Henry Trujillo
ES SENCILLO. El problema de la Tierra es que hay
demasiada gente. No es el único, claro, pero sí el
principal. Si la humanidad no detiene su crecimiento, y
si no lo hace rápido, desaparece.
Esa es la tesis que el conocido politólogo Giovanni
Sartori propone en la primera parte de La Tierra
explota. La segunda parte, a cargo de Gianni
Mazzoleni, desarrolla con más detalle las explosivas
afirmaciones de Sartori. Demasiada gente, que
consume demasiado. Según los cálculos de la ONU,
serán 9000 millones de seres humanos los que
abarrotarán la superficie terrestre hacia mediados del
siglo XXI. Al llegar a esa altura, se estima, el
crecimiento se detendrá.
Son demasiados, afirma Sartori. Entre otras cosas, el
incremento de la población traerá consigo un aumento
de la explotación a la que está siendo sometida el
planeta, y con ello se agravará la contaminación, la
destrucción de los bosques, la desertificación y el
calentamiento de la Tierra. Como es sabido, todo esos
factores desembocan en cambios climáticos que
pueden ser catastróficos. Sin mencionar el problema
de producir alimentos para toda esa gente y
asegurarle los suministros de agua potable. Hasta
aquí, la preocupación de Sartori no parece
particularmente polémica.
El problema es que se lleva por delante algunos
principios que parecían estar sólidamente
establecidos en la discusión del tema, como la idea de
que la mejor manera de controlar la natalidad es
mediante el desarrollo.
ANTICONCEPTIVOS Y POBREZA. Desde hace
bastante tiempo, los demógrafos han encontrado
relaciones muy claras entre la tasa de natalidad y
diversos factores sociales. Por ejemplo, la tasa de
natalidad tiende a bajar a medida que aumenta la
urbanización, las relaciones laborales asalariadas y el
acceso de las mujeres al mercado de trabajo y a la
educación. En particular, este último elemento parece
tener una gran influencia, pues en casi todas partes
del mundo se cumple que a mayor escolaridad de las
mujeres, menor es el número de hijos y mayor es la
edad a la que se tiene el primer hijo. A grandes
rasgos, la caída de la natalidad está asociada a esos
procesos complejos que se denominan
"modernización" y "desarrollo".
Según Sartori, todo eso es un error. "Es cierto que
existe una indudable correlación entre educación e
independencia de las mujeres por un lado, y
disminución de sus hijos por otro", acepta, "Pero, ¿por
qué? No toda correlación implica relación de causa a
efecto". Es decir, Sartori cuestiona que exista una
relación directa entre educación y disminución de la
tasa de natalidad, cosa que es válida. Lo que rechina
es lo que sigue. "La cuestión", explica, "es que una
mujer instruida sabe usar los anticonceptivos mejor
que una mujer analfabeta". Siguiendo en esa línea,
afirma que "para bloquear la explosión demográfica
basta una píldora (y favorecer su uso en vez de
obstaculizarlo)". No explica demasiado en que
consistiría el "favorecer" el uso de anticonceptivos,
pero es claro que para él la solución es repartir
píldoras anticonceptivas, quizás en combinación con
una adecuada publicidad. Eliminar la pobreza y
esperar que luego la tasa de natalidad caiga por sí
sola sería utópico e "irresponsable".
Sartori no tiene pruritos en fundamentar juicio tan
lapidario con otro razonamiento simple: si la población
crece con rapidez, el producto nunca puede crecer
tanto como para compensarlo o superarlo. "El
aumento de la población es tanto causa como efecto
de la pobreza", escribe. Es decir, por más que la torta
crezca rápido, los comensales crecen con una rapidez
mucho mayor, como ya había dicho Malthus hace dos
siglos con otras palabras. No en vano Mazzoleni
dedica un capítulo a reivindicarlo.
Y SIN EMBARGO. Muchos se sentirían tentados a
criticar duramente la idea de que basta con las
píldoras para solucionar el problema demográfico.
