Raquel Guinovart
CUANDO MUERE el escritor Leonardo Sciascia, el 20 de noviembre de 1989, una breve necrológica en un diario resume el sentimiento de la isla: "Sicilia está más sola". Había muerto uno de sus hijos más ilustres. Este hombre escribía desde la Italia más pobre, violenta y olvidada, y su voz se escuchaba y respetaba en el norte de la península y en el resto de Europa. Como novelista fue de los primeros —en los años 50’— en romper con la omertá (ley de silencio de la mafia) en la literatura, describiendo un mundo del que todos sabían pero del que nadie hablaba. Como ensayista reflexionó con lucidez sobre su tierra. Como polemista participó con valentía e independencia de las grandes discusiones civiles que la construcción de la democracia y la convivencia demandaban. En sus últimos años, como político, centró su esfuerzo en devolverle la dimensión ética a esta práctica. No es un hombre que haya que santificar. Pero en el acierto y en el error, Sciascia fue un hombre íntegro. Pesimista dentro de una realidad pésima, tuvo sin embargo el aliento para seguir participando malgrado tutto, a pesar de todo. Por eso, sin Sciascia, Sicilia está más sola.
EL CONTEXTO. Había nacido el 8 de enero de 1921 en Racalmuto, un pueblito que por entonces era un grupo de casas en el interior de la Sicilia occidental. Esta es una Sicilia árida y pobre, atribuible según decía Tomasi di Lampedusa a "un momento delirante de la creación": colinas desnudas, valles desiguales, polvo, sed y una desolación de desierto lunar que las solfataras (minas de azufre) contribuían a volver más infernal. Las solfataras eran una pesadilla y un destino del que había que huir. El abuelo de Sciascia trabajó en las minas desde los 9 años. Aunque el trabajo era terrible, a pesar del agotamiento iba a las clases que impartía un cura. Aprendió a leer, a escribir, a hacer cuentas, llegó a ser maestro de obras y después pasó a la administración. Había dejado de ser picador y así cambió la historia de sus descendientes. El padre y el hermano del escritor también estuvieron vinculados a las minas pero, más afortunados, no debieron bajar a su interior. El joven Leonardo decidió alejarse definitivamente y estudió para maestro.
Esta parte de Sicilia estaba dominada por la mafia del modo más feroz, prácticamente no existía en ella la idea de una justicia del Estado. Según las estadísticas Racalmuto en 1921 tenía trece mil cuarenta y cinco habitantes, y un número impresionante de muertos asesinados, la mayoría debido a luchas internas entre los grupos mafiosos. Ante una autoridad laxa y corrupta, los habitantes de la Sicilia profunda recurrían a los detentadores informales del poder: los padrinos, los tíos. La mafia, invisible, oculta y mimetizada era (es) más que nada un comportamiento, un sistema de relaciones caracterizado por el clientelismo, el intercambio de favores, el padrinazgo y la inviolable ley del silencio. En un artículo de 1957 Sciascia la define así: "una asociación para delinquir, con fines de ilícito enriquecimiento para los propios asociados, que se sitúa como intermediación parasitaria e impuesta con medios de violencia entre la propiedad y el trabajo, entre la producción y el consumo, entre el ciudadano y el Estado". En El día de la lechuza (1961), describe la mentalidad que la sustenta: "la familia es la única institución verdaderamente viva en la conciencia del siciliano; pero viva más como dramático nudo contractual, jurídico, que como agregación natural y sentimental. La familia es el Estado del siciliano". En este sentido el escritor alguna vez dirá que Sicilia "es irredimible". Cuando Sciascia empieza a tocar el tema en su literatura, el gobierno italiano no sólo se desinteresaba del fenómeno de la mafia sino que explícitamente lo negaba. Después de todo nunca se había podido probar ningún crimen cometido por ella. Sin embargo, el maestro de Racalmuto no creía en esa ignorancia: la mafia "no surge y se desarrolla en el ‘vacío’ del Estado (cuando el Estado, con sus leyes y sus funciones, es débil o está ausente) sino ‘dentro’ del Estado...".
