Los recuerdos de Isabel

Mercedes Estramil

EL RECLAMO DE MATERNIDAD que hace Isabel García Lorca en el título, con ser y todo préstamo de un verso de Unamuno, puede inducir a creer que estamos ante una reivindicación de género, hecha por la hermanita menor de un poeta mayor. Bordeaba sin embargo los noventa años cuando empezó a organizar, desde la Fundación Federico García Lorca que presidía, el material disperso de esta biografía de una época, más que suya.

Lo más extraño es lo poco de "ella" que al final contienen estos "recuerdos míos". Isabel arremete con una singular belleza juvenil en las numerosas fotografías, pero no le da a su vida una dimensión protagónica. Se ubica y automargina en el segundo plano de los observadores, de los eternos aprendices. Los demás son las grandes figuras; ella la niña nacida en 1910 que disfruta de su compañía, la mujer que demora veinte años y un largo exilio en despertar del horror de la guerra, la eterna estudiante aunque da clases ella misma en colegios estadounidenses, y la escritora que pide disculpas por no saber expresarse. La rodeada de gente, pero también la solitaria.

Hay una premisa inequívoca: algunos pocos lectores podrán buscar a Isabel en el libro, pero ella sabe que la figura angular es la de Federico y todo lo que cuenta refiere a él o lo incluye, en un tono amoroso, admirativo, que en último término respeta al "personaje" público del poeta, sin contradecir su "duende", sin desnudar su privacidad y sin encontrarle iguales. La fecha trágica de agosto de 1936 sólo resuena en el llamado telefónico que le informó a Isabel la noticia de la muerte de su hermano, y en una carta que Marguerite Yourcenar le escribió mucho después contándole que había visitado Víznar tratando de encontrar el lugar exacto del entierro, ayudada por indicaciones de vecinos del lugar. Allí se lee una etapa paradisíaca de felicidad familiar, contactos sociales y disfrute de la naturaleza, congelada de golpe por la guerra civil.

FEDERICO. En una de las tantas elegías que le escribieron, el poeta Gerardo Diego señalaba la pena inmensa de que la voz de Lorca no se hubiera conservado por ningún medio (La voz de Federico), salvo en memoria de los que la oyeron, incluido él. Isabel, más realista, reconoce que la voz es uno de los recuerdos que primero se pierden.

Es lícito preguntarse si el testimonio tardío de esta hermana añade algo a la historia de los Lorca, trabajada con criterio entomológico por Ian Gibson, el especialista más entusiasta, e incluso por Francisco García Lorca en Federico y su mundo (Alianza, 1981). En algunos aspectos no. El tono pudoroso de la autora le veda cualquier incursión en lo privado íntimo; no hay ningún dato sobre la homosexualidad del poeta, apenas algún apunte velado como cuando consigna por qué según ella a Federico le gustaba la rima 11 de Bécquer (la 51 en el manuscrito original): por el "no puedo amarte", síntesis del amor imposible. Isabel tampoco habla de su propia vida sentimental, salvo algún romance juvenil que menciona sin detalle ni claridad, y sí concede gran destaque a sus amistades, entre las que sobresale desde la infancia, Laura de los Ríos, luego esposa de Francisco García Lorca.

En otros temas se explaya. Las distintas casas donde la familia vivió siempre de puertas abiertas son un núcleo fundamental que a través de la descripción física aporta un retrato moral. Ahí están la casa de la Acera del Darro y la de la Acera del Casino, en Granada, las fincas donde pasaban los veranos, y hasta la tristemente famosa Huerta de San Vicente, evocadas con un detallismo perturbador. De ésta última, Isabel no cuenta los episodios de represión falangista que comenzaron a cercar al poeta y lo llevaron equivocadamente a recluirse en casa de los Rosales, pero no es casual que la referencia aparezca en el final del libro impregnada de un aire de dolor y pérdida.

