Henry Trujillo
UN TEXTO inédito de Michel Foucault es tan buena excusa como cualquiera. El filósofo argentino Tomás Abraham la usa para convocar a los integrantes del Seminario de los Jueves —un grupo de estudios fundado por él en 1984— en la producción de los textos que forman El último Foucault. En rigor, algunos hablan de Foucault —Mónica Cabrera y Felisa Santos—, otros prefieren aplicar el "método" de Foucault a nuevos temas —Marcelo Pompei se interroga sobre la obra de Maquiavelo y Christian Ferrer aborda el ethos del anarquismo—, mientras el propio Abraham se dedica a una semblanza del historiador Paul Veyne, una de las figuras que más influencia tuvo sobre el pensador francés. Todos los trabajos tienen su valor, por supuesto, pero a la mayoría de los lectores les interesará conocer el contenido de la última conferencia dictada por el autor de Historia de la sexualidad: "Coraje y verdad".
LA PARRESíA. No es una historia de las ideas. No se trata de identificar el momento en que aparece un concepto y seguirlo en su evolución. Se trata, mejor, de una "historia del pensamiento", o quizás fuera más adecuado decir una historia de las problematizaciones. Cómo ciertas cosas de pronto se vuelven problemáticas para la gente, cómo hacen estas para entenderlas y solucionarlas, cómo entonces aparecen discursos que intentan aprehender el tema. Esa, según explica Michel Foucault, es la forma apropiada de entender lo que él ha hecho en sus trabajos sobre la locura o el crimen, y en particular es lo que hace en ésta conferencia de 1983.
Aquí, la exploración se centra en un proceso de problematización que aparece en la Grecia de los siglos V y IV antes de Cristo. Es la problematización de la verdad, no en el sentido de los criterios sobre los cuales puede afirmarse que algo es verdadero, sino en el sentido de actividad. Decir la verdad nunca ha sido tarea fácil, claro. Pero es en la Atenas clásica cuando el tema comienza a plantearse a través de cuatro cuestiones. Primero, cuáles son las cualidades que un hombre posee y que le permiten decir la verdad. Segundo, acerca de qué se puede decir la verdad. Tercero, cuáles son las consecuencias para quienes dicen la verdad. En último lugar, cuál es la relación que ese hombre tiene con el poder. El término que designa esa actividad es "parresía". En inglés se traduce como free speech, y en español se ha vertido —aquí, al menos— como "hablar francamente". En general, designa la actitud de aquel que dice todo lo que tiene en mente, sin guardarse nada. Sin guardarse, por ejemplo, tras los juegos de la retórica. También implica que se habla por sí, nunca en representación de otro. El parresiasta dice lo que piensa y asume las consecuencias. Tiene un componente de honestidad —no es parresiasta quien habla sin estar convencido de lo que dice— y sobre todo de coraje: el parresiasta es quien enfrenta riesgos. No lo es el que dice algo que piensa entre sus amigos, lo es aquel que dice la verdad ante el afectado, aún cuando —y principalmente— ese afectado sea más poderoso que quien habla.
De allí que el término suele ser entendido en un sentido muy positivo. Designa a quien es tan valiente como para poner su propia vida en juego en aras de la verdad. "La parresía está ligada" explica Foucault, "al coraje ante el peligro en su forma extrema, decir la verdad se da en el juego entre la vida y la muerte". Al mismo tiempo, se enlaza con alguna forma de deber moral: quien arriesga algo para decir la verdad, lo hace porque cree que de esa forma ayuda a mejorar las cosas. Así, el concepto de parresía parece inaugurar la larga y respetable tradición occidental de la crítica. Por consiguiente, es a través de ella que pueden también contemplarse los avatares de la esfera pública. Y en efecto, la parresía se vuelve problemática con los dilemas que plantea la vida política en la democracia ateniense.
DEMOCRACIA Y VERDAD. La libertad de hablar y quién debería ejercerla, se muestra problemática ante contradicciones como las que surgen en un sistema igualitario donde por un lado todos pueden opinar y participar en la conducción, pero por otro es preciso elegir a los más capaces para tomar las decisiones. Es decir, lo que se pone en discusión es si la democracia puede asegurar un buen gobierno o si, por el contrario, sólo estimula la demagogia. En algunos textos de Platón, por ejemplo, termina por plantearse la necesidad de restringir la libertad de la expresión, en aras de mantener la unidad de la ciudad. En esos casos, la parresía se presenta también como sinónimo de charlatanería, propia de ignorantes e inmorales. Es significativo que todo ello ocurra luego de las derrotas de Atenas en la guerra del Peloponeso, cuando se abre el debate entre los partidarios de continuar la guerra y los que desean aceptar la paz. Con ella, el debate sobre cuáles son las formas de gobierno adecuadas para la ciudad.
