Pablo Rocca
CUALQUIER observador más o menos atento sabe de
la casi saturación actual de novelas históricas. El
propio Carlos Fuentes (México, 1928) no ha estado
ajeno a esta incursión. En La región más transparente
(1958) o La muerte de Artemio Cruz (1962) capitalizó la
historia en una relectura de la saga novelística de la
revolución mexicana; luego se ajustó un poco más a la
horma "neohistoricista", por ejemplo en Gringo viejo
(1985) o La campaña (1990). A su dilatadísima e
imprescindible obra le faltaba esta suerte de
política-ficción-futura —que no futurista ni de ciencia
ficción—que es La silla del Águila, una novela que
transcurre en México, pero en esta ocasión en el año
2020.
El salto al futuro se parece a un salto en el vacío. La
visión de eso que se imagina que vendrá no pasa de
ser una proyección aumentada y empeorada del
presente que lo obsesiona. Sobre el futuro, Fuentes
arriesga poco: casi ningún famoso habrá muerto
(Cuba sigue gobernada por Fidel Castro y el líder de
los Rolling Stone festeja airoso su octogésimo
cumpleaños), no se anuncian caídas ni ascensos
inesperados, todo es parecido al hoy en una clara
propuesta de grotesco acentuado. La situación social
no difiere mucho, aunque sintetizada en una sinopsis
cruel: hambre popular, represión obrera, huelga
universitaria que lleva años y no preocupa a nadie,
masacre de campesinos y, lo que más abunda,
corrupción política. Estas "realidades" que interpelan
las utopías del siglo XX se asientan en una trivial
cadena alegórica, que lleva al autor a acumular
nombres y situaciones que remiten al pasado mítico y
real de México, de América Latina, del mundo todo.
La historia se estructura en base a cartas que
intercambian las principales figuras del gobierno. Tal
resurrección de la novela epistolar se justifica, no tanto
como técnica sino como artificio, ya que la "falla" de un
satélite ha dejado a México sin teléfono, correo
electrónico y televisión. La crisis que paraliza a ese
mundo futuro revela la continuada dependencia de los
Estados Unidos, que con este bloqueo electrónico
castiga a México por haber asumido un pequeño acto
de autonomía condenando la invasión yanqui a
Colombia. María del Rosario Galván es el personaje
más influyente y clave. Por su intermedio, en particular
por los machacones consejos maquiavélicos que
envía a su protegido—un joven político en ascenso—,
se conocen vicios privados y delitos al desnudo de los
actores políticos, en algunos de los cuales se
reproduce la imagen de Salinas de Gortari o del actual
presidente Fox, entre otros. Las primeras cien páginas
resultan bastante reiterativas. Una vez que se
trasponen, si es que se puede, empiezan los enredos
y las sorpresas. Se anticipan misterios ocultos, en
particular sobre el destino del mítico y, tan obviamente
idealista, Tomás Moctezuma Moro, cuya historia está
ligada a la novela de Dumas El hombre de la máscara
de hierro. El ocultamiento y la máscara, un viejo tema
caro a Fuentes, pretende reforzar el interés en este
personaje que algunos aguardan como la panacea de
todos los problemas nacionales. Sin embargo, el
trágico final de T.M.M. —abreviemos—no está a la
altura de las expectativas, no sólo porque la locura del
"salvador" tritura toda salida, sino porque su historia se
diluye en nuevas intrigas menores, ya sea de alcoba o
de identidades oscuras.
En suma: todo idealismo está condenado al fracaso.
Es cierto que hay confesiones altruistas, que se
evocan viejas purezas que guardan poca relación con
la práctica de quienes las enuncian y aun hay nostalgia
del Mayo francés y hasta cierto anarquista que lee a
Bakunin. Porque más allá del desengaño, Fuentes
escribe a partir de una clara idea del bien y de la
justicia. Lo malo es que sus personajes no son
convincentes, su lenguaje y estilo abusan de un
neoclasicismo paródico que les resta credibilidad, los
mensajes y símbolos son demasiado explícitos, los
vericuetos de la trama, las identidades apócrifas y
reconocimientos súbitos se acercan al modus
operandi del teleteatro. Esto último es un alto mérito,
pues se ajusta bien a la buscada forma paródica más
que a las intrincadas novelas de Dumas, ahora
recicladas y repuestas por narradores como el
español Pérez Reverte. Está claro que con estos
recursos paródicos quiere agudizar el despropósito y
la arbitrariedad de la política en México, donde —como
se recuerda en la novela— Kafka sería un escritor
costumbrista. Pero todo esto suena, también, a buena
música para los oídos del mercado.
LA SILLA DEL ÁGUILA, de Carlos Fuentes, Alfaguara,
Buenos Aires, 2003. Distribuye Santillana. 416 págs.
Poesía
LIQUEN de Luis Bravo, Editorial La Bohemia, Buenos
Aires 2003. 56 págs.
EL EXTRAAMIENTO convertido en claridad, en
cartesiana res "clara y distinta" es una de las
principales líneas invisibles que sostienen este libro
de estructura sólida y sutil a la vez. Una poesía
concisa, transparente, una versificación que evoca el
haiku, el molde formal de tres versos y diecisiete
sílabas, sólo para superarlo dialécticamente en una
nueva forma, que cita y a la vez cuestiona el modelo
japonés. Poemas muy breves que alternan con otros
más extensos pero de igual cuidado compositivo,
otorgan ritmo singular y cohesión a un libro que se lee
como una unidad desde la propuesta minimal del
título.
