Leonardo Scampini
EL PRETEXTO para el diálogo nació de la edición de dos libros de su autoría que tienen la característica de adentrarse en la música, desde una mirada independiente del eurocentrismo clásico: Introducción a la música (Tacuabé, 2002) y Conversaciones sobre música, cultura e identidad (Tacuabé, 2000).
Se trata en el primero de los casos de una pequeña enciclopedia que recorre informaciones básicas e historia el mundo de la música desde los orígenes hasta acá, mientras que el otro volumen recopila artículos de prensa y ponencias.
ARRUGAS.
—No sé si tiene que ver con su influencia como educador, pero noto en la generación anterior de la música popular uruguaya, la misma tensión de elementos que usted maneja a nivel teórico, mientras que en la generación actual hay una distensión, un dejarse llevar.
—Ahí creo que hay varios factores que entran en juego. En primer lugar le recuerdo que sigo ejerciendo la docencia, y la cantidad de jóvenes creadores que siguen pasando por talleres y seminarios míos sigue siendo más o menos pareja. Lo que aquí se plantea es la relación del creador con la sociedad a la que pertenece, y un buen creador es alguien que, de una manera u otra, está reflejando a la sociedad y va a plantear a su modo su tensión entre lo que le parece positivo de esa sociedad y lo que quisiera mejorar. Ese es un problema que va variando en el transcurso de la historia y hay naturalmente, un cambio de momento histórico que produce cambios en las respuestas artísticas. Por otra parte, puede estar ocurriendo una crisis de aparición de una generación. El sistema cultural occidental, en la última década y media, ha logrado frenar la aparición de una generación joven. Cuando los Beatles graban su primer disco, los dos más viejos de ellos recién están cumpliendo veintidós años, hay uno que cumple veinte y otro que cumple diecinueve años. Hoy día eso es casi impensable, incluso en los centros de poder, porque todo el sistema occidental está matando a las generaciones jóvenes. Es un problema muy grave y profundo, y lo he planteado en trabajos de diferentes congresos. Ocurre además un fenómeno que hace treinta o cuarenta años no hubiera sido posible: el que la gente joven acepte a señores de sesenta años como posibles ídolos. Aparecen en la prensa, fotos de los Rolling Stones llenos de arrugas y con pedazos de piel que les cuelgan de la cara.
—¿Usted dice que todo esto está planificado?
—En el sentido de envejecer el consumo, sí. Hay una clara planificación de estar parando el reloj de la historia a nivel de consumo de lo que está ocurriendo. Hay todo un mecanismo muy perverso y en nuestra área cultural, que es lo que nos importa, también sucede. Después de la dictadura, el Uruguay comenzó a vivir una especie de frenamiento de la aparición y del apoyo mínimo que se tendría que dar a jóvenes creadores e intérpretes. Si usted trata de analizar lo que ha ocurrido cualitativa y cuantitativamente en los últimos veinte años, va a ver qué pocos nombres hay de creadores de música —popular y culta— menores de cuarenta años. Brasil no tuvo más una generación como la de los nacidos a comienzos del cuarenta. Y si uno conoce lo que estuvo pasando, va a ver cómo apareció fulano de tal y fue destruido o cómo apareció tal grupo y fue sacado de circulación.
—¿No hay mecanismos más naturales para que un artista se insinúe y desaparezca rápidamente?
—Podemos observarlo en nuestra escala de país. Los medios de comunicación no pasan casi música uruguaya, ni siquiera de viejos, y esto no es nuevo. Es más: algunos viejos han ganado espacio en esos medios sólo por su persistencia. Rada llega a ser más o menos popular y a vender alguna cantidad más o menos digna de discos después de los cincuenta y cinco años, cuando ha estado haciendo cosas brillantes desde hace más de tres décadas. Hay una perversidad respecto a lo propio que es muy destructiva y que se comprueba recorriendo el dial y no pudiendo escuchar lo que ha estado produciendo Uruguay en los últimos cincuenta años.
UN FUTURO MEJOR.
—Cada opinión que vierte en sus libros, tiene el respaldo de la información y la investigación profunda. Hay una metodología científica de la que parece desapegarse cuando usted dice tener "un credo irreductible en un futuro mejor".
—No creo que haya ninguna contradicción. El científico que no tiene fe en algo no puede ser científico, porque esa fe es la que mueve todos los otros mecanismos. Si alguien está investigando un medicamento, tiene la esperanza de que eso sirva para curar una enfermedad; si alguien está desarrollando algo a nivel de informática, tiene fe de que eso sirva para algo en particular. El científico parte de la fe, no hay ningún otro punto de partida posible.
—De la misma forma en que usted cree ¿no admite que alguien que analiza todo lo que pasó en la historia de la humanidad y que está parado en este momento de falta de perspectivas diga "no hay nada en que creer"?
—Esa es una posibilidad perfectamente válida. Hay una cantidad de posturas filosóficas en distintas etapas de la cultura del hombre que como el nihilismo, la respaldan. También, desde al menos los presocráticos, hay un uso retórico del descreimiento. Y además se puede llegar a una posición de quietismo porque se cree que no hay salida y también por comodidad. Ahora, cuando se está optando por hacer algo, hay cosas que están actuando como motor de ese accionar.
