Carina Blixen
"DIOS CREO EL mundo y el ser humano creó Auschwitz" dice Imre Kertész en su ensayo titulado Patria, hogar, país. La forma sentenciosa, apretada y lacónica sintetiza bien algunos rasgos de una escritura que avanza desplegando la fuerza magnética de la lucidez. Su potencia objetivadora lo lleva a hablar reiteradamente de sí mismo en tercera persona. "Nació en el primer tercio del siglo XX, sobrevivió a Auschwitz y pasó por el estalinismo, presenció de cerca, en tanto habitante de Budapest, un levantamiento nacional espontáneo, aprendió, como escritor, a inspirarse exclusivamente en lo negativo, y seis años después del final de la ocupación rusa llamada socialismo (...) se pregunta si sirven de algo sus experiencias o si ha vivido del todo en vano", dice en su Ensayo de Hamburgo.
Kertész no se arrepiente de haber elegido volver a Budapest una vez liberado el campo de Buchenwald —al que fue llevado después de Auschwitz— al fin de la guerra. Allí un día decidió que iba a ser escritor y se dedicó a pensar y reelaborar una experiencia que sabía no debía ser silenciada ni falseada. El ser un escritor en un país estalinista lo obligó a separar "la ideología de la experiencia", dice. En ese proceso perdió el miedo a la libertad. Tuvo que abandonar el refugio, de participar de una explicación total y absoluta del mundo para optar por el exilio de la escritura. Para Kertész escribir fue rechazar todo cobijo. A través de la escritura inició un itinerario desconocido que transformaría su vida en un saber compartible con otros. La historia del Holocausto y del estalinismo es su historia, dice, por eso se siente libre de tratarlas como le parezca.
AUSCHWITZ. Este húngaro que recibiera el premio Nobel el año pasado por su intensa obra (ver El País Cultural No. 680), vuelve en su libro de ensayos Un instante de silencio en el paredón. El holocausto como cultura a rondar la pregunta sobre qué es Auschwitz. El libro reúne diez ensayos-conferencias que son una muestra de su pensamiento entre 1990 y 1998. Con morosidad Kertész va cercando la realidad y el mito Auschwitz. Al pensar esa topografía del horror surgen los conceptos de irracionalidad e incomprensibilidad. Se pregunta entonces si no hay que tratar de entender. Comprenderlo que es incomprensible, dice, es un esfuerzo que debe realizarse, es un imperativo moral. Lo incomprensible del totalitarismo no es el mecanismo de afán de poder y su realización, lo incomprensible es la facilidad con que el ser humano se pliega a esa situación que anula su personalidad.
Un sobreviviente de los campos de concentración es alguien que entendió su lógica, y que se entregó a ella, por eso sobrevivió. Una vez fuera del espacio cercado por el alambrado de púa tiene que poner en funcionamiento una lógica totalmente distinta. Es el choque entre ambas lo que vuelve incomprensible la situación. "No es la historia la incomprensible sino que no nos entendemos a nosotros mismos", puntualiza Kertész.
Lo novedoso de Auschwitz no es el asesinato masivo afirma en su Ensayo de Hamburgo, "pero la eliminación continua de seres humanos, practicada durante años y décadas de forma sistemática y convertida así en sistema mientras transcurren a su lado la vida normal y cotidiana, la educación de los hijos, los paseos amorosos, la hora con el médico, las ambiciones profesionales y otros deseos, los anhelos civiles, las melancolías crepusculares, el crecimiento, los éxitos o los fracasos, etcétera; esto sumado al hecho de habituarse a la situación, de acostumbrarse al miedo, junto con la resignación, la indiferencia y hasta el aburrimiento, es un invento nuevo e incluso muy reciente. Lo nuevo en él es, para ser concreto, lo siguiente: está aceptado".
DESPUES DE AUSCHWITZ. En dos momentos Kertész contradice y juega con la conocida afirmación de Theodor W. Adorno: después de Auschwitz "ya no pueden escribirse versos". En su Ensayo sobre Hamburgo dice que después de Auschwitz lo que resulta imposible es la felicidad. En seguida invierte la sentencia y se pregunta si no fue la infelicidad la que condujo a Auschwitz. Para explicar su razonamiento cita a Albert Camus, quien afirmó que "la felicidad es una obligación". Dice que la felicidad es una pelea que el hombre tiene que dar para aceptarse a sí mismo. Cuanto hemos hecho y vivido crea inevitablemente valores: en esa conciencia la pregunta específica a formular es si a partir de Auschwitz se pueden producir valores positivos, de solidaridad y justicia.
