La literatura como pasión

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Hortensia Campanella (Desde Madrid)

EL ESCRITOR nicaragüense Sergio Ramírez acaba de publicar una novela, Sombras nada más, pero los temas de la conversación se expanden, crean una red de sentimientos, ideas, opiniones y datos que llevan mucho más allá, a la historia personal, a la Historia contemporánea y, sobre todo, a la literatura. Él mismo ha citado a Ernesto Cardenal en su poema "Oráculo sobre Managua": "La canción de gesta fue un periódico que se llevó el viento".

Una definición de su relación con la literatura aparece al final de un ensayo que el autor redactó en 1999 con el título de Primeras letras con Borges. En él recuerda su primer encuentro con la obra del escritor argentino, en 1964, y las distintas lecturas que de ella ha hecho a lo largo de su vida de escritor. Y concluye: "Son los cuentos suyos donde yo lo sentí tocar fondo dentro de mí mismo cuando me enseñaba las primeras letras, el Borges del sur, el sur de Borges que pese a las distancias era como Nicaragua, como también el sur de Faulkner era Nicaragua, humo de lámparas de kerosén, olor a cueros al sol y a quesos rancios, y un vuelo funeral de moscas sobre el rostro de un muerto cubierto con un poncho bajo la luna pálida. Borges era mi país y era mi infancia. Y era la literatura como pasión, o como vicio, o como desesperación".

Así siente este escritor que publicó su primer libro, Cuentos, en 1963, pero que saltó a la opinión pública internacional quince años después, como dirigente de la Revolución Sandinista, y como Vicepresidente de la República, a partir de 1985. Lo que había sido una vocación literaria temprana tuvo que dejar paso a la preocupación que también había estado en su mente y en su corazón desde que el 23 de julio de 1959 presenciara la matanza de varios de sus jóvenes compañeros de la Universidad de León a manos de la guardia somocista. Desde entonces, sintiéndose escritor, trabajó también para derrocar la dictadura. Era muy joven, nunca había leído a Marx, estaba estudiando Derecho para que su familia de músicos, hacendados y artesanos tuviera por fin su primer graduado universitario. Pero sabía que quería escribir y fundó la revista Ventana con Fernando Gordillo, y sabía que debía hacer política y fundó con otros compañeros el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), que luego sería semillero de la guerrilla. Sin embargo, lo suyo siempre sería la influencia civil e intelectual. Ni siquiera cuando ya estuvo en el poder y tenía una ametralladora detrás de la puerta de su despacho, como todos los altos funcionarios, disparó un tiro: "Gracias a Dios nunca la utilicé. Sabía lo rudimentario para dispararla, pero nada más. Dijeron que tenía muy mala puntería. Como había dicho mi tío Alberto de mi oído musical, sordo de solemnidad".

PRIMEROS AÑOS.

--Recordemos tus primeros años, el ambiente de Masatepe, donde naciste, un pueblito de pocos miles de habitantes en los años cuarenta.

--La cultura que yo conocí era muy indígena, y todavía lo es. Uno oye reventar cohetes a cada rato en Masatepe, por cualquier motivo: la celebración de un santo, un cumpleaños, el entierro de un niño que ha muerto en la inocencia y debe ser celebrado. Un pueblo, además, muy católico, y muy del partido liberal. Mi abuelo Teófilo, al hacerse protestante, dio un paso muy aventurado, al grado que se expuso a que los fanáticos católicos, el cura a la cabeza, le apedrearan la casa a pesar de que era un hombre de dinero. Mi familia estaba dividida entre católicos y protestantes. Mi abuela paterna, Petrona Gutiérrez, si me veía entrar con mi abuela materna, Luisa Gutiérrez, al templo evangélico, me llamaba alarmada, para que no diera un paso más adelante, que me iba a quemar en las llamas del infierno. Pero el templo evangélico de todos modos no me interesaba, me interesaba la iglesia parroquial, con sus cortinas de encaje en los días de fiesta, el palio de seda de las procesiones solemnes, la cruz de plata que abría esas procesiones y que yo peleaba por cargar, las nubes de incienso, la música que tocaban mi propio abuelo y mis tíos, ése era mi verdadero mundo.