—También la posmodernidad ha sembrado ideas que pueden ser motores de un accionar individualista, ideas como "hay un futuro mejor para mí".
—Pero eso no es el mundo, eso son tres o cuatro personas. La posmodernidad es una etiqueta inventada que en el fondo quiere decir neorreaccionarismo. Los reaccionarios existieron siempre y van a seguir existiendo pero yo no estoy plegado a esa postura y no hay por qué suponer —eso sería una manipulación de la información— que en este momento haya terminado la historia o haya terminado para todos la intención de pelea. Muy por el contrario, uno se encuentra permanentemente con peleadores por todos lados. Por ejemplo hace muy pocas semanas, en Bolivia y como resultado de las últimas elecciones, irrumpieron en el Parlamento más de cincuenta indígenas de los grupos étnicos aymara, quechua y guaraní, vestidos con sus atuendos tradicionales y exigiendo hablar sus lenguas. Es un hecho muy fuerte el que, por primera vez, haya protagonistas indígenas en el parlamentarismo latinoamericano, donde los indígenas han estado desde siempre excluidos. Y este hecho es producto de una pelea que se estuvo dando durante cinco siglos, nada menos. Si alguien me dijera que no pasa nada en el mundo, que hay un gran descreimiento, yo le diría "¿perdón, usted está sabiendo observar lo que pasa alrededor suyo?" Hay cosas que están ocurriendo y que simplemente contradicen la propaganda sistemática que quiere hacer creer a la gente que no pasa nada, que nadie pelea y que se acabó todo. No se acabó nada y nunca se va a acabar en la medida que existan seres vivos. A nivel biológico es imposible que se acabe y si sólo la muerte puede poner un punto final en lo físico, a nivel cultural ni siquiera la muerte acaba las cosas ya que, muchas veces, una cosa triunfa varias décadas o siglos después que murió la persona que estuvo peleando por eso.
ASPECTOS CULTURALES.
—¿Por qué la identidad uruguaya siempre está como a la defensiva, cuidando sus rasgos esenciales en vez de dedicarse a ser, con naturalidad?
—No entiendo por qué me lo pregunta a mí. En primer lugar, no existe la identidad uruguaya porque las identidades no tienen que ver con las fronteras políticas. Cuando se dice identidad nacional, se está agregando al concepto identidad un factor político de Estado que no se corresponde con los estudios culturales, aunque por supuesto, una continuidad de fronteras políticas mantenida durante muchos siglos, puede ir determinando un límite de contención de determinados rasgos culturales. Lo que nosotros tenemos que hacer es determinar los factores de identidad de las comunidades y también tener la flexibilidad de entender que hay cosas que tienen áreas de dispersión diferentes. La milonga, por ejemplo, se extiende a amplias zonas del sur de Brasil y del centro-este de la Argentina, y a todo el Uruguay, pero aquello que se entiende por milonga en determinadas zonas del norte de nuestro país es muy diferente a lo que se entiende como milonga en el sur. Cuando hablamos de candombe o murga, no estamos hablando de todo el Uruguay sino de Montevideo. El transformar a eso en factores de identidad de la República, es por lo menos inocente. Ahora, si el Estado uruguayo está exportando muestras de hechos culturales del país, obviamente va a tener que exportar cosas que reflejen aspectos de lo que se da culturalmente dentro de esas fronteras políticas.
—Y en esos aspectos, ¿es necesario estar a la defensiva siempre? Algunos actores culturales piensan que para diferenciarnos de los argentinos, nosotros no deberíamos decir malas palabras.
—Ahí no creo que se refieran a Argentina sino a los medios de comunicación masivos de Buenos Aires y a esa imposición del actual modelo porteño. Puedo entender a la persona que plantea eso aunque quizá no esté de acuerdo en la forma que lo plantea, porque a mí me molesta muchísimo la grosería porteña. Pero también esa persona tiene que recordar, como yo trato de recordar cada vez que puedo, que los uruguayos jamás decidimos ser independientes de lo que hoy es Argentina. A nosotros se nos impuso la independencia por vía del imperialismo británico y hasta hoy, nosotros no tomamos ninguna resolución. En la declaración de 1825, nuestro territorio se declara independiente de los demás países pero no de las provincias del Río de la Plata. Tampoco tomamos jamás, a nivel de referéndum, la decisión de pertenecer al MERCOSUR, que es un acto de soberanía. ¿Cómo puede llevarse a cabo un acto de incorporación sin que sea consultada la ciudadanía? En Europa tuvieron serios problemas con las votaciones de países enteros para decidir si se integraban o no a la Comunidad Económica Europea. ¿Cómo es que acá hubo mecanismos legales y constitucionales que permitieron saltearse al pueblo para saber si el pueblo tenía o no interés en formar un mercado común con dos monstruos vecinos, en pie de clara desigualdad para siempre?