Andrea Blanqué
DESDE 1941, cuando se habla de Pinocho, la mayoría de las personas rememoran al personaje de Disney, pequeño y regordete, de voz melosa, aspecto de pegotín o sticker de cuna, y que —más que un muñeco de madera sinvergüenza— parece un bebé apenas crecido al cual lo persiguen sádicas desgracias. Es una de las varias traslaciones que han sucedido con las adaptaciones que hacía Disney de los grandes clásicos de la literatura infantil y que provocaron irritadas críticas de los expertos: éstos acusan, por ejemplo, al difunto cineasta estadounidense, de despojar al loquísimo y ambiguo personaje de Carlo Collodi de todas sus raíces populares y folklóricas, así como también de quitarle toda su complejidad psicológica.
La novela de Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho, publicada por primera vez como libro en 1883, es una narración con todas las de la ley, donde el lenguaje y los juegos de palabras cobran una importancia enorme. Fue escrita por un experto de la ironía con varios años de experiencia en artículos periodísticos fustigantes y satíricos. Sin embargo, algo muy profundo en ese muñeco de madera hace que su historia sea trasladada una y otra vez a las imágenes. Desde su aparición como libro, el texto de Collodi fue ilustrado una y otra vez: decenas de interpretaciones gráficas donde dibujantes de fines del siglo XIX y de todo el siglo XX trataron de interpretar el aspecto de ese escuálido muñequito de apenas un metro, marioneta sin hilos, ingobernable, de madera durísima, delgado puesto que come muy frugalmente, con orejas tan pequeñas que ni se le ven, ágil corredor y nadador, vestido con casaca y bonete y una nariz eréctil que se prolonga sólo cuando dice mentiras.
IMAGEN INOLVIDABLE. Mucho antes de Disney, el cine ya se había sentido seducido, al igual que los editores, por esta historia de treinta y seis capítulos que originalmente se publicó en una revista —Il Giornale dei Bambini— por entregas, y que luego fue un verdadero best-seller infantil. En 1911, el pionero del cine italiano, conde Giulio Cesare Antamoro, hizo una versión coloreada a mano de treinta minutos. En 1932, fue un japonés, Naburo Ofuji, quien hizo otro film de animación basándose en el famoso muñeco. En los años setenta el cineasta Luigi Comencini realizó su propia adaptación del clásico y también una versión para la televisión italiana en episodios. Recientemente, en el pasado mes de octubre, se estrenó en Roma, con bombos y platillos, la versión de Roberto Benigni, donde el muñeco es interpretado por el propio director.
Así como en la novela el personaje se mueve en el hilo del nacer, morir y renacer sucesivamente, el interés mediático por Pinocho parece seguir esta línea. Es probable que se produzca un "boom" Pinocho. La editorial Emecé, en Argentina, acaba de publicar la novela original de Collodi, completa y traducida por Guillermo Piro, quien también escribe un muy buen prólogo y le adjunta comentarios a través de notas. La edición es ilustrada por los antiguos dibujos del italiano Carlo Chiostri, de 1901, bellos e ingeniosos, que producen un alivio al lograr desprenderse del estereotipado Pinocho de Disney.
EL CREADOR Y SU SOMBRA. Para el gran sabio en literatura infantil, el francés Marc Soriano, el Pinocho de Collodi es un libro "necesario, lleno de apuntes autobiográficos, la expresión de los fantasmas más secretos del artista, sólo así se explica que Collodi haya querido matar a su personaje en varias oportunidades.
Como Gepetto con la madera, como Dios (que nunca es mencionado) con el barro, Collodi fabrica un hombrecito con palabras. Juega desde el inicio con esa lengua florentina e inventa el nombre para su personaje usando una palabrita que por un lado significa semilla de pino ( Pinocchio = piñón), y por otro, "cosita de nada".
Decía Benedetto Croce que la madera de la que estaba hecho Pinocho era la misma humanidad. Es fácil ver en Pinocho tanto reminiscencias bíblicas del mito de la creación, como también la tradición del golem. El muñeco tiene mucho de títere, un títere que liberado de hilos o de guantes mantiene una independencia rebelde frente a su creador. Nadie lo mueve, excepto su propia voluntad.
En principio, Carlo Collodi comenzó a publicar su relato, por entregas, bajo el título Storia di un burattino, que quiere decir literalmente historia de un títere. Uno de los momentos más disfrutables de la novela transcurre en el capítulo diez, donde Pinocho, el muñeco/niño, después de vender su Abecedario para pagarse la entrada, se introduce en un teatro de títeres. Las marionetas se alborotan, y le hacen un recibimiento increíble: el teatro se traga al espectador, en este caso Pinocho, que descubre en todos aquellos títeres una afinidad de hermanos.
