Dos personajes detrás del paraíso

Carlos Ma. Domínguez

ES NOTORIO que la vida de las personas muchas veces parece de novela y los individuos, personajes de ficción. Un cambio de rumbo inesperado o la reiteración de un mismo empeño a lo largo de los años, terminan por estilizar un destino y revestirlo de una singularidad que a menudo se vuelve paradigmática. Sensible a estas paradojas, buena parte de la obra literaria de Mario Vargas Llosa se ha basado en acontecimientos y personas reales que, como en el caso de la utopista Flora Tristán y su nieto, el pintor Paul Gauguin —personajes de su última novela, El paraíso en la otra esquina—se han integrado al mundo de sus ficciones.

Ambos vivieron un período de sus vidas en Arequipa, donde nació el escritor, y, como él, cobraron renombre internacional por sus vínculos con la política y el arte. Sin embargo, su retrato literario es distante y ajeno a la intimidad buscada por la novela.

La vida de Flora Tristán, luchadora social que emancipada de un matrimonio funesto batalló con los utopistas del siglo XIX por los derechos de los obreros, le permitió trazar un amplio recorrido por la Europa industrial y sus injusticias más crueles. La de su nieto Paul Gauguin, lo condujo por el mundo de la pintura post impresionista y la utopía salvaje de un pintor que buscó en Tahití y entre los maoríes, los fundamentos primitivos del arte.

En capítulos intercalados, Vargas Llosa narra las aventuras de la abuela y el nieto, que no se conocieron entre sí, y desarma el tiempo cronológico de cada relato para entregar, de modo progresivo, sus claves biográficas. Esta técnica literaria ha definido su estilo en el mapa de la narrativa latinoamericana y constituye, acaso, su mayor aporte a la expresión de la complejidad del tiempo en un continente marcado por violentas disrupciones, culturas superpuestas y épocas simultáneas dentro de una misma región. Solo que en esta oportunidad el estilo queda desnudo en su condición de recurso literario, sin otra virtud que la del ingenio y la profesionalidad para llevar adelante los relatos.

Aun cuando el autor no hubiese explicitado los años en que investigó las vidas de sus personajes, el lector de la novela puede reconocerlos en la suma de secuencias aleatorias, sin otro afán que agregar un personaje de renombre, una escena histórica, una serie de acontecimientos irrelevantes desde el punto de vista dramático. La novela exhibe el esfuerzo de documentación como gruesos hilos blancos en un tinglado de títeres mal concebido, al extremo de competir con la magia del escenario. El interés recae más en el conocimiento detallado de la vida de Flora Tristán y Gauguin, que en el poder de emoción de la prosa y sus personajes.

Pese a la incorporación de una segunda persona del singular que fuerza una intimidad de conciencia con los personajes, la utopista Flora Tristán carece de encarnadura y peso propio. El lector conoce dónde ha estado, qué ha dicho, cuál ha sido su coraje para enfrentar las condenas que gravitaban sobre su condición de mujer; pero su dolor, su orgullo o su desesperación no se templan en ese grado de la sensibilidad con que un autor y, luego, el lector, las hace suyas, aunque sólo sea durante el breve momento intenso de la experiencia estética.

Con mejor suerte, el personaje de Gauguin, su no menos temeraria vida y su vocación decadente en las islas del Pacífico, cobra mayor espesura. El tránsito que lo apartó de su actividad como agente de Bolsa en París, con todas las comodidades de la vida burguesa, para conducirlo a la bohemia artística y luego a la búsqueda de una vida salvaje, signada por la genialidad y la autodestrucción, encuentra en la novela varios momentos afortunados y convincentes. La conflictiva relación de Gauguin con Van Gogh o el origen de varias pinturas que se hicieron célebres, apenas superan en la novela las recreaciones de otros textos, pero los fuertes contrastes de un alucinado artista europeo con el primitivismo de las islas, celebrado y despreciado a la vez, ofrecen un brillo y una densidad inquietantes.

Ambos personajes, no obstante, uno en el asalto al paraíso social y otro en la truculenta desesperación del arte, se hallan fatalmente lejos de la experiencia del novelista que los retrata, guiado por el interés temático antes que por una afinidad reconocible.

Pese a los reparos el libro no carece de interés y resulta instructivo en su modo de recrear dos atractivas biografías. Cabe extrañar el arte de un novelista que supo entregar obras emblemáticas de la narrativa latinoamericana, pero las demandas que pesan sobre un escritor exigen una fidelidad al riesgo y la fortuna que pocos autores logran sostener inmunes a la deriva del tiempo. A veces queda la experiencia ganada en la profesión y el éxito, y es el atributo de este libro.

EL PARAISO EN LA OTRA ESQUINA, de Mario Vargas Llosa, Alfaguara, Buenos Aires, 2003. Distribuye Santillana. 485 págs.

Narrativa

MEMORIAS DE UN SARGENTO DE MILICIAS de Manuel Antonio de Almeida. Banda Oriental, 2002. Prólogo de João Cezar de Castro Rocha. 162 páginas.

JORGE Luis Borges dijo que La tierra purpúrea de William Henry Hudson (1841—1922) era de los muy pocos libros felices que había en la tierra. Entre esos pocos habría que contar a las Memorias de un sargento de milicias de Manuel Antonio de Almeida (1831—1861). Se empezó a publicar en la prensa como folletín, por entregas, sin firma, a partir del 27 de junio de 1852. Fue la única novela de Almeida, que murió a los 30 años sin que su obra alcanzara reconocimiento. Se había recibido de médico a los 24 en su ciudad natal. río de Janeiro. Nunca ejerció esta profesión, malvivió del periodismo y otros trabajos. En el prólogo al volumen de las Memorias recién editado por Banca Oriental, João Cezar de Castro Rocha cuenta que, como crítico, Almeida "fue un lector severo y mordaz, que no buscó agrandar a los más poderosos".

