Juan José Arreola
A GIOVANNI PAPINI, experto en balances, liquidaciones y cortes de caja, debemos un reciente escrutinio de la conciencia humana, con saldos más o menos iguales: Giudizio Universale, Florencia, 1957.
En los círculos allegados a su intimidad se ha propagado la especie de que el escritor fue favorecido, en los postreros años de su vida, con trances sobrenaturales que incluyeron visiones beatíficas y recorridos turísticos a través del cielo y el infierno.
En el último desván del universo, dicen las malas lenguas, Papini entrevistó a nuestros primeros padres. Adán y Eva, que están todavía en carne y hueso, han envejecido prodigiosamente y no se acuerdan de nada. Dicen que su única ilusión es que muy pronto ocurran el Juicio Final y la Resurrección de la carne, para que ellos puedan morir a más tardar el día siguiente y ser sepultados en su tierra natal. Por supuesto, quieren tomarse antes una foto de familia, con todos sus descendientes reunidos en el Valle de Josafat.
No debe extrañarnos el hecho de que los editores y biógrafos del ilustre contador italiano se hayan puesto de acuerdo para omitir de sus libros esta anécdota conmovedora y pueril.
El autor
JUAN JOSE ARREOLA nació en Ciudad Guzmán (México) en 1918 y murió en 2001. Considerado un maestro por varias generaciones de creadores mexicanos, se especializó en la escritura de textos breves, a medio camino entre el cuento, el apólogo, la fábula o el comentario, un poco en el estilo de Jorge Luis Borges o Augusto Monterroso. Entre sus libros pueden citarse Varia invención (1949), Confabulario (1952, con varias reediciones corregidas y aumentadas), La feria (1963), y Palíndroma (1971).
Los bienes ajenos
NADA HAY MAS deplorable y lastimoso —dicen los ladrones— que el gesto de un hombre sorprendido in fraganti en delito de propiedad. Tiembla, balbucea, levanta pesadamente las manos y las mueve en el aire como si estuvieran vacías. Dice por fin que no tiene nada, que todo es mentira, que se trata sin duda de una lamentable equivocación.
En realidad, cuesta mucho reconocer los propios errores, y nadie entrega de buena gana lo que le pertenece. Los ladrones, siempre a punto de ser débiles, se aprietan el corazón y acaban por llevarse algo contra la voluntad de su dueño. Los que intentan robar sin pistola corren muy graves riesgos, pues los propietarios abusan de ellos y suelen tomar la ofensiva. Frecuentemente, el periódico nos da noticia de algún imprudente que fue baleado a mansalva mientras escapaba corriendo.
Sin embargo —dicen los ladrones—, de vez en cuando logran hallar algunas almas arrepentidas que devuelven todo lo que llevan encima, y que acogen la visita nocturna solemnemente, como un hecho providencial.
Gravitación
LOS ABISMOS se atraen. Yo vivo a la orilla de tu alma. Inclinado hacia ti, sondeo tus pensamientos, indago el germen de tus actos. Vagos deseos se remueven en el fondo, confusos y ondulantes en su lecho de reptiles.
¿De qué se nutre mi contemplación voraz? Veo el abismo y tú yaces en lo profundo de ti misma. Ninguna revelación. Nada que se parezca al brusco despertar de la conciencia. Nada sino el ojo que me devuelve implacable mi descubierta mirada.
Narciso repulsivo, me contemplo el alma en el fondo de un pozo. A veces el vértigo desvía los ojos de ti. Pero siempre vuelvo a escrutar en la sima. Otros, felices, miran un momento tu alma y se van.
Yo sigo a la orilla, ensimismado. Muchos seres se despeñan a lo lejos. Sus restos yacen borrosos disueltos en la satisfacción. Atraído por el abismo, vivo la melancólica certeza de que no voy a caer nunca.