--En tu infancia, ¿quién influyó más, y de qué manera? ¿Qué miedos recuerdas?.

--Tuve una influencia muy fuerte que fue la de mi madre, por su sentido de la rectitud y del deber, demasiado inflexible a veces, muy pendiente de la disciplina. Al contrario, y no deja de ser una influencia poderosa también, mi padre me dio el sentido del humor, junto con mis tíos músicos; la capacidad de saber reírse de uno mismo, para empezar, y así poder reírse de los demás. Mi madre sólo admitía el humor con moraleja final, lo cual ya no es humor.

Mi miedo mayor de niño era frente al juicio final, tema de mis sueños más tormentosos, los cielos abriéndose y el ángel Gabriel sonando su trompeta del fin de los tiempos. Y el miedo a los muertos: todavía les temo, los trato con mucha reverencia, porque andan por allí escapados de lo desconocido, que es lo que más me aterra.

INFLUENCIAS.

--Hasta el momento en que la política te absorbe por completo con el triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, habías escrito dos novelas, varios libros de testimonio o biografía, y cuentos, muchos cuentos. ¿Disfrutas más escribiendo cuentos que novelas? Dentro de tus novelas hay cuentos...

--Es una de las enseñanzas que recibí de Cervantes desde el principio, la licencia de introducir historias dentro de la gran historia que es la novela, y no sólo eso, la licencia de introducirse él mismo, como autor, dentro de la novela, licencias que crearon la metanovela, como se dice hoy día entre los críticos, y la postnovela, la postmodernidad narrativa en tiempos tan tempranos. Sería mejor decir, mejor que con vocablos como esos, todo lo cervantino.

Disfruto por igual al escribir cuentos o novelas, pero el cuento es para mí un obligado ejercicio de rigor. Fui cuentista desde mis 17 años, antes que ninguna otra cosa, y respeto y quiero ese oficio como para regresar siempre a sus intransigencias, siempre tratando de probarme a mí mismo que puedo resolver sus dificultades con puntadas de buen zapatero.

Para el cuento siempre he reconocido la influencia de Chejov, del poco conocido O. Henry, de Horacio Quiroga, de Rulfo y de Faulkner.

Y anota entre mis cuentos preferidos de toda la vida "La gallina degollada" de Quiroga, y "Diles que no me maten", de Rulfo, pero también "Los asesinos" de Hemingway, "Una rosa para Emily", de Faulkner, "El caballero de San Francisco", de Ivan Bunin, "Idiotas primero", de Bernard Malamud... Seguramente estoy siendo injusto, porque hago mi lista de memoria.

--Y algo que puede ser diferente: ¿qué admiraciones literarias tienes?

--Bueno, no es tan diferente, pero de todos modos la lista sería muy larga; prefiero mencionar a los que he conocido, como José Coronel Urtecho, mi maestro literario en Nicaragua en todo sentido, el mejor conversador del mundo además, que solía hacer su magisterio en el diálogo, y otros, de quienes he aprendido no sólo leyéndolos, sino también de palabra, como García Márquez y Carlos Fuentes. Pero quizás no debería dejar fuera a otros latinoamericanos que también me abrieron caminos en el arte de escribir, como el propio Rulfo, Julio Cortázar, Vargas Llosa.

DESPUES DE LA POLÍTICA.

Desde que pudo arrancar tiempo a las exigencias de gobernante y terminó la novela Castigo Divino, publicada en 1988, Premio Dashiell Hammett 1990, Ramírez no ha dejado de escribir, y pudo hacerlo con total dedicación a partir de 1996, cuando abandonó la política. A pesar de su aspecto plácido confiesa: "Tengo la virtud de la lealtad, pero adolezco de intemperancia. Esto es una dificultad severa en alguien que asume como credo la tolerancia, y trata de gobernar su conducta oyendo a los demás".

Y cuando le pregunto qué es lo que le hace feliz ahora, qué busca, responde: "Escribir me hace feliz. Inventar me hace feliz, el hecho de poder reírme a solas, frente a la computadora, de lo que acabo de escribir. Hay dos felicidades paralelas, en donde el gozo resulta colmado: terminar una buena página, y terminar la lectura de un buen libro ajeno. En cuanto a lo que busco, es completar una obra literaria, y todavía me siento lejos de mi meta".