Sciascia creía que todo lo que para un hombre cuenta, todo lo que le ha conformado como es, sucede en los diez primeros años de vida. De modo que si él llegó a ser el hombre y el escritor que fue, se debe a su experiencia de vida en ese pueblito del interior siciliano en los años de consolidación del fascismo (no demasiado severo, "convivía con la mafia y una mafia no se podía poner junto a otra"). Allí, entre otras cosas, leyó la novela Los novios de Alessandro Manzoni, y decidió, como él, considerar la escritura como una acción moral.
BUENAS ACCIONES. Aunque pueda sonar exagerado, para Sciascia la literatura era una buena acción. Lo entendía en un sentido ilustrado: hay en su obra la voluntad de razonar, de entender, de hacer reflexionar. "A mí me interesa debatir temas de actualidad; temas que interesen a la mayoría de las personas, y son absolutamente secundarios los resultados literarios", decía en 1965. Semejante declaración no lo llevó a hacer mala literatura. Su prosa es cuidada, precisa, vigorosa con economía de palabras y exquisita en el manejo de la ironía. Pero siempre escribió, incluso cuando habló del pasado, con la intención de iluminar el presente. Otro escritor siciliano, Gesualdo Bufalino, le comentó al respecto: "yo envidio tu fuerza en asuntos de índole civil, tu compromiso social, tu capacidad de servirte de la palabra escrita para persuadir y disuadir. Yo, en cambio, no sé hacer escritura moral". Sciascia, que no hacía de sus elecciones una obligación universal, le respondió "lo importante es no hacerla inmoral."
Llevado por este propósito recreó un género que había inaugurado Manzoni, el relato-investigación en el que, a partir de documentos reales, hace justicia literaria a los perseguidos y olvidados de la historia. Así rescata las figuras del abad Vella, un tramposo que a su modo se rebeló contra el privilegio de los barones (El Consejo de Egipto, 1963), de fray Diego La Matina, un hereje que se enfrentó a la Inquisición española (Muerte del inquisidor, 1964), de monseñor Angelo Ficarra, perseguido por la Curia por razones más políticas que religiosas (En tierra de infieles, 1979). O desmenuza procesos judiciales y policiales en crónicas que son a la vez ensayos e indagaciones históricas, como la reconstrucción de una muerte misteriosa en Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel (1971), la condena de una mujer acusada de prácticas satánicas en La bruja y el capitán (1986) o el caso de la condesa absuelta de un crimen pese a las pruebas en su contra (1912 + 1, 1986). Esta mirada atenta sobre la historia permite entender su definición del escritor: "es alguien que vive y hace vivir la verdad". Hay una verdad en los archivos y las actas judiciales, en los recortes de periódicos, todo está en saber leerla.
Este sentido casi detectivesco de su actividad derivó naturalmente en la novela policial, a la que imprimió su sello: "Malraux decía de Faulkner que éste había conseguido ‘la intrusión de la tragedia griega en la novela policíaca’. Se podría decir de mí que he introducido el drama pirandelliano en la novela policíaca". El carácter pirandelliano alude a la confusión entre realidad y ficción, entre lo que es y lo que parece. Las tramas de Sciascia parten de la claridad pero terminan adentrándose en el misterio, un misterio que atañe al lector porque está describiendo su mundo. A diferencia de lo que suele acontecer en el género, el crimen no supone la ruptura del orden, y su solución no lo restaura: lo pavoroso en sus novelas es que se vislumbra que el crimen es en realidad el orden del poder y por eso, difícilmente tendrá remedio.