Es probable que Collodi usara al muñeco como doble, una nítida metáfora de sí mismo. El verdadero nombre de este florentino era Carlo Lorenzini, y con este nombre llegó a publicar mucho periodismo e incluso una novela de amor, para adultos. A los treinta y cuatro años comenzó a utilizar el seudónimo Collodi, que era el nombre del pueblo de la madre, en la Toscana. No se casó. Este increíble conocedor de los niños no parece haber tenido hijos, vivió siempre con su madre, hasta la muerte de ésta. Luego, vivió solo hasta que murió a su vez, en 1890, a los sesenta y cuatro años.
Era hijo de un cocinero, y el mayor de nueve hermanos. En la adolescencia estudió en un seminario, pero a los veinte años abandonó su proyecto de ser cura y se abocó a los papeles y a los libros. Trabajó en una librería, fundó periódicos, combatió como voluntario por la independencia italiana, fue un célebre periodista satírico y también funcionario estatal y censor. Tradujo y adaptó los cuentos de hadas de Perrault y algunos otros cuentos antiguos para niños, escribió versiones de un personaje pedagógico —Giannettino—, lleno de moralina: por momentos su vida parece de héroe, transcurriendo entre la pluma de la literatura, el libelo y la pedagogía, y la espada de la libertad de Italia.
¿Dónde está el bribón, el sinvergüenza que se presiente dentro de la madera de Pinocho, la sombra del hombre que lo creó? Lo cierto es que Carlo Collodi era un jugador empedernido, y también fue acusado de borrachín.
Gran parte de sus textos fueron escritos para pagar deudas de juego. El origen de Pinocho parece haber sido el acuciamiento económico. En julio de 1881, el director del Giornale dei Bambini recibió la primera versión de Storia di un burattino acompañado con estas palabras "Te mando esta chiquilinada; haz lo que te parezca con ella, pero, si la publicas, págamela bien para darme ganas de continuarla".
LIBRO CÓMICO Y CAÓTICO. El pequeño Pinocho tiene características de ludópata, como el escritor. Cada vez que se propone abandonar el ocio y dedicarse al serio mundo de la escuela y la responsabilidad, aparecen las "malas compañías" que lo tientan. El zorro (todo un literato) y el gato (todo un atorrante) lo arrastran y lo estafan. Pero no son los malandrines los que hacen cometer los desastres a Pinocho: es él mismo, porque a pesar de su "corazón de oro", es un verdadero sinvergüenza. La escena más emblemática de la ludopatía es la del "Campo de los milagros", donde Pinocho planta cuatro monedas de oro y sueña con que pronto crecerá un árbol cuajado de monedas. Más adelante, con la maravillosa descripción de El País de los Juguetes, donde decenas de niños no hacen otra cosa que jugar y jugar, se percibe el delirante mundo del jugador que de pronto se hace trizas contra la realidad: de pronto Pinocho se metamorfosea en burro y es vendido a un amo.
En la primera versión de Pinocho, Collodi decidió matar a su personaje por medio de unos asesinos encapuchados que lo cuelgan de una gran encina. Lo último que recordaba el muñeco en estas circunstancias era a su padre, el pobre Gepetto, y de allí al arrepentimiento y el mea-culpa, un paso. Los pequeños lectores no aceptaron este final truculento y enviaron cartas firmadas, de protesta, instando a que la historia del díscolo muñeco continuara, con Pinocho vivo.
Collodi escuchó a sus fans, y entonces revivió a su personajillo mediante el poder del Hada azul, un personaje mágico polimorfo que puede hacer las delicias de cualquier psicoanalista, pues en un comienzo es una muerta, luego una dulce hermanita, luego una madre omnipresente, y luego una cabra, pero siempre algo con pelo azul, con toque monstruoso, que ofrece un cálido vientre simbólico de protección a ese niño nacido sin madre, sólo de padre.
La metáfora de la culpa y de la redención, de la muerte y la resurrección en la que está trabado todo humano destino, tiene un momento culminante en el episodio en que Pinocho es devorado por un gigantesco tiburón, en cuyo vientre queda encerrado y en donde se reencuentra con su hacedor, Gepetto. Aquí la historia de Pinocho se hunde en el inconsciente colectivo del que hablaba Jung y se acerca al Libro de Jonás bíblico: el ser humano desciende a los infiernos marinos, permanece en la oscura tumba (la barriga del monstruo) y luego vuelve a la luz y al aire libre con el deseo de hacer el bien.
Pinocho al final de la novela deja de ser un cómico muñeco y se convierte en un niño como debe ser. Muchos han protestado contra este final edulcorado y lleno de moralina. Pero miles y miles de niños lectores a lo largo de ciento veinte años han olvidado ese final, para en cambio recordar básicamente al muñeco bribón, e identificarse con ese inteligente pero travieso, irresponsable pero piadoso, egoísta y a la vez generoso, cobarde y a la vez valeroso niño fantástico de madera, que resume la infancia en estado de crecimiento, de aprendizaje y de deseo de ser y existir.
LAS AVENTURAS DE PINOCHO, de Carlo Collodi, Emecé, Buenos Aires, 246 págs.