No hay amargura ni arrepentimiento con respecto a su etapa política. Por un lado reconoce que todavía sueña con un mundo mejor, que siente la necesidad de opinar sobre el mundo en el que viven sus hijos y sus nietos, y por ello dedica tanto tiempo a escribir en la prensa latinoamericana y europea. Por otra parte, también siente la felicidad de haber participado en esa "utopía compartida" que fue la Revolución Sandinista.

En Adiós Muchachos (1999), sus memorias de aquella época, se sobresalta : "de haber nacido un tanto antes, o un tanto después en este siglo de las quimeras, me la hubiera perdido. Y como quien despierta de un mal sueño, compruebo que no me la perdí. Está allí, en toda su majestad, en toda su gloria y su miseria, sus congojas en mi mente, y sus alegrías".

En esas alegrías está su sentido de la justicia, pero también el arraigo a su tierra que aparece claramente en su literatura.

--Aparte de los temas concretos, ¿en qué influye que seas nicaragüense?

--Siempre me gusta decir que un solo nicaragüense es una inconformidad; dos, una discusión; tres, un conflicto; y con cuatro ya tienes una guerra civil. Creo que a fuerza de contemplar los desastres repetidos de nuestra historia, acabamos creyendo que no tenemos remedio, y que estamos condenados a esa repetición. Todo eso influye en mí, y mi creciente creencia en la fuerza del destino. Es una especie de placer maligno pensar en la historia como un purgatorio, y en que si es cierto que jamás seremos capaces de organizar una sociedad tolerante y pacífica, nuestra compensación es la individualidad desafiante, la genialidad que surge de pronto en medio del caos, como es el caso de Rubén Darío. Esta es la esencia del mito nacional, que somos un país de cimas y simas, nunca en reposo, como si la historia fuera un continuo cataclismo que siempre está cambiando el paisaje. Y estas creencias vienen a dar a mí, puedo reírme de ellas, pero no puedo evitar llorar sobre ellas.

Y por debajo del análisis y la reflexión está, a flor de los sentidos, el apego al país, sus gentes y su paisaje, que describe con poderoso lenguaje:

"Mi paraje preferido es el río San Juan, todo el paisaje de sus riberas selváticas, las aguas verde oscuro que fluyen sin cesar hacia el mar Caribe, los rápidos donde hierve el agua sobre las piedras, las garzas en los pajonales, y ese milagro que una vez advirtió Mark Twain, pasajero hacia California por la ruta del tránsito, el sol alumbrando una ribera y la lluvia cayendo negra y pesada sobre la otra".

De su interés por el debate y la opinión queda como una hermosa empresa, la que acometió en 1990, justo al terminar la década sandinista en Nicaragua, la creación de un semanario que transformó el modo de hacer periodismo en el país.

--El Semanario fue un lindo experimento que duró diez años, entre Mundo Jarquín, mi hermano Rogelio, ya muerto, y yo. Queríamos promover el debate y exponer todas las opiniones, por contradictorias que fueran, buscar el equilibrio, despojar a la información de las opiniones de los redactores. Creamos las entrevistas largas, de fondo, la información analítica, y todo eso lo heredamos al periodismo nacional. Terminamos por cerrarlo porque acumulamos demasiadas pérdidas. Pero cancelé hasta el último centavo de las prestaciones con un préstamo bancario que ya termina de pagarse en diciembre de este año.

--Has hablado de "la realidad del recuerdo y del recuerdo de la realidad", ¿tiene que ver con la vida, con la creación, con ambas?

--Tiene que ver con esa convicción de que nada que uno recuerda del pasado vivido es completamente real, porque la memoria lo tiñe de imaginación, y lo que uno olvida, lo inventa, aunque no quiera reconocerlo. El pasado es mutable porque lo domina la imaginación en la medida en que se convierte en materia de recuerdo.

