Suecia no es un PARAÍSO

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Elvio E. Gandolfo

EL 8 DE ENERO de 1990 el inspector de policía Kurt Wallander se ha dormido escuchando ópera. No es su mejor momento: la esposa, Mona, lo ha abandonado hace tres meses; la hija, Linda, tiene diecinueve años, a los quince intentó suicidarse, y ahora se mueve como una molécula loca entre ciudades y países, viendo al padre muy de vez en cuando. Aún así, Wallander debe reconocer que en esos días tienen una buena relación. Su padre anciano, por último, pinta desde hace décadas un mismo cuadro (un "paisaje melancólico de otoño"), y muestra señales de demencia senil, o su nombre más moderno, Alzheimer.

Pronto, sin embargo, Wallander tiene que volver a su oficio. Trabaja en la comisaría de Ystad, una ciudad mediana sueca, ubicada en el extremo sur de Suecia, la región conocida como Escania. Un crimen atroz e inexplicable (dos ancianos torturados y asesinados, la mujer por estrangulación), en la zona rural, lo saca de cualquier inercia: "De pronto estaba en marcha. Volvía a ser policía. La angustia que sentía por su hija y su esposa tendría que esperar. En aquel momento empezaba la laboriosa tarea de cazar al asesino." Wallander trabaja con un buen equipo de colaboradores. En esa ocasión son siete: "Ninguno era un amigo del alma. Pero estaban unidos."

Así empieza Asesinos sin rostro, la primera de las nueve novelas protagonizadas por el inspector cuarentón, más tarde cincuentón, y escritas por el sueco Henning Mankell, que en poco más de una década se han convertido en éxitos fulminantes en varios países de Europa. En castellano, el sello Tusquets tradujo primero una de las últimas, La quinta mujer. Gracias a que el éxito se repitió (en un año y medio se vendieron 13 ediciones), ahora son cuatro los títulos disponibles, al agregarse Asesinos sin rostro, Los perros de Riga y La falsa pista. Una vez que todos los libros puedan leerse en continuidad, lo que aparecerá será por una parte la vida de un personaje difícil de olvidar, justamente por tener tantos puntos de contacto con tantos lectores (sobre todo en sus temores y flaquezas). Y por otra un fresco detallado, tan pesimista como emocional, de una sociedad sueca que ha cambiado mucho y para peor, en opinión del inspector y de su autor. Tal vez sea ese crecimiento de la inseguridad y la violencia, pero también de la corrupción, el despiste ético y la falta de perspectivas, compartido por tantas ciudades de Occidente, otra de las claves del éxito internacional de la serie.

La base de la solidez del ciclo es la calidad literaria de Mankell, a tal punto que se lo puede colocar junto a Simenon o Patricia Highsmith por la capacidad para pintar ambientes y psicologías, y la firme decisión de esquivar maniqueismos o facilidades. Es además un excelente constructor de tramas, alejado de las facilidades y lugares comunes tanto de la "novela enigma" como de la "serie negra".

ANTES Y DESPUÉS. Henning Mankell nació en 1947 en Estocolmo. Desde hace treinta años vive gran parte del año en Mozambique (Africa), donde dirige el teatro nacional. Primero la preocupación que los motivó y después el éxito de los libros del inspector Kurt Wallander lo obligaron a vivir más tiempo del año en Suecia. El caos que le pareció ver en su país natal al regresar después de años viviendo en Mozambique, al comienzo de los años ’90, lo sacaron de "la torre" que lo había llevado a la lejana Africa, según él mismo reconoce: "Cuando era un autor muy joven, supe que necesitaba construirme una torre fuera de Europa. Como cuando eres un cazador, y construyes torres para observar cómo se mueven los animales. Supe que nunca entendería el mundo sin esa perspectiva (...) Uno puede tener más de un hogar... Puedes llevar tus raíces contigo, y decidir dónde creces."

El aumento del crimen violento, la corrupción política, el mundo de los miles de inmigrantes nuevos, o el despunte de las "milicias ciudadanas" que pretenden crear una justicia paralela son algunos de los temas que se entrecruzan en las novelas. Gran parte de cada relato describe con minucia el prolijo, cansador, a veces frustrante trabajo de investigación; pero siempre sale al cruce del "caso" concreto y espectacular un hecho más amplio, social, espinoso. En Asesinos sin rostro, mientras Wallander trata de avanzar en el caso de los dos ancianos, se despliegan los temores, temas sin resolver y simple caos burocrático relacionado con la masa de inmigrantes, que alcanzan un pico cuando un africano es muerto de un tiro de escopeta a quemarropa en la calle. En La falsa pista un "asesino en serie auténticamente sueco", que les quita el cuero cabelludo a las víctimas, empieza a eliminar gente relacionada con las altas esferas y un círculo de corrupción de menores. Entretanto, la aparición de las milicias ciudadanas lleva al apaleamiento totalmente absurdo de un hombre. En realidad, los dos temas están relacionados, porque el asesino serial terminará siendo un criminal si no justificado, sí al menos explicable. Algo semejante ocurre en La quinta mujer, donde el hilo social, esta vez oculto, es el de los soldados mercenarios.

