Los Oscar olvidados

Jaime E. Costa

SIEMPRE SE HA DICHO que la obtención de un Oscar sirve para elevar la cotización de una estrella de mediano prestigio o relanzar una carrera que estaba estancada. Si uno piensa en Broderick Crawford, Ernest Borgnine, Lee Marvin, Gloria Grahame, Anne Bancroft o Ellen Burstyn, no caben dudas de que el Oscar fue en su momento un importante motivo de atención que les ayudó a conseguir mejores papeles y un definitivo ascenso al estrellato. En los 75 años de historia de ese apetecido premio, ésa parece haber sido la norma. Pero no siempre las cosas han funcionado con ese mecánico resultado.

Como simple ejemplo, pocos deben recordar hoy el nombre de Shirley Booth, una señora madura que fue elegida mejor actriz en 1952 por Sin rastro del pasado (Come Back, Little Sheba), figuró luego en otras tres películas de la Paramount (la última fue La casamentera, 1958) y desapareció de Hollywood para refugiarse en la televisión, donde tuvo su propia serie (Hazel, 1961-65). Su desaparición de la pantalla grande no fue empero tan lamentada (ni sorpresiva) como la de Luise Rainer, una alemana que alegaba ser austríaca (por consejo de Louis B. Mayer), llegó a la MGM en 1935 y fue la primera actriz en ganar dos Oscar en forma tan temprana como consecutiva (por El gran Ziegfeld, 1936, y Madre tierra, 1937). Sin embargo, harta de Hollywood y de Mayer se retiró en 1938 luego de haber completado apenas otras cinco películas y no se supo nada de ella hasta que cuarenta años después reapareció en la ceremonia del Oscar para entregar el premio a la española Volver a empezar. Fue un reencuentro tan melancólico como fugaz, porque Rainer (nacida en 1909) siguió empeñada en mantenerse alejada de Hollywood.

LOS FULGORES PASAJEROS. Mientras algunas celebridades nunca han ganado un Oscar y otras como Henry Fonda, Geraldine Page o Jessica Tandy lo han logrado en el crepúsculo de sus carreras (y hasta de sus vidas), el famoso premio se ha permitido distinguir a gente que luego no pudo revalidar sus méritos. Tal ocurrió con Louise Fletcher, actriz de carácter que se lució como implacable carcelera de Jack Nicholson en Atrapado sin salida (One Flew Over the Cukoo’s Nest, 1975) y luego descendió a papeles secundarios en películas muy menores. Ese temperamento lo tenía también Jo Van Fleet, que ganó un Oscar como actriz de reparto por su debut como madre de James Dean en Al este del paraíso (1955) y alcanzó una corta pero justa fama en los tiempos de auge del Actor’s Studio. Condenada a representar siempre papeles de mujer mayor y hasta de anciana (tenía entonces 36 años) fue desapareciendo de la pantalla hacia 1960 para dedicarse al teatro.

Todos recuerdan seguramente Bonnie & Clyde (1967), una película de esas que crean modas. Y por supuesto que no han olvidado que allí estaban Warren Beatty y Faye Dunaway, pero también Gene Hackman y hasta Gene Wilder. Sin embargo, la única que se alzó con un Oscar entre todos ellos fue Estelle Parsons, en su debut como la gordita esposa de Hackman que tenía una memorable escena de histeria en medio de una tremenda balacera. Para una actriz de teatro muy ocupada, ese Oscar no podía ser una tentación para luchar por una carrera cinematográfica, por lo que Parsons se conformó con un eterno segundo plano en la pantalla. Lo mismo ocurrió con Beatrice Straight, que era la esposa de William Holden en Poder que mata (Network, 1976) y luego del Oscar tuvo pocas intervenciones en cine, ninguna muy destacada. Y también con Eileen Heckart, un temperamento poderoso que estaba en cine desde 1956 (nominada ya por La mala semilla) y que alternando pequeños papeles en la pantalla con una prestigiosa labor teatral llegó al Oscar en 1972 con Las mariposas son libres, donde tenía su breve momento de lucimiento a pesar de Goldie Hawn. Los premios a los papeles de reparto han favorecido por lo general a actores de carácter poco interesados en el estrellato. Ocasionalmente, como Art Carney en Harry y Tonto (1974), algún veterano recibe un protagónico y la Academia lo premia con un Oscar aunque todos saben que su carrera estelar es efímera.