Sciascia busca intensificar la participación del lector por medio de la provocación. Un crítico resume el sentimiento: "Si en las primeras novelas policiales de Sciascia El día de la lechuza (1961) y A cada uno lo suyo (1966), estaba privado de la alegría del castigo y de la expiación del crimen, ahora le es sustraído también el happy end del conocimiento". A partir de El contexto (1970) el misterio no se resuelve del todo. Hay indicios que apuntan a posibles soluciones, pero ninguna se ofrece como inequívoca. En este libro, como en Todo modo (1974) y en Una historia simple (1989) el crimen no es cometido por razones personales, que responden a las características de un personaje determinado, al que podría calificarse como una anormalidad social, sino que deriva de la organización misma de una sociedad que tiene mucho de mafiosa. "Si dejo al lector el cuidado de descubrir al autor de los crímenes —declaró Sciascia— es porque de esa manera se puede hacer ver que en los pasillos del poder es donde se encuentra el gran capital que arma la mano de los asesinos, y que no importa a quien se le encomienda matar... si en mis libros no se sabe quién es el asesino es porque yo mismo lo ignoro y porque, en última instancia, como en Todo modo, podría ser yo. O el lector".
SOCIALISTA SIN PARTIDO. Su primera convicción política fue el antifascismo. La guerra civil española inició las sospechas sobre el régimen en el joven Sciascia. En Las parroquias de Regalpetra (1956) lo cuenta: "Cuando pensaba que había campesinos y artesanos de mi pueblo y de toda Italia que iban a morir por el fascismo, me sentía lleno de odio. Iban por hambre, yo sabía lo que estaba pasando, no había trabajo y el Duce les ofrecía el trabajo de la guerra...". Como tantos otros jóvenes que habían crecido en aquellos años, Leonardo empezaba a decidir sus posiciones políticas con el sentimiento. Conoce un grupo de luchadores antifascistas que lo influenciarán, sobre todo Vitaliano Brancati, que es el inspirador de lo que llama su antifascismo no ideológico. Este profesor veía en los excesos ideológicos del antifascismo y del comunismo otra forma de fascismo. Su enseñanza caló hondo en el escritor que dirá: "mi sensibilidad ante el fascismo continúa siendo muy fuerte, lo reconozco en cualquier sitio, incluso cuando está disfrazado de antifascismo, y permanezco sensible al eternamente posible fascismo italiano". Y agregará una frase que ilustra a la perfección esa actitud: "una de las cosas que me reprocho como una vileza, una vileza personal aunque se trata de una vileza sociológica e histórica, es la de no haber defendido a ciertos fascistas cuando he creído que los acusaban injustamente".
Con una sensibilidad de izquierda y preocupado por la justicia, Sciascia siempre estuvo atento al partido que podía reunir esas señas: el comunista. La suya era una atención crítica que no significaba una condena, sino una exigencia en nombre de lo que el partido decía representar. La historia de la relación entre ambos es larga y sinuosa. Cuando Sciascia empieza a ser conocido por sus novelas sobre la mafia, para el partido era un escritor "bueno y valiente". Pero en 1970, al publicar El contexto, cae en desgracia. Este policial, en que las razones de Estado y de partido confluyen en cambiarlo todo para dejar todo como está, supone una dura crítica a la izquierda. En el libro Sciascia se anticipa a una serie de acontecimientos que se verificarían más tarde con la asombrosa puntualidad de una profecía: la estrategia de la tensión, la política del compromiso histórico (entre la Democracia Cristiana y el PCI), la actuación incontrolada de los servicios secretos, la corrupción generalizada e incluso el asesinato de jueces. Unos meses antes de que saliera el libro Sciascia decía en una entrevista: "El intelectual era alguien que ponía su firma por Cuba, por Vietnam, para declarar su voto a la izquierda durante las elecciones. Algunas veces también he firmado yo. ¿Estás contra el imperialismo americano? Pues claro. ¿Estás a favor de la libertad para España? Es evidente. Pero estoy a favor de muchas otras cosas, y en contra de muchas otras. Nosotros también, pero luego hablamos. ¿Después? ¿Cuándo? ¿Después de Budapest, después de Praga? ¿No ha llegado el momento de hablar de todo esto? No, aún no. Y así pues, nunca más...". No le agradaba lo que decía en el libro, hasta cierto punto le parecía una mala acción, pero era necesaria. En 1976 Francesco Rosi filma Cadáveres ilustres, basándose en El contexto. Sustancialmente se mantiene fiel a la novela pero cambia la frase pronunciada al final del relato por el vicesecretario del Partido Revolucionario. En el libro decía: "No podíamos correr el riesgo de que estallase una revolución. No en este momento", en la película se convierte en: "La verdad no siempre es revolucionaria." La frase se inspiraba en otra que había escuchado el escritor de boca de un viejo líder comunista: "Si hay que elegir entre verdad y revolución, nosotros elegimos la revolución." Cuando se estrena la película un periodista le pregunta a Sciascia qué elegiría él. Responde: "La verdad, es evidente. Puedo decir incluso que he escrito El contexto en homenaje a la verdad".