Las características del protagonista de las Memorias, Leonardo, y el ambiente general de la obra, llevaron a la crítica a plantearse si ella pertenece al género picaresco. Pero la obra no cumple con algunos de los rasgos fundamentales del género, como ser el de estar escrita en primera persona y la enseñanza moral que debería desprenderse de las aventuras y desventuras del héroe. Hay en ella una gratuidad, una levedad que no es típica de las novelas picarescas. Tampoco su dinamismo surgido de la confianza en la posibilidad del hombre de transformarse, —sin plantearse grandes metas—, de no quedar ahogado por las circunstancias.

De Castro Rocha cita un ensayo publicado por Antonio Candido en 1970 en el que plantea que la originalidad del libro de de Almeida consiste en haber inaugurado una "dialéctica del malandraje". El espacio social de la novela está polarizado en personajes que representan positivamente el orden social y personajes que se mantienen en una situación de caos, en la transgresión o la ignorancia de una legalidad que debe ser continuamente restaurada por las fuerzas de la policía. Leonardo oscila de un límite a otro, sin culpa, y sin mayores consecuencias, para terminar asimilado sin ningún mérito personal a la esfera del bien. Ese es un elemento importante para entender la felicidad que trasmite el libro: nada parece irreversible. Las decisiones cambian gracias a la intriga de las comadres de barrio, siempre dispuestas al chismorreo y a inmiscuirse en la vida ajena.

El prologuista hace una anotación que es una buena explicación de la nostalgia que acompaña la lectura de esta novela alegre. Señala que en los últimos años se puede percibir en la literatura brasileña un pasaje de la "dialéctica del malandraje" a la "dialéctica de la marginalidad". Esta última "inaugura una nueva forma de relacionamiento entre las clases sociales". Ya no se trata de conciliar diferencias, sino de evidenciarlas, negándose a la improbable promesa del término medio entre el pequeño mundo de los dueños del poder y el creciente universo de los excluidos. Tal vez ya no sea posible la felicidad de elaborar una mirada abierta e integradora.

C.B.

Investigación

EL PRESIDENTE NO CONTESTA, de Alvaro Casal Tatlock. Ediciones de la Plaza, Montevideo, 2003. 97 páginas

CUANDO ALVARO CASAL era un niño, sintió como otros niños la fascinación de los aviones y los viajes. Ninguno le impresionó tanto como el gigantesco avión "El Presidente", de Pan American Airways, al que le hubiera gustado subir y que vio pasar por el cielo, más de una vez. Sus emociones se ubicaron en algunos momentos de 1950-1952 pero tuvieron un vuelco mayor cuando ese avión cayó en la selva brasileña, en abril 1952. Mucho después, cuando Casal ya había ascendido a ser un destacado periodista, resolvió que la tragedia de aquel avión era algo para contar, porque el accidente y sus derivaciones fueron algo peculiar.

Esa es la sustancia de El Presidente No Contesta, un libro que en menos de cien páginas de amena lectura recorre toda la historia. Aquí está la descripción de las insólitas comodidades y extremos lujos que suponía la instalación interna del avión, pero también la constancia de que en toda la folletería de propaganda no había ni dos palabras sobre el tema seguridad. Está la crónica social de apellidos ilustres en los cincuenta pasajeros y en quienes fueron a despedirlos, tanto en Montevideo como en Rio de Janeiro. Y después está el drama. En cierto momento la radio no contesta. La búsqueda con helicópteros llega a ubicar al avión caído en un punto de la selva virgen de Brasil, pero allí es difícil llegar, primero porque aviones y helicópteros no tienen donde descender, después porque atravesar la selva a pie supone enfrentarse con reptiles, insectos, indios salvajes. Las dificultades ocupan varias páginas en el libro, con la descripción de los distintos grupos de rescate, las peleas entre ellos, la obsesión por llegar a los restos del avión. Entre estos podía haber un cargamento de diamantes y en todo caso habría cadáveres de damas enjoyadas. El relato se acerca rápidamente a la película americana de acción o quizás a El tesoro de Sierra Madre, porque la búsqueda del tesoro termina en que nadie se hace rico y muchos quedan peleados. La tesis de un sabotaje con intención política también aparece y desaparece, porque nada se ha probado.

Casal no inventó ese argumento sino que lo transcribió de la realidad, tras revisar celosamente los recortes de prensa y los informes de los diversos sectores. Su documentación llega a especificar que hubo 56 aviones de ese tipo, que doce de ellos sufrieron algún tipo de accidente y que Pan American dejó de existir como empresa en 1991, con lo que ya no puede ni siquiera quejarse de que le recuerden aquel capítulo. Entre los documentos está la lista de personalidades oficiales y de periodistas que viajaron como invitados, de New York a Montevideo, en julio 1950, que fue la ceremonia inaugural del avión. Luego aparece la lista oficial de pasajeros en el viaje accidentado, donde se notan algunos ilustres apellidos de hace medio siglo. Ninguno sobrevivió. Son cincuenta nombres, que incluyen a nueve uruguayos. Sus amigos y descendientes necesitan este libro en sus estantes.

H.A.T.

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