Pero no es necesario que lo hagan. Basta con
adelantar la lectura hasta la página 104, donde Gianni
Mazzoleni escribe que en Europa y Estados Unidos "la
generalización de la enseñanza obligatoria y de los
estudios universitarios, al retrasar el matrimonio, han
retrasado los nacimientos reduciendo el
aprovechamiento del período de fertilidad femenina". O
sea que, después de todo, la educación sí tiene algo
que ver con la tasa de natalidad, y no es solamente por
saber usar los anticonceptivos. Aún más. Como
probablemente cualquiera, así sea Sartori, podría
darse cuenta con sólo pensarlo un rato, el uso de
anticonceptivos no sólo requiere un conocimiento
básico acerca de su utilidad. Para que realmente
puedan usarse, también requiere un contexto favorable
a la reducción de hijos. Ese contexto no se da cuando
los hijos son necesarios para la subsistencia (por
ejemplo, porque sirven de mano de obra gratuita en la
agricultura de subsistencia, o incluso en el trabajo
familiar en zonas urbanas marginales). No se da
cuando hay elementos culturales que valorizan la
tenencia de hijos. No se da, sobre todo, cuando las
propias mujeres no tienen proyectos alternativos a la
maternidad. En suma, no se da en contextos de
pobreza y exclusión. En los países atrasados, afirma
Mazzoleni, faltan tres factores decisivos estratégicos
para mantener bajo control los nacimientos: la
secularización, la técnica y la emancipación de la
mujer.
Lo que llevaría a descubrir, después de muchos otros,
que el desarrollo y la reducción de la natalidad están
vinculados. Pero Sartori ni quiere oír hablar de eso.
Una carencia enorme de La Tierra explota es que no
incluye una mínima explicación de cómo se logra la
secularización y la emancipación de las mujeres en
medio de una pobreza enorme y creciente.
Por supuesto, Sartori no tiene por qué estar de
acuerdo con Mazzoleni, a pesar de que escriba su libro
con él, y defendiendo las mismas ideas. Si se quiere
ser indulgente, podría pensarse que los primeros
capítulos del libro, o al menos los artículos de prensa
que le dieron origen, comenzaron a escribirse con un
fin polémico, lo que llevó a exagerar algunas
opiniones. Es claro que el blanco principal de la
diatriba es la Iglesia Católica y en especial el Papa
Wojtyla, a quien se designa como principal
responsable del bloqueo de los programas de control
de la natalidad. Sin duda, el visceral rechazo de la
jerarquía católica a cualquier forma de control de
natalidad es criticable. En especial si se considera, tal
como señalan Sartori y Mazzoleni, que no existen
fundamentos teológicos sólidos. Y dado que la Iglesia
Católica apela al desarrollo para responder a la
pregunta de cómo hacer para detener el crecimiento
demográfico, se entendería el interés en negar la
validez de esa tesis. Sin embargo, y por justificado que
esté cuestionar al Vaticano en este aspecto, no parece
aceptable hacerlo mediante afirmaciones caprichosas.
LA PREOCUPACIÓN. A pesar de sus inconsistencias,
que no son escasas, la advertencia que hacen Sartori y
Mazzoleni en La tierra explota no debe pasarse por
alto. En especial, los capítulos escritos por este último
merecen atención. Es muy posible que ambos tengan
razón cuando afirman que se ha descuidado el tema
del crecimiento demográfico. Esa despreocupación
actual por el tema puede haber sido consecuencia de
la tal vez exagerada alarma que despertó, en la década
del setenta, la publicación del informe del Grupo de
Roma. Hoy por hoy, el moderado optimismo de
quienes piensan que esas extrapolaciones eran
exageradas no parece sustentarse ante la visión de un
crecimiento de los problemas ecológicos y la amenaza
cierta de la falta de agua potable. Se justifica,
entonces, que califiquen de irresponsables a Bush y al
Papa Wojtyla por su oposición a las políticas de control
de la natalidad. El problema es que si todo depende
de la responsabilidad o irresponsabilidad de los
líderes, no se puede hacer mucho más que rezar.
Hay un problema que, contrariamente a lo que opinan
Sartori y Mazzoleni, está antes que el de la población.
Es el de la falta de un sistema institucional global que
sea capaz de regular con un mínimo de eficacia un
mundo absoluta e irreversiblemente interdependiente.
Leído con mal humor, La Tierra explota parece insinuar
que los países subdesarrollados deberían ser
dejados a su suerte —excepto para proveerles de
anticonceptivos— y renunciar a cualquier intento de
salir de la pobreza. Además de irrealizable, esa
perspectiva es —para usar el mismo término que a los
autores tanto les gusta—, irresponsable.
Un dato más: en su más reciente publicación sobre el
tema —aparecida después de la primera edición de La
Tierra explota— la ONU corrige a la baja su
estimación. La población del mundo no llegaría a los
9000 millones en el año 2050. Pero conviene no
precipitarse a aplaudir. El descenso en la estimación
se explica, en buena medida, por un aumento en la
previsión del número de muertes por SIDA, que
causará estragos en los países africanos más pobres.
LA TIERRA EXPLOTA: SUPERPOBLACION Y
DESARROLLO, de Giovanni Sartori y Gianni Mazzoleni.
Taurus, Buenos Aires, 2003. Distribuye Santillana, 241
pág.