La vieja guardia del PCI se le tira encima. Deja de ser un autor respetado para convertirse en un erudito carente de conciencia política. Los comunistas más jóvenes, en cambio, lo defienden y no se sienten tan sorprendidos: en 1969 el escritor había dedicado La controversia de Lipari a Dubcek y sus palabras reflejan un malestar que ellos también sienten. Cuatro años más tarde el referéndum para derogar la ley del divorcio, propiciado por sectores ultra católicos, pone al PCI y a Sciascia en la misma trinchera. El referéndum tuvo un efecto boomerang para los que lo habían pedido y representa la primera derrota de la Democracia Cristiana en 30 años. Tal vez algo estaba a punto de cambiar. Y en nombre de ese cambio, el secretario del PCI siciliano Achille Occhetto, que entonces tenía treinta y ocho años, propone a Sciascia que se presente como candidato a las elecciones para la renovación de la junta municipal de Palermo. Son los inicios del eurocomunismo y se podía creer que el PCI era verdaderamente un partido comunista diferente. De hecho le estaba pidiendo a un intelectual de probada rebeldía y sin pelos en la lengua que lo acompañara. El escritor terminó aceptando y se presentó como candidato independiente en la lista del PCI. Al hacerlo no renunciaba a sus herejías y desde el primer momento deja en claro que está en contra del compromiso histórico. Esa estrategia, que estaba cobrando fuerza, le parecía suicida no sólo para el partido sino para cualquier clase de oposición. En El contexto ya había declarado lo que pensaba. Hay un pasaje en el que el ministro le dice al inspector Rogas: "...Usted sabe cuál es la situación de la política, por llamarla así, institucionalizada. Se puede condensar en una frase: mi partido, que mal gobierna desde hace treinta años, ha tenido ahora la revelación de que se mal gobernaría mejor junto al Partido Revolucionario Internacional...".
La tregua no podía durar mucho. Dieciocho meses después Sciascia dimitía: "comprendí que el PCI no estaba dispuesto a desempeñar el papel de oposición, que era el suyo, en el seno del consejo municipal. Un comunista declaró en la primera reunión: ‘No queremos en absoluto hacer el proceso al pasado’. Y dado que no quería hacer ni siquiera el proceso al presente, mi presencia en ese puesto me pareció inútil y simplemente decorativa". Tras la dimisión, el partido —que en las elecciones había promovido al siciliano a la categoría de "gran escritor"— lo declaró cobarde y mezquino.