En muchos tramos el verdadero ayuda memoria es la obra escrita del hermano, dueño de una capacidad de observación que trabajó a favor de su fantasía. Las coplas que oyeron y cantaron en la infancia renacen a partir de la lectura del Libro de poemas, figuras y hechos olvidados vuelven en algún verso enigmático de Poeta en Nueva York, vecinos suyos están en la piel de Yerma o Bernarda Alba. Como homenaje este reconocimiento del poder evocador de la poesía es el mejor que podía hacerle: invertir el pasaje de influencias haciendo que la poesía rescate lo olvidado. Contiene alguna ingenuidad como la de pretender que las intérpretes del teatro lorquiano se ajusten al recuerdo que Isabel tiene de los probables referentes reales, y entonces critica que Glenda Jackson, por ejemplo, no diera la talla de Frasquita Alba, la vecina que inspiraría el personaje de Bernarda. Pero hay que entender que esa ingenuidad es parte sustancial del encanto del libro.

LOS OTROS. La impresión que a menudo se tiene de que la España cultural de los años veinte y treinta giraba en torno a Lorca y unos pocos nombres más, es la que defiende Isabel, convencida de pertenecer a un ambiente exclusivo, sin cabida para lo vulgar, que empezaba en su propia casa. Su padre, un campesino que no tocaba una azada, era un hábil negociante de tierras. Su madre una mujer distinguida y religiosa, pero no beata. Allí Manuel de Falla era invitado entrañable y los cuadros de Dalí escandalizaban a las visitas. Unamuno y Valle-Inclán aplaudían de pie el estreno de Yerma de Federico en 1934.

Poetas de la "generación del ’27" frecuentaron su casa o la tuvieron de alumna en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid o fueron sus compañeros en Middlebury College (Jorge Guillén, Pedro Salinas, Luis Cernuda). Para todos Isabel tiene un recuerdo conciliador, que coincide bastante con la versión que la posteridad dio de ellos: Guillén es el ser humano extraordinario, Salinas el tipo simpático, Cernuda el poeta resentido. No llegó a ser amiga del autor de La realidad y el deseo; señala lo mezquino que era en cuestiones de dinero, la vanidad que tenía para el vestir, los arranques de ira por nimiedades, y el desamparo radical de un hombre que no se sentía querido en ninguna parte. Salta a la vista, sin embargo, que le hubiera gustado ser su amiga.

Perdona incluso al neurótico Juan Ramón Jiménez que con desprecio (y no era el único) hablaba de los primeros como los "poetas profesores" queriendo decir que ni en una cosa ni en otra eran buenos. Pequeñas maldades dejan mal parado al autor de "Platero y yo" y uno de los poetas, junto a Guillén, del work in progress de la poesía española. Una vez fue la crítica de Jiménez, publicada en El Sol de Madrid hacia un arquitecto, pero puesta en boca de un Siderico García Laorta que no era otro que Federico, violación de confidencialidad que le valió el desprecio de los padres del poeta. Otra tuvo que ver con un espejito de peltre del siglo XVII por el que Jiménez se entusiasmó hasta que Isabel terminó regalándoselo. Poco después lo vio a la venta en la vidriera de la tienda de artesanías de Zenobia, la esposa de Jiménez. Estas mezquindades y otras no parecen contadas con ánimo revanchista sino para indicar, con cierta sabiduría de vieja, que la vida fue eso y el arte resistió estoicamente los resbalones de sus autores. Pero también definen a Isabel, rápida a la hora de desnudar los vicios de los otros, señalar a los feos, los gordos o los torpes, cuando ya la mayoría de esas personas han muerto.

En muchos sentidos éste es un libro de otra época, escrito con letra y con cabeza de tiempos viejos, bastante contenido en la emoción aunque se percibe la emoción de quien lo escribió, así como la seguridad de dar un testimonio auténtico. Isabel murió el 9 de enero de 2002 en su casa de Madrid, sin verlo publicado, tarea que amigos y familiares completaron.

Para esa mujer que hablando de bordados confesó "nada de lo que hago lo hago bien", abarcando en eso mucho más que las "labores", la redacción de estos recuerdos debió tener un efecto liberador, compensatorio. Si no logró bordar "flores de su fantasía", como decía Federico en "La monja gitana", evocó por lo menos jardines de la realidad que inmortalizan aún más la letra trágica del hermano. Al final el efecto devastador del tiempo, que ambos supieron señalar, vuelve a convertir esas realidades —incluso para el lector—en lo que alguna vez fueron para la niña y para el poeta, fantasías.

RECUERDOS MÍOS, de Isabel García Lorca. Tusquets Editores, Barcelona, 2002. Edición de Ana Gurruchaga. Prólogo de Claudio Guillén. 303 págs.

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