La vulnerabilidad de niños y mujeres ante crueldades múltiples, empezando por la que ejercen los seres inmediatos (esposos, padres) ha ido creciendo en Mankell. Cuando el borde de brutalidad y permisividad basada en el poder o el ocultamiento se vuelve excesivo, se puede llegar a la conclusión de uno de los asesinos: "El mal tiene que combatirse con el mal. Donde no hay justicia, hay que crearla." En ese sentido el final de La quinta mujer es muy complejo: el propio cuerpo policial "respeta" a quien debiera condenar. Por una parte el organismo policial se ve asediado por decisiones que pueden recortar su capacidad de acción; por otra, percibe que parte del trabajo sucio lo realizan otros, en este caso una persona que parte de un lugar opuesto, pero llega a la estatura del "vengador anónimo" que interpretó Charles Bronson en una serie de películas exitosas. Aunque, como apunta uno de ellos, conciente del tamaño del problema: "Si se trata de alguien que apunta con dedo vengativo a hombres que han maltratado a mujeres, esto no va a acabar nunca."

Para Wallander y sus compañeros (tanto de Ystad como de las otras ciudades y comisarías) hay un antes y después claro, una divisoria de aguas cada vez más ancha y evidente en el último par de décadas. A menudo lo expresan con frases obvias: "A veces me pregunto qué está pasando en este país." En otras ocasiones son un poco más reflexivos: la diferencia entre las ciudades grandes y las zonas rurales pronto se habrá borrado del todo. El crimen organizado es importante en Malmö [principal ciudad de Escania]. Las fronteras abiertas y todos los transbordadores son como terrones de azúcar para la mafia." Y a veces las reflexiones de Wallander o de otro personaje son auténticos microensayos sobre la sociedad sueca, que van de novela en novela, mientras el mundo (y Suecia, dentro de él) se complica.

Hay que destacar, sin embargo, que Mankell rara vez "baja línea" o adopta una pose de predicador. Es un testigo implicado, y lleno de dudas. Además, cumple con requisitos fundamentales en una buena policial. No sólo los crímenes suelen ser atroces, sino además extraños, por sus características o por la condición de las víctimas. Aparte de los ancianos de Asesinos sin rostro están los dos cadáveres trajeados que aparecen en un bote salvavidas sin identificación en medio del mar (Los perros de Riga), o la adolescente que se inmola con gasolina en un campo de colza y las víctimas del asesino serial "indígena" de La falsa pista. O, por último, un ornitólogo y poeta aislado, y un criador de orquídeas de La quinta mujer.

La capacidad fuera de lo común de Mankell, dentro y fuera del género, reside en no quedarse en el valor de atracción sorprendente o espectacular de esos comienzos. Pronto la investigación, el trabajo policial, va destapando frascos no sólo en las vidas de las víctimas o en la del asesino, sino también en sus allegados, en personajes menores, en simples testigos. Y en los propios policías, además, que en proporción creciente van siendo mujeres. De cada uno de ellos el lector recibe una idea precisa de su vida y sus grietas personales.

La tenaz Ann-Britt Höglund (dos hijos, una vecina que los cuida, un marido marino que parte en largos viajes) es en las últimas novelas una presencia femenina e investigadora que proporciona un modo de ver distinto. Considera a Wallander como un guía, así como él mismo veía a Rydberg, el único policía con más experiencia que él en la comisaría de Ystad, como su propio "sabio". En uno de esos golpes que Mankell propina con seguridad y pericia desde el primer libro, Rydberg muere de cáncer en Asesinos sin rostro.

En La quinta mujer un dato clave es aportado cuando Mankell (contagiado por la presencia permanente de Ann-Britt) sospecha que el modo de acomodar las cosas en una valija, totalmente distinto en un hombre y una mujer, es crucial. Tanto cuando ambos estaban vivos como en los diálogos internos que Wallander mantiene con el espíritu de Rydberg al preguntarse "¿qué haría él?", los consejos no son complejos. Ante todo no rendirse nunca, después tener paciencia, ir juntando cada pieza, y sobre todo, ir armando la historia verdadera. También, en las conversaciones del pasado, los dos sentían que en el fondo el trabajo policial "consistía en poder interpretar los signos de los tiempos. Entender los cambios, interpretar los movimientos de una sociedad." Como recuerda Kurt Wallander en La quinta mujer, Rydberg además pensaba que "una investigación criminal es una especie de construcción. Todo hay que hacerlo en el orden adecuado para que funcione." Gran parte del suspenso, de las novelas a veces con tensiones de auténtico "thriller" depende de errores y desvíos leves o graves, hasta volver al rumbo que va acercándose a la verdad.