Alguien me preguntó hace poco sobre mi primer recuerdo, y es éste: la empleada que me crió de niño, Mercedes Alvarado, me levanta envuelto en una sábana de una tina de agua jabonosa, donde me ha bañado, y me sube sobre una máquina de coser. La tina está en la puerta que da al patio, donde hay plantas de colores, y la luz de la mañana entra por esa puerta. Ella lanza el agua jabonosa a las plantas del jardín, y yo tirito de frío. ¿Cuánto es cierto en esos recuerdos? Cuando contemplo la escena, lo hago desde el lente de un camarógrafo, rodeando la máquina donde estoy de pie, enfocando a la Mercedes Alvarado mientras, agachada, vacía la tina, y luego, la cámara se fija sobre la puerta iluminada. Como ves, he desarrollado ya una técnica para "ver" mis recuerdos.

Sin duda esa técnica tiene que ver con uno de los recuerdos de infancia preferidos de Ramírez, que ha influído poderosamente sobre sus gustos y sobre la concepción misma de la narratividad de sus obras. Uno de sus tíos era el dueño del cine del pueblo y sus jóvenes años transcurrieron desde la atalaya mágica de la cabina de proyección. Pasión cinéfila y pasión cinematográfica impregnan su vida y sus libros.

Después de la trama policial de Castigo Divino vino la recreación de las mitologías familiares en Un baile de máscaras (1995), donde su entorno más íntimo aparece en una narración que dura un día, el 5 de agosto de 1942, día de su nacimiento. Pero tal vez sea en 1998, con la aparición de Margarita está linda la mar ( Premio Alfaguara de Novela), cuando se le reconoce la madurez narrativa por parte a la vez de un prestigioso jurado, de la crítica internacional y del público. El arriesgado equilibro entre las dos líneas narrativas, decadencia y muerte de Rubén Darío y conspiración contra el dictador Somoza e inmolación de su ejecutor, Rigoberto López Pérez, se asienta en unas historias de pasiones humanas y civiles, verosímiles y coherentes, compendio de un mundo complejo que se hace accesible mediante un estilo rico y matizado.

--¿Qué te atrae más, la voluntad de contar o la voluntad de estilo?

--Es aquí donde está el campo de batalla de esa lucha sorda. Al mismo tiempo que se imagina una historia, se imagina también la forma en que debe ser contada, y la forma no son más que las palabras. La precisión con que lo imaginado pase a la página en blanco, depende muchas veces de un simple adjetivo, que debe ser certero y luminoso, o de una selección de sustantivos que me lleven a decir lo que realmente quiero decir. Cuando un escritor ha fracasado en esta lucha, se va por lo más fácil, por lo manido, por lo ya dicho, por las palabras que nunca se han escondido, por la sintaxis que no tiene retos. Cada vez creo más en la realidad paralela que depara el lenguaje.

--En otro nivel de tu trabajo con el lenguaje, y aparte de tu gusto y de la tradición familiar, ¿cómo sientes que la música activa tus narraciones?

--Mi tío Alberto Ramírez, uno de los músicos hermanos de mi padre, recibió el encargo de mi madre de enseñarnos solfeo a mí y a Luisa, mi hermana mayor, en tardes aburridas, calurosas y desoladas. Aquello era un tormento, y mi tío terminó por declararnos a los dos sordos musicales sin remedio, veredicto que recibimos con alivio. Pero yo crecí entre músicos, mi abuelo y mis tíos, y los ensayos musicales de la Orquesta Ramírez, y hasta hoy puedo distinguir un instrumento de otro en un concierto de instrumentos, y puedo recordar la frase de una melodía, o identificarla, aunque no pueda reproducirla; de allí he sacado la conclusión de que hay un oído musical activo, para reproducir los tonos, que es el que no tengo, y un oído pasivo que no sirve para solfear pero sí para disfrutar de la música, que sí tengo.

Pero puedo solfear en la escritura, y encontrar los tonos y los ritmos con oído musical. Para mí, la página escrita es como una hoja pautada, y los ritmos y tonalidades dependen de la sintaxis de la frase, y hasta de las comas y los puntos, en eso me precio de ser músico.

--Has dicho alguna vez que el novelista es una combinación de poeta y periodista.

--En el sentido de que toda escritura que quiere partir de la realidad, parte a la vez de una indagación, sobre todo cuando alguien se considera, como yo, un escritor realista. Muchas veces pienso que mi oficio perdido es el haber sido alguna vez, cuando muy joven, reportero de turno nocturno en un diario, como lo fue Darío en Santiago de Chile, donde le tocaba cubrir incendios, pleitos de cantina, crímenes en los barrios bajos. A mí me hubiera gustado cubrir además las estaciones de policía al amanecer, las morgues a medianoche, las salas de emergencia de los hospitales, porque la realidad se halla allí para un escritor, en su forma más cruda.

