Guillermo Pellegrino
HIJA DE inmigrantes rusos, Jébele Sand nació en Bahía Blanca (Argentina), y al poco tiempo sus padres emigraron a Rocha. En la adolescencia se radicó en Montevideo donde comenzó su carrera como actriz y directora teatral. En la radio, el medio en el que más desarrolló su actividad profesional, llevó adelante inolvidables personajes, como Marieta Caramba. En la actualidad, con vitales 84 años, aun sigue despuntando el "vicio" de la radio en el programa "Los archivos de la memoria" de AM Libre.
Mujer de gran personalidad y belleza, fue alguna vez inspiradora de un poema de Raúl González Tuñón, y fue también, durante un breve período, secretaria de Pablo Neruda.
—¿En qué año y cómo fue su vinculación con Neruda?
—En 1946, a través de quien fuera mi marido y padre de mi hijo, Faustino Jorge.
—¿Estaban viviendo en Chile?
—No, en Buenos Aires. Faustino era argentino y en esos primeros tiempos de Perón defendió a varios presos políticos, hasta que alguien le avisó que estaba —junto a otros profesionales— en una lista negra. Fue ahí que decidió, a raíz de su amistad con Neruda, emigrar a Santiago.
Él viajó enseguida y yo me quedé algunos meses para vender el apartamento y terminar de arreglar algunas cosas. Me acuerdo que para mí el hecho de conocer a Neruda era como tocar el cielo con las manos. Cuando llegué a la estación de tren fueron a recibirme Faustino, él y otros amigos: ahí lo ví en persona por primera vez.
—¿Cómo fue el encuentro? ¿Resultó tal como lo imaginaba?
—Yo lo recordaba por fotos, bastante más delgado. Al principio me chocó un poco su tono de voz, como de letanía religiosa, que tenía algo envolvente. Pero después, de a poco, reconozco que ese tono de voz te empezaba a gustar.
—Al ser una figura tan conocida, ¿no la amedrentaba?
—No, para nada. Le relato una anécdota: yo llegué la misma noche del cumpleaños de Delia del Carril, su esposa, a la que apodaban "La hormiguita". De la estación fuimos a la casa de Los Guindos, donde nos alojaron por una semana. En un momento de esa reunión se cayó un florero que mojó el piso. Entonces Neruda me miró y me dijo: "Jébele, ¿por qué no traes un trapo de la cocina y limpias?". "¿Porqué no le dice a su hermana o a su mujer?", le contesté yo, con tono suave. Así empezaba mi relación con él.
—¿Y cómo lo tomó Neruda?
—No tuvo más remedio que sonreir y pedirle a su hermana que trajese un trapo, pero acto seguido comentó: "Arisca la argentina". Tengo muy presente que esa misma expresión volvió a usarla meses después cuando lo visitó Rafael Alberti: "Te presento a Jébele Sand —le dijo—, la única argentina arisca que he conocido".
—La sabía una mujer con personalidad.
—¡Es que con él había que tenerla! Era muy mujeriego, de esos "toquetones". Recuerdo que en una de las clásicas y concurridas reuniones en su casa, tuve que sentarme a su lado, y en un momento dado me apoyó la mano sobre el muslo, yo se la tomé y delante de todos se la puse sobre la mesa...
—Por lo que me cuenta mantuvieron una relación tensa.
—Sí, fue tensa, que no es lo mismo que mala. El me respetaba mucho como actriz; yo lo admiré enormemente como poeta...
—¿Y como persona?
—Era muy generoso. De hecho con nosotros, al recibirnos en su casa, lo fue. Me consta que cuando recibió el Premio Nacional de Literatura, donó todo el dinero para el tratamiento de un poeta amigo, que estaba quedándose ciego. Era muy amigo de sus amigos. Aunque a mí, debo decirlo, me molestaba bastante su enorme egolatría.
—Coincide entonces con los testimonios que hablan de un ser muy vanidoso.
—¡Claro! ¡Y cómo para no serlo, si la gente lo tocaba cuando iba por la calle! Era como una especie de Dios, eso yo lo ví, no me lo contaron. Con esto quiero decir que tenía un motivo para cultivar esa vanidad, se sabía valioso.
—¿Hasta dónde llegaba esa idolatría? ¿Se daba en distintos ámbitos?
—Sí. Una vez Delia fue a cobrar un cheque firmado Pablo Neruda y el cajero, lógicamente, le manifestó que no lo podía cobrar. "¿Pero no conoce a mi Pablito?", dijo Delia. "Sí, por supuesto, pero no puede cobrarlo porque no es su nombre", insistió el empleado. Al final fue a hablar con el gerente y terminaron pagándole ese cheque.
—¿Qué relación tenía usted con Delia?
—Siempre tuve muy buena relación con Delia, era encantadora, pero vivía en el limbo, no se enteraba de nada. Si no hubiera sido por Laura Reyes, la hermana de Pablo que vivía con ellos, en la casa nunca nada hubiese funcionado.
—¿De qué manera se convirtió Ud. en su secretaria?
—Fue cuando lo nombraron senador. Le preguntó a Faustino si yo no podía darle una mano, como secretaria ad honorem, no formal. Acepté, creía en la causa.
—¿Qué tareas realizaba?
—El siempre escribía a mano, con tinta verde, y yo le pasaba esos escritos a máquina. Trabajaba dos o tres horas al día, en el escritorio de su casa, hasta que abandoné: me cansó el hecho de que, por ejemplo, me mandara el auto a las dos de la mañana para que fuera a copiarle un poema.
—¿Era de hacer ese tipo de cosas?
—Esa era una de sus manías. El ser maniático en todo era una de sus características. ¡Ah! Otra notoria era la de ser distraído, muy distraído.
—¿Conserva alguna anécdota?
—Un día invitó a almorzar a su casa al embajador de Checoslovaquia y a su comitiva. Los diplomáticos llegaron puntualmente, pero él no estaba. Empezó a pasar el tiempo y nada de aparecer; con Laura no sabíamos qué hacer, siempre pensando que de un momento a otro llegaría. Decidimos pedir comida a La Bahia, uno de los mejores restaurantes de Santiago, y cuando la gente estaba en los postres apareció con un paquete de morcillas negras (prietas, les dicen en Chile) que enseguida sacó y cortó para que picasen. "Con qué secuencia rara se come en esta casa", comentó el embajador que recién había terminado su flan. Neruda se había olvidado por completo que los había invitado.