Los papeles eróticos

Elvio E. Gandolfo

POCAS VECES una obra en curso ha tenido un título tan ajustado a su perfil expresivo como Los papeles salvajes, de Marosa di Giorgio. En primer lugar el término "papeles" la libera de las ataduras a la prosa o la poesía, sin fijarla tampoco a un terreno intermedio. El adjetivo "salvajes", por su parte, acentúa la cualidad de indomable, de poco civilizada, en el sentido de "orden y buenas costumbres". Inclasificable, libre, esa obra ha ido creciendo a partir de sucesivas ampliaciones sobre una base de imaginería barroca, mitos o imágenes personales y estilo (o sonido, o tono) donde tienen especial importancia, por ejemplo, el modo de usar las comas, o una especie de trance, casi infantil en su profundidad y nitidez, de observación repetida y minuciosa de ese mundo propio.

FUERA DE FRONTERAS. Respetada y admirada al principio casi en secreto por más de una generación de escritores uruguayos, su prestigio se consolidó "afuera" a partir de un dossier que le dedicó en su momento el Diario de Poesía (Nº 34, Buenos Aires, 1995), y de la presencia misma de la autora en recitales o festivales poéticos en Rosario, Buenos Aires o Colombia, que provocó un asombro o admiración en el campo de la poesía recitada tan nítido como su obra en el de las palabras escritas. Uno de sus editores argentinos, por ejemplo, quedó sorprendido primero por la tranquila seguridad de Marosa (en un día de lluvia y partido de un mundial de fútbol): "No te inquietes, a la larga a mis recitales siempre llega la gente"; y después, una vez colmadas las instalaciones de la sala mayor del Centro Cultural Ricardo Rojas, por las reacciones de entusiasmo descontrolado de parte del público ("parecía un recital de los Beatles: había mujeres que se tiraban del pelo, gritando su entusiasmo").

A eso se sumaron las sucesivas ediciones de sellos como Planeta, Adriana Hidalgo y ahora Interzona, que difundieron no sólo los dos tomos de Los papeles salvajes, ampliados, en el año 2000. Profundizaron además una zona específica y relativamente nueva en la obra de Marosa di Giorgio: el peso de lo erótico, que en Misales y Camino de pedrerías seguía recurriendo en buena medida al método acumulativo de sus libros anteriores, pero que se amplió en la "novela" Reina Amelia (las comillas son necesarias para subrayar su modo único de entender el género). Ahora Rosa mística une las dos formas (el texto corto, casi poemático, y el más extenso que un cuento) en un volumen que incluye uno de los mejores trabajos de su obra: la nouvelle que da título al volumen.

LA OTRA PINTURA. En los cuarenta textos más o menos breves que anteceden a "Reina Amelia", vuelve a hacerse presente el modo en que Marosa di Giorgio logra desarticular el espacio y la imagen, o en que reúne palabras sólo al parecer (y sutilmente) contradictorias. A todo lo largo del libro, por ejemplo, aparecerá un empleo del diminutivo (sabiendo o sospechando su potencial erótico según el contexto): "Durante el zarpazo ella sacó un poco la lengua, roja como el botón de las rosas, perdió saliva y lágrimas; dio un grito lujurioso y chiquito." El cuarto texto es inaugurado por dos líneas de síntesis explosiva: "Venía una tormenta de las que no se ven nunca, toda plateada, con dientes rabiosos, hablaba." El décimoprimero exhibe un humor tan esquivo (y lingüístico) como los momentos eróticos: "Era terrible. Pero, habíamos pasado a vivir en la Prehistoria. Mi madre decía: Pero ¿cómo vinimos a dar a Esta Chacra!..."

Su erotismo es muy particular. Está recorrido por animales diversos (el Hurón, el Gran Ratón Dorado), por la fuerza mítica de la virginidad rota y después subsanada, cosiéndola o restituyéndola. Pero no para ocultar la ruptura irreversible ante la mirada social sino, simplemente, para recobrar la virginidad y, por lo tanto, la posibilidad y el placer de volver a perderla.