Y aún cuando mantiene su sentido positivo, la parresía ya no es considerada un don natural, derivado del nacimiento y de las cualidades intrínsecas del individuo. De manera creciente, comienza a asociarse a una formación apropiada y específica. Sin embargo, no se trata de que antes no hubiera una idea coherente sobre el valor de la libertad de expresión. Lo que Foucault quiere decir "es que hay una nueva relación entre actividad verbal, educación, libertad, poder y las instituciones políticas existentes, lo cual marca una crisis en el modo en que la libertad de discurso es entendida en Atenas".
Ese mismo movimiento lleva la problematización al interior del individuo. Si al comienzo está vinculada a la ciudadanía y a la política, a partir de Platón y más tarde con las tradiciones cínica y estoica la parresía está también ligada al ethos. Al cuidado de sí, para retomar la misma expresión que usa Foucault. La verdad sobre sí mismo es un instrumento para la construcción de sí mismo, y una condición para el acceso a otras verdades. Así planteado, el problema inaugura una discusión que atraviesa buena parte de la reflexión occidental sobre la verdad, incluyendo a Descartes y a Kant. Sería exagerado decir que llega hasta el día de hoy, pero valdría la pena volver a Foucault para pensar algunos dilemas actuales. Por ejemplo, el del derecho a la ciudadanía, o la cuestión de quién tiene capacidad para hablar sobre los asuntos públicos.
EL ULTIMO FOUCAULT, de Tomás Abraham (ed.). Incluye CORAJE Y VERDAD de Michel Foucault. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2003. Distribuye Sudamericana Uruguaya, 410 pág.
Los santos anarcos
FOUCAULT usaba un "método" antes que una metodología. Un método que difícilmente puede traducirse en las reglas sencillas de los proyectos de investigación. Pero no por ello menos científico, si por tal se entiende una forma de proceder que puede ser aplicada por alguien que no sea su autor.
Las estrategias de investigación de Foucault —esas que dio en llamar genealogía, arqueología y ética— han resistido más de una vez el intento de ser reproducidas. En especial, resisten cuando se las quiere combinar con una lógica hipotético deductiva. Pero existen intentos más afortunados. De hecho, uno de los trabajos incluidos en El último Foucault puede ser un ejemplo. Se trata de Los átomos sueltos: el cuidado de sí entre los anarquistas a comienzos del siglo XX, escrito por el sociólogo argentino Christian Ferrer.
"Las biografías de los anarquistas pueden perfectamente ser relatadas como vidas de santos", comienza diciendo Ferrer. Porque más allá de las bombas y las asonadas, los anarquistas intentaron construir un mundo distinto partiendo de sí mismos. No era tanto la sociedad, o sus estructuras objetivas, lo que ellos buscaban reformar. Fue en sus propias vidas donde quisieron plantar las semillas de un mundo nuevo. De allí que los anarquistas tuvieran historias de vida caracterizadas por el sacrificio. Vidas modeladas por una ética precisa y de prácticas definidas, que no tenían por fin producir una teoría de la dominación, ni siquiera una estrategia más o menos elaborada de conquista de poder. La finalidad era más bien individual: se trataba de ser el único dueño de sí mismo. La intimidad era el espacio donde el anarco se rebelaba con mayor fuerza ante el poder. La autocontención, la austeridad, el esfuerzo y el culto al trabajo tenían por objeto lograr la máxima autonomía frente al poder.
Tozudos, irreductibles, al final absurdos, no por ello menos admirables, los anarquistas nunca fueron más que una ínfima minoría de la humanidad. Sin embargo, su influencia no ha terminado de destacarse contra el telón de fondo de las luchas que las grandes corrientes de ideas emprendieron en el siglo XX. En realidad, toda la florescencia antisistémica de comienzos del XXI tiene sus raíces en el anarquismo: desde el movimiento feminista hasta las luchas contra la globalización, desde los ecologistas hasta los nuevos punks. "Se diría", concluye Ferrer, "que el anarquismo constituyó una porción importante del plancton que hasta el día de hoy consumen los grandes cetáceos del movimiento social".