. Y como también resulta lógico, nunca se aclaró el punto totalmente.
El asunto con Borghese es que, como lo definiera un historiador italiano, "peleó del lado equivocado de la historia". Analizándolo fríamente, resulta ser una personalidad ineludible en la historia europea reciente. Pero lo impresentable de sus convicciones políticas (a las que hay que reconocer que fue siempre fiel al pie de la letra) lo vuelven repelente para cualquier bienpensante que se acerque a su fascinante y folletinesca vida. Ese resultó ser el destino definitivo de Borghese, ser un héroe guerrero al mejor estilo clásico, pero al que nadie, afortunadamente, reivindica como prócer. l
FUENTE:
The Black Prince and the Sea Devils de Jack Greene y Alessandro Massignani. Da Capo Press, 2004.