La matización psicológica de cada personaje puede ejemplificarse cuando Wallander define al criador de orquídeas de La quinta mujer: "Poeta y ultraconservador, observador de aves y partidario de la pena de muerte. Wallander se acordó del poema del escritorio. En él, Holger Eriksson se lamentaba de que desapareciera un pájaro del país. Pero a los criminales había que ahorcarlos." O en el modo en que esta vez el propio Mankell define a un político resbaladizo, ya anciano, que acaba de ser entrevistado y no sabe que pronto va a morir, en La falsa pista: "Satisfecho, pensó que había evitado decir una sola verdad durante la entrevista. Eso también era una de las pocas cosas que todavía le interesaban: engañar sin ser descubierto. Hacer ver y divulgar ilusiones. Después de tantos años como político había comprendido que lo único que quedaba era la mentira. La verdad disfrazada de mentira o la mentira encubierta de verdad. (...) A veces pensaba en sí mismo como en la imagen de un espejo cóncavo y convexo al mismo tiempo. (...) Nadie podía imaginar que era su propio doble. (...) Su secreto: odiaba y despreciaba el partido al que representaba, las opiniones que defendía y a la mayoría de las personas con las que se encontraba."

AUTOR Y PERSONAJE. La relación de Henning Mankell con su personaje no es de extrema simpatía: "Él no me gusta demasiado", le dijo a un entrevistador del Guardian: "Si el señor Wallander estuviera sentado en su silla, no creo que llegáramos a ser buenos amigos." Pero el público ha hecho la asociación entre autor y personaje, muy frecuente, desde Sherlock Holmes en adelante: entre otras muestras de afecto, suelen escribirle cartas a Wallander como si fuera de carne y hueso.

Mankell matiza explicando lo que le gusta de él: "Acepta la responsabilidad, y eso es lo que me encanta. Se siente cansado por el trabajo excesivo. Pero si no lo hiciera, se sentiría peor, le dejaría un gran agujero negro en sí mismo. Creo que es de la generación calvinista, en el sentido de que se supone que tienes que trabajar y rezar, mientras sigues sudando. (...) Creo que mucha gente está luchando hoy por enfrentar las cosas: sienten que corren detrás de un ómnibus que nunca alcanzarán. En ese sentido, es un hombre muy común."

En la fórmula básica y compleja de las novelas, el humor es un factor esencial. Y el propio Kurt Wallander aporta una buena dosis, tanto en su forma de ser, como en el via-crucis que es su vida. Cuando aparece en Los perros de Riga, Wallander bosteza. y se le disloca la mandíbula por un tirón muscular, tan cansado está, obligándolo a pegarse con los nudillos para aflojarlo. Tiene un auto que necesita reparación desde hace tiempo, mantiene una guerra perdida contra el exceso de peso, come hamburguesas o panchos mientras corre de un lado a otro tras los culpables, le cuesta acostumbrarse a tener una secretaria: "Si quería que se hiciese algo, lo hacía él mismo. Desde pequeño pensaba que era una mala costumbre. Sólo los ricos y superiores enviaban a otros a hacer el trabajo de a pie. No poder buscar la guía telefónica y marcar un número tú mismo era de una pereza injustificable." Y a veces no entiende muy bien qué siente: "No sabía si estaba indignado o cansado. Tal vez sólo tenía hambre."

Si Wallander es considerado no sólo por sus compañeros sino también por la gente, y sobre todo por los medios, como un buen policía, en cambio sabe reírse de los esfuerzos por dominar su propia vida. Acostumbrado a cortar la carne de vidas ajenas, no evita hacerlo con la propia: "Kurt Wallander", ironiza. "El policía patético. Con una vida familiar tan penosa." Lo fascina en su padre la insistencia de pintar siempre el mismo cuadro, y trata de hacer cálculos lógicos, pensando que a la altura de Asesinos sin rostro ya lleva pintadas siete mil puestas de sol.