UN CRISTIANO SIN IGLESIA. El 16 de marzo de 1978 a las 9 de la mañana un comando del grupo extremista de izquierda Brigadas Rojas secuestra al presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro, y mata a los cinco hombres que lo escoltaban. A las 10 de ese mismo día Giulio Andreotti, como presidente, debía presentar el nuevo gobierno en el parlamento. Era el primer gobierno democristiano que contaba con el apoyo de los comunistas y Moro había sido el artesano del acuerdo. De ocurrir todo como estaba previsto el debate en las Cámaras iba a ser ríspido porque hasta el día anterior se manifestaban reservas por parte de sectores de la izquierda y de algunos grupos democristianos. Tal como las cosas realmente ocurrieron, aunque las intenciones de los brigadistas hayan sido otras, la ausencia de Moro logró que el cuarto gobierno de Andreotti quedara aprobado sin discusión alguna. "Y, como diría Pirandello: ‘el drama está todo ahí’". El comportamiento de los distintos actores, pero sobre todo de la Democracia Cristiana, puede resumirse para Sciascia en el epígrafe que abre El caso Moro (1978) "La frase más monstruosa entre todas: alguien murió ‘en el momento justo’".
En ese libro Sciascia realiza una lectura de las cartas del presidente democristiano durante su secuestro y de los comunicados de las Brigadas Rojas, y llega a esta conclusión: Moro podía haber sido salvado. Lo han asesinado las BR, pero los que deseaban su muerte eran sus compañeros de partido con la complicidad de los comunistas que no querían que el "Estado fuerte" cediera. En una entrevista, cuando estaba a punto de concluir el texto, Sciascia dice: "Tomé la decisión cuando aparecieron las declaraciones de los amigos de Moro. Y sobre todo cuando leí entre las firmas la del cardenal Pellegrino, ..., entonces comprendí que yo era más cristiano que el cardenal y que tenía que escribir un libro cristiano".
Desde el primer momento el PDC afirmó que Moro no estaba en plena posesión de sus facultades mentales cuando le pedía a sus compañeros que negociaran. El escritor demuestra que no hay ninguna incoherencia entre lo que pensaba Moro en libertad y lo que pedía en cautiverio. Ya había dicho a propósito de los secuestros que entre salvar una vida humana y sostener unos principios abstractos, primaba la vida. Se pregunta Sciascia si acaso un cristiano podría vacilar en la elección. Pero los democristianos en el poder se aferraron a la razón de Estado y en su defensa proclamaron la metamorfosis de Moro, su muerte civil. El Estado por el que se sacrificaba esta vida, precisaba Sciascia con ironía, convivía desde hace un siglo con la mafia siciliana, con la camorra napolitana, con el bandolerismo sardo y desde hacía treinta años cultivaba la corrupción y la incompetencia, pero pretendían ahora que era fuerte. En el libro recuerda la opinión de Bayle quien decía que una república de buenos cristianos no hubiera podido durar. Montesquieu corregía: una república de buenos cristianos no puede existir. El escritor agrega con amargura: "pero una república de buenos católicos italianos puede existir y durar. Así".
En sus últimos años Sciascia se había convencido del valor de la piedad. Cuando escribía Las parroquias de Regalpetra, su descontento civil lo llevaba a considerarla un estorbo. Pero en esos días había cambiado de opinión: "Hace veinte años escribía que en los sucesos civiles no se debe sentir piedad; frente al caso Moro, he reivindicado la piedad como el sentimiento más elevado. Pero hay que decir que hace veinte años yo creía que era posible que el mundo cambiase; hoy día ya no lo creo."
Sciascia se había alejado de la participación política activa pero en 1979, ya con su salud bastante deteriorada por una enfermedad que no acertaban a diagnosticar, se presenta como candidato del partido radical. Lo hace "para hablar de la vida y de la muerte", repitiendo la frase que Pasternak habría dicho a Stalin al solicitarle una entrevista a propósito de un escritor condenado. "Yo pensé que era necesario hablar de la vida y de la muerte en este país", afirmaría, y para ello integra la comisión parlamentaria de investigación sobre los sucesos que llevaron al homicidio de Aldo Moro. Cuando termina su experiencia de diputado en 1983 dirá: "me di cuenta de que lo que escribí en mi libro no sólo era correcto, sino también cierto".
