S.J. Perelman
YO TENIA una relación superficial con Groucho, a quien le habían gustado mis trabajos para las revistas Judge y College Humor, en la década de 1920. Cuando apareció mi primer libro, él lanzó un curioso elogio, que era más o menos así: "Este es un libro maravilloso. Desde el momento en que lo tuve, hasta que lo dejé de lado, estuve atorado de risa. Pienso leerlo algún día".
El caso fue que mi mujer y yo teníamos un par de entradas para ver Animal Crackers, la comedia musical de los Marx en Broadway, y nos divertimos tanto que enviamos nuestra tarjeta a los camarines en el intervalo. Entonces fuimos invitados a ver a los artistas, pero mi mujer quedó bastante alarmada por lo que presenció. Los Marx corrían de un lado a otro, en ropas menores, persiguiendo a las coristas, y eso era algo para lo cual no estaba preparada. Aquella era la época de los grandes comediantes de la radio, como Eddie Cantor, Ed Wynn, Fred Allen, Jack Benny y otros. Todo ellos hacían mucho dinero y los Marx, que eran codiciosos, querían participar en algo de eso. La sustancia de la visita fue que ellos me pidieron les preparara un programa de radio.
Me juntaron con un periodista de New York llamado Will Johnstone y los dos nos sentamos buscando alguna idea apta para la radio. Lo único que se nos ocurrió fue que los hermanos serían polizones en un barco, cada uno encerrado en un barril, durante un viaje transatlántico. Más allá de eso terminó nuestra inspiración y durante dos o tres días no hicimos gran cosa. Para nuestro horror, a los Marx se les ocurrió invitarnos a almorzar en el Hotel Astor, donde sin mucho entusiasmo presentamos nuestra idea. Para nuestra sorpresa, Groucho miró a Chico y dijo: "Ese no es nuestro programa de radio. Será nuestra película". Y nos tomaron de la mano y nos llevaron al edificio Paramount en New York.
En cuanto a su temperamento y sus personalidades, eran hombres caprichosos, tramposos hasta lo imposible, totalmente irresponsables y traicioneros a un nivel que haría arrodillarse a Maquiavelo a sus pies. También eran megalomaníacos, hasta un grado imposible de describir, aunque no tanto como lo fueron después de haber hecho sus películas.
Hice dos películas para ellos, lo cual ha sido mi mayor distinción en la vida, porque quien haya trabajado en cine con los Marx dirá que prefiere ser encadenado con los remos en una galera, y castigado a latigazos cada diez minutos, antes que trabajar de nuevo con esos hijos de perra.
(en The Guardian, noviembre 1970)
No deja de ser un gran logro haber trabajado en dos de sus películas. Durante el rodaje de Monkey Business (1931) Chico hizo varios documentados intentos para que me despidieran.
Groucho pensaba que yo era demasiado literario. Yo pensaba que él tenía un gran talento para la parodia y para las formas literarias de hablar. Por ejemplo, en Monkey Business teníamos una escena de amor en un Conservatorio, donde Groucho estaba reclinado como la famosa Madame Récamier. Yo quería que él se pusiera de pie, con un salto, y dijera "Vamos, Kapellmeister, dejemos que las violas vibren, porque mi regimiento parte a la madrugada". A eso seguía una parodia de La viuda alegre (1925), película con Mae Murray que se estaba exhibiendo en varias salas.
Entonces Groucho dejó la frase "Vamos, Kapellmeister", pero eliminó la referencia a La viuda alegre porque le pareció demasiado literaria. Alegó que eso sería incomprensible para alguien a quien llamaba "el barbero de Perú" (con lo cual aludía a Perú, Indiana), un espectador imaginario a quien había concebido como un cretino descerebrado.
(en The Herald Tribune, mayo 1967)