Si en volúmenes como Puesto encima el corazón en
llamas (1985) o Lluvia (1988) Bravo transitaba un cierto
gesto barroco, en este Liquen se apunta a una poesía
de lo esencial, donde el horror al vacío propio del
barroco, del neobarroco y del neo barroso de
Perlongher ha sido desplazado por una potente fuerza
de atracción hacia el silencio, hacia el espacio en
blanco y la apuesta al poder del elemento puntual
antes que al diseño complejo de la voluta. Hay una
apuesta a la potencia ínsita de cada palabra y en ese
sentido Liquen es al mismo tiempo antítesis dialéctica
y continuación del apasionante y audaz objeto
multimedia que constituía Árbol veloz (1998), donde
podía percibirse una botánica cercana al rizoma
deleuziano, pródiga en la espesura de su copa. Pero
no hay casualidades sino causalidades: al árbol en
movimiento (cuyo título evoca el Árbol adentro de O.
Paz, pero desde una mirada posterior a la modernidad
y su sucesión de vanguardias) sucede, o cubre, o
complementa este Liquen cuyo situarse en la corteza
del árbol permite extender y descubrir un bosque en
miniatura, fúngico, tan viviente como el árbol y veloz de
otra manera, cuya elementalidad es sólo aparente si
se aplica el lente adecuado. Vale decir: al amplificar
cierto segmento del fractal que es el texto, se advierte
otra vez una figura compleja, otra manera del barroco,
otro discurso de la complejidad, depurado y en
movimiento, como si se observara al microscopio un
fragmento de tejido vivo.
El macrocosmos de Árbol veloz se complementa con
el microcosmos de Liquen que, como en un diseño
fractal, oculta y reproduce fuerzas y giros expresivos
que se advertían en la figura mayor, trazados con
ligeras diferencias, con variaciones virtuosas desde lo
pequeño. Liquen es una micrología poética de
sabiduría, un mundo textual donde la contención se ha
vuelto eficaz recurso de estilo y el sentido comparece
vivo en su misterio.
R. C.
EL LEGADO DEL TIBET, de Robert K. Cooper,
Ediciones Salamandra, Barcelona 2002. Distribuye
Océano. 605 páginas.
ROBERT C. Cooper mezcla ficción con hechos
históricos en esta novela. La acción se desarrolla en el
siglo VII y narra la historia del primer Dalai Lama,
Songtsen Gampo, responsable de la unificación del
Tibet. También son figuras importantes los dos reyes
anteriores: su padre (Namri) y su abuelo (Takri). Éste,
con una actitud netamente guerrera, cree que la única
manera de hacerse respetar es a través de la fuerza y
el odio, convencido que la unificación de todas las
tribus que residen en la zona, sólo es posible por
medio de las armas. Contrariamente, su hijo y sucesor
Namri, que quiere continuar engrandeciendo el Tibet,
sostiene que la forma de lograrlo es a través de pactos
de obediencia entre los tibetanos y todas las demás
tribus. Pero fracasa ante la gran resistencia de nobles,
jefes y hechiceros. Finalmente muere asesinado por
los que quieren arrebatarle el poder.
Cuando Songtsen llega a rey, consigue a través de
estrategias guerreras y alianzas, la unidad de todas
las tribus. A él se debe la transformación del Tibet en
un vasto imperio donde reina la sabiduría y que, por
dimensiones e influencias, es comparable a los
creados por César, Atila y Alejandro. Es difícil
comprender las dificultades que tuvo que enfrentar
Sogstsen, sin tener en cuenta las creencias religiosas
imperantes allí en aquellos tiempos. Dos tipos de
hechiceros se disputaban la supremacía: "los
oscuros" y "los defensores de la Luz". Los primeros
tenían como arma principal lo que hoy sería la magia
negra. En el plano político, se aliaban con los nobles
de tribus enemigas de los tibetanos y buscaban
integrar a su causa a los chinos de la dinastía Tang,
que no veían con buenos ojos el crecimiento del Tibet
paso obligado del comercio que utilizaba la Ruta de la
Seda.
El máximo hechicero de "los defensores de la Luz",
actuaba en realidad como un verdadero mago y decía
ser la voz de las montañas sagradas del Tibet. Había
hecho un pacto de sangre con Songtsen por el cual le
juraba obediencia absoluta, protegerlo y no
perjudicarlo. Sin embargo no lo cumplió y colaboró con
los enemigos de su rey, aunque al final de su vida
comprendió y lamentó su error. Este hecho fue una de
las razones que impulsaron a Songtsen a abandonar
la religión tradicional y adoptar el budismo. A partir de
ese momento deja de ser tsempo para convertirse en
Dalai Lama, reuniendo en su persona el poder político
y religioso.
La labor de Songtsen a lo largo de su reinado fue
importante y renovadora. Creó un gobierno
representativo, impulsó la defensa de los derechos
humanos, la creación del idioma tibetano escrito, un
plan de alfabetización nacional, un eficiente sistema de
atención médica y construyó la ciudad de Lhasa, actual
capital del Tibet.
El libro es interesante para quienes quieran conocer
algo más sobre la historia turbulenta de Oriente. En él,
Robert K. Cooper demuestra un gran trabajo de
investigación aunque adolece de un defecto frecuente
en ciertas obras de los últimos tiempos: alarga
innecesariamente el texto, despojando a la acción de
ritmo y dramatismo.
C. S.