La distancia entre novela y reportaje se estrecha cada vez más, desde los tiempos de la "real fiction" de Truman Capote, en los años sesenta del siglo pasado. Y es autobiografía, reportaje, indagación documental, fotografía y ficción, como en las novelas de E.G. Sebald, el escritor de mi propia generación a quien más admiro, muerto tan tempranamente.

En cuanto a lo de poeta, cada vez creo más en que ésa es una denominación para todas las escrituras, una especie de alerta anímico, de disposición sensible hacia el mundo, la propiedad de aprehender el mundo visible e invisible de una manera que nadie más que quien está dotado para ello puede hacerlo, ese don que Isaac Bashevis Singer llamaba "la necesidad", un término que me gusta más, por apremiante, que la vieja "inspiración".

Además, como buen nicaragüense la poesía es un referente de formación indispensable, y así ha confesado que los poetas de su país --Darío, Salomón de la Selva, Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra-- le enseñaron la modernidad desde la adolescencia.

Épica moderna fue sin duda la Revolución Sandinista en la que los poetas eran ministros o los novelistas marcaban la línea económica ("no sabes lo que aprendí de economía y de negociaciones internacionales en esos diez años"). Épica también iniciada con complicidades literarias, como aquel Graham Greene, y su personaje-matemático-filósofo-sargento Chuchú Martínez, haciendo de mensajeros del General Torrijos, de quien partieron los primeros cien mil dólares para la revolución. Así lo recuerda con emoción en Confesión de amor (1991), memoria escrita justo en el momento anterior a la decepción, o a la lucidez, como quiera llamarse.

Su última novela, Sombras nada más, se centra en un episodio-matriz realmente ocurrido pocos días antes del triunfo. A partir de un personaje del entorno somocista y su captura por la muchachada guerrillera, el autor desarrolla "una novela sobre el poder", como la ha caracterizado, tanto desde el punto de vista del poderoso desamparado, a punto de pagar sus culpas, como de los jóvenes que pueden decidir sobre la vida de los otros.

"He intentado meterme en el alma de los personajes a través del uso de distintos niveles de lenguaje, cosa que por otra parte también hice en Castigo Divino y en Margarita está linda la mar".

--¿Hay otros episodios de tu experiencia política que te "llamen" como escritor?

--Seguramente sí, pero tampoco pretendo convertirme en un cronista de la revolución; nada más alejado de mí que la pretensión de novelista histórico, que me repugna. Escojo los temas por su dimensión humana, y siempre insistiré, por un lado, en que los escenarios de la vida pública son tan poderosos que no pueden evadirse, y por el otro, en que al ser tan poderosos trastocan la vida de los seres humanos, pese a su voluntad. De allí es donde surgen, dentro de la Historia pública, los relieves de la novela.

De esa historia pública el escritor ha seleccionado elementos centrales para su materia narrativa ya desde una de sus primeras novelas, ¿Te dio miedo la sangre? ( 1977), y prácticamente en todas las siguientes. Son elementos que él considera "singulares y narrables" y que casi siempre se mezclan con detalles de su historia privada. Luego de haber comprobado la omnipresencia de la creación literaria en su vida, ahora solo queda la pregunta de si la política fue en su historia personal una necesidad, una misión o un interregno.

--Las tres cosas, pero yo las pondría en otro orden. Una misión, porque me tocaba un papel insoslayable en el derrocamiento de la dictadura; una necesidad, porque una vez derrocada la dictadura, había que gobernar al país y realizar la revolución prometida; y un interregno por sus consecuencias, ya se ve que en la política estuve de paso.

Lo que sí se ve, a través de más de treinta libros, es que para este hombre --que bien podría tener sangre chorotega, como decía su paisano Darío, serio, pero atractivo en la sonrisa, de famoso sentido del humor, pero riguroso en sus compromisos-- la literatura es a la vez cuna y horizonte, espacio para el goce y para la expresión: "manos, vista, mente, esos son los modestos dones fáusticos que pido".

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