Quijote hasta el final, cuando se inician los procesos contra la mafia en 1986, Sciascia reconoce un nuevo fanatismo, el de la antimafia, que corre el riesgo de destruir las reglas del civismo. Bastaba embanderarse como luchador contra la mafia, para estar a salvo de cualquier crítica. Otra vez el "unanimismo" que no acepta la duda ni el disentimiento. No se puede ir contra la mafia violando los principios del derecho, dirá Sciascia. La reacción fue la del "conmigo o contra mí": si no te gustamos nosotros que combatimos contra la mafia, hay que pensar que te gusta la mafia. Salvo honrosas excepciones lo rodeó la soledad del escéptico. Triste pero acostumbrado, escribió: "comprendo perfectamente que no se les pase por la cabeza la sospecha de que se pueda escribir sólo por amor a la verdad".
EN QUE CREEN. En el año 1997 una polémica periodística entre Umberto Eco y el cardenal Carlo Maria Martini dio lugar a un libro que plantea una pregunta atrayente: ¿En qué creen los que no creen? El producto de la discusión resultó —en lo que le tocaba a Eco, como representante de "los que no creen"—menos sugestivo que el título, que incluía una afirmación osada: la creencia es inevitable. Probablemente Sciascia hubiera estado de acuerdo y hubiera agregado que el que no cree, puede creer incluso en Dios. En una carta abierta dirigida al arzobispo de Palermo en junio de 1976, escribía: "usted naturalmente sabrá, como lo sé yo, que se es ateo del mismo modo en que se es cristiano: siempre de un modo imperfecto. Graham Greene, que pasa por ser un escritor católico, decía hace algún tiempo que no sabía exactamente en qué consistía su catolicismo". ‘Se sobreentiende que principalmente debe ser creer en Dios: pero yo no siempre creo en Dios. Recuerdo que una vez, en la esquina de una calle, a las once de la mañana, creí firmemente en la existencia de Dios, pero hay momentos, horas y días en que no creo en Él absolutamente nada’. "Y así —prosigue Sciascia— sucede con los ateos, un día determinado, a una determinada hora, en la esquina de una calle, incluso el más férreo ateo de su diócesis creerá en Dios con tal intensidad que podrá redimirse de todas las declaraciones de ateísmo de toda su vida...".
Sciascia, que pasa por ateo, pareció tener una fe inquebrantable en una cosa: en la búsqueda de la justicia. El siciliano, que no tenía de la fe institucional —religiosa o política— la intolerancia, amaba la verdad. Con ese norte se hizo merecedor a una alabanza a la que aspiraba "que ninguna de mis páginas hace propaganda de un sentimiento abyecto o malvado". Y no es poco como resumen de una obra y de una vida.
Bibliografía
Fábulas de la dictadura, 1950
Sicilia, su corazón, 1952
Las parroquias de Regalpetra, 1956
Los tíos de Sicilia, 1958
El día de la lechuza, 1961
Pirandello y Sicilia, 1961
El consejo de Egipto, 1963
Muerte del inquisidor, 1964
El diputado, 1965
A cada uno lo suyo, 1966
Declamación de la controversia de Lipori dedicada a A.D., 1969
La cuerda loca, 1970
El contexto, 1970
Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel, 1971
El mar del color del vino, 1973
Todo Modo, 1974
La desaparición de Majorana, 1975
Los navajeros, 1977
Cándido o un sueño siciliano, 1977
El caso Moro, 1978
De parte de los infieles, 1979
El teatro de la memoria, 1981
La sentencia memorable, 1982
Crucigrama, 1983
Stendhal y Sicilia, 1984
Breves crónicas, 1985
Retrato del escritor cuando era joven, 1985
La bruja y el capitán, 1986
1912 + 1, 1987
Puertas abiertas, 1987
El caballero y la muerte, 1988
Alfabeto pirandelliano, 1989
Sucesos de historia literaria y civil, 1989
Para la memoria futura, 1989
Libros de entrevistas:
Sicilia como metáfora,
Conversación en una habitación cerrada,
Sin esperanza no pueden plantarse olivos,
Fuego en el alma,