Por momentos el mundo de Marosa di Giorgio se libra con tanta energía de lo convencional en literatura, que parece pertenecer más a momentos especiales de la historia de la pintura. Hay algo del Bosco (un Bosco más erótico y opulento que diabólico) o sobre todo el Archimboldo (aquel constructor de rostros complejos a partir de tomates, zapallos y cebollas) en el encabalgamiento de seres medio vegetales, medio animales, rodeados de tías, insectos, y sobre todo de esa figura de la madre que parece hablar o exclamar desde el horizonte mismo de lo narrado, sin nunca irse del todo. En el fondo, las cosas pueden ser imaginación (o imagen) pura: "Como si hubiese sido todo un sueño o una mentira." La destrucción de la coherencia visual y de tamaño forma parte del juego: "Un ser anchísimo, velludo y fuerte. Se trasladaba con zapatitos rojos, rodados, o azul-celestes. Tan grande sobre esos zapatitos".

LA ASCENSIÓN SALVAJE. En el caso del texto central, la mujer que está en su centro es desflorada una y otra vez, "bebe" a los hombres, se aparea no sólo con cuerpos de hombres y animales (que usan a menudo "el hocico" como herramienta) sino también con transparencias, fantasmas. Nada más alejado de este erotismo que la pornografía, esa hábil aceleradora del mercado o la prostitución rentable (o los sitios de Internet). Acá hay un mundo pánico, excitante por su propia potencia estética y su capacidad de liberar los sentidos del lector, incluso en el montaje de los modos de parir: "Una gallina dio un pollo, desde el vientre, como una vaca." Las semillas se convierten en "semen de zapallo"; la metamorfosis descontrolada la sufre un varón después de gozar: "ya lejos dio un alarido. Se volvió lobo, perro, gato, mono, loco, muerto", como si no soportara el hecho de haber poseído a esa mujer que, a lo largo de las páginas, se va acercando a la ascensión, a la mística, a través del sexo multiforme.

Un elemento fuerte es la eliminación del papel reproductivo: "Alumbró sola, en un atardecer, cuando no había nadie en la casa. Era un niño blanco, blando, hecho de ella misma, un angélico huevo; murió, rápido." El erotismo, el sexo, es aquí para otra cosa, para un camino profundo, cercano a lo religioso en su impudicia de superficie. Por otra parte el cuerpo femenino sufre un descontrol de funciones: los senos se convierten en seres separados, capaces de expresarse (Los dos pechos pintados a más no poder dieron un gritito chiquito y placentero)", o incluso de convertirse en nuevos orificios o de soportar por sí solos la gravidez. Las inversiones invaden el lenguaje: un hombre que la espía la trata de "—Mi concubina, mi marida".

La multiplicación de seres y combinaciones, la repetición del contacto, que se vuelve conocida, comentada por los otros de ese mundo de reglas imprecisas, termina por deteriorar la conciencia del "acto" en sí, de sí mismos: "No se sabía ya qué lazo los unía. Eran como otros."

La que terminará por ser Rosa Mística responde indistintamente a nombres como Amelia o Lorena, y finalmente a ninguno: "tuvo que acostumbrarse a ser ella misma, sólo ella, sin ningún membrete." Quien la escribe, Marosa di Giorgio, no se niega ni siquiera el juego de palabras por contigüidad sonora: "le vio el sexo todo de felpa, negro y rojo como una achira y como una achura".

Finalmente el ejercicio del erotismo la convertirá en una especie de Aleph distinto, no enumerativo ni totalizador, que emite "bichitos" luminosos y reconoce: "Me estoy volviendo un fanal. Estoy ilustrada. Sé todo. No recuerdo cómo empecé". En la falta de conocimiento ha accedido a una iluminación incomunicable. Pero perceptible, como lo advierte Danilo, uno de sus compañeros de erotismo: "no me atrevo a abordarla más. Esto se terminó. Está ascendida. Era su destino. Por eso sufría, por eso era idiota".

Cuando el texto termina la mujer camina una vez más rumbo a la madre, para llevarle un hongo "para cocinar", aunque después del camino laberíntico y pulsátil siente que empieza a caminar "con paso de Dios". Del otro lado, humana y autora, Marosa di Giorgio ha plantado un nuevo texto, esta vez extenso y estructurado, productor de goce en el lector, y constructor paciente y continuado de un mundo paralelo con pocos equivalentes en la literatura latinoamericana. l

ROSA MÍSTICA de Marosa di Giorgio. Interzona. Buenos Aires, 2003. Distribuye Océano. 142 págs.

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