Poesía bajo prosa

Mercedes Estramil

LOS TÍTULOS en su obra suelen tener una engañosa cualidad visual, sintomática de una realidad que se deshace paso a paso en la lectura: un "orden de cosas" caótico, una "textura" tan bordada como invisible, "estado sólido" en disolución, "fronteras de Umbría" que comunican extensiones inmedibles de tiempo, tierras de fantasía y un dudoso país de certezas. Intentar decir de qué hablan los textos de Rafael Courtoisie (1958) es buscar un referente proteico, polimorfo, dar el paso más cercano a una traducción que suponga generosamente un objeto traducible, explicable.

Esta vez la piedra, material asociado como una clave a su obra, acaba en la construcción de Umbría: ciudad, isla, mujer, poema, lenguaje. La poesía horada la piedra y extrae su jugo, su centro de blandura y vulnerabilidad. El lector lee "sobre la poesía" más que sobre ninguna otra cosa, ve la arquitectura de la construcción, la apuesta estética, los trazos de dibujo tomados aquí y allá (intertextos). No hay poemario de Courtoisie que no sea metarreflexivo. Desde la ruptura de la distinción genérica a través de micro-relatos poéticos hasta esa forzada voluntad de no ser lírico más que un instante, de no dejarse llevar por la emoción o de cuadrarla en un envase crítico pero de vidrio envolvente.

EL LÍMITE. Fronteras de Umbría es otra vez la novela imposible o el terreno que hubiera sido posible novelar si se hubieran levantado los muros narrativos en vez de la informe materia poética, propagable como una enfermedad. Las dos secciones del libro se arman a partir de un poemario preexistente (Umbría, editado en Caracas en 1999), y "Tierra firme", que incluye el adelanto de un poemario recién premiado en Chiapas, Música para sordos. Ambas están unidas/delimitadas por un fragmento de "El barco ebrio" de Rimbaud, ejemplo adolescente de una empresa apasionada y cerebral. Ese barco, como anota Hugo Achugar en el prólogo, lleva de Umbría a Tierra firme, tránsito que por sí solo (de la oscuridad a lo conocido, de la remota región de Italia a cualquier otro sitio, quizá del norte al sur) crea una ilusión: al final tan extraño es un lugar como otro. El límite, la frontera, se vuelve trampa y espejismo.

Umbría, territorio imaginario donde cualquier lector uruguayo lee Uruguay, contiene historias de seducción e infidelidad, contiene la dura crítica a sus asesinos, la diáspora de sus hermanos y la videncia de sus ciegos, la sensualidad de sus lesbianas. Poblada de voces y de sueños y de criaturas que quieren ser otras, es cifra del silencio, de lo no dicho, lugar de las imposibilidades y posibilidad de todo. Patria de un bestiario generoso y de un poeta desconocido (N). "Toda Umbría es un arrabal sin centro, una perdida Atlántida en donde las olas de la superficie ocultan el quehacer de las profundidades, el ajetreo del Continente Perdido": la definición de lo que no se halla es lo que el poeta busca. La "tierra firme" es espejo y doble, es el mundo al revés, lo que se ve a través de las aguas deformantes y aclaratorias de la poesía: "velocidad de caracol/ lentitud de la liebre", "oveja feroz, lobo bueno/ cordero perverso", y es el cuerpo donde esta rebota y golpea, donde su cantar para sordos cae, derramando sabores, olores, tactos, correspondencias.

El viaje poético induce la modificación, el descubrimiento de un mundo, la violencia de un acto de conquista y el establecimiento de una fe. Las tres instancias de la segunda parte: "Música para sordos", "La canción del espejo" y el cierre con el texto "Tierra firme" acercan desrrealizado el mundo real. "Objetos contundentes: desaparezcan" no es sólo el alegato contra los instrumentos dolorosos del Poder (armas, garrotes, palos o los innombrables "sucedáneos") sino la orden vigorosa del arte enunciándose una y otra vez, como creador de un mundo. En ese nuevo orden los objetos cotidianos se cargan de palabras y peligro; la familiaridad y lo extraño limitan también. Estar en la tierra firme del poema trasciende la funcionalidad, revive la belleza intrínseca y explorable de cuchillos, tenedores, cucharas, café, naranjas, huevo, copa de vino. Por otro lado mirar en el diccionario o en el poema no releva al lector del estar en el mundo, donde vida y muerte ocurren ("Enriquezca su vocabulario").