LOS PAPELES ESPECIALES. Cuando Harold Russell ganó un Oscar en 1946 por Lo mejor de nuestra vida, no se estaba premiando en realidad su talento dramático. El hombre era un lisiado de guerra al que le faltaban las manos, y ese film mostraba precisamente el reencuentro de los ex combatientes con la vida civil, a la cual debían readaptarse con varias dificultades. El Oscar premió el coraje de Russell dentro de una película a su vez muy elogiada. Lo mismo debió entenderse cuando la japonesa Miyoshi Umeki ganó su Oscar en 1957 por Sayonara. Los antiguos enemigos de la guerra estaban mostrando ahora su rostro humano y el sacrificio de Umeki (que se suicidaba en el film junto a su amante Red Buttons, también premiado) llamaba a la reconciliación entre esos pueblos. La actriz no apareció en muchas películas, pero a fines de los años ’50 Hollywood se llenó de rostros orientales que pasaban fugazmente (Miiko Taka, Eiko Ando, France Nuyen, Nancy Kwan, hasta la célebre Machiko Kyo) mostrando su apariencia exótica.

Otro caso muy particular fue el de Marlee Matlin, sordomuda de nacimiento que logró lucirse en un papel a su medida en Te amaré en silencio (Children of a Lesser God, 1986) junto a William Hurt, quien en un recurso muy poco realista (aunque necesario para el público) debía repetir en voz alta todo el lenguaje por señas que intercambiaba con ella. La molestia no obstó para que Matlin fuera premiada con un Oscar, pero su futuro le ofrecía papeles muy limitados, aunque llegó a tener su propia serie de televisión. Lo mismo podría decirse de Linda Hunt, actriz de estatura diminuta que sorprendió al público haciendo un papel del fotógrafo indonesio compañero de Mel Gibson en tiempos de Sukarno en El año que vivimos en peligro (1982) y ganó un Oscar por ello. Sorprendentemente, ha tenido una carrera bastante regular, aunque sus papeles sean naturalmente limitados.

¿DÓNDE ESTÁN? Si se revisan cuidadosamente las listas de los premiados por la Academia, quienes no tengan excelente memoria pueden llegar a preguntarse quién era Fulano de Tal y qué papel hacía en aquella película de la cual tampoco se acuerda demasiado. No hay dificultades para Hattie McDaniel en Lo que el viento se llevó (1939) ni debiera haberlas para Tatum O’Neal en Luna de papel (1973), porque esos papeles se encuadran, de alguna manera, en momentos memorables del cine. Aunque esa gente no hubiese hecho otra película en su vida, esas actuaciones bastarían para lograr la inmortalidad, como la de Lila Kedrova haciendo de la Babulina en Zorba el griego (1963) o Joel Grey como el maestro de ceremonias de Cabaret (1972).

Pero hay otra gente talentosa que es más difícil de ubicar en la memoria de un cinéfilo menos erudito o de un espectador joven interesado en saberlo todo. Por ejemplo Mercedes McCambridge, una mujer de voz grave y temperamento hosco, que puede resultar más familiar por haber trabajado en una película de culto como Mujer pasional (Johnny Guitar, 1954, de Nicholas Ray), o en una superproducción como Gigante (1956, de George Stevens), pero que ya había ganado un temprano Oscar por Decepción (All the King’s Men, 1949, de Robert Rossen). Su carrera no sobrepasó la barrera de la década de los ’50 y se volcó luego a la televisión.

Más recientemente, Mercedes Ruehl tuvo escasas apariciones en la pantalla después de su Oscar de 1991 por Pescador de ilusiones (The Fisher King, de Terry Gilliam), pero ese síntoma ya se había reflejado anteriormente, cuando los Oscar recibidos por Mary Steenburgen en Melvin and Howard (1980), Geraldine Page en The Trip to Bountiful (1985) y Marcia Gay Harden por Pollock (2000) ni siquiera ameritaron que esos films se estrenaran en Uruguay. En ciertos casos, el premio parece un rótulo prestigioso pero no garantiza su comercialización fuera de Estados Unidos.

Finalmente, hay que tener mucha memoria para acordarse de rostros tan brumosos como Warner Baxter o George Arliss, que ganaron sus Oscar hace más de 70 años pero sus películas son muy poco vistas en la actualidad. Tuvieron sí una prolongada carrera y gozaron de merecida fama en su tiempo, lo que el Oscar supo reconocer debidamente, aunque hoy se encuentren en esa borrosa franja donde los viejos recuerdos luchan por no transformarse en interminable olvido.

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