Sus intereses amorosos son tan frustrantes como lo demás de su vida privada. Aunque allí la culpa es compartida. En Asesinos sin rostro fracasa estrepitosa y verosímilmente tanto con su ex mujer demasiado reciente como en un intento de audacia con una nueva mujer: "’¿Cómo se puede uno comportar de forma tan estúpida, joder’, pensó. ’Como un adolescente borracho, que nada sabe, sobre sí mismo, ni sobre las mujeres ni sobre el mundo." En Los perros de Riga, en cambio, es el propio Mankell quien no logra hacer creíble su enamoramiento y relación con Baiba Liepa, que seguirá siendo una figura de cartón en los libros siguientes. Allí parece no haber resuelto uno de los grandes enigmas de la novela policial: por qué un investigador de cualquier tipo tiene que seguir siendo básicamente un solitario. Ni la esposa callada y paciente de Maigret, ni la increíble esposa de Marlowe en el último libro de Chandler (Playback) ni, hasta hoy, Baiba y Kurt en los libros de Mankell, alcanzan a ser la excepción. De hecho la mujer que más respeta a Wallander y confía en él, más allá de lo puramente profesional, es una asesina que descubre en él un hombre "diferente de los otros, de los hombres que poblaban el mundo, estaba ensimismado, parecía dormir muy poco y sufrir de angustia." Su hija Linda, su colega Ann-Britt y varias de las mujeres que se cruzan en las investigaciones, se limitan a quererlo filialmente o a admirarlo profesionalmente.

RELATO INACABADO. En todo caso las conclusiones que el lector puede sacar sobre la serie son por ahora transitorias. Es imposible saber, por ejemplo, si en las dos novelas que falta traducir, más allá de La quinta mujer, Baiba Liepa logra o no convertirse en un verdadero personaje. Allí Wallander ya ha perdido a su padre, después de un maravilloso viaje juntos a Roma, donde ambos al fin se comprenden. Pero seguramente sigue rodeado de crímenes terribles, intrincados, que lo llevan a recorrer los entresijos de la sociedad y el paisaje suecos, donde admira el silencio, "nuestro verdadero oro."

En los cuatro libros ya traducidos, sólo Los perros de Riga resulta un paso en falso. Gran parte de su acción transcurre en Letonia, una ciudad recreada a partir de mapas y testimonios, presa de las convulsiones de cambio aportadas por la caída de la Unión Soviética. Allí Wallander se siente fuera del agua, y Mankell, por desgracia, también. Todo adquiere el tono de una historia de traiciones y violencias de opereta, con pasillos, hoteles "filtrados" por los servicios de seguridad y puertas-trampa. En cambio el comienzo en Suecia sigue teniendo el mismo sabor que los otros tres libros. Tampoco Comedia infantil, una fábula entre política y legendaria ambientada en un pueblo de Africa, logra estar a la altura de las novelas del inspector (ahora comisario), Kurt Wallander. En castellano la editorial Siruela ha difundido también dos libros juveniles: El perro que corría hacia una estrella y Las sombras crecen al atardecer. Pero son las novelas de Kurt Wallander sus mejores logros literarios. Las dos primeras andaban en los alrededores de las trescientas páginas. La falsa pista y La quinta mujer superan las cuatrocientas, la última casi llega a quinientas. Tanto la vida de Kurt Wallander como los casos que investiga hacen que Mankell pise el terreno que mejor conoce: una Escania fría, gris y ventosa, donde los habitantes y policías aman, sufren, se divierten o mueren. Formada en partes iguales por la información objetiva y la visión imaginaria, esa mezcla le da su peso literario de mundo autosuficiente, el sello climático y psicológico personal e inconfundible.

Henning Mankell comenzó a imaginar historias a los seis años, cuando su abuela le enseñó a leer y sobre todo a escribir. Su madre lo abandonó a muy temprana edad, y el padre lo crió con gran afecto. Creció en una aldea sueca de los años ’50, lejos de todo. Allí descubrió el valor de la escritura "cuando las fuerzas de la imaginación tienen el mismo valor que el mundo real, cuando son un instrumento de supervivencia: cuando mi madre desapareció, e imaginé una madre." En ese entonces tenía ocho años. Ese Mankell infantil y ya escritor es su modelo a seguir: "Sigo teniendo una foto de él en la pared. (...) Era yo en lo mejor de mí mismo."

Cuesta saber si la serie de Kurt Wallander llegará al mágico número diez. Quien lee en orden las novelas ya aparecidas, ve crecer no sólo la complejidad sino también la sobrecarga de datos y experiencias negativas. "Se supone que iba a escribir mi décima novela de Wallander. Pero nunca la terminé, porque detesté demasiado lo que había en ella. La tiré, la quemé página por página. Me provocaba demasiado dolor. También tengo que pensar en el niño que llevo dentro." Madrid, 2002. Distribuye Gussi. 167 págs. l

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