En el ensayo Sombra larga y oscura Kertész proyecta Auschwitz al campo de la estética y plantea otra variante negativa de la sentencia de Adorno: "después de Auschwitz ya solo pueden escribirse versos sobre Auschwitz". De esta manera abre las puertas a la "imaginación estética" y reafirma la fuerza del arte como instrumento de un conocimiento serio y gozoso a un tiempo, porque permite acceder a una realidad inconcebible, recrearla e interpretarla.
EL ESPIRITU DE LA NARRACION. Al amparo de una cita de Albert Camus: "los poetas son los legisladores del mundo", enhebra el imperativo ético y el estético. A partir de las palabras del existencialista argelino francés, Kertész desarrolla una reflexión sobre la imaginación creadora. A ella obedecen los poetas. Es el "espíritu de la narración" el que decide qué entra, y cómo, en el mito. Está formado por las historias que hablan del bien y del mal y que determinan el horizonte de nuestra vida. Ellas construyen la mirada de la sociedad y ante ella vivimos: "es la mirada simbólica que sentimos sobre nosotros y bajo cuya luz actuamos o no actuamos", dice Kertész en el ensayo La vigencia de los campos.
Kertész coincide con testigos y analistas del holocausto en que la liberación de la cadena de sometimientos, culpas y complicidades que proyecta sobre las sucesivas generaciones solo puede darse por vía de la elaboración del recuerdo. Pero la memoria también tiende trampas: el creador y la sociedad en general deben sortear los riesgos de su institucionalización o su trivialización como producto del mercado. Para ejemplificar su posición en torno a la posibilidad del arte o la industria cultural de representar Auschwitz toma como ejemplo dos películas de difusión masiva: La lista de Schindler de Steven Spielberg y La vida es bella de Roberto Benigni. Las mide con un parámetro sencillo y, tal vez por eso, iluminador: es kitsch cualquier descripción que implique pensar que EL SER HUMANO —con mayúscula— puede salir intacto de Auschwitz y cualquier concepción que considere al Holocausto como algo ajeno a la naturaleza humana. Con esa vara mide La lista de Schindler y la encuentra kitsch; y por el contrario, descubre que La vida es bella acierta al no elegir la fidelidad documental sino la magia del cuento. Dice que esta última reproduce un mecanismo fundamental para sobrevivir en Auschwitz: no creer en lo que estaba pasando, negar la evidencia de los sentidos.
DESPUES DEL DESPUES. Ser judío vuelve a ser, a mi juicio, en primer lugar una tarea ética, dice en Sombra larga y oscura. La discriminación de los otros llevó a Kertész a descubrirse judío. Su condición de escritor e intelectual hizo que pudiera transformar sus experiencias en un saber compartible con todos los hombres. Desde esta perspectiva se le puede señalar cierta clausura en el pensamiento sobre Auschwitz. Su lucidez y su valentía para mirar y mirarse hacen que se le pueda pedir que confronte el difícil saber conquistado con datos de la realidad que puedan perturbarlo. No es equivocado afirmar que el estado de Israel es una consecuencia de Auschwitz y de la Segunda Guerra Mundial. A la hora de plantear el holocausto como un fenómeno que interpela la cultura humanista de Occidente, no debería soslayarse como dato indispensable el devenir de un estado militarista, en permanente guerra, formado por judíos descendientes de los sobrevivientes de los campos de exterminio en un sentido literal y metafórico. Con más razón porque Kertész se muestra conciente de que la cultura es un saber privilegiado. En El Holocausto como cultura señala que el saber de la cultura "objetiva", "y el derecho a la objetivación es propiedad del saber privilegiado".
UN INSTANTE DE SILENCIO EN EL PAREDON, EL HOLOCAUSTO COMO CULTURA, de Imre Kertész. Herder, Barcelona 2002. 142 págs.