La unidad que vertebra los textos es típica del autor, la voluntad de que una palabra vale como mil palabras también. Desde el primer micro-relato donde se impone la muerte, frontera máxima, (o desde la yunta fronteriza, idiomática y genérica, de acápites iniciales de Emily Dickinson y César Vallejo) hasta la solidez de metales y la blandura de líquidos que se mezclan o que son lo mismo en la última y más convencionalmente poética parte. El poema se dilata y contrae. Sentencias breves, metáforas totalizadoras, imágenes fijas ("Óxido de otoño") que resumen en flashes la Historia repetitiva y absurda (de Jesucristo a las Cruzadas y al 11 de setiembre).

El poeta sigue siendo el rabdomante de libros anteriores, el buscador de agua o metales, el que pretende apoyar el pie sobre lo cierto sin saber qué cosa es un pie. Es el que analiza el subsuelo donde no existe frontera visible. De ahí esa concepción subterránea de poesía que Courtoisie lleva a todo lo que escribe prescindiendo de marcas exteriores, invirtiendo en prosa —apuesta, modismo, signo de estos tiempos— que se licua y adelgaza. En aquella "certeza del que duda" (que movía uno de sus mejores pasajes en Textura), en la tozudez irónica y orgullosa ceguera del artista descansa la piedra fundacional de su edificio poético.

AVENTURA DEL INTELECTO. Como en todo libro de aventuras, y éste de un modo singular lo es, la búsqueda paga un riesgo. Está el enemigo declarado, vociferador, que tenía su manifiesto en "La poesía es un crimen" de Orden de cosas, un enigmático y descolorido "gobierno", un ubicuo Poder que no puede sin embargo impedir que la poesía circule, que subversiva se infiltre. Hay un enemigo interno, que aflora desde adentro, desde el viaje de mirarse en ese Doble que pasea por Umbría amenazante como una verdad ("Tema del doble"). Y pesa sobre todo esa violencia innominada, presente en los hombres y las cosas, presente en el tiempo, que viene configurando también la última narrativa del autor (Vida de Perro, Tajos, Caras extrañas). Recordar "Vaso de agua" de Jorge Guillén y leer "Un vaso de agua" de Courtoisie (los dos emparentados por la intelectualidad, por el modo distante) permite calibrar la distancia que va de la perfección tranquila y absoluta, del plácido acomodo de forma y contenido definidos por el primero, a la perfección violenta del segundo donde "beber agua es morirse" porque vivir es morir.

También como en todo libro de aventuras existen preceptos que por metaforizados que estén quieren hacer de su viajero un guía, un filósofo, un nuevo descubridor de la pólvora.

Hay una estrategia de complejidad en Courtoisie que va más allá de la acumulación, del montaje insólito de palabras, del vanidoso elogio de la polisemia. Volver a leerlo (un texto viejo o uno nuevo, todos se parecen y dialogan entre ellos) es volver a entrar en el laberinto donde esa otra estrategia —la de la perfección— se dibuja y se impone como una meta. Por encima incluso de la burla de ese perfeccionismo (el relato "Custodia del exacto" en Textura mostraba sobre qué bases falsas se la podía construir) uno percibe cuánto pesa, cuánta pleitesía si bien irónica el autor le rinde, cuánto sacrifica por esa obsesión y cuánto se atreve a exigir del lector.

La lectura viene lógicamente precedida por la legitimación nacional e internacional de su obra, una extensa lista de concursos ganados (Plural, Loewe, el Sabines que obtuvo en México por Música para sordos). Aunque se sabe que esa legitimación no es la obra, su peso está como una suerte de paratexto invisible, siempre confirmando la poesía que fluye bajo la prosa, la inteligencia detrás de la gelidez, la humanidad del orfebre exquisito. Quizá cuesta más recordar su poesía, no en el sentido memorístico, sino en el de adoptar, reconocer, identificar algo más que una atmósfera, un brillo inteligente o una inteligencia brillante. Cuestiones subjetivas, claro, marginalidades que tienen más que ver con la elección del libro de la almohada que con la valoración del libro de la biblioteca.

FRONTERAS DE UMBRÍA, de Rafael Courtoisie. Editorial Librería Linardi y Risso, Montevideo, 2002. 111 págs.

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